Holaaaaa! Bueno, bueno, bueno… aquí vuelvo con el cuarto cap de este fic que parece que va ¡viento en popa! Tres capítulos y treinta reviews, ¡aún estoy flipando quicos del asombro! Chicas, os amo, de verdad. Las que habéis intentado ayudarme, mil gracias también, aunque no he conseguido nada…
Os preguntaréis: "Pues si no ha conseguido nada, ¿cómo está subiendo los caps?" Pues lo que os dije: de vuelta a las andadas. Me envío a uno de mis otros correos el cap escrito desde el portátil, y en la torre lo reviso (porque de este fic tengo escritos los ocho primeros capítulos –mientras que el de "atrapados…" ya no tengo ninguno, o sea, que lo que escriba ahora, será todo desde la torre-).
Bueno, no quiero molestaros más, que algo me dice que estáis impacientes por leer el cap, muahahahahaha!
Un beso enorme y nos vemos al final. ¡Ah! Y ¿cómo no? ¡DISFRUTÁDLO!
Capítulo 4.
Un cuerpo fuerte e imponente la estaba apretando contra la puerta, y esas manos aún no la soltaban. Quería deshacerse de ellas y gritar. ¿Y si era un ladrón? O peor, ¿un violador que se había colado en casa?
-Shhh... Te soltaré, pero no grites –dijo una masculina voz que Kagome reconoció enseguida.
Ella se calmó y él la soltó, pero entonces ella aprovechó y le dio un codazo en la tripa. La voz gimió de dolor.
Kagome giró sobre sus talones y entreabrió la puerta, pero ésta se volvió a cerrar de un golpe.
-No te irás –murmuró de nuevo la voz, más ronca, y unas manos la agarraron de los hombros para hacerla girar.
-Inuyasha, ¿tú estás tonto? –preguntó ella enfada – ¡Suéltame! –le exigió, pero él no le hizo caso –Pues me voy –tajó intentando girar, pero él no la dejaba.
-No te irás sin antes decirme que haces con Bankotsu –objetó-. Habla –ordenó.
Kagome alzó una ceja en claro gesto de confusión.
-A ti no te importa lo que yo haga o deje de hacer, ni con quien, así que déjame en paz, ¿si?
-No -tajó-. Déjalo ahora que estás a tiempo, Kagome –ordenó de nuevo.
-Si hombre, porque tu lo digas ¡no te jode¡ –respondió irónica.
-Hazme caso. Bankotsu no es trigo limpio...
-Otro... –suspiró, poniendo los ojos en blanco- ¡Que me da igual! Yo salgo con quien quiero cuando quiero, ¿queda claro? – tajó – Además, no me vengas con este royo de que no es de fiar, porque sé perfectamente que lo que tú tienes son celos –eso fue un golpe bajo-. Ya he visto el espectáculo que habéis montado hoy tú y Kikyo a la hora del patio.
-Flash Back-
La hora del recreo ya había llegado. Kagome salió dispara para ver a Bankotsu. Se pasaron casi toda la hora del patio en la gradas, ellos solos, charlando, dándose mimos, hasta que llegó un momento en que él la besó ardientemente, durante largos minutos.
Y Kikyo, al ver eso, no se iba a quedar atrás, así que se puso a una distancia considerable de ellos y empezó a liarse con Inuyasha, ahí, en medio del patio. Era una disputa entre las dos pareja, a ver cuál daba el mejor beso durante el mayor tiempo posible.
Era un debate considerado, los cuatro, bueno, cada pareja, estaba en su tema, y los ojos de todos los espectadores iban de una pareja a otra.
-Fin del flash back-
Inuyasha gruñó.
-¿Lo ves? Estás celoso –río ella, burlona.
Por unos minutos la luz de la luna se hizo más intensa y su reflejó se dejó ver, iluminando casi toda la habitación.
Inuyasha se quedó embobado mirando a Kagome. Ésta tenía el rostro entre divertido y orgulloso. Pero sólo lo veía de perfil, ya que ella tenía el rostro mirando hacia su derecha, dándole un toque arrogante, con los brazos cruzados bajo el pecho y con una pose despreocupada apoyada en la puerta.
