Innecesaria nota aclaratoria: Éste es el epílogo original que planeé desde que comencé a escribir este fanfic, allá en el lejano 2014; durante el tiempo en el que tardé en terminar esta historia, lo cambié a algo desarrollado durante el partido entre Japón y Grecia del especial "Wish for Peace in Hiroshima", básicamente porque todavía no estaba definido a qué equipo iba a irse Genzo y no quería echar mal karma sobre ese asunto. Ahora que por fin se ha hecho oficial su partida al Bayern Múnich, me siento con la confianza de escribir lo que ideé en un principio.
Epílogo.
Múnich.
Las cámaras los enfocaban a ambos y retransmitían sus rostros a miles de espectadores en todo el mundo; los que no estuvieran viendo la entrevista en ese momento, lo harían después a través de los canales oficiales y de las redes sociales del Bayern Múnich, así que a él no le quedaba duda de que muchas personas estarían al pendiente de lo que dijera en esos momentos. No importaba cuántas veces pasara por eso, Karl nunca se acostumbraría a esa sensación de ser un insecto en una vitrina, a la espera de ser exhibido delante de un público impaciente. Sin embargo, el hecho de que fuese ella quien estuviera a su lado y, más importante aún, que fuese quien lo entrevistara, hacía que aquello se convirtiera en una experiencia agradable. Quizás por esto era que Elieth era la única que podía interrogarlo con tanta frecuencia sin que Schneider protestara más de lo necesario.
– ¿Cuáles son tus planes para la próxima temporada? –preguntó la francesa, con un tono profesional que a él secretamente le encantaba .
– Ganar el triplete, por supuesto –contestó Karl, con el mismo tono serio–. La Champions se nos ha escapado en los últimos años, pero ahora nuestro equipo por fin tiene a la última pieza que le faltaba para volverse invencible y estoy seguro de que seremos capaces de alcanzar nuestro objetivo.
– Eso significa que estás confiado en que la Bundesliga y la DFB-Pokal no van a representar un reto para ustedes –señaló Elieth, presta.
– Considero que ningún trofeo está asegurado, hemos tenido descalabros en temporadas previas que no me permiten asegurar al cien por ciento que las ligas alemanas no serán un problema –argumentó Karl, con una sonrisa–. Sin embargo, confío en que este año las cosas marcharán bien para nosotros.
A su alrededor, los fans que habían acudido al entrenamiento de puertas abiertas en el FC Bayern Campus los vigilaban atentamente, conscientes como estaban de que Karl Heinz Schneider y Elieth Shanks conformaban una de las parejas de famosos más fuertes de la actualidad. Si bien ella no era célebre como tal, el ser la hija de un embajador y el espectáculo que armó en aquel legendario partido entre el Bayern Múnich y el Hamburgo la pusieron bajo los reflectores, cosa que ella había aprovechado para impulsar su carrera como periodista y demostrar que era capaz de destacarse gracias a sus habilidades y no sólo por ser die Kaiserin, la novia del Káiser. Pero si bien Karl se sentía muy orgulloso de ella y de sus logros, no podía evitar experimentar incomodidad por ser el centro de atención, era curioso que Elieth supiera manejar la fama mejor que él.
"Seguramente eso se debe a que es hija de un diplomático", pensó el alemán. "Está acostumbrada a lidiar con estas cuestiones".
Por supuesto, si había alguien en el mundo que pudiera conseguir que Schneider se sintiera cómodo dando una entrevista delante de un numeroso grupo de fans del Bayern Múnich, ésa era Elieth Shanks. El entrenamiento estaba a punto de comenzar, pero aún así el área de prensa había insistido en tener esa entrevista televisada ya que sería la primera práctica de la temporada y era a la que más atención le ponían los aficionados; era menester, pues, aprovechar el furor para tener una charla con el capitán del Bayern y que diera a conocer sus expectativas para el periodo que estaba a punto de iniciar. A pesar de que Alemania no había logrado su objetivo en las Olimpiadas, Schneider continuaba siendo el mejor jugador de Europa y los fanáticos del fútbol seguían sus movimientos con mucho interés. Sabiendo entonces lo importante que era esa entrevista para captar la atención del público, Elieth dirigía con firmeza y suavidad el rumbo de la conversación y Karl se dejaba conducir sin mucho problema, llegando incluso a disfrutar de la situación.
