El Potterverso pertenece a J. K. Rowling, pero eso ya lo sabemos todos.
Este fic participa en los Desafíos del foro La Noble y Ancestral Casa de los Black. Me apunté con la lista del lado oscuro y me salieron los siguientes rasgos: cobardía, crueldad, gula, sadismo, intolerancia y desprecio.
Esta viñeta está centrada, más o menos, en la crueldad.
II
o—o
Londres, 1886
Los temores de Phineas ya habían perdido un poco de su razón de ser. Pese a que a la primera escapada de su hijo siguieron otras tres, cuando el hombre perdió la paciencia y le dio con el cinturón el niño comprendió que no debía seguir yéndose de casa.
No había vuelto a poner en duda lo que todos en Grimmauld Place sabían: que los muggles eran escoria, poco menos que reses de ganado, inferiores a los magos. Quizá simplemente temiese mencionarlo en voz alta por la posibilidad de hacer enfadar a su padre de nuevo, pero eso al hombre no le importaba mucho. Mientras siguiera las pautas establecidas, su opinión respecto a ellas no opinaba demasiado.
Ya habían pasado dos años desde el primer ataque de rebeldía de Phineas. Últimamente, el niño se dedicaba a leer todo lo que encontraba. Y preguntar el motivo de cosas que, para el resto de su familia, estaban más que claras: ¿por qué los muggles no podían hacer magia?, ¿por qué había algunos magos mejores que otros?, ¿por qué la sangre de los sangre sucia estaba manchada?
A Phineas le gustaba responder a las preguntas de su hijo, porque suponía que así poco a poco el niño terminaría de comprender por qué hablar con aquella muggle fue un error. Lo que no le gustaba era cuando los ¿por qué? seguían y él ya no encontraba motivos razonables, porque para él eso estaba tan claro que no necesitaba ningún razonamiento.
Sabía que él no era el único molesto por las interminables preguntas de Phineas. Su primogénito, Sirius, había amenazado ya varias veces a su hermano con tirarlo por las escaleras si hacía más de tres preguntas en menos de diez minutos. Phineas opinaba que Sirius era demasiado radical. Con echarle un hechizo silenciador bastaría.
Precisamente eso estaba pensando una tarde de verano mientras decidía cuál podría ser el mejor candidato a profesor de Encantamientos; había tenido que poner un anuncio a toda prisa poco antes de que terminase el curso, cuando su colega acabó en San Mungo experimentando para crear un nuevo hechizo. Afortunadamente, ya se encontraba fuera de peligro, pero con toda probabilidad no podría volver a dar clase.
Escuchó entonces los pasos, lentos y seguros, de Ursula. Alzó la mirada de los currículums de los candidatos al puesto y vio a su esposa entrar en su despacho, con la pequeña Belvina en brazos. El bebé, una bola rosada con una pelusilla negra que le cubría la cabeza, estaba profundamente dormido.
—¿Piensas bajar a cenar?
Phineas asintió y siguió a Ursula hasta el salón, donde los dos elfos ya habían puesto la mesa. Su primogénito, Sirius, estaba ya sentado en su sitio, dando toquecitos a su copa con el tenedor. Arcturus, que con dos años intentaba aparentar ser mayor, estaba muy tieso en su silla, intentando que más porción de su cuerpo sobresaliera de la mesa.
—¿Dónde está tu hermano?—inquirió Phineas, mientras Ursula dejaba a Belvina en su carrito y se sentaba también.
Sirius se encogió de hombros.
—No lo sé. Preguntando algo a las paredes.
En otras circunstancias, Phineas se hubiera conformado con la respuesta de su hijo. Pero conocía a Sirius lo suficiente como para saber que tenía poca paciencia y, cuando ésta se le acababa no escatimaba en medidas.
—Sirius—el niño bajó la mirada. Era insolente como él solo, pero respetaba a sus mayores—. Te estoy preguntando.
—Está llorando—intervino en ese momento Arcturus, separando las sílabas para que se le entendiera—. Adiba.
—¿Arriba, dónde?—preguntó Ursula.
Sirius bufó.
—¡Es que es un pesado! Sólo quería que se callara y dejase de preguntar cosas tontas. Además, seguro que así aprende a dejar de molestar—se sonrojó ante la mirada de sus progenitores—. Lo he encerrado en el armario del cuarto de Arcturus—admitió a regañadientes.
Phineas ya estaba subiendo las escaleras antes de pensar siquiera en el castigo de Sirius. Pese a que no le suponía ningún problema la determinación de su hijo mayor y le agradaba que hubiera abrazado las creencias de su familia sin cuestionar absolutamente nada, no terminaba de gustarle que estuviese tan ciegamente convencido de que el fin justificaba los medios. Él mismo detestaba a los muggles, sangre sucia y mestizos (¿qué clase de mago en su sano juicio tocaría a una criatura así?), pero sabía que, por desgracia, lo único que le quedaba por hacer era conformarse. Una parte de él temía que Sirius, en cuanto fuese un poco mayor, tuviera problemas por hacer justicia por su cuenta.
Además, estaba el hecho de que sabía que no era casualidad que Sirius hubiese encerrado a Phineas en un lugar oscuro. El niño sabía, al igual que el resto de su familia, que su hermano tenía un miedo atroz a la oscuridad. No era una simple jugarreta infantil. Era crueldad en su estado más primitivo.
Escuchó los sollozos de Phineas en cuanto llegó al rellano de la habitación de Arcturus. Cuando entró en el dormitorio oyó los débiles golpes de su hijo desde el interior del armario.
—Sirius, Sirius, abre la puerta, por favor—suplicó cuando escuchó los pasos de su padre—. Ya no preguntaré nada, pero es que está oscuro. Por favor, por favor…
Phineas suspiró y giró la llave. Su hijo dio un golpe a la puerta, abriéndola, y se enganchó a su cintura en cuanto lo vio.
—No llores—le ordenó. Phineas se separó de él y se frotó los ojos. Tenía las mejillas enrojecidas del llanto y el cabello castaño alborotado, y en sus iris verdes aún se adivinaba el pánico—. No te tiene que dar miedo.
—Está oscuro—repitió el niño.
Phineas podía entenderlo, pero no podía permitir que fuese tan fácil reducir a su hijo a un montón de miedo y lágrimas. Por muy cruel que fuese Sirius, su hermano tenía que ser más fuerte que eso.
Notas de la autora: Pese a que no me creo ni de lejos que Orion y Walburga torturasen horriblemente a Sirius, Phineas nació a finales del siglo diecinueve. Y qué porras. Yo me he llevado algún que otro guantazo por portarme mal cuando era pequeña, y antes esas cosas eran totalmente normales y me parece que ningún niño se traumatizó -al menos, por una torta; el maltrato es otra cosa muy distinta-.
Sería todo un detalle que dejaseis un review :3
