El Potterverso pertenece a J. K. Rowling, pero eso ya lo sabemos todos.
Este fic participa en los Desafíos del foro La Noble y Ancestral Casa de los Black. Me apunté con la lista del lado oscuro y me salieron los siguientes rasgos: cobardía, crueldad, gula, sadismo, intolerancia y desprecio.
Esta viñeta está centrada, más o menos, en la gula.
VI
o—o
Manchester, 1900
Phineas bebía porque había robado algo de dinero a sus padres antes de irse y le quedaba suficiente para permitírselo. Bebía porque le apetecía. La ginebra, pese a ser diferente al whisky de fuego cuyo sabor cada vez sentía más lejano, no estaba mal. Le sabía extraña, pese a que lo había probado en más de una ocasión –y más de dos– en los últimos meses.
Desde que se había ido de casa, todo le resultaba horriblemente ajeno.
Por un lado, se alegraba. Ya no tendría que morderse la lengua para no decir algo inapropiado delante de su familia. Su compromiso con Lysandra Yaxley estaba irremediablemente roto, y había oído que en su lugar sería su hermano Arcturus quien se casaría con la muchacha para que la relación entre los Black y los Yaxley no se resintiera por la marcha de Phineas. También estaba el hecho de que actuar, por fin, de acuerdo a sus pensamientos, era liberador.
¿Verdad?
Phineas no pensaba mucho en eso. Pensaba en que añoraba a su familia, a su casa, incluso al ser cubierto de pellejo que era su elfo doméstico. Echaba de menos los piques con Arcturus, las bromas a Cygnus y las conversaciones con Belvina. Incluso añoraba ser el foco de los comentarios no del todo bienintencionados de Sirius.
Además, desde que hablase con su padre por última vez en Hogwarts temía pasar mucho tiempo rodeado de magos. Recordaba una historia que le había contado Sirius cuando era pequeño, en la que una de las manchas del tapiz familiar, Eduardus Limette Black, era perseguido y asesinado por sus hermanos, en un intento de reparar el error de sus padres engendrándolo.
Phineas seguía bebiendo. Bebía para no recordar que Grimmauld Place ya no era su hogar. Bebía para olvidar que su habitación en una pensión en el centro de esa ciudad hedionda y gris no le gustaba en absoluto. Bebía para no pensar en que no quería ver a su amigo Henry porque temía que cuando lo hiciese se diera cuenta de que todo lo que pensaba estaba mal y la razón la tenía su familia.
Bebía para olvidar los motivos por los que bebía. Y cuando lo conseguía, seguía bebiendo, por el simple placer de hacerlo y no volver a recordar. Bebía sin tener sed. Bebía por beber. Mientras estuviera borracho no escucharía la insidiosa vocecilla que repetía Te has equivocado una y otra vez.
Phineas bebía y lloraba, aunque sus lágrimas se confundían con las gotas de sudor que perlaban su rostro en ese asqueroso local lleno de humo, drogas mucho menos amigables que el alcohol y vicio. Sus ojos vagaban por el lugar, distraídos, mientras el joven se preguntaba cuándo los colores se habían intensificado tanto. Las personas eran sombras con ropa de colores, sin rostro ni estatus social. Phineas se preguntó si sería igual en caso de estar en un local mágico. Probablemente sí.
Su visión quedó repentinamente bloqueada por algo pálido. Phineas parpadeó varias veces y descubrió ante él un par de senos. Al alzar la mirada –pues, incluso en su estado, era consciente de que a las señoritas se las debía mirar a la cara–, encontró un rostro tan pálido como el pecho que había bloqueado su campo de visión, enmarcado por varios mechones rubios que se escapaban de un moño suelto. Tenía los codos apoyados sobre la mesa y un vestido rojo con un corsé demasiado apretado para su salud.
—Buenas noches—lo saludó la mujer. Alargó una mano pálida y acarició la mejilla de Phineas—. ¿Tienes algo que hacer?
No era la primera vez que una prostituta abordaba a Phineas. Ni sería la primera vez que aceptase. El joven sonrió con una mezcla entre diversión y amargura y se puso en pie, y la joven tomó su mano y tiró de él hacia la zona más oscura, más íntima, del local. El sexo no era lo mismo que el alcohol, pero también ayudaría.
