Ya sabéis, ¡disfrutadlo!

Capítulo 15.

La luz del sol irrumpió con fuerza dentro de la estancia. Impactó directamente sobre los ojos de Kagome, cuyo rostro estaba orientado hacia la ventana. Los cerró con fuerza al sentir el calor sobre sus párpados, y se removió molesta entre las sábanas, notando que toda la parte trasera de su cuerpo estaba acoplada a la curvatura de un cuerpo cálido y fuerte. Al moverse un poco más, notó la presión de un brazo sobre su cintura. Y como si de un flash se tratara, los recuerdos de la noche anterior le asaltaron la mente: la piscina, Inuyasha, su conversación, los besos, su habitación...

Abrió los ojos lentamente e inspeccionó la habitación. Todo estaba en aparente calma. Ellos tumbados, en la cama, la luz del sol recién aparecido tras las montañas bañaba toda la sala... Volteó despacio su rostro y observó el de Inuyasha, que dormía plácidamente. Parecía un angelito. Jamás, en todo el tiempo que lo conocía, le había visto en el rostro ese semblante tan tranquilo, sereno e incluso feliz que ahora mostraba. Estaba adorable.

Volteó de nuevo el rostro hacia la mesita de noche, y se cercioró de la hora que era. Las ocho y media de la mañana. Muy despacio, apartó el brazo que la tenía prisionera en esa cama, destapó las piernas de las sábanas que se las cubrían y se levantó sigilosamente, rodeando la cama y encaminándose hacia la puerta.

-Kagome ¿qué haces ahí? -reconoció la voz de su madre nada más poner un pie fuera de la habitación.

Se le paró el corazón. ¿Qué le iba a decir? ¡Joder! Tenía que pensar rápido en alguna excusa.

-Ah, hola mamá -murmuró, riendo de forma nerviosa-. Estaba intentando despertar al imbécil éste, pero no hay manera. Y luego me llama perra dormilona.

Suspiró aliviada para sus adentros al darse cuenta de que la excusa había sonado bastante convincente. Es más, parecía que su madre se la había tragado,porque contestó sin ningún tipo de sarcasmo:

-Bueno, pues ve a ducharte mientras yo lo despierto. Hoy te necesitaré más que nunca..

-De acuerdo, llamaré a Rin y a Sango par...

-No hace falta. Están abajo, acaban de llegar. Yo ahora iba a despertarte.

No hicieron falta más palabras. Kagome le hizo la seña de "okay" con el dedo pulgar a su madre y se internó en su cuarto. Cogió ropa cómoda y limpia, un par de toallas y se encerró en el baño.

Se duchó rápidamente, quitándose el cloro que se había secado en su piel y en su pelo, se enjabonó varias veces hasta sentirse limpia y al secarse se vistió con un simple pijama veraniego.

Al entrar en su cuarto se encontró con sus dos amigas. No reparó demasiado en ellas en lo que se disculpó por el desorden y comenzó a recoger la habitación, hasta que se dio cuenta de un pequeño detalle:

-Sango ¿que ha pasado con tu pelo? -preguntó estupefacta, al ver el cambio radical de su amiga.

La larga melena castaña de Sango había desaparecido, y en su lugar había quedado una melena corta, por encima de los hombros, escalada con las puntas hacia afuera. La raya en medio se había movido unos centímetros hacia la derecha, creando un flequillo de lado, enmarcando su rostro.

-¿Qué tal me queda?

-Es-estas... ¡genial! -exclamó, ilusionada. Hizo una pausa y miró a Rin- Cambiando de tema ¿habéis traído vuestras cosas?

-Por supuesto -contestaron ambas.

-Pues vengan, ¡pongámonos manos a la obra!

Las tres horas siguientes pasaron más rápido de lo oportuno para las tres mujeres. Kagome estuvo maquillando y peinando a sus dos amigas, y una vez que estas estuvieron arregladas, fueron a ayudar a Sonomi con los mismo: pelo, pintura y vestido. Kagome, mientras Sango y Rin ayudaban a su madre, se estuvo preparando.

