Samantha
Un constante tamborileo retumbaba dentro de mí, me hacía vibrar, flotar. Me hacía sentir que existía fuera de mi cuerpo, y que dentro de él ya no había nada… Un repentino escalofrío recorrió cada fibra de mi ser, pero se notaba demasiado real para ser un simple escalofrío. Entonces varias imágenes comenzaron a reproducirse en mi mente como si de una película se tratase, pero de manera desordenada y molesta, todo era bastante confuso, no comprendía lo que estaba viendo, todo estaba demasiado claro, demasiada luz era la que estaba consiguiendo aturdirme, pero pronto amainó aquella luz cegadora para dejar que aquella proyección tomase forma. Una joven de buen tipo y de cabello claro era a la que se estaba enfocando, una chica que apenas podía tener 14 o 15 años, parecía asustada, no apartaba la vista de un punto en concreto el cual me resultaba imposible ver hasta que de pronto la imagen de aquella chica se esfumó para dejar paso al plano de un bonito bosque cuyo centro se halla ocupado por una extraña cúpula afilada y plateada, varias mochilas y paquetes se encuentran en la extraña base… pero también hay armas, ¿por qué alguien pondría armas ahí? ¿Qué sentido tiene? Todo esto comenzaba a liarme. Un fuerte cañonazo sonó, el cual yo pude sentir, lo noté como si hubiese explotado enfrente de mí. Cuando se dio aquel cañón, bastante gente comenzó a correr hasta la base plateada, incluida aquella chica rubia, que de hecho era la que más ventaja parecía tener sobre los demás, fue la primera en llegar a la base. Lo primero que hizo fue atribuirse un arco plateado y las flechas. ¿Para qué querría una niña tan inocente un arma tan mortífera? No lo comprendo. Esa chica salió disparada después de coger una mochila, pero no se marchó sola, una mujer de cabello rojo cual llamas del fuego la perseguía, ambas se adentraron en los interiores de aquel bosque que parecía una trampa mortal. Las chicas continuaban corriendo por el bosque, la pelirroja se sacó un… ¿cuchillo? Sí, sí, sacó un cuchillo de un lote lleno de muchísimos más iguales a ese que extrajo, luego comenzó a lanzárselos. La chica rubia empezó a ocultarse entre los árboles, con eso conseguía que los afilados cuchillos se clavasen en la corteza de los mismos. Llegaba un momento en el que casi sentía la velocidad de aquella niña en mis piernas, podía notar la adrenalina correr por mis venas. ¿Qué me está ocurriendo? En cuanto la chica rubia se da la vuelta, uno de los cuchillos le roza el pómulo lo suficientemente cerca como para que caiga al suelo rodando colina abajo. Comencé a notar cada uno de los golpes que la pobre mujer se daba; el rasgazo del cuchillo, los golpes contra el suelo. Lo notaba todo.
Cuando la asustada chica dejó de rodar, de esa escena se pasó rápidamente a la de una extraña montaña compuesta por rocas, ¿hace un segundo no era todo un bosque? La imagen que divisaba entonces era la de la misma chica, pero ya no parecía tan asustada, en ese momento se encontraba luchando con otra chica… ésta tenía el cabello de un precioso color azul metálico, era de color y parecía bastante agresiva, aunque en seguida dejó de parecer peligrosa, esa apariencia desapareció en cuanto la otra chica le atraviesa el pecho con una flecha del arco, la contrincante de la chica de cabello largo y rubio cae desde bastante altura muy bruscamente contra el suelo. La asesina levanta la cabeza victoriosa, aunque impresionada por lo que acaba de hacer. Cuando me fijo en sus verdes ojos me extraño bastante, nunca había visto un verde así, era bastante extraño, muy claro. Tras aquella escena pasé a otro momento algo más grotesco; observé un cuerpo chamuscado, la sangre goteaba sin parar y la piel comenzaba a caerse a trozos. Me centré un poco más en algo que me llamaba bastante la atención, el cadáver tenía algo tallado en el centro en el abdomen, bastante cerca del pecho, había un mensaje escrito, pero no me fijé en el mensaje, más bien le presté atención a lo último que ponía: "La Chica Secreta"… Esa… esa Chica Secreta… ¿De qué me suena? Me resultaba inexplicablemente familiar ese término, parece que lo he oído antes, pero no recuerdo cuando.