– Hablando de la última pieza para el equipo perfecto, debes de estar feliz de que por fin ese portero escurridizo haya aceptado tu propuesta de jugar para el Bayern –comentó Elieth, con una sonrisa pícara.
– Sí, me costó trabajo, pero al fin lo pude convencer –asintió Karl, quien repentinamente sintió una punzada de culpa debido al recuerdo de un trágico evento reciente que invadió su mente sin que pudiera evitarlo–. No fue de la manera en la que me hubiese gustado, pero lo importante es que ya está aquí.
– Estamos ansiosos por averiguar qué tan lejos llegarán ustedes dos ahora que ya están en el mismo equipo –señaló Elieth, con firmeza; ella había notado la culpa en los ojos de Karl y se apresuró a distraerlo para que no recordara ese accidente ocurrido en el partido de cuartos de final entre Japón y Alemania en los Olímpicos–. Ya existe el antecedente de que Wakabayashi y tú pueden acoplarse bien en un dueto impresionante que es capaz de guiar a cualquier equipo a la victoria, lo demostraron en el club juvenil de Hamburgo, así que muchos deseamos ver qué son capaces de hacer ahora que ambos se han convertido en profesionales.
– Créeme, nosotros también estamos impacientes por averiguarlo –aseguró Karl, experimentando una oleada intensa de agradecimiento y amor por esa mujer, que tan bien lo conocía–. Los dos conocemos de sobra cuáles son las habilidades del otro, así que es cuestión de volver a acostumbrarnos a jugar en el mismo equipo.
Después de otras tres o cuatro preguntas, que Elieth usó para desviar la charla de lo ocurrido durante los Juegos, ella decidió dar por concluida la entrevista y agradecerle al Káiser por su tiempo y su atención. Elieth había actuado muy profesionalmente y lo trató como el deportista de élite que él era y no como su novio, lo cual cuadraba muy bien con el papel de periodista seria que representaba; después de tantos chismes y bromas con respecto al nepotismo de los Schneider, lo que la francesa menos quería era avivar el rumor y por eso se comportaba todavía más seria cuando entrevistaba a Karl que cuando hablaba con alguien más. Curiosamente, en esta ocasión fue el mismo Schneider el que rompió el protocolo e hizo algo que podría considerarse como inapropiado, tan emocionado como estaba por ser ése un día especial.
– Bien, pues eso ha sido todo –anunció Elieth y le hizo una seña sutil al camarógrafo–. Te agradezco mucho que me hayas concedido unos minutos de tu tiempo, Schneider.
– Es un placer, señorita Shanks –respondió Karl, con una sonrisa ligera.
Un pensamiento fugaz cruzó por la mente del hombre y, antes de que él pudiera pensar en ello, su cuerpo ya había comenzado a moverse. Schneider se acercó a Elieth, tomó su rostro con suavidad y la besó en los labios, en un gesto sorpresivo que, a pesar de ser fugaz, provocó los gritos emocionados de los fans que los miraban. El camarógrafo, que había estado a punto de apagar la cámara, decidió continuar grabando para no perderse ningún detalle, el gesto fue tan tierno y espontáneo que fue favorablemente recibido por todo aquél que lo presenció.
– ¿Y eso a qué vino? –preguntó Elieth, ruborizada, cuando Karl la soltó.
– Sólo tuve deseos de hacerlo, es todo. –Schneider se encogió de hombros, avergonzado y complacido al mismo tiempo–. Lo siento, eso ha sido muy poco profesional de mi parte.
– Sí, lo ha sido –rio la rubia, muy nerviosa–. ¿Pero a quién le importa?
El joven se contagió de su reacción y rio con ella alegremente durante unos momentos, reafirmando así la impresión de que ellos eran una pareja consolidada y estable. Los aficionados se volvieron más locos aún, si era posible, y comenzaron a pedir a gritos que repitieran el beso, exigencia a la que Karl y Elieth cedieron después de un rato.
