El Potterverso pertenece a J. K. Rowling, pero eso ya lo sabemos todos.

Este fic participa en los Desafíos del foro La Noble y Ancestral Casa de los Black. Me apunté con la lista del lado oscuro y me salieron los siguientes rasgos: cobardía, crueldad, gula, sadismo, intolerancia y desprecio.

Esta viñeta está centrada, más o menos, en el desprecio.


V

o—o

Hogwarts, 1899

Phineas Nigellus estaba estresado.

Para empezar, estaba seguro de que ningún inicio de curso había sido tan estrepitoso desde que era director del colegio. Unos alumnos –a los que se les caería el pelo en cuanto fuesen descubiertos– habían decidido que sería divertido encender todos los petardos y bengalas al mismo tiempo en el Expreso de Hogwarts. El resultado: habían tenido que detener el tren durante más de tres horas, y cuando finalmente llegaron a Hogsmeade, se vieron obligados a llevar a una treintena de alumnos a la enfermería para que les curasen las quemaduras.

También había recibido una carta de Ursula en la que su esposa le explicaba que la viruela de dragón de Elladora había empeorado. Tendría que ir a verla el fin de semana; la salud de su hermana siempre había sido frágil, pero últimamente enfermaba demasiado a menudo. Y, pese a que aún era joven, su fragilidad hacía que Phineas temiera por ella.

Por eso y por otras cosas, cuando el segundo día de septiembre llamaron a la puerta de su despacho, el director de Hogwarts no se molestó en responder. Ni Adelante, ni Estoy ocupado. Simplemente se limitó a hacer como si no estuviera ahí. Escuchó golpes más insistentes. Fingió no haberlos oído.

Cuando la puerta se abrió, sin embargo, el hombre perdió la poca paciencia que tenía. No obstante, al ver a su segundo hijo, se quedó demasiado sorprendido para hacer nada.

—Buenas tardes, Padre—lo saludó Phineas. Con su sencilla túnica negra y sus ojos verdes que brillaban en el despacho iluminado por unas cuantas velas, tenía un aire apuesto que llenó de orgullo a su padre.

—¿Qué haces aquí?—inquirió, sentándose en su sillón tras el escritorio.

Phineas caminó a paso lento y un tanto inseguro –o eso creyó ver su padre– hasta plantarse al otro lado de la amplia mesa.

—Quería hablar contigo—empezó. El hombre enarcó una ceja negra, invitándolo a seguir—. Desde que era pequeño he estado preguntándome por qué aquella niña era inferior—empezó—. Pregunté a mucha gente: a ti, a Madre, a Sirius, a la tía Elladora… pero lo único que decís todos es que no tienen magia. Y de eso ya me di cuenta con cuatro años.

Phineas observó a su hijo mientras éste hablaba. Las palabras brotaban de sus labios sin prisa pero sin pausa, y el hombre se preguntó cuánto tiempo llevaría planeando esas oraciones que cuestionaban los principales pilares sobre los que se sustentaba su familia.

—¿A qué viene esto?

—A que no puedo creer algo que no entiendo—Phineas bajó la mirada—. Decís que los muggles son inferiores y no fui capaz de tratar a Liora como tal, porque no lo parecía; decís que los sangre sucia tienen menos magia que nosotros porque la han robado y Henry Allen ha hecho los mejores EXTASIS de los últimos veinte años—sacudió la cabeza—. Estáis equivocados.

Algo se rompía dentro de Phineas con cada palabra de su hijo. Recordaba al niño pequeño y preguntón al que prohibió seguir mostrando su curiosidad cuando se quedó sin argumentos con los que satisfacer sus eternos ¿por qué?, al adolescente que siempre se levantaba de la mesa y se iba a su dormitorio cuando alguien empezaba a despotricar contra los muggles.

Se preguntó cómo había podido ignorar las señales, cómo había sido tan estúpido como para creer que el asunto se solucionaría con el tiempo. Quizá, si hubiera sabido plasmar con palabras las ideas que estaban tan arraigadas en él, no tendría que contemplar al hombre que había construido sus propias creencias sobre los cimientos equivocados, convencido de tener razón.

—No voy a consentir que seas un traidor a la sangre, Phineas—fueron las primeras palabras que salieron de sus labios. El recuerdo de su hermana Isla, que había huido con un asqueroso muggle y había matado a su madre de la pena, acudió a su mente—. Deja de decir tonterías y piensa de una…

—Ya he pensado—lo cortó Phineas—. Y en casi veinte años que tengo, aún no he visto nada que me demuestre que tenéis razón.

»No me casaré con Lysandra Yaxley, Padre. Tampoco fingiré más que me creo superior a los muggles o magos con familia muggle. No quiero hacerlo, y tengo heridas en la lengua de tanto mordérmela. Los padres de Henry no son inferiores a ti o a mí por no tener magia. Ni dignos de desprecio. Lo único despreciable es creer eso.

Phineas palideció. De repente, la pena por la conclusión a la que había llegado su hijo fue consumida por una rabia desmesurada. Una cosa era que el muchacho tuviese ideas a todas luces equivocadas, pero lo que no le iba a permitir era que despreciara creencias que llevaban siglos arraigadas en la familia.

—Harás lo que te ordene que hagas—dijo en voz baja, y tuvo la satisfacción de ver a su hijo retroceder un paso—. Eres joven y tienes la cabeza llena de pájaros, Phineas. En cambio, yo soy tu padre, y nadie sabe lo que es mejor para ti. Te casarás con quien se te ordene y seguirás fingiendo—torció el gesto—. A menos, claro está, que quieras desaparecer del tapiz y dejar de pertenecer a esta familia.

Phineas rio. No fue un sonido agradable.

—¿Crees que no lo he pensado? ¿Piensas que no se me ha ocurrido lo que harías si hablaba contigo? Porque te equivocabas. Sé lo que implica todo esto; he tenido tiempo para pensarlo—bajó la mirada—. Pensé que quizá lo aceptarías y lo dejarías estar—por primera vez, la tristeza en su voz era tangible—. Me equivoqué, por lo que parece.

Se giró y se dirigió a la puerta del despacho. Phineas no pudo evitar perder la paciencia; entre la rabia y el sentimiento de traición había un hueco que ocupaba el dolor de ver a su hijo alejarse.

—Si sales por esa puerta, no permitiré que vuelvas a atravesar la de mi casa—amenazó.

El joven giró la cabeza, con la mano apoyada en el pomo de la puerta. Sus ojos verdes reflejaban un pesar tan grande como el que sentía su padre.

—Esta mañana he ordenado mi habitación. Me he llevado lo que quiero y he tirado lo que no—la voz se le quebró y, por un momento, Phineas tuvo la impresión de que su hijo iba a echarse a llorar. Pero el muchacho respiró hondo y se sobrepuso—. Dispón de ella como gustes.

Abrió la puerta y salió del despacho de su padre sin mirar atrás.

No importaba, sin embargo. Ya lo haría en muchas ocasiones a lo largo de su vida.


Notas de la autora: El de las salidas dramáticas dando un portazo es Sirius. Imagino a Phineas demasiado metódico y poco dado a perder los estribos como para montar una escenita como la que -se supone- protagonizó nuestro querido Canuto. Además, él tenía la pequeña esperanza de que su padre lo entendiera. Por eso tardó tanto en decidir hablar con él.

Ya he hablado yo; ahora os toca comentar a vosotros.