Imágenes en completo desorden empezaron a ir pasando a velocidad fulminante, apenas reconocía si eran personas o simples manchas. Todo se detuvo en la impecable imagen de un pequeño niño de cabello oscuro en punta, tenía una preciosa sonrisa, la misma de un ángel. Sus tiernos ojos parecían estarme mirando fijamente, me sonaban demasiado, como si los conociese de toda la vida.
─¡Los Juegos del Hambre! ¡Distrito 12! ¡Samantha Thor, ganadora de los Septuagésimo Séptimos Juegos del Hambre! ¡Bombardeo de Panem! ¡Distrito 12 destruido! ¡Tributos de los Juegos!... ─Fue todo lo que comencé a escuchar de pronto, acompañado de algunas que otras imágenes… Es cuando decido abrir los ojos. Todo lo que había estado viendo había desaparecido y ahora solo puedo ver machones tratando de simular el cuerpo de unos hombres con bata blanca. No puedo evitar aterrorizarme al verme atrapada en una rara cápsula llena de algo parecido al agua, lo único que me permite respirar es una extraña máscara que va conectada a una bomba del exterior de la cápsula. Intento golpear la celda en la que me encuentro, pero el agua me ralentiza e impactar con fuerza resulta imposible. Cuando consigo relajarme un mínimo es cuando me veo reflejada en el cristal de dicha cápsula, reconozco esos ojos, esa mirada fría, ese color verde… Son los de la asesina… Lo que quiere decir que la asesina… Esa tal Samantha Thor… Soy yo.
Chrysta
Mis piernas temblaban un poco mientras que un chico vestido de blanco y con aspecto sumiso me da los últimos retoques a las prendas que me han dado para tapar mi desnudez inicial: una camiseta negra de manga corta con franjas grises y rojas en los hombros, con el número 12 a mi espalda; pantalones negros y unas robustas botas en el mismo color. Habían recogido mi rebelde pelo en una cola de caballo, y de reojo, en un vidrio presente en la pared, podía ver mi imagen con suma claridad, siendo dicha visión la que me alteraba hasta tal punto: era como haber vuelto al pasado, a mis días de tributo, pues era el uniforme que me dieron cuando hube de entrenar en el Centro de Entrenamiento, en el Capitolio.
Si había de ser sincera, no entendía el motivo por el cual me habían entregado dichas prendas. ¿Acaso iba a volver a la arena? No, no podía ser, era una vencedora, y una regla de oro de los Juegos del Hambre es que una vez que ganas, te eximen de la cosecha, eso lo sabía todo el mundo. Pero estaba tan confusa, que no podía poner en pie si a lo mejor Ice, el presidente de Panem, había revocado dicha norma para que yo volviera a participar en los Juegos, a fin de cuentas no habíamos llegado a celebrar los Terceros.
Sacudí la cabeza, intentando aclarar mis pensamientos. Recordaba haber venido al Capitolio por la Gira de la Victoria, haberme entrevistado con Ice por demostrar mis inclinaciones rebeldes... y abrir los ojos en aquel tanque de agua. Era como si hubiera habido una laguna entre lo que pasó esos días y lo que me estaba pasando ahora.
—Veo que ya vuelve a parecer usted, señorita Clearwater, o al menos a la imagen que tenía de su persona.
Una voz sibilina, excesivamente empalagosa, me hizo girarme sobre mis talones, para encontrarme con un hombre de pelo cano y fríos ojos que me miraba con cierto... ¿recelo?. Vestía la clásica túnica violeta de los Vigilantes, aunque no recordaba haberlo visto durante mis días como tributo para los Segundos Juegos. ¿Acaso sería una nueva incorporación?
—¿Quién es usted?— inquirí cruzándome de brazos, mientras que instintivamente daba un paso atrás. A lo largo de mis días en la arena había aprendido a mantener cierta distancia de ese colectivo de la sociedad, pues no olvidaba que habían sido los causantes de que casi muriera de hambre o devorada por un ejército de cuervos mutados —¿Y qué hago aquí, de esta guisa? Se supone que estas prendas son para los tributos, y yo ya no soy tal cosa.
