No quiero entreteneros, ¡DISFRUTADLO!
Capitulo 13.
A Kagome se le paró el corazón. Corrió como nunca en su vida a ponerse la camiseta y subirse a la cama, para contestar con un tembloroso "¿S-sí?".
-¿Puedo pasar? -preguntó su madre desde el otro lado de la puerta.
Inuyasha se subió a la cama y se posicionó igual que antes, pero a una distancia prudencial de Kagome y con un cojín tapando su entrepierna.
-Por supuesto, mamá -contestó, intentando sonar lo más serena posible- ¿Qué pasa?
-Me había parecido oír un golpe. Pero ya veo que no pasa nada -sonrió- ¿Que tal vais con la peli?
Kagome le dio un pellizco disimulado a Inuyasha para que contestara él.
-Muy bien, está muy entretenida, me está gustando mucho.
-Tienes que fiarte más de mi hija -les guiñó un ojo-. En fin chicos, no os acostéis muy tarde ¿vale? Buenas noches -y sin más dilación, cerró la puerta y se fue a su habitación.
Los dos adolescente soltaron en un largo suspiro todo el aire que habían estado manteniendo en sus pulmones durante el interrogatorio. Kagome, cabreada, cogió el cojín de la entrepierna de Inuyasha y se lo estampó en la cara.
-Lárgate de aquí, imbécil -farfulló, levantándose.
-Oye, ¡que has empezado tú!
-¿Yo? ¡Que te lo crees!
-Kagome, tú has sido la que se me ha tirado encima.
-Claro, coño, porque me has mirado.
-¿Y eso qué tiene que ver? Además, ¡cuando yo te he mirado tú ya me estabas mirando!
Kagome lo agarró de la camiseta y lo fue arrastrando hacia la puerta.
-Ay, ¡cállate! ¡Cállate y lárgate! -susurró empujándolo hacia afuera de su habitación- Mañana a las diez estoy en tu habitación, y ventílala, ¡cerdo! -y de un portazo cerró la puerta.
Inuyasha se quedó parado en mitad del pasillo, con cara de gilipollas.
Al día siguiente, en las horas de estudio, la tensión se podía cortar con un cuchillo. Cada uno aprovechaba sus momentos de profesor para putear al otro. Pero poco a poco, día a día, esa mala leche se fue reduciendo, hasta unirlos aún más con cada hora que pasaba, haciendo que se ayudaran cada vez más con cada asignatura.
Un par de noches Kagome se quedó a dormir en la habitación de Inuyasha para no parar con las malditas matemáticas. Y una de las últimas noches, viendo otra película, ambos se quedaron dormidos en la habitación de Kagome.
El jueves por la noche, en la habitación de Kagome...
-San Cucufato...
-San Cucufato -repitió Inuyasha-
-De los huevos te ato...
-De los huevos te ato -repitió de nuevo.
-Si no me ayudas a aprobar mañana el examen de inglés, no te los desato.
-Si no me ayudas a aprobar mañana el examen de inglés, no te los desato -finalizó.
La escena era de lo más cómica. Ambos chicos, sentados en la cama de Inuyasha, con la típica postura de indio, estaban recitando un "conjuro" para el dios Cucufato. Inuyasha tenía entre sus manos un pañuelo al que le acababa de hacer un nudo.
-¿En serio crees en estas supersticiones, Kagome? ¿Además, el Cucufato éste no era para cuando querías encontrar algo?
-Se trata de creer, hijo mío. Y también sirve para los exámenes, tú quieres encontrar el aprobado, ¿no?
-Bueno, visto así...
-Además, has estudiado mucho y no se te da tan mal. Seguro que lo harás muy bien. ¿A qué hora tienes el exámen?
-A las 9.
Kagome lo observó unos segundos.
-Que tengas mucha suerte, muchacho, yo a esa hora te estaré apoyando desde mis sueños.
-¿Ah? ¿Que no me vas a acompañar?
