El Sonido del Silencio

CAPITULO II: Méinère

Inseguridad: sensación o estado que percibe un individuo o un conjunto social respecto de su imagen, de su integridad física y/o mental y en su relación con el mundo


Despertó poco después con los gritos de su madre, en un tono de enfado más allá de lo habitual.

—Hanamichi haz el favor de levantarte de una vez. No volveré a repetirlo. Me estoy retrasando por tu culpa —la oyó gritar de lejos, poco después unos fuertes golpes en la puerta abierta de su habitación le decían que era tarde.

Cuando sacó por fin la cabeza de debajo la colcha, entrecerrando los ojos por la luz que entraba molesta por la ventana abierta, ella ya había bajado al piso de abajo nuevamente y desde la cocina le gritaba que le dejaba la comida preparada en la encimera a punto de llevar y que tenía que irse ya. Segundos después un portazo. Miró a la ventana esperando oír el coche arrancar. Pero al girar la cabeza vio el despertador.

Entonces sí que se asustó. Era realmente muy tarde y el aparato, que extrañamente no había oído hasta entonces, no dejaba de sonar estridentemente con su "bib bib bib — bib bib bib". De un manotazo mando callar el aparato y de una patada lanzó la colcha al suelo y se levantó corriendo.

Pero tan pronto puso los pies en el suelo y apoyó todo su peso en ellos se mareo y cayó de nuevo en la cama. Se había levantado demasiado deprisa se dijo y se quedó esperando que en unos segundos el mundo a su alrededor se detendría y podría levantarse normalmente. Pero el mundo no dejó de dar vueltas. Sentía en el estómago como si el suelo debajo de él no fuera suelo firme. Asustado giró la cabeza buscando algo en la habitación. Mal movimiento, demasiado rápido. Una arcada incontrolable le sobrecogió y devolvió en el suelo entre las piernas abiertas.

Más mareado de lo que se había sentido nunca se tumbó despacio en la cama. Se quedó allí un rato espantado porque no sabía qué le ocurría y sintiéndose horriblemente mal.

Cuando se incorporó de nuevo lo hizo muy despacio y lentamente. Con sumo cuidado se sentó en el borde de la cama intentando evitar lo que había ensuciado antes. Todavía le pitaba el oído izquierdo y le dolía la cabeza.

El suelo seguía sin parecerle estable.

Se puso de pie despacio y con cuidado. Le temblaban las piernas y no sabía si por el dolor y el cansancio o por el mareo. Seguramente por ambas cosas. Una punzada en el tobillo derecho le recordó que se lo había torcido la noche anterior.

Cuando, mucho rato después, llegó a la cocina el suelo de su casa seguía pareciendo estar flotando sobre el agua, pero como mínimo no había vuelto a tener arcadas. Aunque se había cuidado de no mover demasiado la cabeza ni demasiado deprisa.

En esas condiciones, se dijo, no podía ir a la escuela. Ni que quisiera llegaría a ella de una pieza.

Se dio cuenta que tenía hambre cuando su estómago rugió al sentarse en el taburete de la cocina. Se acordó que no había cenado nada la noche anterior y tampoco había comido mucho al mediodía. Sorprendido notó que a pesar del mareo no tenía sensación de tener el estómago revuelto y decidió tratar de comer algo.

Con movimientos lentos y cuidadosamente calculados sacó el zumo de naranja de la nevera y se sirvió un vaso que se bebió mientras comía un par de tostadas que su madre le había dejado preparadas encima la mesa de la cocina.

Pareció que con el estómago lleno se encontraba mejor y eso le tranquilizó un poco. Aunque esperó un rato a levantarse del taburete para dejar que se asentara la comida en su estómago y evitar así devolverla.

Cansado de mirar el vacío sin hacer nada empezó a pensar en qué hacer con todo lo que le estaba pasando. Espantado se dio cuenta de que no sabía a quien recurrir para pedir ayuda.

Después de sospesarlo mucho decidió llamar al médico. Era probable que si lo hacía su made acabara enterándose de todo pero igual se iba a enterar de que no había ido a clase y alguna cosa tendría que contarle. Así como mínimo él quedaría más tranquilo y cuando ella le preguntara le diría que se encontraba mal y el medico podría confirmar que no mentía.