A pocos metros de ahí, un joven alto de cabello y ojos oscuros contemplaba la escena con una sonrisita de burla. El uniforme deportivo de entrenamiento que portaba todavía lucía nuevo, pues tenía poco de haberlo estrenado, al igual que la gorra blanca con el escudo del Bayern que traía en la cabeza. Este muchacho, por cierto, no sólo era un recién llegado sino que también era uno de los más felices por el hecho de que Karl y Elieth por fin se hubiesen convertido en la pareja estable y feliz que merecían ser.
– Les tomó su tiempo, pero lo lograron –murmuró él–. Ya sabía yo que les iría muy bien juntos.
Como estaba consciente de que no tenía mucho tiempo para hacer lo que quería hacer, el hombre dejó de espiar a la pareja para comenzar a andar hacia la zona en donde sabía que encontraría al equipo médico. Si se daba prisa, podría hablar con la persona que buscaba antes de que iniciara el entrenamiento, él confiaba en que Elieth todavía entretendría a Schneider durante unos minutos más. El hombre metió la mano en el bolsillo derecho de su chaqueta y palpó la caja que llevaba ahí, a la espera de que se encontrara con su auténtica dueña. Sin duda que el contenido de esa caja pondría a la chica muy feliz, pues era algo que ella deseaba tener desde hacía tiempo, se lo había hecho saber a su novio en varias ocasiones.
A lo lejos, él divisó al cuerpo médico reunido alrededor del doctor Stein, quien al parecer estaba dando algunas indicaciones a sus subordinados. Una vez que se aseguró de que sus órdenes hubieran quedado establecidas, el doctor echó a andar hacia la zona en donde el entrenador Rudy Frank Schneider hablaba con su propio personal; esto le venía bien al joven de la gorra blanca, pues significaba que tendría oportunidad de acercarse sin trabas a la persona que buscaba.
– Wakabayashi, muchacho, ¡qué gusto verte! –lo saludó el doctor Stein al pasar a su lado–. Me parece curioso que otra vez estemos en el mismo equipo.
– Muy curioso, realmente –admitió Genzo y asintió con la cabeza–. Aunque reconozco que me alegra tenerlo otra vez como mi médico, doctor Stein, usted me ayudó mucho con mis lesiones en el pasado y espero que lo siga haciendo.
– Te agradezco la confianza, pero los dos sabemos que yo ya no soy tu médico de cabecera. –El galeno guiñó un ojo–. Estoy consciente de que, en el tiempo en el que no nos vimos, tú encontraste a una doctora muy competente que ha sabido cuidarte muy bien y que por tanto ya no necesitas mi ayuda. Y me parece perfecto que sea ella la que se encargue de tus lesiones en vez de hacerlo yo, Lily es la única que puede evitar que cometas alguna estupidez que incremente tus problemas.
– La mayor parte del tiempo, sí. –A Genzo Wakabayashi no le molestó reconocer esta debilidad suya–. No creí que algún día me agradaría que alguien tenga ese poder sobre mí, ¿quién lo diría?
– Yo no, definitivamente. –El doctor Stein soltó una risotada franca–. Pero eso significa que has madurado, muchacho.
El médico palmeó el hombro del portero y se despidió de él para continuar con su búsqueda del entrenador Schneider. Wakabayashi reanudó su camino también y a los pocos minutos vio la figura de la doctora Del Valle, con su largo cabello recogido en una coleta y la bata blanca flotando a su alrededor. Genzo esbozó una sonrisa y se detuvo para contemplarla, pues le agradaba mucho ver cómo se desenvolvía en su elemento; tras unos minutos de observarla sin que se diera cuenta, nuevamente se dirigió hacia ella tratando de hacer la menor cantidad de ruido posible.
– Bien, doctora –soltó él, simple y llanamente–. Ya estoy aquí.
Lily, quien estaba de espaldas, se giró sobresaltada al escucharlo, pero su expresión de desconcierto se convirtió en una auténtica sonrisa de alegría al reconocer a Wakabayashi. La doctora lo miró de arriba abajo con una expresión de satisfacción mientras daba vueltas a su alrededor.