Era tan condenadamente hermosa, pensó Inuyasha, angustiado. Sus ojos color almendra lo tenían cautivado, y su cuello, blanco y con una piel de porcelana que a la luz de la luna la hacía ver más perfecta, lo tenían loco. Tenía unas ganas tremendas de besar ese cuello…
Como por un acto reflejo, con una mano agarró el mentón de la chica y la hizo voltear el rostro para que lo mirara. Kagome se ruborizó al ver el deseo en los ojos del chico. Quisiera aceptarlo o no, tenía que reconocer que el chico era odiosamente guapo.
Inuyasha se quedó mirando, hambriento, los carnosos y apetecibles labios de la chica, que lo estaban llamando a gritos. Hasta que las ansias de probarlos de nuevo pudieron con él, y la besó.
No se lo esperaba, ese beso había sido sorpresa, porque desde el momento en que vio que él miraba fijamente sus labios hasta que los unió con los suyos no pasaron mucho segundos, así que estaba rígida, sin saber qué hacer. Hasta que salió de su desconcierto e intentó apartarlo. Sabía que si correspondía después querría más, pero él era, claramente, más fuerte que ella, así que no le quedó más remedio que corresponder. Pero también por gusto; la suavidad y la dulzura de sus labios la estaban haciendo perder la razón.
Condenado Inuyasha...
Ella se calmó y él bajó sus manos por la cintura de ella, luego su cadera hasta encontrar las frías y pequeñas manos femeninas. Las acarició y luego entrelazó sus dedos con los de ella.
Era un beso de lo más tierno, sus labios se rozaban, se estrechaban. Él pidió permiso para que dejara pasar su lengua dentro de la boca de ella. Kagome lo dejó pasar entreabriendo un poco más los labios. Inuyasha no se quedó quieto y empezó a explorar la femenina boca con su lengua. Le sabía tan dulce la boca de ella. Cómo le gustaría tenerla así de tranquila y poder besarla de esta manera siempre que él quisiera...
El beso duró largos minutos en los que ellos solos se separaban cortos segundos para recuperar aire y volver a besarse.
Hasta que Inuyasha cortó el beso de golpe, separándose, cruelmente, de los labios de Kagome. Se acercó a su oído y le susurró unas palabras no tan dulces como ese beso.
-No estoy celoso ¡de nadie! Porque yo soy el único que puede robarte estos besos –y con mucha rudeza, la agarró del brazo, abrió la puerta y la empujó hacia afuera, casi tirándola al suelo, y después cerró de un portazo.
Kagome aún estaba en Babia, pero largos segundos después volvió en sí y aporreó violentamente la puerta de la habitación del chico, pero éste la había cerrado con llave.
-Ésta me la pagarás, Inuyasha –susurró enfada.
Y dando grandes pisadas, de claro enfado, entró en su cuarto, se desvistió y se metió en la cama, y ya no supo nada más hasta la mañana siguiente cuando se despertó.
La mañana había amanecido soleada y el canto de los pájaros la había despertado desde hacía ya unos minutos.
No paraba de recordar lo que había pasado la noche anterior. Instintivamente con la gema de sus dedos rozó sus labios: si lo recordaba, aún era capaz de sentir aquel dulce sabor...
Pero al recordar lo que hizo después, el enfado volvió a ella.
Se levantó de la cama refunfuñando. Cogió ropa limpia y toallas y se internó en el baño. Dejó la ropa sobre el mármol y volvió a su cuarto, de donde trajo dos sillas.
Con una atrancó la puerta que daba al pasillo y con la otra a la que daba al cuarto de los más enamorados de la casa. Entonces se duchó tranquila, nadie la interrumpió. Terminó su relajante ducha, se secó, se vistió, se maquilló un poco y se peinó, eso sí, sin prisa, con mucha calma.
