El Potterverso pertenece a J. K. Rowling, pero eso ya lo sabemos todos.

Este fic participa en los Desafíos del foro La Noble y Ancestral Casa de los Black. Me apunté con la lista del lado oscuro y me salieron los siguientes rasgos: cobardía, crueldad, gula, sadismo, intolerancia y desprecio.

Esta viñeta está centrada, más o menos, en el sadismo.


III

o—o

Hogwarts, 1896

Phineas no se dio cuenta de hasta qué punto había sido un error defender a Henry de sus compañeros hasta que se vio rodeado por ellos.

No había pensado mucho. Sólo que Henry Allen, el mejor de su clase en Transformaciones, no merecía que se metiesen con él porque sus padres fuesen muggles. Pese a que había aprendido que no era buena idea preguntarlo en casa, Phineas seguía sin entender por qué ellos y los sangre sucia eran tan despreciables como aseguraba su familia. Así que había distraído a los dos alumnos de séptimo que habían arrinconado al muchacho en un pasillo vacío, siendo culpable sin que nadie se diese cuenta de que se les cayese una armadura encima, y había invitado a Henry a comer varitas de regaliz.

En ese momento casi se arrepentía de haberle ayudado. De alguna manera, Carrow y Crabbe habían averiguado que él les había echado la armadura, y habían vuelto con amigos. Phineas era lo suficientemente inteligente como para saber que, con quince años y sin haber terminado su cuarto curso, no tenía muchas posibilidades contra cinco alumnos de sexto y séptimo. Y ser hijo del director tampoco le ayudaría mucho; si su padre se enterase de por qué estaba metido en ese lío, con toda seguridad animaría a los matones a darle su merecido a Phineas.

—¿Y bien? ¿Haciendo amistades con sangre sucia?

Phineas había aprendido a no dejar ver su miedo. La oscuridad seguía dándole tanto pavor como cuando su hermano Sirius lo encerraba en el armario, pero poco a poco había conseguido disimularlo. Y había descubierto que, de alguna forma, aparentar fortaleza lo hacía un poco más fuerte, más imponente. Más distinto del niño que lloraba porque no veía luz.

Claro que ahora eso no le iba a servir de mucho.

—¿Por qué lo odiáis tanto? No os ha hecho nada.

—¿Qué me dices de tener magia ilícita? En algún lado nació un squib el mismo día que él.

—Eso es ridículo—replicó Phineas—. Si no sabes nada de la magia, ¿cómo puedes robarla?

Las varitas que lo apuntaban, que habían bajado un poco, se alzaron cuando el muchacho acercó la mano al bolsillo de su túnica.

—Sin hacer cosas raras.

Phineas notó que empezaba a temblar. Respiró hondo; no quería que notaran que estaba asustado.

Porque lo estaba. No tenía la menor idea de lo que esos brutos iban a hacerle, pero dudaba que fuese a resultar agradable.

—¿En serio os doy miedo? Estáis dos o tres cursos por encima de mí y sois cinco contra uno…

Malfoy dio un paso hacia él. Sus fríos ojos grises lo taladraron.

—Pensábamos divertirnos un poco con Allen—le confió—. Pero—se encogió de hombros—nos privaste de ello.

—Así que tú ocuparás su lugar. Asumimos los riesgos de hacer daño al hijo del director—agregó Crabbe.

De no ser porque aún conservaba algo de sentido común, Phineas lo hubiera maldecido ahí mismo. El muy capullo sabía de sobra que su padre no movería un dedo en represalia contra ellos si conocía el motivo de la agresión a su hijo.

Pero no pudo contenerse mucho más. Sin que Phineas supiese cómo, las pullas envenenadas de Malfoy acabaron sacándolo de sus casillas y haciendo que blandiera su varita contra ellos. Tuvo el placer de ver que había alcanzado a Lestrange antes de que lo desarmaran e inmovilizaran con cuerdas mágicas tan tensas que el joven corría el riesgo de asfixiarse.