– Te va muy bien el uniforme del Bayern –señaló Lily, complacida–. El rojo siempre ha sido tu color.
– ¿Eso crees? –sonrió Genzo, con coquetería–. De haberlo sabido antes, desde hace tiempo se me habría hecho costumbre vestirme sólo de rojo.
– Lo dices como si no lo hicieras ya, casi toda tu ropa es de ese color, aunque bueno, el negro también te va muy bien. –Ella se echó a reír, tras lo cual lo miró con ternura–. Por fin estás aquí.
– Me tardé un poco, pero lo hice –contestó Genzo, en voz baja–. Ya estamos los dos en el mismo equipo.
– ¡Sí que te hiciste del rogar! –suspiró Lily, teatralmente–. Karl me prometió que te traería al Bayern a como diera lugar, pero no pensé que tardaría tanto en conseguirlo.
– Oye, ¿de verdad crees que Schneider influyó en mi decisión? –Wakabayashi frunció el ceño y fingió haberse ofendido.
– ¿No fue así? –preguntó ella, con inocencia–. Creo que su técnica de abrirte la espalda con sus tacos de fútbol durante los Juegos fue bastante efectiva.
– No hablemos de ese partido maldito, por favor –pidió Genzo, con expresión de niño torturado–. Tú ya sabías que yo ya había elegido fichar por el Bayern Múnich desde hacía mucho tiempo y que iba a decirle que sí a Schneider en cuanto se acabaran los Olímpicos, o quizás antes, pero fue él quien quiso apostar en ese juego de cuartos de final y todo se salió de control después.
– Un evento que muchos quisiéramos olvidar, demasiado drama para toda una vida –admitió Lily y después lo miró con expresión triunfal–. ¿O sea que yo tuve razón al pensar que ya habías definido tu destino y que simplemente nos estabas troleando al hacernos creer que no sabías qué equipo ibas a elegir?
– Por supuesto que tenías razón, siempre la tuviste, no actúes tan sorprendida –sonrió Wakabayashi–. Desde que salí del Hamburgo tenía determinado que iba a jugar para el Bayern, por algo compré un departamento en esta ciudad; bien, no sólo lo compré por esa razón, también lo hice para poder venir a visitarte, pero sí es cierto que formaba parte de mi plan de fichar por este club, simplemente no quería que mi decisión se hiciera pública y que eso enturbiara el camino de Japón para clasificarse a los Olímpicos, quería jugar con la Selección sin presiones ni distracciones. Además, si el Hamburgo no me iba a dejar libre hasta el final de temporada, ¿para qué anunciar mi decisión con tanta premura? Pero sorprendentemente tú eso ya lo sabías, siempre lo supiste; te confieso que me sorprendió mucho cuando me comentaste que creías que yo ya tenía trazado mi plan de vida pero que quería mantener la incógnita y que les estaba tomando el pelo a todos, en ese momento me quedó en claro que me conoces muy bien, doctora.
– Me complace saber que siempre estuve en lo correcto –rio ella, cual niña traviesa–. Es bueno saber que no andaba tan errada.
(N/A: Desgraciadamente, en el manga la resolución de Wakabayashi de jugar para el Bayern Múnich se dio de la manera más tonta e inmadura que pudo habérsele ocurrido a Takahashi; me quedo con mi versión en donde Genzo ya había tomado su decisión desde que salió del Hamburgo y simplemente se estuvo haciendo el tonto).
– Se lo hubieras dicho a Schneider para que dejara de presionarme tanto. –El portero esbozó una mueca irónica.
– Por más que yo estuviera muy segura de que vendrías, no lo estaba al cien por ciento –negó Lily–. Además, si no le comentaste a nadie de esto, por algo fue.
– Ya veo. –Él la miró con inquietud–. ¿No te molestó que no te lo haya confirmado antes?