Desatrancó las puertas y por la del pasillo entró rápidamente Sesshomaru con ganas de orinar, luego de la otra puerta salió Inu Taisho con la misma intención, y ella y su madre veían el espectáculo que estaban montando padre he hijo para que ambos chorros entrasen en el váter.
-Con lo grande que es, y no hay más baños en toda esta casa, ¿o qué? –preguntó Kagome, divertida.
Volvió a su cuarto, eran las siete, así que se dedicó a recoger un poco la habitación. Al menos, intentar olvidar lo de anoche no le haría mal, porque le estaba empezando a preocupar la razón que tenía la frase que le había dicho Inuyasha.
Y otra vez se volvió a cabrear. Roxy, que dormía en la habitación de la chica, notó su cambio de humor, y se acercó a ella. Se subió a la cama y reposó su cabecita en el regazo de la chica, brindándole apoyo. Kagome se lo gradeció oralmente, y la acarició durante largos minutos, hasta que le dio un tierno beso en la cabeza y se levantó para salir del cuarto, dejando la puerta abierta para que Roxy pudiese entrar y salir cuando quisiera.
A las siete y cuarto todos estaban desayunando en la mesa del comedor. Kagome se sentó lo más pegada a Sesshomaru, y lo más alejada posible de Inuyasha, que pudo. Cada dos por tres lo miraba con odio. Había un silencio sepulcral en aquella mesa.
Todos terminaron de desayunar temprano. Kagome, la primera.
Se subió a su habitación, se preparó la mochila y a las siete y media ya estaba en la puerta esperando a Sesshomaru. A Inuyasha estaba claro que no lo esperaría.
Dos minutos más tarde, Sesshomaru se presentó ante de ella. Kagome propuso de irse ya, pero Sesshomaru insistió en esperar a Inuyasha. Ella se quejó, pero al final se fueron los tres juntos.
Inuyasha iba con el ipod a toda ostia, entonces, Sesshomaru aprovechó para preguntar a Kagome.
-¿Qué os pasa? –curioso.
-Nada –contestó ella, tajante.
-Va, aquí pasa algo, ¿qué es?
-Sesshy, hay cosas que un hermano mayor no debe saber –sin saberlo, Kagome le estaba haciendo un favor a Sesshomaru no citándole todas sus movidas con Inuyasha –Además, son cosas mías que no tengo porqué explicarte –bordemente, así es como contestó finalmente.
-Oye, tranquila. Joder qué borde estás hoy.
Kagome formuló unos insultos inaudibles. ¿Borde? Pues como para no estarlo. Cabreada por culpa de Inuyasha y encima, esa mañana le había bajado la regla, para rematar ¿Cómo no iba a estar borde?
Otra vez ese silencio, aparte del sonido de fondo del rap que escuchaba Inuyasha.
Cogieron las motos y en cinco minutos llegaron a la puerta. A Kagome le faltó tiempo para ir a abrazarse con Bankotsu.
-¿Qué te pasa preciosa? –preguntó al ver la cara de tristeza de la chica.
-Que nadie me entiende –confesó casi al borde de las lágrimas-. Mímame -pidió.
-Tus deseos son órdenes –y la besó.
Estuvieron así hasta que abrieron las puertas y se tuvieron que separar.
Kagome se pasó todas las clases en Babia, pensando; primero, en lo bien que le sentó aquel beso, y después en la rabia que le dio que la tratase así. Y luego estaba el tema Bankotsu... ¿Por qué estaban todos en su contra? ¡Si es un chico muy majo!
Pero lo principal era ese beso: la oscuridad, con solo la claridad de la luna, la dulzura de sus besos, el enlace de sus manos... ¡Waah! Tenía que quitárselo de la cabeza, ¡ellos no estaban hechos el uno para el otro! Era... físicamente imposible. Vale, ahí exageraba. Pero oficialmente, en unas semanas ellos serían hermanastros, extraoficialmente... no. No había ningún parentesco de sangre entre ellos, pero eso es lo de menos. Lo más importante es que: ellos son enemigos de toda la vida.