—Calma, jovencita— la voz del hombre sonó divertida mientras que me sujetaba por un brazo con unas manos que parecían tenazas de acero, para luego echar a andar, escoltándome fuera de aquella sala por un largo pasillo de tonos muy oscuros que parecía conducir a ninguna parte-Guárdate las preguntas para luego, ahora tienes algunas tareas que realizar.
No entendía nada de lo que estaba pasando. Era como si una parte importante de mis recuerdos se hubiera evaporado, pero no podía concebir una idea que hubiera motivado a tal cosa. ¿Por qué no recordaba como había llegado a aquel tanque? ¿Por qué mis recuerdos se cortaban de un modo tan brusco? ¿Qué me estaba pasando?
El familiar tacto de las prendas que llevaba me hacía estar alerta mientras que sacudía mi brazo para liberarme de los dedos de mi escolta, para seguir su paso ágil con cierto recelo. ¿A dónde me iban a llevar?
Mi inesperado guía se detuvo cuando hubimos andado unos cuantos metros, justo delante de una pared de color gris donde solo había una especie de teclado instalado en la misma. Pulsó un código que no llegué a ver, y luego me hizo entrar en la estancia que se pudo ver cuando la pared se reveló como una puerta camuflada.
Mis ojos se abrieron casi de forma instintiva cuando pude ver el familiar gimnasio donde los tributos nos preparábamos durante tres días para la arena. Casi podía ver a mis antiguos aliados o conocidos entrenando en aquellos puestos que recordaba con suma precisión...
—Lo reconoces, ¿verdad? — me preguntó aquel tipo, una pregunta algo extraña.
—¿Cómo no iba a reconocerlo? He estado aquí hace menos de un año— respondí con frialdad —No sé porque cree que tengo memoria de pez, creo que eso se le debería aplicar a otras personas.
Me sorprendió que no se irritara por mis palabras, sino que se limitara a soltar una estruendosa carcajada, mientras que me empujaba en dirección a una extraña mesa que había situada en mitad de la estancia, una mesa que no había visto en mis anteriores visitas a este gimnasio. Allí, sobre la misma, se encontraban un cuchillo, un arco, una lanza y un hacha, todas iguales a las que dejaron en la Cornucopia durante los Juegos. No muy lejos de la misma, se encontraban congregados los demás Vigilantes, con sus túnicas violetas de rigor. Examiné sus rostros, pero ninguno se correspondía con los que el año pasado me evaluaron. ¿Acaso habían cambiado por completo a toda la plantilla? Ni idea.
—Venga aquí, señorita— el hombre me indicó la mesa con un gesto de la mano, abarcando luego las diferentes armas —Creo ser consciente de que has tenido la ocasión de manejar al menos tres de estas cuatro armas, ¿me equivoco?
—En realidad solo manejo dos de ellas— repuse algo arisca. Y era cierto, pues era demasiado débil para usar una lanza con habilidad, y las hachas no eran precisamente mi fuerte, aunque había visto como Silk, mi aliada del Distrito 1, era capaz de cortar la mano de un tributo con una de ellas. Sabía usar un arco, cierto; de hecho en la Cornucopia fue la primera arma que cogí, pero mis armas por excelencia eran los cuchillos; con los mismos había matado a casi todos los tributos a los que asesiné.
—No viene al caso las que manejes, al menos de momento— fue la respuesta —Quiero que califiques estas armas de mayor a menor peligro.
—¿Y qué se supone que consigo con eso?— le espeté, cruzándome de brazos —¿Se piensa que tengo ganas de pasarme el día haciendo tonterías de este calibre? No voy a hacerlo, además, ya no estoy bajo su jurisdicción.
—¿Está segura, señorita Clearwater?— una mujer alzó una ceja en mi dirección, mientras que señalaba la mesa —Veo que lo que se decía sobre su carácter era cierto, pero no tenemos ganas de soportar las bravatas de una chica de dieciocho años, así que haga lo que le hemos pedido de una vez o le aseguro que en el futuro lo va a pagar.