Se pintó la raya de los ojos con negro y ensombreció sus párpado con polvos de color rosa con tonos fucsia, y los párpados inmóviles los empolvó de negro. Con unas pinzas se perfiló las cejas, con más polvos se retocó los pómulos y abrillantó sus labios con un gloss ligeramente rosado, dándoles volumen y carnosidad.

Su flequillo quedó recto y liso sobre su frente. Cogió los dos mechones de pelo que rodeaban su rostro y con ellos hizo dos trenzas que después unió en su coronilla. El resto de pelo caía en cascada por su espalda y hombros, y con unas tenacillas de rizar había decorado las puntas con uno graciosos tirabuzones.

Rápidamente se desvistió y se colocó la ropa interior que ya había seleccionado previamente para ese día, que consistía en unas braguitas de encaje negro y un sujetador de silicona, sin tiras, que se abrochaba delante y que se amarraba perfectamente, y amoldaba y subía los pechos como por arte de magia.

Se colocó el vestido, pero se dio cuenta de que necesitaba ayuda para abrochárselo. Se estaba observando preocupada en el espejo, intentando con sus propias manos subir la maldita cremallera, pero no había manera.

-¿Necesitas ayuda? -preguntó una vez desde la puerta. Ella observó a dicha persona a través del espejo.

-Pues no estaría mal -respondió, apartando los brazos de su espalda y estirándolos hacia delante.

Inuyasha se acercó a ella y se volvió loco al ver la espalda al descubierto de la chica, sin ningún sujetador de por medio. Sin hacer ningún comentario y tragando saliva a duras penas, con las manos subió la pequeña cremallera, ayudándola a que, por fin, estuviera arreglada del todo.

-Gracias -murmuró, volteándose.

-D-de... nada... -musitó, observándola boquiabierto- Es-estas... preciosa.

En respuesta, Kagome sonrió y se ruborizó ligeramente.

-Tu también estás muy guapo, Inuyasha -admitió ella, devorándolo con la mirada.

Inuyasha iba ataviado de una forma parecida a la cena: una camisa negra de manga corta, unos pantalones negros y una corbata de color rosa palo.

De nuevo, volvían a ir a conjunto. Y posiblemente, se trataba de sus padres.

Se observaron fijamente durante largos segundos. Y como si de atracción magnética se tratara, las manos de Inuyasha se posaron en su cintura y la acercaron a su cuerpo. Kagome, en un ligero intento de frenarlo, puso sus manos en el pecho masculino, como queriendo poner una barrera entre ellos.

-Inuyasha... Lo de ayer... -murmuró.

-Sí, lo sé, no voy a tocarte... Pero no es fácil -confesó.

Su rostro se acercó lentamente al de Kagome, sin dejar de observar aquellos labios rojos y carnosos. Sus ojos ardían en deseo, se moría por besarlos. Pero, para evitar lo inevitable, alejó una de sus manos de la cintura femenina y con ella le acarició la mejilla, para finalmente encajar su mano en su mandíbula y rozar su labio inferior con el dedo pulgar, en un gesto muy nostálgico y melancólico, pero también muy tierno.

A Kagome le estaba costando la misma vida reprimir esas enromes ganas de besarlo. Lo veía tan triste y tan atractivo... Pero tuvo que contenerse. Sabía que si lo besaba, posiblemente no podría -y no querría- parar de hacerlo, así que se lanzó a sus brazos y se abrazaron con fuerza, pensando en todos los momentos que habían compartido hasta ese momento.

Alguien golpeó la puerta.

Se separaron más lentamente de lo que deberían haberlo hecho, mirándose fijamente a los ojos. Kagome, con la voz quebrada, murmuró un "adelante", y en cuanto sus cuerpos ya no compartían el menor contacto físico, Rin se asomó por la puerta.

-Kagom... -su llamada se cortó al ver a Inuyasha en la habitación- Kagome -repitió, recomponiéndose rápidamente- ven a ayudarnos con los últimos retoques de tu madre. Inu No te está ya esperando.

Y tan rápido como llegó, se marchó.