-¿Tú estás loco? Ni de coña me levanto yo mañana a las nueve...
Al día siguiente a las nueve de la mañana...
-Malditos remordimientos...
-Qué hermana más grande tengo -comentó Inuyasha, orgulloso, besando la mejilla de su futura hermanastra.
-Apártate, idiota. Llevo despierta desde las seis y media por tu culpa.
-Te preocupas por mí, qué bonito -comentó con burla.
-Vete a hacer ya el puñetero examen, anda -gruñó, empujándolo dentro del aula.
Inuyasha se adentró, junto con unos compañeros más, en el aula correspondiente al examen de recuperación de cuarto año, y Kagome se dirigió al hall, a sentarse en un banco y a leerse un pequeño libro que se había traído para no aburrirse. Una hora más tarde, Inuyasha salió del aula.
-¿Cómo ha ido? -preguntó ella, nerviosa.
-Bueno... Ni fu ni fa... Sinceramente, prefiero no aventurarme a decir nada, prefiero esperar y enterarme la semana que viene de si repito o no...
Tres días después...
-Mucha suerte -le deseó Inuyasha justo antes de entrar Kagome al aula donde se realizaban las recuperaciones de matemáticas.
-Si todo sale bien te invito a desayunar -dijo ella, cerrando la puerta.
Y una hora más tarde salía con una amplia sonrisa en la cara.
-Me ha ido fenomenal -sus ojos brillaban de la emoción-, que pena que aunque saque buena nota sólo me contará como un suficiente, aix... -suspiró.
-Vámonos a desayunar, pagas tú -recordó, agarrándola de la mano y arrastrándola hacia afuera- Unas creppes con chocolate nos vendrán de perlas para quitarnos de encima los nervios.
-Mmm… Oye –quiso Kagome llamar su atención.
Inuyasha aún estaba saboreando un delicioso bocado de creppe con chocolate cuando respondió a su llamada con una mirada.
-¿Tienes pensado ir con alguien a la cena de fin de curso?
Inuyasha tosió al atragantarse. ¿Y a qué venía eso? Un adorable sonrojo apareció en sus mejillas, el cual no pasó inadvertido por Kagome.
-Pues… La verdad es que no lo he pensado –dio un trago al vaso de leche que tenía sobre la mesa- ¿Por?
-¿E-eh? –se sonrojó- No, por nada. Simple curiosidad –contestó rápidamente, antes de dar un trago a su taza de chocolate caliente.
-¿Y tú? –preguntó Inuyasha de repente- ¿Con quién irás?
Kagome se lo pensó unos largos segundos antes de contestar. Idiota, idiota, ¡idiota!, pensó. ¿Inuyasha, es que no te das cuenta de que quiero que me invites? ¿Y tú preguntándome que con quien voy? ¿Por qué no me preguntas si quiero ir contigo, imbécil? No… Espera, Kagome, cálmate… Piensa un poco. Quizá Inuyasha piensa que vas con alguien y por eso no se atreve a preguntarte si quieres ir con él…
-Pues con Sango y Rin, supongo. Todavía ningún chico se ha atrevido a invitarme, je, je…
Total, no les dejas acercarse, pensó Kagome para sus adentros.
Flash Back
Un día cualquiera en clase…
-Oye, Kagome –uno de los chicos de su clase se sentó junto a ella, en la mesa de Inuyasha, ya que él no se encontraba allí- ¿Te importaría ir… -notó que alguien clava unos ojos en su nuca.
Un escalofrío le recorrió la espalda. Volteó ligeramente el rostro y por el rabillo del ojo observó que en la puerta estaba Inuyasha, asesinándolo con la mirada
-Ir conmigo… -no se atrevió a terminar de formular la pregunta.- ¿Eh? ¿Te importaría prestarme tu tipp-ex?
Kagome, siguiendo la vista del chico, vio a Inuyasha parado en la puerta, matándolos con la mirada.