"Del odio al amor hay un paso." Dijo una vocecita en su cabeza.
-¿Qué has dicho? -se preguntó en voz baja.
"La verdad. Ese gran odio que sientes por Inuyasha en cualquier momento puede dar un giro de ciento ochenta grados y cinvertirse en amor."
-¿Qué? ¡Y una polla! -chilló consternada.
Ahí Kagome se dio cuenta de que toda la clase la había escuchado, y ahora todos las miraban interrogantes, incluido el profesor, que después la miró con enfado y la mandó al pasillo. Kagome, a regañadientes, obedeció.
Al fin, las clases terminaron. Kagome aún seguía en su mundo e Inuyasha, al estar el día completo observándola, se pudo dar cuenta. Una sonrisa divertida y orgullosa se formó en sus labios. Verla así de confundida le encantaba. Pero, sinceramente, a él también le había gustado besarla. Él tampoco se lo podía quitar de la cabeza. Lo que no sabía era porqué fue tan tierno con ella.
-Preciosa –murmuró Bankotsu abrazándola por detrás.
-Cari... –se giró y lo besó.
Bankotsu notó la angustia en ella.
-¿Te pasa algo? –preguntó al terminar el beso.
-No, nada –mintió, poniendo una cara más alegre.
-Bueno, vale. Oye, hoy si te vienes conmigo, a dar una vuelta, y luego te llevo a casa, ¿no?
-Claro –se agarró del brazo de Bankotsu y ambos se fueron hasta su moto.
Al llegar dónde ésta estaba estacionada, él le ofreció su casco. Se subió a la moto y Kagome tras él y se agarró a su cintura fuertemente.
-Ten mucho cuidado, por favor –pidió angustiada, ya era la segunda vez que alguien la llevaba y ella era la que llevaba el casco.
El motor vibró fuertemente y la moto empezó a avanzar. El chico iba como ella le había pedido, sin prisa ni mucha velocidad.
Kagome reposó su cabeza en la espalda del chico y se puso a pensar. En ese momento, la parte racional de su cabeza empezó a hacer preguntas de las que no sabía si tenía la respuesta: ¿Qué le estaba pasando con Inuyasha? ¿Por qué sentía, ahora, esas ansias de estar cerca de él, besarlo, tenerlo para ella sola? ¿Por qué? Si no le gustaba ¿no? Pero, es que... Todavía tenía en el estómago la sensación que sintió cuando Inuyasha la besó la noche anterior. Sintió un cosquilleo en la tripa y una enrome paz y calidez en el corazón.
Pero no, eso estaba prohibido. Ella ahora estaba con Bankotsu, Inuyasha con la odiosa de Kikyo, y ellos son unos completos enemigos, como ella polo norte, y él polo sur. Eran incompatibles. Por no nombrar ese pequeñísimo detalle de última hora: en menos de dos meses se convertirían en hermanastros. Menuda excusa la del "linage familiar". Era la segunda vez que ponía eso como excusa.
La regla, todo eso era culpa de la regla, seguro. Las hormonas, que se vuelven rebeldes.
No supo cuanto tiempo estuvo metida en sus pensamientos, pero cuando despegó el casco de la espalda del conductor de la moto, pudo ver el precioso paisaje que se cernía ante ellos: una casi puesta de sol. El astro rey aún estaba bastante alejado de la recta del horizonte, pero los reflejos anaranjados ya comenzaban a dejarse ver.
Pocos minutos después, él aparcó delante de una especie de torre. Parecía un faro, pero al entrar se dio cuenta de que era un mirador.
Había un agradable silencio entre ellos. Al menos, Kagome estaba cómoda con él. Llegaron hasta arriba del todo y juntos observaron el precioso paisaje del atardecer, un fenómeno natural de lo más espectacular.
De repente, Bankotsu infló el pecho con una respiración profunda y se giró hacia Kagome.
Ésta lo miró, y él pudo ver la tristeza en los ojos de ella.
La abrazó, y después la besó.
