Los personajes de Saint Seiya no me pertenecen, son propiedad de Masami Kurumada.
El grupo de forajidos huyó a toda la velocidad que sus caballos avanzaban; Ikki, el líder, no se detuvo hasta que se sintió seguro, cuando el Sol se habría paso en el cielo y las quejas del grupo se hicieron grandes. Los hombres se internaron entre el paisaje cavernoso del lugar hasta que llegaron a la cueva en la que se ocultaban; sin decir nada más que órdenes, Ikki dejó su caballo en la entrada y se internó en el lugar, dejándolo todo a sus hombres, Seiya fue el segundo en desmontar con el ceño fruncido.
—Ese hijo de perra —murmuró sin despegar la mirada de la entrada de la cueva—. El maldito casi hace que me maten.
—Te dije que era un pésimo líder, tú decidiste cederle el paso —murmuró Shiryu, sujetando la correa de su caballo y el de Ikki.
—Sólo hay una cosa que lamento de esta noche…
Hyoga entró a la par de sus compañeros, los tres se detuvieron cuando vieron a Ikki desenfundar un arma, el arma.
La pistola era de empuñadura larga y cómoda, con algunos destellos dorados en el borde, lo que le daba una apariencia bella, casi celestial. Era un arma que tentaba a la vista. Una vez que la sostenían ya no podían desear otra cosa, se convertía en su vida, el centro del universo, la llave a todos los problemas.
Ikki era el líder, porque él fue quien más rápido se recuperó de la pérdida de Shun; claro que le había dolido la muerte de su hermano, pero sabía que no podía enfocarse en el dolor por mucho tiempo, así era la vida en esos tiempos, muerte en crimen, por enfermedad o sólo por vivir. La naturaleza en su máxima expresión, después de la vida seguía la muerte.
El rubio del grupo fue el primero en sostener el arma. Hyoga la había robado en medio de un tiroteo con una banda rival; le había disparado al dueño del arma justo en la mano, sabía que un par de dedos volaron lejos de su lugar natural pero el revólver se había quedado sin dueño. Pasó los siguientes días recordando lo ligera que era y la suerte que tuvo apenas la sostuvo, lo poderoso que lo hizo sentir.
Durante un robo a uno de los ferrocarriles que pasaba cerca de su zona de robo Shiryu también probó la dicha de cargarla por un pequeño momento, cuando Ikki ni siquiera notó; Shiryu la sostuvo cuando uno de los conductores del ferrocarril golpeó al líder con la pala que usaban para echar el carbón a la máquina.
Su defensa fue rápida, el arma no se trababa, el gatillo era suave. Era perfecta. Pero Ikki se recuperó del golpe y le quitó el arma a Shiryu, sin mirarlo, preocupado porque nada le hubiera pasado al revólver.
Ambos secuaces miraban con atención cada vez que Ikki desenfundaba el arma; la miraban con deseo, un deseo material sin igual, y a su líder con furia contenida, celos que con cada minuto ardían con mayor intensidad en su interior. La codiciaban y ella los llamaba.
Seiya y los demás hombres, por el contrario, se dedicaban a festejar sus victorias. Una semana había pasado desde su encuentro con el grupo rival, y desde ese momento las cosas habían mejorado para ellos; cuatro robos exitosos, ninguna pérdida y mucho dinero en sus bolsillos. En sólo siete días la agrupación ya había aparecido en seis pueblos de la zona oeste, causando terror a los habitantes, divirtiéndose al ver a los representantes de la ley ocultos en sus comisarías o arrojando sus insignias lejos.
Ikki vivía preocupado, cada vez que se quedaban en un pueblo atrancaba la puerta de su habitación; había visto a varios con los ojos sobre su arma como un grupo de perros sarnosos mirando un filete recién cocido. Estaba volviéndose paranoico y desconfiado. Si Shun viviera seguramente le recriminaría su desconfianza a sus compañeros de crímenes.
Gracias a su aislamiento pudo concentrarse en sus planes, nunca se había concentrado tanto en los robos como en esa semana, sentía que por primera vez tenía la habilidad suficiente para manejar sus atracos con maestría y talento, como Billy The Kid, muerto un par de años atrás.
Al noveno día el grupo se preparó para su nuevo atraco, ningún hombre estaba preocupado por la velocidad o la frecuencia de los robos, todos celebraban las ganancias. El robo a otro tren no era algo nuevo, pero esta vez Ikki quería hacer las cosas interesantes y concentrarse en los pasajeros, ya que siempre se habían concentrado en la parte delantera del ferrocarril, donde había algunos artículos personales y materiales que podían vender en el mercado.
Algunos se prepararon para el asalto, dos de ellos prefirieron centrarse en otros detalles. Podían sentirla, escucharla, la querían.
Hyoga y Shiryu se armaron y prepararon, cada uno por su lado para atacar a Ikki; el rubio planeaba derrocar, estaba seguro de que los demás entenderían y lo aceptarían; Shiryu en cambio planeaba irse, formaría su propia banda, lo respetarían con esa arma.
Para las ocho de la mañana ya estaban todos en posición, esperando el paso del tren. Ikki se mantenía detrás de algunos árboles que interrumpían el rocoso paisaje. Estaba sobre su caballo y aunque parecía concentrado esperando el tren, en realidad estaba al pendiente de todo lo que ocurría a su alrededor. Seiya y Jabu estaban peleando en su escondite al otro lado de las vías, Nachi ya estaba maldiciendo por ser el encargado de dar la señal cuando el tren apareciera, Ban y Hyoga ya debían estar aburridos por esperar tanto; las cosas siempre eran iguales cuando se trataba de un robo.