Dejó que la muchacha lo empujase para sentarlo en un camastro que crujió bajo el peso de ambos, pero rodeó su cintura con un brazo para impedirle alejarse, mientras que con la otra mano buscaba la forma de desabrocharle el vestido. No fue difícil. Vagamente se preguntó cuántas veces le habrían hecho eso a la chica esa noche.
Notó los labios de la joven en el cuello y unas manos pequeñas, expertas, que desabrochaban su camisa con soltura. Sin embargo, pese a que la ginebra y la muchacha estaban haciendo bien su trabajo, algo en el interior de Phineas se revolvió cuando notó un dedo recorrer una de las cicatrices de su hombro.
—Vaya—la escuchó decir, y el beso en su garganta paró—. ¿Cómo te has hecho esto?
Actuando contra todo instinto, Phineas se separó de la prostituta y la miró fijamente.
Sus labios finos aún estaban tan rojos como su vestido. Su cabello rubio, algo más desarreglado que cuando el joven la había observado por primera vez. Pero en esa ocasión Phineas se fijó también en sus ojos. Había algo familiar en esas enormes orbes grises que lo miraban con extrañeza, casi ofendidas porque hubiera rechazado sus atenciones.
Y entonces la reconoció.
—Liora—el nombre le supo frío y a febrero y a una niña lista y parlanchina cuya madre les dio galletas. Y a la primera pieza que no había encajado en el puzle que conformaban las ideas que él había rechazado.
Ella frunció el ceño.
—No te he dicho… ¿Cómo sabes…?
Phineas agachó la cabeza.
—Me dijiste que cogeríamos renacuajos—murmuró, sintiéndose increíblemente estúpido—. Me escapé para que lo hiciésemos. Mi padre no me dejó llegar.
Liora apartó las manos de sus hombros y lo miró fijamente. Tras unos segundos, el brillo de reconocimiento que tan desesperadamente buscaba Phineas apareció en sus ojos.
—Eras más feliz entonces—susurró—. Ahora eres desgraciado—alzó un brazo y le acarició la mejilla. Al contrario que antes, sin embargo, el gesto derrochaba ternura—. ¿Por qué?
Al oír la pregunta, algo se irguió, furioso, en el interior de Phineas, gritando la respuesta. Porque me hiciste pensar y preguntarme cosas. Porque no puedo pensar como ellos. Porque si no te hubiera conocido todo sería más fácil.
Phineas alzó la mirada, y sus ojos verdes se clavaron en los grises de Liora con repentino odio.
—Por tu culpa.
Y luego se rompió. Las lágrimas, que antes habían estado brotando lentamente, contenidas por el alcohol, ahora corrían por sus mejillas mientras Phineas se estremecía con cada sollozo. Se aferró a Liora y lloró en su hombro, apenas notando las manos de la joven en su pelo y su espalda.
Phineas no entendió en ese momento por qué había estado bebiendo ni por qué estaba llorando en lugar de acostarse con Liora. A cambio, notó que la joven encajaba; pero no en el puzle de las creencias de su familia, ése en el que él mismo era una pieza extraña. Liora encajaba en un puzle que Phineas había empezado a construir con cuatro años. En uno en el que estaban sus propias opiniones, y todo lo que había visto que las respaldaba. En uno al que, comprendió entonces, aún le faltaba mucho para completarse.
Cuando se dio cuenta, Phineas se juró que algún día terminaría de montarlo. Con su familia o sin ella.
Notas de la autora: Admito que gula, lo que es gula, no tiene mucha desde la aparición de Liora. Originalmente no planeaba hacerla aparecer aquí, pero la señorita se ha colado motu propio. Además, sí, lo admito: la shippeo con Phineas. En otra ocasión escribiré un poco más sobre Phineas, sobre ella y sobre cómo la encantadora niña de la primera viñeta acabó metida en el oficio más antiguo del mundo. Pero aquí no va a ser.
Espero que hayáis disfrutado leyendo al menos la mitad de lo que yo he disfrutado escribiendo. Si queréis tirarme tomates, avisad vía review, para que haga una ensalada y no se desaprovechen. ¡Pensad en los niños de África!