No entendía nada. ¿Qué iban a hacerme por no seleccionar las armas? No podían hacerme nada, no tenía familiares en edad tributable, y mis padres vivían a salvo en mi casa de la Aldea de los Vencedores... pero no olvidaba como aquellas personas eran las mismas que cada año arrojaban mutos a un grupo de chicos que debían luchar por su vida. Si podían hacer eso, seguro que podían hacerme cualquier cosa...
Observé las armas. ¿Cuál era la más peligrosa? Mis dedos acariciaron el cuchillo, mientras recordaba como uno muy similar acabó con la vida de Jack Wood, mi compañero de distrito en la arena. Yo misma estuve a punto de morir por uno de ellos; además se cobraron a casi todas mis víctimas. Sí, definitivamente el cuchillo era la más peligrosa de todas, de modo que lo coloqué a un lado. A continuación, mis manos se hicieron con el arco; un arma de larga distancia como aquella también había sido mortífera en los Juegos. El hacha fue la siguiente que seleccioné, recordando los ataques de Silk con dichas armas; dejando la lanza, esa arma engorrosa a mi parecer, en el último lugar. Cuando alcé los ojos, los Vigilantes parecían satisfechos con mi decisión.
—Se ve que su pensamiento es correcto— masculló uno de ellos, de forma audible —Por lo que sabemos, ha razonado del mismo modo.
—Veamos como le va la parte física— respondió alguien.
El hombre que me había conducido se acercó a mi nuevamente, alejándome de la mesa y acercándome a la galería de tiro, donde en diferentes vitrinas se encontraban varios cuchillos y un arco con un carcaj repleto de flechas. Tomó tres cuchillos y el arco con su carcaj, y me los tendió con un gesto algo extraño.
—Tíralos— dijo escuetamente.
Me colgué el carcaj a la espalda, como en los viejos tiempos; enganché el arco al mismo y sujeté dos cuchillos en mi mano izquierda y uno en mi derecha. Había realizado este ejercicio con anterioridad, y sabía lo que iba a pasar. Vi con cierta nostalgia como los paneles con siluetas humanas se alineaban, tomé aliento y esperé a que se iluminara la primera silueta.
El panel más alejado a mi izquierda fue el primero en brillar; y contra este lancé el cuchillo con un gesto maquinal, acostumbrado. El arma no tardó en clavarse en la diana del centro del pecho de la figura, pero no me paré a fijarme, pues ya me encontraba lanzando contra una situada por el centro, para rematar acertando a una situada un poco a mi derecha. Me sentía bien realizando aquel ejercicio, pues aunque me odiaba por lo que hice en la arena, era una persona amante de la acción, y poder ejercitarme de tal modo me hacía mucho bien. Siempre había venido odiando la inactividad a la que se me condenó al convertirme en vencedora, y el poder volver a sentirme como una tributo, al menos en parte, era de agradecer.
Como ya no me quedaban cuchillos que lanzar, supuse que las siguientes dianas habría de hacerlas con el arco. Solté el enganche del mismo, coloqué una flecha en la cuerda, y disparé a la silueta iluminada.
Aunque hacía bastante que no me entrenaba en el bosque, por el simple hecho de que ya no lo necesitaba, mis habilidades seguían igual que siempre. Me giré con una sonrisa irónica hacia mi interlocutor, que parecía tan pagado de sí mismo como un pavo real.
—Habilidades físicas correctas— dijo en voz alta hacia los demás —El proyecto ha sido un éxito, tenemos a Chrysta Clearwater en su pura esencia. Veamos que tal nos ha salido la señorita Thor.
¿Quién? Aquel nombre no me sonaba de nada, ni tampoco me sonaba la chica de pelo rubio que entraba en el gimnasio en ese mismo momento, escoltada por otro Vigilante, y que al mirarme pareció haber visto un fantasma.
Y un nuevo capítulo más. Agradecemos que la historia siga ganando adeptos, pero aprovechamos para recordar que si leéis, sería de agradecer un Review.
Aprovecho para avisar que yo, "Chica en Llamas" ando escribiendo una historia original la cual podéis encontrar en Fiction Press; donde podéis encontrarme con este mismo nombre. Apenas si tengo lectores, y es un proyecto que realmente tengo interés por sacar adelante.
¡Nos leemos!