Reprimió una sonrisa de triunfo.
-Sí, claro. Toma –y le entregó el corrector.
Fin del flash back
El corazón de Inuyasha se aceleró y el sonrojo de sus mejillas se incrementó.
-Si bueno, el otro día vi a Kosuke sentado en mi asiento, hablando contigo… Pensé que te lo estaba pidiendo.
-Yo también lo pensé, pero sólo me pidió el tipp-ex-.
-Ah… En ese caso… ¿Te gustaría… -su corazón bombeó aún más deprisa. Sentía un sudor muy intenso en las manos, las cuales no dejaba de frotarse, y un tic apareció en su ojo derecho.
¿Se lo pido o no se lo pido? ¿Me arriesgo o no me arriesgo?
Inuyasha, eres idiota, pensó. La has besado todas las veces que te ha dado la gana sin que ella estuviese de acuerdo, y ahora no eres capaz de pedirle que te acompañe a la cena. Sí, definitivamente ere imbécil.
¿Qué hago? La angustia hizo acto de presencia en su pecho, en forma de nudo.
-¿Si? –preguntó, esperanzada.
Pídemelo, Inuyasha, hazlo, por favor, rogó.
-¿Te… gustaría que pidiéramos otra creppe?
El mundo se congeló para Kagome en ese instante.
-Voy al baño, enseguida vuelvo –dijo de forma fría y cortante.
Inuyasha se golpeó mentalmente. Y justo cuando la vio desparecer tras la puerta del aseo, por todo la cafetería se escuchó el grito frustrado de Kagome.
Al día siguiente, Kagome llamó a Sango, pero ésta no contestó al teléfono. A cambio, lo hizo su madre, que le informó de que su hija y Rin se habían ido de compras, a buscarse unos vestidos para la cena.
-Genial. Me han dejado tirada. Viva a la amistad.
-¿Qué pasa hija? –preguntó Sonomi desde el sofá, más concretamente desde los brazos de su futuro marido.
-Sango y Rin se han ido de compras sin mí… Ahora no sé quién me asesorará para buscarme un vestido para la cena.
Una brillante idea pasó por la cabeza de Sonomi. Y sólo le bastó una mirada hacia Inu No para saber que ambos habían tenido la misma idea.
-Ves a buscar tus cosas hija –miró el reloj de su muñeca-, salimos en cinco minutos- concluyó, con una enorme sonrisa en los labios.
En ese momento, cuando Kagome desapareció por el pasillo, arriba de las escaleras, apareció Inuyasha por la puerta.
Al oír voces y cuchicheos en el salón, se adentró en él, y vio a sus padres sentados en el sofá, charlando.
-¿Habéis visto a Kagome?
-Si, pero me la llevo en cinco minutos –contestó Sonomi.
-Genial. Pues toma –le entregó a su futura madrastra el bolso de Kagome-, dile que la próxima vez que salga corriendo de una cafetería no se lo deje. Ah, y me debe cinco pavos.
-Oye, Inuyasha –lo llamó su padre, antes de que el chico desapareciera tras el umbral de la puerta- ¿Qué te vas a poner para la cena?
-Ni idea, ¿por qué?
-Nos vamos de compras.
Inuyasha se quedó a cuadros, pero obedeció.
Justo cuando Kagome salía del pasillo, vio que la puerta principal se cerraba.
-Mamá, ¿has visto mi bolso?
-Si, hija, Inuyasha lo acaba de traer: te lo dejaste en el café –se lo entregó en mano- Después me cuentas. Vámonos.
-¿Y papá dónde está?
-Se acaba de ir, con Inuyasha.
Kagome alzó una ceja, queriendo mostrar una actitud desinteresada.
-Pues muy bien –contestó fríamente- Vámonos.
