El Potterverso pertenece a J. K. Rowling, pero eso ya lo sabemos todos.
Este fic participa en los Desafíos del foro La Noble y Ancestral Casa de los Black. Me apunté con la lista del lado oscuro y me salieron los siguientes rasgos: cobardía, crueldad, gula, sadismo, intolerancia y desprecio.
Esta viñeta está centrada, más o menos, en la cobardía.
IV
o—o
Londres, 1898
Hacía varios días que Phineas escuchaba el llanto de su hermana menor en la habitación contigua a la suya.
No obstante, no fue hasta una semana después de la primera vez que la oyera que se decidió a hacer algo. Pese a que intuía el motivo de las lágrimas de Belvina, había albergado la esperanza de que lo aceptase.
Mientras abría la puerta del dormitorio de su hermana, comprendió que era imposible aceptar lo que le habían echado encima.
Belvina no le prestó atención mientras su hermano se acercaba a la cama, pero cuando Phineas se sentó en el colchón, la niña desenterró el rostro enrojecido por las lágrimas, clavando los ojos en su hermano, y un segundo más tarde estaba aferrada a él, llorando en su hombro.
—Bel, shhh… No es tan malo—le dio un beso en la frente y pasó las manos por el largo cabello negro de su hermana.
—¡Sí es tan malo!—lo contradijo ella. Se separó de Phineas y se enjugó las lágrimas con la manga de su camisón—. ¿Cómo Padre ha podido hacer esto?—sus ojos verdes –era la única, además del joven, que había heredado los ojos de Ursula– se humedecieron de nuevo—. De todos, precisamente él…
Phineas suspiró.
—Herbert es de una buena familia. Tiene una casa enorme y…
—¡Al diablo la casa!—Belvina parecía aterrada—. ¿No has oído lo que dicen de él, Phineas?—el joven guardó silencio. Claro que lo había oído—. No quiero casarme con él.
—Díselo a Padre—sugirió Phineas, pese a que sabía que eso sería una causa perdida. Su padre haría oídos sordos al temor y las súplicas de su hija; su matrimonio con Herbert Burke era demasiado rentable como para desaprovechar la oportunidad sólo por las protestas de una niña de doce años.
—No quiero que se enfade—replicó Belvina—. Bastante tiene con el colegio, lo de Sirius…—su voz se apagó y Phineas apartó la mirada. Pese a que su hermano mayor y él nunca habían sido especialmente cercanos, el joven lamentaba sinceramente que su esposa hubiese perdido el bebé.
Suspiró, comprendiendo que era imposible hacer entrar en razón a su hermana. Él mismo estaba comprometido con Lysandra Yaxley, una ex compañera de casa dos años mayor que él, de ojos altivos, labios gruesos y risa cantarina que daba dolor de cabeza. Pero, por muchos defectos que pudiera tener la joven, Phineas estaba seguro de que no era tan mala como Burke.
Dos años antes, el prometido de Belvina se había visto envuelto en un escándalo cuando su esposa huyó con el hijo recién nacido de ambos. Al parecer, la mujer no había sido capaz de soportar las continuas infidelidades de su marido –ni sus palizas, según las lenguas más morbosas– y se había fugado. Unos meses más tarde encontraron su cadáver en el sur de Gales, medio podrido y destrozado por las bestias. Pese a que no se había podido demostrar nada, toda la sociedad mágica sospechaba que había sido Burke –y se preguntaban qué podría haberle hecho al niño, que nunca fue encontrado–.
Phineas no podía culpar a su hermana por tener miedo. Él mismo temía lo que ese capullo pudiese hacerle a su Belvina, y tenía bien claro que, si fuera ella, ya estaría poniendo pies en polvorosa. Sacudió la cabeza y le dio un beso en la mejilla.
—Bel, vete—le recomendó—. Lárgate antes de que te casen con ese capullo. Te borrarán del dichoso tapiz, sí, pero ¿qué más da? Es preferible eso antes que Burke.
Belvina lo miró de nuevo.
—No podría… ¿Dónde iría, Phineas?—rio con amargura—. Probablemente me trajeran de las orejas de vuelta la casa—sacudió la cabeza, haciendo bailar su espesa cabellera negra—. Además, me da demasiado miedo. Tú eres valiente; yo no.
Phineas era orgulloso, preguntón y listo, pero tenía bien claro que la valentía no estaba entre sus cualidades. Casi sin darse cuenta, se pasó los dedos por las pálidas cicatrices que tenía en los hombros como resultado de aquella pesadilla en la que se había metido dos años antes por defender a Henry Allen. Aquello no había sido ser valiente. Aquello había sido una terquedad sobrehumana para no mostrar su miedo.
En ese momento, suponía que Belvina estaba demostrando algo parecido. Su hermanita era demasiado cobarde para huir, pero demasiado orgullosa para dejar ver que la idea de casarse con Burke la aterraba.
Le apartó un mechón de pelo del rostro y la miró a los ojos.
—Si algún día cambias de idea—susurró—, estaré encantado de largarme contigo. Te ayudaré para lo que haga falta.
Belvina sonrió un poco.
—Te echaré de menos cuando te vayas a vivir con tu esposa—le aseguró.
Phineas se mordió el labio. Dudaba mucho que algún día fuese a casarse, mucho menos con Lysandra Yaxley. Lo insoportable que le resultaba su prometida era el menor de los motivos. Cada día estaba más harto de tener que fingir aceptar esas ideas que para él no eran más que interrogantes a los que nunca nadie les había dado una respuesta satisfactoria.
Sabía por experiencia que no conseguiría hacer cambiar de parecer a nadie en esa casa; ni siquiera Belvina, a la que adoraba, pensaba como él en ese aspecto. La única huida que veía a esa vida de discriminación y cinismo era, precisamente, escapar de Grimmauld Place.
Pero, como Belvina, Phineas era demasiado cobarde para hacerlo.
De momento.
Notas de la autora: Creo que Belvina era la hermana con la que mejor se llevaba Phineas. Y también creo que Burke era un capullo. No sé por qué, creo que su apellido no me gusta. De cualquier forma, no todos los matrimonios son bonitos y con florecitas. Y personalmente, yo no sé qué haría en el lugar de Belvina. Pero si tuviera un hermano dispuesto a largarse conmigo me lo plantearía como mínimo...
En fin. Ya sabéis que, para comentarios, quejas y tomatazos, están los reviews.