Los dos chicos volvieron a observarse; Kagome hizo los honores y salió casi por patas de la habitación. Se metió en la de enfrente, la de su madre.

Al entrar en la habitación observó que Sango y Rin ya iban vestidas, exactamente igual que ella, pues las tres eran las damas de honor de dicha boda.

Iban exactamente igual maquilladas, y el vestido era del estilo palabra de honor, bien amarrado al pecho, justo debajo de éste un cinturón de tela negro, con el lazo en la espalda, rodeaba su torso y el resto del vestido caía voluminoso y en cascada hasta la mitad de los muslos. Bajo la falda del vestido sobresalía una gasa blanca, y bajo dicha gasa, sobrealía otra de color negro. Sus pies estaban calzados con unos zapatos de tacón blancos, no muy altos.

Sango, con su espectacular y novedoso peinado sólo incluía en él una pequeña trenza que agarraba su flequillo hacia atrás. Rin, en cambio, llevaba dos trenzas africanas en los más alto de la cabeza, y el resto de su pelo caía liso por su espalda y hombros.

Sonomi, por otro lado, era otro asunto. Un gran asunto. Su cabello estaba amarrado en un perfecto moño italiano, con un par de mechones ondulados enmarcando su rostro. En la parte delantera del moño, lucía una pequeña diadema de margaritas con el pistilo de color azul. Su rostro estaba muy ligeramente maquillados: gloss en los labios, la raya negra en los ojos y la sombra de los párpados empolvada en blanco. Unas perlas adornaban los lóbulos de sus orejas, y un antiguo colgante, con gran valor sentimental para ella, decoraba su clavícula. Su vestido, de color crudo, era prácticamente igual que el de sus damas. Palabra de honor amarrado al busto, un cinturón enroscado al torso, con una cuerdecita de color azul trenzada alrededor, y la falda caía a lo largo de sus piernas hasta los pies, cuyo calzado consistía en unos altísimos zapatos blancos con perlitas incrustadas.

A Kagome se le entelaron los ojos.

-Dios mío, mamá... -susurró, cerrando los ojos para que las lágrimas no se le escaparan y le corrieran el rimel- Estás preciosa... No sé que leches tengo que retocar -murmuró, acercándose a ella para colocarle mejor el cinturón y para enderezarle una de las margaritas de la diadema.

-Vosotras también estáis preciosas, niñas -las cuatro mujeres se miraron, se agarraron de las manos, y comenzaron a chillar y a pegar saltitos como unas histéricas- Vale, chicas -se recompuso Sonomi- Ya es la hora. Kagome, tú vete con Inu No -ordenó-; chicas, vosotras quedaos a ayudarme.

Sin rechistar, Kagome salió de la habitación, se enfiló por el pasillo y se encaminó hacia el jardín lateral izquierdo. Allí ya estaba todo listo: el "altar" colocado, que consistía en una enorme carpa meticulosa y delicadamente decorada con flores, y los asientos de los invitados con la mayoría de ellos. Ella no estaba al tanto de la lista de personas invitadas, pero allí debía haber como unas cincuenta personas, en las cuales no reparó.

Divisó a Inu No y a sus hijos junto al altar, charlando nerviosos y emocionados. Ella, decidida, se enfiló por la pasarela central, entre todos los asientos, y se acercó a ellos.

-Kagome, por fin te veo -murmuró aliviado su futuro padre.

-Ya estoy aquí, tranquilo. ¿Cuándo tengo que acompañarte al altar?

-Como has tardado tanto, ya lo he hecho yo -informó Sesshomaru, sonriéndole ampliamente.

-¡¿QUÉ? -chilló, fulminándolo con la mirada- ¡Eso tenía que hacerlo yo! -rechistó, como si de una niña pequeña se tratase.

-Que es broma, tonta -respondió Sessh, acercándose a ella para posar su mano en el hombro femenino-. Cuando yo te informe de que Sonomi está saliendo por la puerta y se dirige hacia aquí, entonces tú debes acompañar a papá hasta el altar. Y luego yo acompañaré a Sonomi.

-Un momento -protestó Inuyasha- ¿Y yo qué? Pensaba que yo la acompañaría -reprochó.