Kagome no quería ver ni en pintura a Inuyasha. Estaba sumamente cabreada por su falta de sensibilidad en la cafetería. Él, en cambio, se encontraba totalmente arrepentido por haber sido tan cobarde y no atreverse a invitarla a la cena. Pero ahora ya era tarde, cada vez que se cruzaban, ella le giraba la cara.
Así, llegó la noche de la cena.
Inuyasha estaba tranquilo dándose una ducha, cuando escuchó que alguien golpeaba la puerta.
-¿Puedo pasar, Sessh?
Él no entendió muy bien, sólo escuchó la voz de Sonomi. Supuso que ella querría entrar por algún motivo.
-Si, pasa, tranquila.
Kagome entró, y estaba tan enfrascada en su tarea de desenredarse el pelo que ni siquiera le prestó atención a su futuro hermanastro.
-¿Puedes apresurarte un poco, por favor? Yo también tengo que ducharme.
-¿Ducharte? ¿Para qué?
-¿Cómo que para qué? Pues para la cena –dejó el peine sobre la pica y miró hacia el cristal empañado de la mampara- Lo que no entiendo es por qué te estás duchando tú, que no tienes ninguna cena y que ya te has duchado esta mañana.
-Espera ¡¿qué? –y se apresuró a desempañar el cristal de la mampara con la mano, para ver a Kagome envuelta en una toalla, mirando confundida hacia la ducha.
-¡MIERDA! –gritaron ambos a la vez, Inuyasha escondiéndose tras el vaho, y Kagome saliendo disparada del baño.
Y justo al salir por la puerta del baño, Kagome chocó con Sesshomaru.
-¿Qué te pasa? –preguntó éste, al ver el rostro enrojecido por la ira de la muchacha.
-¡Que tu hermano es un idiota incompetente! –chilló.- No logro entenderlo; tú eres tan, tan, tan… -pero no logró llegar a pronunciar ningún adjetivo calificativo-; y él tan, tan, tan… Pero tan, tan, tan… ¡Agrr! –farfulló frustrada, metiéndose en su habitación.
-Mujeres... –murmuró, volviendo atónito a su habitación.
Kagome y Sonomi se encontraban en la habitación de la adolescente, terminando con los últimos arreglos de su vestido.
Su madre, con gran maña, le hizo un enorme lazo en la espalda con la cinta de gasa negra que usaría a modo de cinturón bajo el pecho.
La chica se miró en el espejo de cuerpo entero que tenía en su habitación, y estuvo muy orgullosa del trabajo realizado por su madre.
Las mismas manos de Sonomi le habían hecho dos trenzas africanas, recogiendo su flequillo, dejando a la vista todo su rostro y cuello. El cabello le caía liso y lacio por los hombros y la espalda, hasta la cintura. Sus ojos habían sido meticulosamente maquillados en tonos agua-marinos y turquesas, sus mejillas estaban cubiertas con un ligero tono rosáceo y sus labios brillaban intensamente a causa del gloss.
El vestido de color azul cielo, clásico de palabra de honor, se ceñía a su torso y creaba una insinuante pomposidad en sus caderas, dando a imaginar sus esbeltas curvas bajo la tela. En la parte baja de la falda del vestido, se dejaban ver unas capas de encaje negro, y bajo su pecho se estrechaba el cinturón al cual su madre todavía daba unos últimos retoques.
Sus pies lucían unos zapatos de salón negros, altísimos; con los cuales dudaba que pudiese dar siquiera un solo paso sin terminar en el suelo.
Alguien picó a la puerta.
-Adelante –contestaron ambas.
Y tras la puerta apareció Sesshomaru, que la miró boquiabierto.
-Dios mío… Kagome –murmuró- Estás preciosa.
Sesshomaru no pudo evitar que unos pensamientos bastante indebidos e impuros pasasen por su cabeza respecto a su hermanastra.
-Gracias –contestó ella, tímidamente.
-Ya estás lista, ¿verdad? -preguntó, acercándose a ella- Te ayudo a bajar, no quiero que vuelvas a hacerte otro esguince –dijo, ofreciéndole su brazo.