– Pues no me agradó mucho la idea de que ni a mí quisieras hablarme de tus planes, no te voy a mentir –respondió Lily, muy seria–. Pero después me dije que, aunque somos pareja, no soy tu dueña y que así como yo tomo mis decisiones, tú tomas las tuyas. Sin embargo, confieso que eso también influyó en que yo me sintiera tan molesta contigo en la época en la que nos separamos, era como si el que no me confesaras a qué equipo pensabas irte fuese una señal de que no confiabas plenamente en mí. Es difícil tener una pareja y saber hasta qué punto puedes llegar a inmiscuirte en la vida del otro sin ponerte muy inseguro en el proceso.
– Ahora que lo veo en retrospectiva, supongo que pude haber sido más honesto contigo en ese aspecto, Yuri –señaló Genzo, con expresión grave–. No puedo culparte por haber creído que no iba en serio contigo si no te confiaba mis planes de vida. Lo siento, eso fue culpa mía, pero no volverá a ocurrir.
– Mientras hayamos aprendido la lección, es suficiente para mí. –Lily esbozó una dulce sonrisa sincera.
Wakabayashi aceptó esto como una buena señal y después de dejar que Lily admirara la flamante gorra nueva con el escudo del Bayern que Elieth le diera como regalo de bienvenida, metió la mano al bolsillo de su chaqueta y sacó la cajita que llevaba cargando desde que saliera de su departamento por la mañana, para ofrecérsela después a su novia.
– ¿Qué es eso? –cuestionó la doctora, con mucha curiosidad pues la caja era demasiado grande como para que se tratara de un anillo, además de que no creía que Genzo quisiera darle algo semejante en un momento como ése.
– Algo que deseas desde hace mucho tiempo –respondió el portero–. Ábrelo.
Ella obedeció y, al hacerlo, vio una réplica de la pulsera del Bayern Múnich que muchos meses atrás llevara el CEO de la joyería Cavalli a promocionar entre los jugadores del equipo y de la cual Lily se prendó al instante, una joya que jugadores como Shunko Sho, Stefan Levin e incluso Karl Heinz Schneider adquirieron para regalárselas a sus respectivas novias. Lily en alguna ocasión comentó que le gustaría que a ella le obsequiaran una, pero como su novio no formaba parte de la plantilla del Bayern en ese entonces, no le pidió que lo hiciera, así que le sorprendió y conmovió a partes iguales que una de las primeras cosas que hiciese Genzo en su primer día como jugador del equipo muniqués fuera cumplirle ese capricho.
– ¡No puedo creer que lo recordaras! –exclamó la mexicana, emocionada–. Hasta yo misma lo había olvidado. ¡Me encanta!
– Mentirosa, estoy seguro de que pensabas en ello cada vez que veías la de la Peque –se burló él, tras lo cual se echó a reír–. Me alegra que te guste, doctora, no iba a permitir que fueras la única sin una joya como ésta.
– Debería de ser yo la que te dé un buen regalo de bienvenida, en vez de que seas tú el que me ofrezca algo –murmuró Lily, mientras Genzo le colocaba el brazalete en la muñeca derecha.
– Bien, puedes darme un beso –señaló Wakabayashi, con malicia–. Ése sería un buen obsequio de buena suerte y puedes dármelo justo ahora.
– ¿En serio? –Lily se ruborizó–. ¿Aquí y ahora? ¿Crees que sea una buena idea?
– ¿Por qué no? –inquirió Genzo–. Ya estamos en el mismo equipo así que nadie nos acusará de traidores si nos llega a ver besándonos.
Lily tuvo que darle la razón y le echó los brazos al cuello para darle un beso cálido y largo, sin importarle que sus compañeros y los de Genzo estuvieran a su alrededor. Él se dejó llevar momentáneamente por el gesto y la sostuvo entre sus brazos más tiempo del necesario, después de lo cual la soltó para reacomodarse la ropa.
– Pues espero que, si alguien nos tomó una foto, no vaya a publicarla con fines maliciosos –comentó Genzo, ligeramente avergonzado al notar que algunas personas los observaban con expresiones de complicidad.
– Y si lo hacen, ¿qué más da? –replicó Lily, alegremente–. Ya lo superamos una vez, podemos hacerlo una segunda.
Wakabayashi esbozó una media sonrisa y la miró complacido, pues la doctora tenía toda la razón del mundo: si ni Blind con Gunther Schäfer ni Shuzou Wakabayashi consiguieron separarlos, mucho menos lo haría cualquier otra persona malintencionada, por muchas fotografías que sacara.