-Tranquilo -comenzó Inu No-. Inuyasha, para ti tengo encargada otra tarea.

-¿Cuál?


Sesshomaru avisó con la mirada a Kagome y ésta procedió a acompañar a Inu No hacia el altar. Lo agarró del brazo, y comenzaron el desfile desde el arco alambrado que hacía de entrada al jardín y a lo que sería el lugar de la ceremonia, hasta el altar, que delimitaba el otro lado. Sonriendo de forma muy feliz, caminó despacio junto a su futuro padrastro hacia la carpa por en medio de la pasarela. Notó como Inu No comenzó a temblar de repente. Supuso que se trataría de los nervios.

-Todo irá bien, papá.

-Eso espero, hija mía -murmuró con pesar. Kagome no se fijó, pero su padrastro no dejó de observar un punto fijo entre los invitados, ni siquiera dejó de observarlo cuando llegó al altar.

Entonces, Sonomi apareció bajo la alambrada agarrada del brazo de Sesshomaru y sonriendo de forma radiante. Kagome miró a Inu No, y vio como su rostro preocupado y angustiado pasaba a brillar, y una tonta sonrisa de enamorado de dibujaba en sus labios.

Delante de Sonomi iban dos adolescentes de unos quince años que Kagome reconoció enseguida: ¡eran sus primas gemelas, Suki y Shoka! Ambas cargaban unos pequeños cestos de los cuales iban lanzando pétalos rojos, rosas y blancos. Detrás, Sessh y Sonomi se acercaban lentamente. Tras Sonomi iban Sango y Rin con unos ramos de flores, y tras ellas... ¡Tras ellas iba Inuyasha! El chico alzaba las manos a la altura de su pecho y sobre ellas sostenía un delicado cojín en el cual reposaban dos anillos de oro.

Kagome carraspeó por lo bajo para no reírse a carcajada suelta.

En cuanto llegaron al altar, las gemelas se sentaron en los asientos libres más cercanos que encontraron. Sonomi soltó el brazo de Sesshomaru y se enganchó a Inu No, e Inuyasha se situó junto a Kagome, pues a ambos les tocaba estar junto al novio. En el lado opuesto estaban Rin, Sesshomaru y Sango, en ese orden, custodiando la retaguardia de la novia. La música nupcial dejó de sonar en cuanto los novios se sentaron el uno junto al otro en sus respectivas sillas, y con ellos todos los invitados que se habían levantado para voltearse y observar el gran momento de Sonomi.

Ninguno de los novios era creyente, con lo cual, ante ellos no habían ningún cura, sino una notaria del ayuntamiento ataviada para la ocasión, con un sencillo pero elegante vestido negro. Procedió con las lecturas. Hasta que llegó una pregunta que pone en tensión a todo el mundo, pero a la cual ella echó humor para suavizarla.

-Si hay alguien que se oponga a esta unión, que hable ahora o calle para siempre -en los casamientos por juzgado no se suele hacer así esa pregunta, pero la cachonda de la jueza quiso hacer la gracia.

Lo que nadie se esperaba es que alguien protestara.

-Yo me opongo a esta unión -dijo una voz entre los invitados.

El corazón de Inu No se paró al reconocer esa voz y al darse cuenta de la persona a la que había visto no había sido una jugarreta de su imaginación. Todo el mundo se volteó a observa a la mujer que acaba de levantarse. De cabello corto y negro, rostro desafiante, y presuntuoso vestido rojo, aquella mujer miró con furia a la pareja.

-¿Perdón? -preguntó la jueza a través de micro. Y a coro con ella se sumaron Sesshomaru y los padres de Inu No.

-¿Pero qué hace ella aquí? -exclamó la madre de Inu No.

-¿Y quién es ella? -preguntaron todos los familiares de Sonomi, incluida ella.

La mujer se separó de su asiento y se encaminó al altar, explicándose:

-Señoras y señores, yo soy la ex-mujer de este hombre... O, mejor dicho, la mujer. Inu No no puede casarse, aún está casado conmigo. Él no ha firmado ningún divorcio.