-Kagome yo... No sé exactamente lo que siento por ti –le susurró con una voz ronca, pero suavemente al oído-. Pero lo que sí sé es que no quiero un rollo, contigo quiero algo más –confesó- ¿Te-te gustaría salir conmigo en serio? –titubeó.
A Kagome se le llenaron los ojos de lágrimas, no de alegría, todo lo contrario; estaba triste al no poder corresponderle. No sabía por qué, pero ella no compartía ese sentimiento, no lo quería, sólo podía verlo como un chico atractivo o un amigo. Tampoco sabía exactamente qué sentía por él, pero amor como lo que él parecía profesarle, no era, y de eso si que estaba segura. Y sabía que nunca podría quererlo como debería, sino gustarle o atraerle físicamente, como mucho.
Él dejó de abrazarla y la separó de él para verla a la cara y comprobar sus sospechas. Estaba llorando.
-Hey, pero no llores, mi amor. No pasa nada si tú no sientes lo mismo…
-Son lágrimas de alegría, tonto... –mintió.
No fue muy largo el tiempo que tuvo para pensarlo, pero lo mejor sería que le mintiera. No quería, porque él no se merecía eso, pero no le quedaba de otra. Así lo haría feliz y ella podría olvidarse de ese confuso sentimiento que le remordía la conciencia.
Aceptó salir con él en serio.
Al rato de estar observando el paisaje ella puso como excusa que no se encontraba bien, y él la llevó a casa sin objeciones.
Durante todo el trayecto la chica no paró de darle vueltas a ese tema. Intentó retener las lágrimas en sus ojos, pero le era muy difícil. Así que, inevitablemente, éstas desaparecían al bajar por sus mejillas y aterrizar en la tela que cubría la capa interior del casco.
Se despidió de él con un beso, en la puerta de la mansión Taisho y se adentró, poco después, en ésta.
Ya le habían sido otorgadas unas llaves y entró sin hacer ruido. Nadie la vio, y lo agradeció, así no tendría que dar explicaciones de sus lágrimas a nadie. Corrió hasta su habitación, se encerró en ella, se echó a llorar y no salió de ella en toda la tarde.
***
Estaba en una iglesia, con mucha gente, todos iban vestidos elegantemente. Miró a lo que suponía que era el altar ceremonial, y allí estaba Bankotsu. A su lado estaba Kikyo, vestida de rosa, que le dio un codazo en la tripa y lo obligó a mirar hacía la gran puerta de madera que comunicaba la sala con la calle, y allí la vio aparecer. Kagome vestida de novia, agarrada del brazo de Inu Taisho, y juntos emprendían camino hacia el altar. Una vez llegó delante dle novio, se soltó del brazo de su padre y se agarró al de Bankotsu.
El cura empezó la típica charla sobre el matrimonio y el amor, y después de largos minutos comenzó con la pregunta más importante de la ceremonia:
-Bankotsu, ¿quieres tomar a Kagome por esposa, en la salud y en la enfermedad, en la riqueza y en la pobreza, todos los días de tu vida hasta que la muerte os separe?
Él contestó que sí, y después le hizo la misma pregunta a la chica, que contestó igual, y entonces el cura dijo:
-Puedes besar a la novia.
Y acto seguido los recién casados se besaron.
No, no...
-¡No!
Despertó de golpe.
Tenía la respiración agitada, los ojos abiertos como platos y la frente perlada en sudor.
Respiró hondo un par de veces para hacerse a la idea de que lo que acababa de pasar había sido sólo un sueño, bueno, una pesadilla.
El sonido de una puerta abrirse lo alarmó, notó que venía de la habitación de al lado. Después, por debajo de la puerta vio la sombra de unos pies pasar por delante de su puerta.
Kagome...
***
No había parado de llorar en toda la tarde. Al entra en su cuarto se cerró con llave, se desplomó sobre la cama y se echó a llorar amargamente durante horas.