-Gracias por dejarme abusar tanto de ti –confesó ella- Tu podrías quedarte aquí tranquilo, y yo te obligo a llevarme a una cena que ni siquiera es de tu promoción.
-No te preocupes mujer, yo encantado de llevar del brazo a una chica tan guapa como tú. Y no sé qué te habrá hecho Inuyasha esta vez, pero comprendo perfectamente que no quieras ir con él -confesó con pesar.
-Es insoportable –murmuró ella.
Sesshomaru sólo suspiró, mirándola de soslayo.
La acompañó hacia las escaleras, y al principio Kagome no reparó en que al final de éstas había alguien. Ella estaba demasiado ocupada intentando pisar bien para no caerse de bruces contra el suelo. Pero al alzar la vista de sus zapatos… Se tropezó, sí. No sólo por dejar de mirar por dónde pisaba, sino porque la imagen de Inuyasha que tenía delante suyo la hizo babear.
A Sesshomaru se le escapó el brazo de Kagome, y esta iba directa hacia el final de las escaleras, Pero Inuyasha fue más rápido y la sujetó de la cintura, bajándola por completo y dando un giro sobre sus pies con ella entre sus brazos.
-¿Estás bien? –preguntó Sesshomaru, bajando como alma que lleva al diablo.
Inuyasha estaba demasiado embobado observándola como para poder hablar.
Kagome tampoco podía despegar sus ojos de él. Estaba tan malditamente guapo… Ambos se quedaron embelesados observándose e uno al otro.
-Esto… -Kagome volvió en sí, y se dio cuenta de que él aún la tenía firmemente agarrada- ¿Me sueltas?
-¿Ah? Eh… Sí, claro –murmuró, dejándola en el suelo.
En ese instante, escudriñándose cara a cara, se fijaron en sus ropas, y en un pequeñísimo y catastrófico detalle: iban completamente conjuntados. Él llevaba unos pantalones negros y una camisa también negra, y una corbata del mismo color que le vestido de ella.
Kagome miró hacia lo alto de la escalera, donde se encontraba su madre. E Inuyasha miró uno metros tras de sí, desde la puerta del salón donde los observaba su padre.
-Mamá, papá ¿se puede saber de qué va esto? –gritaron ambos a la vez.
Inu No subió corriendo las escaleras hasta llegar junto a su futura esposa. Se cogieron de la mano, se miraron con pircadía y con una sonrisa triunfal murmuraron un:
-Pasadlo bien –y se escabulleron hacia el pasillo para meterse en su dormitorio.
Inuyasha salió bufando de la casa, directo al garaje para coger su moto. Tras él fueron su hermano y su futura hermanastra, con bastante parsimonia. A diferencia de él, Sesshomaru sacó un Volvo C-30 negro, regalo de su padre por sus magníficas notas, cuya existencia Kagome desconocía. Él le tendió una mano y la ayudó a subirse en él. Kagome se maravilló por el olor a nuevo del coche.
En unos cinco minutos se encontraban ya en la puerta del restaurante.
-¿Inuyasha, dónde está Kagome? –le preguntó Rin.
-Ahí viene, en el coche de Sesshomaru –dijo con desdén, quitándose el casco y atando la moto.
Justo en ese momento, apareció por la esquina el flamante Volvo, que no dejó indiferente a nadie, por supuesto. Aparcó en la misma puerta del restaurante, en el que casualmente había un lugar libre. Del asiento del piloto salió Sesshomaru, que iba vestido con unos vaqueros desgastados, una camisa blanca y una americana negra, y se dispuso a abrir la puerta del copiloto, ayudando a bajar del deportivo a una despampanante Kagome.
Sin saber de dónde, a Rin le entraron unas horribles ganas de estrangular a su mejor amiga. Sango, que la estuvo observando, la agarró del brazo al ver a su mirada consumiéndose por la ira, preparada para lanzarse sobre ellos en cualquier momento.