Lo único que lo interrumpió fue la señal de Nachi, usando un vidrio a contraluz para llamar su atención. El humo de la máquina apareció en el horizonte, los rieles vibraron y en cuanto el ferrocarril irrumpió el paisaje natural los bandidos se apresuraron a alcanzarlo. Debido a lo comunes que eran los asaltos, el tren contaba con dos hombres sobre los vagones, uno al principio y otro al penúltimo vagón, además de dos hombres más en el último vagón, sosteniendo sus fusiles contra ellos. Geki y Nachi se encargaron de ambos, eran los mejores tiradores a distancia.
Shiryu debía encargarse de los hombres sobre los vagones; Ikki se sorprendió cuando vió al pelinegro acercarse a él a toda la velocidad, apuntándole. El líder comprendió de inmediato que esa era una traición, como todos, Shiryu quería su bien más preciado. A pesar de contar con una buena puntería, ninguno de los disparos fue acertado, eso lo enfureció tanto que terminó desperdiciando toda su munición en intentar dispararle a Ikki.
Aprovechando el momento, Ikki se acercó al tren, debía subir para poder concentrarse en la escoria traidora. Acercó su caballo al último vagón y justo cuando estiró la mano para intentar sostenerse del barandal Hyoga apareció, con su misión ya terminada.
—¡Hyoga!
El rubio mantuvo una expresión seria. Estaba por ayudarlo cuando el brillo de la empuñadura lo deslumbró. Ahí estaba su nuevo objetivo.
—¡Seiya! ¡Jabu! ¡Shiryu nos traicionó! ¡Matenlo!
Los castaños intercambiaron una mirada, pero obedecieron y comenzaron a dispararle a su compañero. Hyoga por su parte le dió la mano izquierda a su líder y lo ayudó a subir. Lo jaló con fuerza, sin dudas, con una sola meta. Apenas Ikki subió, Hyoga sacó un cuchillo pequeño que afilaba cada vez que veía a Ikki pulir su revólver y apuñaló a su líder una y otra vez.
Ikki abrió los ojos, el dolor de la doble traición no fue nada cuando notó que el rubio soltó el cuchillo para intentar quitarle su arma. De eso iba todo, los disparos y la apuñala de frente.
Envidia.
Sabía que miraban su arma, los hombres lo miraban como perros muertos de hambre frente a un jugoso bistec.
Empujó a Hyoga con energía renovada, no permitiría que se lo quitaran, antes muerto que permitirlo. Seiya y Jabu miraron en forcejeo confundidos, primero el siempre confiable Shiryu los traicionaba, sin miedo o dudas, y ahora Hyoga e Ikki peleaban en medio de su robo. Ambos intentaron intervenir, sosteniendo a Hyoga de los brazos justo cuando el revólver salió volando fuera del vagón en movimiento.
Furioso, Ikki terminó con los juegos y desenfundó su olvidada arma del lado izquierdo de su cinturón y vació el tambor, sin importarle a quien le disparaba o lo débil que se sentía por las profundas cuchilladas.
Al terminar se dejó caer hacia atrás, fuera del ferrocarril que continuó su curso, ignorando la masacre que acababa de suceder. Ikki escupió sangre ante el dolor de la caída sobre la seca tierra. Ignorando el dolor que atravesaba todo su cuerpo comenzó a arrastrarse hacia el camino que el ferrocarril ya había recorrido. Sus manos estaban manchadas y cada centímetro que avanzaba era un infernal dolor en las heridas de su abdomen, pero eso no lo detuvo.
Era suya, desde la primera vez que la vió colgando en el cinturón de su dueño original lo supo. Era suya, fue robada para él.
Ikki desfallecería en cualquier momento, todo su cuerpo temblaba y el rastro de sangre a su avance era la prueba de su fin, pero no se detendría.
El hombre es egoísta y envidioso; está en su naturaleza desear los bienes de los demás. Ikki siempre lo había sabido, por eso se dedicaba al hurto, el robo de todo lo que siempre deseó y no quería obtener por los medios legales. Lo necesitaba todo apenas ponía los ojos sobre él.
Y lo que más necesitaba, lo que siempre necesitó era esa arma. El revólver de bordes dorados, causante de derramamiento de sangre, de inocentes y culpables; meta de todos los morales que ponían su atención en él. Era sinónimo de grandeza, poder, prestigio, todo lo que cualquiera sobre la tierra sueña, el medio e instrumento para obtener todo lo deseado.
Con su vista borrosa Ikki notó un destello no muy lejos de él. Faltaba poco; sólo un par de metros más.
No se detuvo hasta que la punta de sus dedos rozó la boca del arma. Una sonrisa cansada apareció en su rostro; ahí estaba, cerca, sólo necesitaba estirarse más. Lenta y dolorosamente exhaló y se movió lo poco que le faltaba, la sonrisa creció cuando pudo volver a sostener el revólver en sus manos.
Lo había recuperado.
Era suyo, hasta el final.
El cercano final, con su último aliento Ikki acarició los bordes dorados y rememoró lo exquisito que era a la vista el revólver.
Su revólver, hasta el final.
Comentarios:
¡Gracias por leer!
La trama de esta historia está basada en una pelicula mexicana de la década de los sesenta, en la cinta aparece un actor y cantante muy reconocido para la historia del cine mexicano, y varios actores también relevantes para el ocaso del llamado Cine de Oro Mexicano; el título de la cinta, por si alguien quiere verla, lo revelaré al final (pero también pueden preguntarme ;)).
De nuevo, y como siempre, gracias por leer!