Su madre le preguntó varias veces qué le pasaba, pero ella contestó que no se encontraba bien -por culpa la regla- y que quería tranquilidad. No bajó a cenar, y ahora sus tripas le pasaban factura.
Se levantó de la cama, abrió la puerta y se encaminó hasta la cocina.
Parecía una marioneta sin vida, que se movía a base de cortos y monótonos movimientos. Las lágrimas no cesaban, caían descontroladas unas tras otras por sus mejillas, pero ella no hacía nada, las dejaba caer y punto.
Llegó a la cocina, miró el reloj, ya que las agujas eran fosforescentes, y pudo ver que eran las tres de la madrugada.
Abrió la nevera y pasó la vista por su interior. Le costó ver los alimentos que había, ya que sus ojos empañados se lo dificultaban.
De repente sintió unos brazos enrollarse en su cintura y unos cálidos labios besar su hombro izquierdo. Dio un respingo, pero no gritó. Entonces la puerta de la nevera se cerró de golpe, asustándola más. Ahora estaba completamente perdida. No sabía quien estaba allí con ella, o si eso era real o era sólo un sueño. Cerró los ojos, cansada.
Entonces esas manos se posaron en sus hombros y la hicieron voltear, encarando en medio de aquella oscuridad a la persona que tenía delante. Pero ella mantuvo los ojos cerrados, intentando retener las lágrimas, y, sin poder evitarlo, un sollozo se escapó de sus labios, y como un acto reflejo, o mejor dicho, en busca de un hombro en el que llorar, se abrazó fuertemente a esa persona y empezó a llorar silenciosamente.
Esa persona correspondió. Notaba cada una de las veces que ella se convulsionaba por culpa del hipo producido por el llanto, pero de vez en cuando Kagome no podía evitar dejar escapar un sollozo. Se sentía tan protegida, tan arropada entre aquellos cálidos brazos que le estaban brindando apoyo…
Kagome notó como las manos de esa persona se posaban en sus mejillas y con los dedos pulgares limpiaban sus lágrimas.
-¿Qué... te pasa? –preguntó roncamente una masculina voz.
Ella lo reconoció enseguida, sus ojos se abrieron desmesuradamente; se había lanzado a llorara a los brazos de quien menos deseaba ver ahora... ¿Qué le diría? Se quedó callada. En vistas de que no sabía que contestar no abrió la boca, y eso cabreó más al chico.
Entonces notó como esos cálidos labios que antes se habían paseado por su hombro ahora se posaban sobre sus labios. Al simple roce, Kagome notó que algo recorrió su cuerpo de arriba abajo y la hizo temblar.
No se resistió y se dejó besar. Sus labios se movían al mismo compás, siguiendo los pasos del otro. Se estaba acostumbrando a que él la besara cuando le diera la gana, y ella, pues tampoco estaba descontenta. Debía reconocer que le encantaban sus besos, pero le asustaba que volviese ha hacer lo mismo que el día anterior.
Él pidió permiso para que dejara entrar su lengua, así explorar mejor su dulce boca. Ella no se resistió ¿Para qué? Si siempre terminaba haciendo lo que él mandaba.
Así comenzó una danza de roces entre sus lenguas.
Por un momento, a la mente de ella vinieron todos los recuerdos de esa tarde: Bankotsu. No, no podía hacerle esto.
Con sus frías manos agarró firmemente las mejillas del chico, que estaba descontrolado. Lo apartó de sus labios quedando ambos frente con frente.
-Inuyasha... para, por favor –pidió en un susurro.
Su voz era muy débil, y él lo notó. La agarró de la cintura, atrayéndola más a él.
-Esto... no está bien –con sus pulgares acarició las mejillas del chico –. Ambos tenemos pareja. Tú tienes a Kikyo, y yo… tengo a Bankotsu –le costó pronunciar ese nombre.
-Pero, –comenzó con la voz ronca todavía – ¿tú estabas de rollo con él ¿no? –preguntó confundido.
-Si, comenzamos así, pero nos hemos formalizado, y no es justo que yo le haga esto, y tampoco es justo que tú se lo hagas de nuevo a Kikyo. Perdona lo de aquella vez ¿vale? –pidió.
