Los personajes de Saint Seiya no me pertenecen, son propiedad de Masami Kurumada.


Vivir en completa ambición, el deseo de lo ajeno, sin culpas o remordimientos. Caín tomaba lo que quería, nada lo detenía ni se complicaba con el peso moral de sus acciones. Sólo tenía un objetivo, lo primero que llamaba su atención era directamente llamado suyo; en ese momento, su nuevo objetivo era el arma que estaba frente a él.

Quería ser libre, necesitaba vengarse de Dohko, por delatar su escondite con la policía. Dándole una mirada rápida a la entrada y agudizando el oído para identificar si había alguien más con él, comenzó a quitarse su cinturón lentamente; al no percibir nada llamativo intentó jalar el revólver hacia él.

Era un arma llamativa y bella, de bordes dorados, se la quedaría después de escapar.

Al tenerla en las manos una sonrisa apareció en su rostro. Definitivamente se la quedaría, incluso sólo con sostenerlo sintió una ráfaga de fuerza invadirlo; sintió que ya no era un simple ladrón de pueblo, ahora era un ladrón completo y peligroso. Era suyo, no lo perdería. Para su suerte, la pistola estaba cargada y preparada para disparar; Caín sólo tuvo que esperar un par de minutos más hasta que la puerta de entrada fue abierta de nuevo para darle la bienvenida de nuevo al comisario y compañero.

—¡Alto! —gritó, apuntando a los hombres que de inmediato llevaron las manos a sus cinturones— ¡Un movimiento sin mi permiso y se mueren! Ahora, ¡quítense los cinturones!

Los hombres intercambiaron una mirada funesta que permaneció en sus rostros ante una impactante verdad: ambos resentían la pérdida del revólver y el precio de su estupidez. Lentamente se quitaron los cinturones y los arrojaron lejos, con sus armas aún enfundadas.

Caín sonrió victorioso. Ordenó su liberación y encerró a los oficiales en su celda, mirando con satisfacción sus expresiones vacías detrás de las rejas que antes lo habían mantenido prisionero. Salió del lugar y tomó uno de los caballos que estaban frente a la comisaría, saliendo a todo galope con destino a las afueras del pueblo; entre más al sur fuera, más se alejaría del paisaje desértico que lo hastiaba. Después de deshacerse de Dohko se dedicaría a robar en las pequeñas granjas que estaban más alejadas de los grandes asentamientos urbanos.

Su carrera delictiva había iniciado diez años antes, junto con Dohko y Gestalt, sus compañeros de toda la vida, al menos hasta que Gestalt se convirtió en sheriff de un publelo al norte (y murió por eso) y Dohko fue captauado al este. Esa captura le costó su amistad, puesto que para evitar la pena de muerte no dudó en delatar a Caín.

Necesitaba darle una lección a ese traidor, como lo había hecho en su momento con Gestalt cuando intentó capturarlo para obtener una recompensa.

Galopando por un camino solitario, se detuvo cuando vió a lo lejos una carreta cargando grandes sacos con algunos papeles sobresaliendo de ellos. Era la carreta del correo, que ocasionalmente llevaba también dinero. Camín rió por lo bajo ante el golpe de suerte, eso sería suficiente para mantener sus manos tranquilas por un tiempo.

Se detuvo frente a la carreta y la apuntó al conductor, un hombre en sus treintas que de inmediato alzó las manos.

—Sabes a lo que vengo, ¡apresúrate!

—No lo haga, robarle al correo es prisión de por vida.

Caín rodó los ojos y disparó al frente, con la bala pasando cerca de la cabeza del cartero que de inmediato se cubrió.

—¡No! ¡Por favor! ¡Tengo esposa y cuatro hijos!

—¡Apresúrate entonces! —presionó Caín, intentando calmar a su caballo, el de la carreta estaba imperturbable, tal vez acostumbrado a ese tipo de sobresaltos.

El hombre asintió y con las manos aún sobre la cabeza señaló a su lado, donde había un pequeño costal que Caín tomó y abrió un poco para observar varios fajos de billetes.

Con una sonrisa victoriosa, se dió la vuelta y comenzó alejarse a paso veloz. Comenzaba a celebrar su asalto cuando el eco de un disparo resonó en el ambiente; el caballo de Caín redujo su galope y él miró a sus espaldas, notando que el hombre del correo volvía a prepararse para disparar.

Un movimiento rápido evitó que fuera herido; Caín levantó su brazo y comenzó a dispararle al hombre de la carreta mientras agitaba las riendas de su caballo, ordenando que avanzara. Los disparos y la agitación del caballo por el viaje entre el rocoso camino provocaron un movimiento rápido, el caballo dió un giro en falso y después se detuvo para pararse en dos patas.

Caín se cayó con un grito que asustó aún más al caballo, que salió corriendo, lejos del hombre. Fue una mala caída sobre su pierna izquierda, el dolor se extendió, el hueso rompió la tela de sus pantalones y la sangre comenzó a brotar en gran cantidad. La vista de Caín se volvió borrosa ante el dolor que azotó su cuerpo.

En una situación como esa, la lógica indica que lo principal a revisar es la herida o gritar por auxilio, ignorar todo para intentar establecer prioridades en medio del dolor y la desesperación, pero Caín, ante su situación extrema y como cualquier ser humano corrompido por el poder y deseo ajeno tuvo otras prioridades. Aún con los ojos llenos de lágrimas, se aferró a la bolsa de dinero que cayó no muy lejos dónde estaba.

Con ese detalle despejado, miró a su alrededor, notando que no estaba muy lejos de una cueva en la que podía ocultarse para revisar su herida e intentar arreglarla. Estaba acostumbrado a esa clase de golpes, en sus años dorados había visto a Gestalt dislocarse los hombros una y otra vez cuando se caía de los caballos que robaban. A pesar de que nunca había visto un hueso salir de esa forma, sin ser un experto se sentía optimista ante la idea de que no tardaría en pasar otra persona, con un caballo y tal vez algo que robar.

Tenía su revolver y su dinero, nada lo detendría; ese era su día de suerte.

Lo que no sabía era que no habría otro robo, ese era su fin, no saldría de esa cueva. El revólver, por otro lado, claro que lo haría. Debía regresar con su legítimo dueño.