-Cálmate –le aconsejó.
-Si yo estoy muy calmada –dijo irónica, respirando profundamente.
En ese momento, ajenos a todas las miradas que había sobre ellos, Kagome abrazó tiernamente a Sesshomaru, le dio las gracias mientras le besaba la mejilla y él, finalmente, se sonrojó. Se despidieron con otro beso por parte de él, y el Volvo desapareció por la esquina opuesta a la que había aparecido.
Kagome se juntó con sus dos mejores amigas, con Miroku, y para su pesar, con Inuyasha, y al entrar al restaurante, descubrió que los asientos estaban asignados. Ella se sentaba junto a Sango, e Inuyasha, delante de ella, junto a Rin.
Y, en pocas palabras, esa cena fue un verdadero martirio para Kagome. Durante toooda la cena, Inuyasha había estado pasando de ella, y Rin, aparte de estar borde, se la había pasado coqueteando con Inuyasha. Sí, cómo lo leéis, co-que-te-an-do.
Sango, junto a Kagome, le había estando lanzando miradas sorprendidas de Rin, pero al final, esas miradas se convirtieron en advertencias. Kagome no cabía en sí de la rabia. ¿Quién había sido el estúpido que había dispuesto ese orden en las mesas? ¡Maldita sea! ¡Era ella la que tenía que estar junto a Inuyasha!
Un momento. ¿Pero qué narices estás pensando, Kagome?, se preguntó a sí misma.
¿Desde cuándo ella tenía esos pensamientos? ¿Desde cuándo celaba tanto a Inuyasha y se picaba con Rin?
¿Qué me está pasando?, se volvió a preguntar.
Sango pensaba que Kagome llevaba tanto tiempo engañándose a sí misma, que no se daba cuenta de lo que sentía por Inuyasha, pero Rin sí que lo sabía, y se aprovechó de ello. Se tiró toda la noche en la discoteca haciendo manitas con Inuyasha. Y él, al ver que eso estaba haciendo arder en celos a Kagome, le siguió el royo a Rin. Pero lo peor llegó cuando ambos chicos llevaban unas copas de más.
Kagome los perdió de vista entre el gentío de adolescentes que había en la discoteca. Inuyasha y Rin, cogidos de la mano y bastante ebrios, subieron a la parte alta de la sala, y se refugiaron en una esquina solitaria. Se besaron.
Eran besos sin amor y desenfrenados. Él la tenía fuertemente agarrada de la cintura, y ella le sostenía las mejillas entre las manos. Se besaban sin ser realmente conscientes de lo que hacían. Ella veía a Sesshomaru en Inuyasha, y él veía a Kagome en Rin. Pero fue ella la recobró la cordura durante unos instantes y se separó de él, frenándolo con la mano.
-Inuyasha, ¡para! –chilló Rin para que él la escuchara. Lo obligó a apartar las manos de su cintura y se alejó de él dando un paso hacia atrás –Lo siento…
Inuyasha la miró, atormentado, y se disculpó también.
-Soy estúpida, de verdad, lamento haber estado coqueteando contigo toda la noche, soy una zorra… -se excusó.
-Eh, no, tranquila –murmuró, agarrándola por las mejillas- Yo tampoco debería haberte seguido el royo, pero supongo que soy demasiado egoísta…
-Maldije a Kagome cuando la vi tan acaramelada con Sesshomaru, y lo pagué coqueteando contigo, soy una amiga horrible... –murmuró, comenzando a llorar.
-Calma –la consoló, abrazándola- Los celos son muy malos. Que me lo digan a mi… -distraídamente, echó un vistazo a la planta baja para buscar a la culpable de esa escena, y cuál fue su sorpresa que la encontró rodeada de tíos, bailando muy desinhibidamente con todos y cada uno de ellos. –No eres ninguna zorra, para zorra Kagome –comentó, con los ojos rojos por la ira.