Al escuchar eso, Inuyasha se enfadó. ¡Lo de Kikyo ya estaba olvidado! Pero no soportaba la idea de que Kagome fuese la novia de ese... No, Kagome no.
Entonces intentó besarla de nuevo. En medio de aquélla oscuridad ella no lo vio venir y en cuanto notó sus labios sobre los suyos, apartó la cara rápidamente, pero él los busco de nuevo y cuando los encontró no los dejó escapar más.
Kagome intentó resistirse, pero él la tenía agarrada de la nuca.
La besó apasionadamente, dejando salir de él su rabia, su impotencia y su deseo por ella en ese ferviente beso.
La chica dejó de resistirse, nunca podría con él. Y tenía tantas ganas o más que Inuyasha de besarlo. No sabía por qué, no estaba bien, pero se sentía tan a gusto entre sus brazos...
Inuyasha la agarró de las muñecas y la empotró contra la nevera, besándola más intensamente. Con su lengua lamió los labios femeninos, pidiendo permiso para entrar en la boca de Kagome, y ella, por supuesto, no se lo negó. Aún así, las lágrimas de la chica bajaban descontroladas por sus mejillas y a veces terminaban en las de Inuyasha. Al notarlo, éste dejó de ser tan bruto, y entrelazó sus manos con las de ella, para luego bajarlas lentamente, ambas juntas, hasta ambos lados de la cadera de ella.
Las soltó y fue subiendo sus manos por la cadera de Kagome, luego por su cintura, y de ahí apretó estirándola hacia arriba. De un salto, ella enrolló sus piernas alrededor de la cintura de Inuyasha y él la llevó hasta la mesa y la sentó allí.
Seguían besándose desenfrenadamente. Cada uno podía notar el deseo y las ansias del otro, y eso les incitaba a seguir. Ambos se acercaron más al borde de la mesa, rozando sus sexos. Eso provoco en ellos una intensa oleada de calor y deseo. Se acercaron más. Sus respiraciones eran agitadas y de vez en vez se separaban para coger aire y volver a besarse.
Inuyasha abandonó los labios de Kagome y empezó a dejar un rastro de besos por su mandíbula, luego por su cuello, por su clavícula, hasta llegar a sus hombros. Allí, la tira de la camiseta de Kagome le estorbaba y con sus dientes la apartó hasta medio brazo. Fue subiendo, hasta llegar de nuevo al hombro y de ahí fue bajando por su pecho hasta quedar en el valle entre sus firmes y suaves senos, arrancándole a la chica más de un suspiro.
Por un momento Kagome lo agarró del pelo para que parase y quedasen cara a cara.
Sus alientos chocaban el uno con el otro, ambos podían sentir el agradable aire que salía de la boca del otro chocar contra sus propios rostros. También podían notar sus respiraciones agitadas, jadeantes, más el vaivén de sus pechos.
En medio de aquella oscuridad Kagome miró al chico, no lo podía ver con total claridad, excepto su aura. Desde que era pequeña tenía la capacidad de ver el aura de las personas, hasta en la más absoluta oscuridad, y ahora podía ver perfectamente la de Inuyasha; era de un color oro impresionante, era resplandeciente, hermosa, pero ahora estaba un poco enrojecida por el deseo que había dentro de él.
-Inuyasha, no debemos hacer esto... Nos van a pillar, por favor –pidió suplicante, entre jadeos.
-No digas… nada –ordenó con voz ronca.
Entonces capturó de nuevo sus labios, masajeó su espalda y luego sumergió sus manos bajo su camiseta, acariciando su suave espalda. Después hizo lo mismo con sus piernas, paseó sus manos por sus muslos descubiertos. Y ella no se quedó quieta: recorrió con sus manos el bien formado pecho del chico, tan suave, tan fuerte.
El sonido de una puerta alertó a Kagome, Inuyasha estaba tan enfrascado en su faena que ni se enteró.