-¿Es eso cierto? -preguntaron la jueza y Sonomi al unísono.

-Mamá... -murmuró Sesshomaru.

-¿Esa es tu madre? -le preguntó Rin.

Pero él no contestó.

-Sí, es cierto -murmuró Inu No, mirando suplicante a Sonomi. No iba a perderla, no ahora.

-Señor Taísho, yo no puedo casarlos si usted está casado, primero necesita divorciar... -pero fue interrumpida.

-No, señora jueza -saltó-. No pienso alargar ni un día más este evento -agarró la mano de Sonomi y miró con desprecio a su ex-mujer- Esa mujer me abandonó hace catorce años. Sí, estuvimos casados, éramos felices e incluso tuvimos un hijo, pero un día, sin más, me abandonó, se largó, sin una despedida, sin una miserable nota que explicara los motivos de su partida ni el destino al que se dirigía -explicó, enfureciéndose cuando todos esos recuerdos acudieron a su mente. Esa era la primera vez que Sonomi y Kagome veían tanta furia en sus ojos- Por aquel entonces no teníamos dónde caernos muertos, y ella me dejó con una mano delante y otra detrás. ¿Cómo iba a firmar ningún divorcio si no tenía ni idea de dónde estaba? Sino me amabas... -murmuró, esta vez cambiando totalmente de tono, dirigiéndose total y completamente a su ex-mujer- ¿por qué simplemente no me lo dijiste? Si tú eras feliz así, yo te hubiera dejado ir...

Pero esas palabras no enternecieron para nada a esa mujer, cuyo rostro seguía impasible y desafiante.

-En aquel entonces era una cría, tenía miedo y huí. Pero yo te amo, Inu No, ¡casémonos! -exclamó, acercándose a la pareja y separándolos para agarrar ella al novio y usurparle su lugar a Sonomi, que cayó medio desmaya a los brazos de Sesshomaru.

Inu No estaba completamente helado. No era capaz de reaccionar.

-¡BASTA! -gritó Kagome. Se acercó corriendo a su madre, que se agarraba débilmente al cuello de su hijastro.

-Kagome... -murmuraron su madre y su futuro hermanastro al unísono.

Kagome se enderezó y volteó para encarar a esa mujer tan asquerosa que había venido a arruinar la boda de su madre.

-Me da igual quien seas -comenzó-, me da igual si eres la mujer de mi padre, su hermana o el mismísimo Papa. Tú no tienes ningún derecho a meterte donde no te llaman, y estoy segura de que a esta boda nadie te había invitado -dijo, apretando los puños-. Así que si eres tan amable, lárgate de aquí antes de que te eche yo a patadas.

La mujer rió, la miró por encima del hombro y habló:

-Así que tú eres la hija de ésta mosquita muerta, ¿eh? -se burló- ¿Tú y cuántas más me echaréis de aquí?

A Kagome no le bastaron más palabras. De un certero y fuerte golpe le partió la nariz a la susodicha, que cayó desmayada a los brazos de Inu No.

-¡Kagome! -gritó Inuyasha.

-Jiten, Manten -llamó Inu No a los dos guardias de seguridad que había junto a la alambrada, por la parte de afuera- llevadla al hospital, su curación corre de mi cuenta -le ordenó una vez llegaron. Uno de ellos la cogió en brazos y entre ambos se la llevaron de allí.

-Kagome, ¿estás loca? -le dijeron sus dos amigas e Inuyasha.

-No pienso permitir que nadie arruine el mejor día de mi madre. ¡Nadie!

Sonomi se había desmayado del todo. Así que la entraron dentro de la casa y la atendieron. Mientras, Kagome, Inu No y sus dos hijos se pusieron a hablar con la jueza del tema. Los invitados estaban desconcertados, y ahora alterados por lo acontecido.

-Por favor, señora jueza, no fue mi culpa, yo quiero casarme con Sonomi -se defendió Inu No.