Rin se despegó de su pecho y observó la escena junto a él.
Inuyasha se alejó de ella, bajó la escalera de caracol como alma que lleva al diablo y se acercó de forma amenazadora a Kagome. Se hizo espacio entre tanto saco de testosterona y, agarrándola del brazo, la arrastró hacia fuera.
-¡Suéltame! –chilló Kagome una vez llegaron fuera, intentando zafarse del agarre de Inuyasha- ¿Se puede saber de qué vas? –Gritó. Al parecer, ella también llevaba unas copas de más.
-¿Y tú? ¿Se puede saber de qué vas tú? –preguntó él, zarandeándola por los hombros.
-¿Y tienes la cara de preguntármelo? ¡Eres tú el que se ha pasado toda la santa noche coqueteando con mi mejor amiga!
-¿Y por eso tienes que ponerte a bailar como una guarra con todo tío que se te cruce por delante?
Kagome pasó de él, y decidida, hizo ademán de volver a entrar. Pero él no se lo permitió, volvió a agarrarla del brazo y la empujó hacia atrás, situándola frente a él.
-Tú aquí quieta. ¡Te prohíbo que vuelvas a entrar! –ordenó Inuyasha.
-¡Que te lo crees! –contestó, soltándose de su agarre y volviendo a caminar hacia la entrada.
Inuyasha suspiró, en un intento de calmarse, pues veía que así no conseguiría nada.
-Espera, Kagome, por favor… -susurró, volteándose para observarla.
Ella giró sobre sus talones para ver como él la miraba suplicante. Las lágrimas se acumularon en sus ojos y su voz se quebró.
-Estuve toda la semana esperando a que me pidieras ir contigo a la dichosa cena, y justo cuando creí que lo harías, me saliste con una estupidez. Y para colmo, aparte de ignorarme toda la noche, has estado flirteando con Rin, ¿y tú me preguntas que porqué me he emborrachado y me he puesto a bailar con todo ser viviente que se moviese? –le aspetó.
-¿Y crees que no lo intenté? Estuve apartando de ti a todo tío que se te acercaba para preguntártelo, y justo cuando creí que podría pedírtelo, no pude, me acojoné. Después vi que no me hablabas, que no querías ni cruzarte conmigo. Rin coqueteó conmigo por despecho, y al ver que te molestaba, le seguí el royo –se guardó el detalle del beso.
Kagome, emocionada por lo que acababa de escuchar, comenzó a correr en dirección a Inuyasha y se lanzó a horcajadas sobre él para unir sus labios en un tierno beso. Inuyasha la recibió con los brazos abiertos, la rodeó por la cintura y respondió sorprendido y gustosos a las caricias que le proporcionaban esos dulces labios.
Al día siguiente, cuando se despertaron por la mañana, Inuyasha estaba en las nubes. Tenía un dolor de cabeza de aúpa, pero en su memoria atesoraba los recuerdos de la madrugada anterior. Después de ese beso frente a la puerta de la discoteca, cogió a Kagome, la subió en la moto y se la llevó a un parque cercano, donde estuvieron un buen rato más besándose y mimándose hasta quedarse dormidos.
Fue al despertarse, cuando el sol del amanecer acarició sus cuerpos, que intentaron recordar lo sucedido. Kagome, histérica y confundida, le obligó a llevarla de nuevo a casa. Ella no recordaba nada de lo sucedido, nada de lo que pasó después de emborracharse. Y, sinceramente, no quería ni imaginarse qué consecuencias la habían llevado a terminar en un parque con Inuyasha a altas horas de la madrugada.
Al llegar a casa, Kagome no quiso hablar de ello. Se desmaquilló, se puso cómoda y se encerró en su habitación hasta la hora de comer. Inuyasha la escuchó llorar desde su habitación.