– Creo que es momento de que regreses con el equipo –dijo Lily y señaló al doctor Stein y al entrenador Schneider, quienes regresaban en compañía de Karl–. Me parece que la práctica está por iniciar.
– Te veré más tarde –asintió Genzo, antes de irse tras los Schneider; a su vez, Lily se acercó al doctor Stein.
Karl comenzó a caminar más lento hasta detenerse por completo y Wakabayashi entendió que lo estaba esperando, así que apresuró el paso. Si bien Genzo ya había tenido la conferencia de prensa de rigor que lo anunciaba como nuevo fichaje bomba y de que ya había acudido varias veces a las instalaciones, ése sería su primer entrenamiento oficial y por tanto Schneider sentía que tenía la responsabilidad de acompañarlo. Después de todo, si Wakabayashi estaba ahí, era de manera indirecta gracias al Káiser.
El entrenador Rudy Frank empezó la práctica de la manera habitual con las recomendaciones de cada temporada, los planes que se tenían y las metas por alcanzar. Después hizo una pausa para presentar a los jugadores que se incorporaban al equipo, aunque dejó a Wakabayashi hasta el final, quizás de manera deliberada. Aunque no era la primera vez que Genzo se presentaba ante un nuevo club, sí había pasado mucho tiempo desde la última vez que lo hizo y se sintió un tanto incómodo por el asunto, sobre todo porque no era desconocido para nadie que él se resistió a fichar por el Bayern Múnich durante mucho tiempo; sin embargo, pronto habría de descubrir que algunos de sus nuevos compañeros de equipo no se tomaban con tanta seriedad estas cuestiones. Apenas iba el japonés a decir su nombre cuando fue interrumpido por Sho, con más energía de la necesaria.
– Vamos, entrenador, a este guardameta ya lo conocemos de sobra, nos hemos enfrentado a él en más de una ocasión y me atrevo a decir que al menos Levin, Schneider y yo lo hemos mandado al hospital por lo menos una vez así que, ¿para qué perder el tiempo en presentaciones? –soltó el chino, con tal desparpajo que todos comenzaron a reírse, incluyendo el propio Genzo.
– Gracias por recordarme el por qué no quería jugar con ustedes –replicó Wakabayashi, de buen humor.
– Luego te cobras las que te debemos, después de que hayamos conquistado todo lo conquistable en esta temporada –terció Schneider, con una sonrisa mordaz.
– Yo digo que lo mejor que puede hacer es olvidar ese rencor –opinó Levin–. El resentimiento no es bueno, ¿sabían?
– Habla la voz de la experiencia –se burló Shunko–. Yo digo que hay que escucharlo.
– Lo dices porque no fuiste tú el que acabó con tantas lesiones –reclamó Genzo.
Todos rieron de nuevo y entonces el entrenador Rudy Frank pidió orden para iniciar el entrenamiento, dado que los nuevos fichajes ya habían acabado de hablar. Los veteranos formaron un contingente que comenzó a correr alrededor del campo, al que tanto Sho como Levin se apresuraron a unirse, pero Schneider y Wakabayashi se retrasaron un momento pues al parecer todavía tenían algo por decirse.
– Europa y la Champions League nos esperan –comentó Karl–. ¿Estás listo para el reto?
– Más que listo –contestó Genzo–. Siempre lo he estado y lo sabes.
– Bien –asintió Schneider–. Ha llegado el momento de dar el siguiente paso.
– Hagámoslo entonces –aprobó Wakabayashi.
Ambos entrechocaron los puños antes de echar a correr detrás del contingente. Gracias a todo lo que habían pasado juntos, y también a pesar de eso, Genzo Wakabayashi y Karl Heinz Schneider habían vuelto a formar el dueto letal que siempre estuvieron destinados a ser. Detrás de ellos estaban esas vivencias y delante de ellos se encontraba el mundo, a la espera de ser conquistado.
¡Estamos juntos en el camino de la Victoria! ¡Seguimos juntos en el camino hacia la Gloria!