La jueza se lo pensó unos minutos. Oficialmente, esa boda no podía llevarse a cabo. Pero ella, como amiga de la familia, hizo la vista gorda. Él tenía razón, no fue su culpa, si ella se largó era evidente que no pudiese firmar ningún divorcio, y, desde el punto de vista moral, ya no judicial, esa mujer tampoco estaba en su derecho de venir a tocar las narices a esta boda. Afortunadamente, pese a ser una persona relativamente importante en el país, no había ningún tipo de medio de comunicación en ese evento, y más de la mitad eran familiares y amigos muy cercanos de los novios, el resto eran conocidos, colegas y compañeros. Con lo cual, todo el mundo prometió no hablar del tema fuera de ahí. Lo que había pasado en ese jardín, allí se quedaría.

Así, Kagome y sus amigas fueron a ayudar a su madre. Sonomi estaba totalmente desorientada y totalmente destrozada. Su hija y amigas intentaron reanimarla, pero la mujer comenzó a llorar, echando a perder todo el trabajo de las chicas. Aunque eso era lo que menos importaba. Las tres adolescentes la abrazaron y la consolaron lo mejor que pudieron, hasta que en la sala entró Inu No.

Hablaron a solas. Él, si no le pidió perdón no lo hizo mil veces. Se arrodilló ante ella, le suplicó, le rogó que lo perdonara, y que dejara de llorar, que era el día de su boda y quería que fuera la mujer más feliz del mundo.

-Pero no podemos casarnos, la jueza lo ha dicho -eso era lo que más la entristecía.

-No, ella nos va a casar, acaba de decírmelo. Nadie que no haya asistido a ésta boda sabrá lo que ha ocurrido, y ella me ha dicho que hará la vista gorda, porque la conozco desde hace muchos años y porque sabe que todo lo que pasó fue injusto para mí. Así que no te preocupes -le acarició la mejilla-, todo va a salir bien -murmuró, y la besó suavemente en los labios, le acarició las mejillas y le enjuagó las lágrimas con los pulgares.

-¿De verdad? -preguntó ella, con la voz rota.

-De verdad de la buena -dijo sonriendo, intentando transmitirse su amor y su alegría a través de ella- Sonríe para mí, mi amor -pidió.

Y una tímida sonrisa apareció en los labios de Sonomi, que volvió a besarlo.

-Te amo, querido -le confesó.

-Y yo a ti, mi vida -le respondió él.

Se fundieron en un tierno abrazo, y en ese momento se les saltaron las lágrimas a las tres chicas que los habían estado observando escondidas tras la puerta.

-Cásate conmigo, Sonomi.

-A eso voy -contestó ella, sonriendo ampliamente.

En ese momento, Inu No salió a fuera, y las tres chicas retocaron el peinado y el maquillaje de Sonomi. Y todo volvió a repetirse de nuevo, pero esta vez sin altercados.

-Inu No Taisho -comenzó la jueza- ¿quieres contraer matrimonio con Sonomi Higurashi, en la salud y en la enfermedad, en la riqueza y en la pobreza, para amarla y respetarla todos los días de tu vida hasta que la muerte os separe?-ya puestos, y para calmar el ambiente, la jueza siguió con la ironía de hacer parecer la boda como si fuera por la iglesia.

Inuyasha agarró la mano de Kagome, la cual no lo rechazó.

-Sí, quiero -contestó, mirando fijamente a los ojos a Sonomi, mientras le ponía el anillo en el dedo anular de la mano izquierda.

Inuyasha apretó su agarre.

-Sonomi Higurashi, ¿quieres contraer matrimonio con Inu No Taisho, en la salud y en la enfermedad, en la riqueza y en la pobreza, para amarle y respetarle todos los días de tu vida hasta que la muerte os separe?

Ahora fue Kagome la que apretujó su mano.

-Sí, quiero -dijo, con voz firme y clara, sonriendo ampliamente y depositando en el dedo anular de Inu No el anillo de oro.

Ambos chicos se miraron significativamente. Sus labios sonreían de felicidad, pero sus ojos denotaban tristeza.

-Entonces, yo os declaro marido y mujer -hizo una breve pausa, en la que vio feliz como los novios se observaban el uno al otro, dichosos-. Puedes besar a la novia -sentenció finalmente.