Ella le dio una leve bofetada y ambos escucharon unos pasos. Kagome bajó rápidamente de la mesa.
-¡Te lo dije! Escóndete, es mi madre –informó.
Inuyasha se quedó descolocado, pero aún así reaccionó a sus palabras y se escondió tras la puerta de la despensa.
De repente las luces se abrieron y ella se giró, aparentando sorpresa.
-¿Qué haces aquí, Kagome? –preguntó su madre.
-Nada, que me entró hambre y bajé a por algo –dijo abriendo la nevera.
-Yo también, ¿qué hay?-preguntó sentándose en la mesa.
-¿Quieres leche? –preguntó Kagome.
Como respuesta, Sonomi asintió.
Entonces Kagome cogió dos vasos del armario de encima de la pica y los llenó de leche.
Le dio uno a su madre y se sentó en una silla junto a ella.
-¿Qué te pasa, hija?- preguntó preocupada Sonomi.
-Nada, ya te lo he dicho, la regla, que me tiene mala –mintió.
-Hija... –murmuró acariciándole el cabello –Soy tu madre y no soy tonta, sé que te pasa algo.
Kagome la miró con expectación.
-No me mires así. Es la verdad. Además, no todos los días tienes los ojos tan rojos –respondió ante el evidente asombro de su hija. Le acarició la mejilla y le limpió una lágrima que cayó por ésta –No me lo cuentes si no quieres, pero sabes que me tienes aquí para todo, ¿cierto? –le besó la frente.
Entonces Kagome recordó en la de veces que había confiado en su madre. Ella era también la que había estado siempre con ella, cuidándola, mimándola. Sabía que su madre la quería de verdad y ella nunca le escondió nada. Bueno, sólo algunas cosas, pero porque no quería preocuparla, y esto que le estaba pasando ahora no se lo podía contar, más que nada por vergüenza e indecisión.
Y sin poder remediarlo se echó a llorar en los brazos de su madre.
***
¿Qué tal? ¿Qué os ha parecido? En mi opinión, este "casi" lemón del final, no tiene ni punto de comparación con el del capítulo doce de "atrapados…", pero en mi defensa alegaré –o mejor dicho, repetiré- que esto está escrito hace más de un año. Como comprenderéis, mi forma de expresión a cambiado bastante, incluso creo que ha mejorado, jijiji. En el del otro fic… a parte de más largo, es más descriptivo, aquí es más a palo seco, más a como solía expresarme antes -.- Me alegro de ver las diferencias entre ambos y darme cuenta de lo que he mejorado =D Y bueno, el cap en general… me quedo con la escena primera, en que Inu la besa y luego la manda a freír espárragos. ¡Me encanta! Jajajajaja. Y no sé… Como que creo que Banky se ha precipitado un poco, y bueno… ehe… eso ha hecho crecer los celos de cierto moreno… muahahaha!
En fin, no quiero enrollarme mucho, que son casi las dos de la madrugada (aunque eso no es problema, porque estoy en casa de mi onee-chan –yukino14, y no creo que durmamos, porque no pararemos de hablar- que por cierto, Joana, si lees esto que sepas que este cap te lo dedico exclusivamente a ti, jijiji), así que procedo a escribir los nombres de las fantásticas chicas que me habéis comentado:
setsuna17
tania56
RefiraM
Lis-Sama
kesiichan
evita95
Dark-yuki
kaoru-inuma
InuYKag4E
shang-yang
Earand
ayumi ayama
¡WOW! Catorce en un solo cap, vais poniendo el listón cada vez más alto, ¡eso me mola! Aunque el punto más alto han sido dieciocho, en el de atrapados… que por cierto chicas, ya os he subido el cap trece, pero parece que no… hay muy pocos, ¿eh? ¬¬ Bueno, pocos en comparación con el anterior, ehe…
Muchísimas gracias por leerme, y sobretodo por aguantarme. ¡Os quiero chicas!
Se despide una fiel servidora:
Dark priinCess
PD: Las faltas ortográficas… ejem…