Phineas perdió el equilibrio y cayó al suelo, mirando su varita, unos metros más allá, con furia, como si ella tuviese la culpa de que su dueño no fuese capaz de compartir las ideas de su familia. Antes de que pudiera decir nada, sin embargo, un trozo de tela le tapó los ojos, reduciendo el mundo a negrura.

—Tú verás si hablas o no—ronroneó Malfoy en su oído, mientras alguien lo cargaba como a un saco. Phineas no intentó evitarlo; su corazón latía tan rápido que parecía que escaparía de su pecho en cualquier momento. Todo lo que podía pensar era que estaba en la oscuridad. A merced de esos matones.

Tras un tiempo que no se molestó en contar, dejaron a Phineas en una silla. El joven apenas se dio cuenta; estaba demasiado ocupado intentando no imaginar todas las posibilidades que aparecían ante él. Podrían torturarlo con la cruciatus, o quemarlo, o…

Phineas apretó los ojos con fuerza, negándose en redondo a que se le escapara ninguna lágrima. Mucho tendría que ocurrir para que su orgullo quedase superado por otra cosa. Aunque fuese por esos cinco sádicos. Algo le decía que la diferencia de opiniones era sólo una excusa; simplemente, les gustaba hacer daño, y los sangre sucia y quienes los defendían eran el blanco perfecto para ellos.

—¿Cómo empezamos?

—Parece un gusano de seda de tantas cuerdas—sugirió alguien a quien Phineas no reconoció. Tras unos segundos, notó que gran parte de las sogas desaparecían. A cambio, le ataron las muñecas a la espalda, por detrás del respaldo de la silla—. ¿Y ahora?—Phineas sintió náuseas al percibir el entusiasmo de su voz.

—Yo empiezo—decidió Malfoy.

Phineas esperaba algún hechizo o alguna forma sofisticada de hacer daño, por lo que no pudo evitar dar un respingo al notar metal frío rozando su garganta. Apretó los puños y se obligó a no temblar. O, ya que eso no era posible, no temblar demasiado.

Sabía que iba a ocurrir. Sabía que iba a doler. Y, con todo, cuando notó el dolor agudo en el hombro mientras la hoja de la daga atravesaba su ropa y su piel, Phineas no pudo reprimir un quejido. Se mordió el labio, odiándose por mostrar ese atisbo de debilidad.

—¿Duele? Te lo has buscado. ¿Por qué vas en contra de la lógica?

—Suéltame—gruñó Phineas. Estaba asustado y dolorido y notaba la sangre empezar a deslizarse por su piel, pero no pensaba seguirles el juego.

—¿Ya? Anda, déjame—unos pasos a su derecha, y de repente, sin previo aviso, Phineas se encontró con un corte, más largo y doloroso que el anterior, en la parte superior del brazo. Sin embargo, esta vez el joven no se quejó. Apretó los dientes e inclinó la cabeza hacia adelante.

o—o

Más tarde, Phineas se miró las heridas y descubrió que no recordaba en qué momento le habían hecho muchas de ellas. Pese a que dolían más de lo que nada le había dolido en su vida, le daba igual. Decidió que no iría a la enfermería porque no sabría cómo explicar el origen de sus lesiones; poco le importaba que los cortes –y algunas quemaduras– fuesen a quedarse grabados en su piel de por vida.

Sólo podía pensar en lo que le habían dicho antes de aturdirlo para irse.

Agradece no ser el sangre sucia.

Phineas se preguntó qué le hubieran hecho si sus padres no fuesen magos, y decidió que, por muy mal que se encontrase, haber impedido que torturasen a Henry era, después de todo, lo mejor que se le podía haber ocurrido.


Notas de la autora: Pese a que no negaré que me gusta hacer sufrir a los personajes, esta viñeta se me ha atragantado mucho, mucho, y de las seis es la que menos me convence. No obstante, la jugarreta va a marcar a Phineas, y no sólo físicamente.

En fin, los reviews siempre son bien recibidos, ya lo sabéis :)