Inu No agarró de la cintura a su ya oficial mujer, la estrechó contra su cuerpo y la beso tierna y dulcemente en los labios, mientras todos los invitados aplaudían, silbaban y gritaban el famoso "¡Viva a los novios!".

A unos pocos metros de ellos, Inuyasha y Kagome se abrazaron y escondieron sus rostros en el hombro del otro.


Pocos minutos después del "Sí, quiero", los novios se dispusieron a saludar a todos y cada uno de sus invitados.

Inuyasha y Kagome, un poco más calmados, se reunieron con Sesshomaru, Sango y Rin, y con ellos, se sumó también Miroku.

-Sesshomaru -se acercó Kagome a él para abrazarlo-. Lo siento.

-No ha sido culpa tuya. Al contrario, debo darte las gracias por dejarla cao y conseguir que la sacaran de aquí.

-Sí, pero no deja de ser tu madre...

-No, ella no es mi madre. Jamás lo fue -farfulló- Lo más cercano a una madre que he tenido nunca, es Sonomi... -murmuró, observando a la pareja.

Todos sus interlocutores observaron a los recién casados, y se dieron cuenta de la presencia de cierto individuo que ahora los estaba felicitando.

Kagome se quedó helada, puesta en el sitio.

-¿Qué hace él aquí? -rugieron los dos hermanos.

Junto a sus padres se encontraba Bankotsu, que los vio y se acercó a ellos en son de paz.

-Antes de que me matéis -dijo Bankotsu al ver los rostros llenos de ira de los dos chicos-, vengo a felicitaros.

-Lárgate de aquí -siseó Inuyahsa.

-¿Quién te ha invitado? -preguntó Sesshomaru, un poco más calmado y controlado que su hermano.

Bankotsu suspiró.

-Mi padre es fiel compañero de trabajo y buen amigo de vuestro padre. Nos ha invitado a él, a mi madre, a mis tres hermanos y a mí -explicó-. Por favor, bajad las armas, vengo en son de paz.

-Bajaremos las armas cuando te marches -contestó Inuyasha.

-En fin... -se rindió el chico- Yo quería hablar a solas con Kagome por... -pero fue interrumpido.

-Ni lo sueñes -murmuraron, letales, ambos hermanos.

El chico los encaró con al mirada.

-Bueno, eso tendrá que decidirlo ella, ¿no? -contestó a la defensiva, ya harto.

Y ambos hermanos iban a lanzarse sobre él y montar un espectáculo cuando la autoritaria voz de Kagome los frenó.

-Voy a hablar con él -decidió.

-Pero Kagome... -murmuró Inuyasha.

-Si es lo que quieres -contestó Sesshomaru, después de escudriñarla durante varios segundo.

Kagome se acercó a Bankotsu y juntos se alejaron del grupo.

-No lo hagáis -aconsejó Miroku, sabiendo a la perfección que ambos hermanos iban a ir a espiarlos y a vigilarlos.

-Fue un hijo de puta, pero quizá vaya a disculparse de verdad -dijo Sango.

-Nunca le dejasteis hacerlo -comentó Rin.

Bankotsu y Kagome se situaron bajo un árbol, junto a la carpa, donde ya no había nadie y tenían un poco de intimidad.

-¿Qué quieres? -preguntó ella, de forma seca y arisca.

-¿No te lo esperas ya? -preguntó retóricamente- Quiero pedirte perdón.

-A buenas horas -comentó ella, poniendo los ojos en blanco.

Bankotsu suspiró y puso su mejor cara de carnero degollado.

-Sé que después de aquello me perdiste todo el respeto. Hice algo horrible de lo que me arrepiento encarecidamente -confesó-. Kagome, tú me gustabas muchísimo, y yo llevaba demasiado tiempo sólo. Iba hasta arriba de mierda... No era realmente consciente de lo que hacía -vio como ella iba a protestar, pero no se lo permitió- Sí -murmuró, como si le hubiera leído la mente-, sé que jamás podré imaginarme el miedo, la angustia y la desesperación que pasaste, y sé que tampoco podrás volver a confiar en mí, pero por favor, necesito saber que me perdonas y que lo olvidarás. Te pido, te ruego, te imploro, te suplico que me perdones.