Le hubiera gustado contarle lo sucedido, y más viéndola así. Pero de todas las veces que lo intentó, no lo consiguió ninguna. Ella no le dejaba entrar a su habitación, y cuando lo hizo, fue ella la que se largó. Al final, Inuyasha desistió. Sería mejor esperar a que se le pasara.
Unos días más tarde, llegó la maldita entrega de notas. Los días anteriores a ese, desde la cena, no se habían dirigido la palabra. En cierto modo, Inuyasha estaba feliz por lo sucedido, pero no era para nada tan gratificante si ella no lo recordaba, o si se lo imaginaba y se arrepentía. Fuera como fuese, ninguno de los dos estaba contento con esa situación.
Esa mañana de junio, a regañadientes, ella se subió en su moto y juntos se fueron a buscar las notas. Al llegar al aula, la tutora ya se encontraba allí, así que en silencio se sentaron en sus respectivos lugares, el uno junto al otro, y esperaron a que la profesora les entregara sus sobres con sus boletines de notas.
-Lee tú el mío y yo leo el tuyo -propuso Inuyasha, al ver como el sobre temblaba entre los dedos de la chica.
Kagome le miró asustada, y sin preámbulos le entregó su sobre, al mismo tiempo que él se lo entregaba a ella. Lo abrieron al mismo tiempo y después se miraron a los ojos.
-Enhorabuena Inuyasha -murmuró, esbozando una pequeña sonrisa-, los has conseguido.
Inuyasha la miró de forma triste, antes de murmurar.
-Kagome... Lo siento...
La chica abrió los ojos de par en par sin poder creerse lo que leía en los ojos de Inuyasha ¿Repetía?
Kagome le arrancó el boletín de las manos y lo leyó de cabo a rabo.
-Inuyasha... -susurró- ¡Eres idiota! ¿Tú sabes el susto que me has dado? -chilló, levantándose y extendiendo la mano para asestarle un sonoro guantazo en la cara.
Inuyasha se levantó, mirándola con los ojos desorbitados, y después sonrió con dulzura.
-Enhorabuena, pequeña -susurró, viendo como en los ojos de ella se acumulaban lágrimas de alegría.
Kagome gritó de felicidad, pegó unos cuantos saltos y finalmente se lanzó a sus brazos y lo besó, exactamente igual que la otra madrugada.
La única diferencia es que ahora tenían varios espectadores. Todos sus compañeros los observaron boquiabiertos.
Y Kagome, al percatarse de ello, le soltó y se alejó.
Como un flash, a su mente acudieron los recuerdos de esa noche, y por fin recordó, en una milésima de segundo, todo lo que sucedió.
-Ui, lo siento -se disculpó, roja como un tomate- Vámonos a casa, me muero de ganas por decírselo a mamá y a papá.
Salió disparada por la puerta, e Inuyasha fue tras ella. Cogieron la moto y se dirigieron hacia su casa, y en el trayecto Kagome le confesó que por fin había recordado, y que sentía mucho el espectáculo que montó. Y le pidió que, por favor, se olvidara de ese beso...
Bueeeeno... Sé que la mayoría de vosotras querrá matarme por tardar tanto en subir capítulo. Sinceramente, ni siquiera yo recuerdo cuándo fue la última vez que actualicé. Qué triste...
Así pues, deciros que el capítulos catorce no tardará en ser subido (básicamente porque lleva escrito hace bastante tiempo), pero a partir de ahí... Eso sí, debéis darle las gracias a una gran amiga mía y a una de mis más fervientes lectoras, ya que ha sido gracias a ella que he podido terminar de escribir este capítulo y publicarlo. Muchísimas gracias Laia, ¡te quiero hermana! ^-^ Has sido mi musa y mi mayor apoyo. Y por supuesto, la que ha dado este toque adolescente al capítulo.
Y muchísimas gracias también a todos los que me leeis y me apoyais en esta historia. ¡Sois los mejores!
Espero que os haya gustado, y, por una vez, nos veremos pronto! =D
Atentamente, una fiel servidora:
Dark prinCess