Kagome suspiró pesadamente y lo miró durante largos y tortuosos minutos para el chico, que necesitaba oír algo de su boca.

-No sé qué te llevó a hacer lo que hiciste, y a estas alturas ya no me importa -dijo sinceramente-, pero... te perdono -sentenció-. Yo, a cambio, te pido que no vuelvas a acercarte nunca más a mí ni a los míos.

Bankotsu la miró con los ojos enjuagados en tristeza, pero supo que aquello era lo más justo, así que con un tímido y corto beso en su mejilla y un sincero "Lo siento... Adiós" al oído, se alejó de ella... Para siempre.

Kagome volvió con los demás, sin darles ningún tipo de explicación, pues ya todos se imaginaban la conversación, e intentando animar las cosas fueron a saludar a sus conocidos.


El banquete se realizó en el jardín trasero, el cual ya se había habilitado con suelos de madera para colocar las mesas y que no cojearan, junto con enormes sombrillas blancas. De nuevo, las mesas volvían a estar asignadas con nombres.

Estaba la mesa principal, alargada y rectangular, con los novios, los padres de la novia junto al novio y los padres del novio junto a la novia. Decisión de los propios novios, ya que no conocían a sus suegros y mucho menos se conocían los propios consuegros. Las ocho mesas restantes ocupaban entre cinco y siete persona cada una, acoplando así al resto de invitados.

Los tres hermanastros buscaron sus nombres, y la sorpresa que se llevaron Inuyasha, Kagome y Rin fue buena. De nuevo, Rin volvía a tener que sentarse junto a Inuyasha. Pero ésta vez ella fue más rápida y le pidió a Kagome que le cambiara el lugar, ya que tenía unas cosas que hablar con Sango. Kagome accedió sin demasiado entusiasmo.

Pero lo que debería convertirse en una alegre y tranquila comida de boda, se convirtió en una batalla campal de miradas fulminantes y de tensión entre Inuyasha y Rin. Ambos chicos se preguntaban si el otro le habría hablado a Kagome sobre el beso en la discoteca, y ambos rezaban porque no fuera así. Kagome, que estaba en medio de los dos, fue consciente de todas esas miradas, y ella, a su vez, miraba confundida a Sesshomaru en busca de un respuesta, pero él tampoco entendía nada.

-¿Se puede saber que os pasa? -preguntó ella de repente, alternando si vista del uno al otro.

-Nada -contestaron ambos, girando la cara para no verse más.

Kagome los miró furiosa, se levantó bruscamente de su asiento y con voz potente preguntó:

-Vale ¿alguien puede explicarme que está pasando aquí? ¡Y que nadie se atreva a decirme que nada!

Sin darse cuenta, había alzado la voz más de lo necesario, y ahora todos los invitados la miraban, curiosos.

-Ui... Lo siento -murmuró, riendo nerviosa y hundiéndose en su asiento, con ganas de fundirse en él y desaparecer. Pero una vez que se recompuso, volvió a la carga:-¿Inuyasha, Rin? ¡Venga!

Pero al ver que ninguno de los dos contestaba, buscó apoyo en Sango.

-Rin, Inuyasha, confesadlo ya -contestó ella-. Es absurdo que sigáis ocultándolo.

-¿Confesar el qué? -preguntó Kagome, mirándolos a ambos- ¿Qué me estáis ocultando?

Pero ninguno de los dos chicos se atrevió a despegar los labios para hablar.

-Inuyasha y Rin se besaron en la discoteca la noche de la cena -soltó Miroku.


Mis adorables niñas, espero que os haya gustado. Es tardísimo, mañana -bueno, hoy- tengo que madrugar, pues me voy de vacaciones, y aún tengo que terminar la maleta. Así que aquí queda. Pronto volveré con la segunda parte de la boda, en la que se encuentra ese secreto, jijijiji. Un besazo enorme, ¡os quiero!

Se despide una fiel servidora:

Dark priinCess