Se sentía morir. Cuando estuvo ingresado en la clínica de recuperación no se había sentido tan mal como ahora. Esos días le dolía todo, las punzadas en la espalda eran tan insoportables que incluso le daban calmantes los primeros días, pero el dolor siempre fue algo que le recordaba que estaba vivo y dedicaba sus fuerzas a luchar contra él. Ahora no podía, parecía que todo su cuerpo estaba mal y sin intención de recuperarse. Estaba asustado.

El teléfono estaba al lado de la puerta de la cocina que daba al jardín. Sin soltar una mano de la encimera en todo el rato para intentar evitar la sensación de que el suelo se iría de debajo de sus pies en cualquier momento, Hanamichi llegó a él y marcó el número que su madre había gravado a la memoria del teléfono.

Le seguía pitando la oreja izquierda así que se tuvo que poner el auricular en la derecha. El médico, que le conocía de hacía años, se preocupó al oír su voz y dijo que vendría enseguida. Antes de colgar Hanamichi le dijo que le dejaba la puerta de la cocina abierta y que le esperaría en el salón.

Le costó su tiempo llegar al salón, aunque al sentarse en el sofá se dio cuenta de que una de dos o el mareo estaba pasando o se estaba acostumbrando a andar con esa sensación de inestabilidad bajo sus pies. Lo único que seguro no disminuía eran el dolor de cabeza y en el tobillo.

El medico llegó a media mañana. No le preguntó como se encontraba como otras veces había echo, Hanamichi pensó que en su cara debía ser bastante evidente su malestar.

Vio abrirse los ojos del doctor cuando le hizo sacarse la camiseta de manga larga que llevaba puesta. Entonces se miró el torso y lo vio lleno de moratones. Ni siquiera quiso verle la cara al doctor cuando le pidió que se sacara también los pantalones con la voz seca.

—Pensé que habías dejado de pelear Hanamichi —le dijo finalmente el doctor con voz dura al ver sus piernas igualmente magulladas.

Hanamichi no tuvo ánimos para intentar mentirle, era demasiado evidente que le habían pegado, y sus nudillos pelados eran una clara señal que él también había dado porrazos a alguien.

Sin decir nada más el doctor le reconoció por completo.

Como había supuesto no tenía ningún hueso roto.

Sin ánimo de negar nada Hanamichi aguantó estoicamente la bronca del doctor por haber vuelto a las andadas, pensando que en realidad el doctor tenía razón y nuca debió pelearse con esos tipos.

—Vístete —le dijo cuando le hubo mirado el torso por enésima vez y le hubo vendado el tobillo—. ¿Recuerdas si te diste algún golpe fuerte en la cabeza Hanamichi?

—Sí. Cuando llegué a casa tenía sangre que salía de aquí —dijo Hanamichi tocándose la cabeza enzima de la oreja izquierda.

—¿Te fijaste si la sangre salía del oído?

—No lo creo doctor me habría dado cuenta —dijo Hanamichi asustado de esa posibilidad. Sangre en una herida era una cosa, pero sangre saliendo de dentro de alguna cavidad nunca era una buena señal—. ¿Qué me pasa doctor, por qué parece que el mundo no deja de girar?

—Creo que te diste un golpe en el hueso temporal Hanamichi. Y el mareo, las nauseas, la cefalea, el acúfeno, todo…

—¿El qué?

—Ese ruidito que dices oír en el oído izquierdo Hanamichi. Todo son síntomas del vértigo.

—Pero doctor a mi no me dan miedo las alturas, nunca me han dado miedo.

—Es otro tipo de vértigo Hanamichi. La presión en ciertas partes del cerebro puede tener extraños efectos en nuestro cuerpo. El golpe que te diste fue en una zona donde produce estos efectos. Podría tratarse de lo que se conoce como síndrome de Ménière. No se conocen sus causas exactas pero tiene que ver con la inflamación del oído interno y es una de las causa de vértigo. Creo que en tu caso lo habría desencadenado el golpe.

—¿Pero tiene cura cierto doctor? —preguntó asustado. Las enfermedades que tenían nombre no le llevaban buenos recuerdos.

—Los síntomas remitirán pronto Hanamichi. Los mareos no deberían durarte más de un día. Puede que el acúfeno te dure más, y hay la posibilidad de que pierdas capacidad auditiva. ¿Has notado algo de eso?

—No —dijo asustado Hanamichi, aunque ahora que lo recordaba no había oído el despertador, ni a su madre despertarle hasta que le había gritado... Pero bueno, se dijo, eso le pasaba a menudo no era cosa de ahora.

—Está bien. Pero deberías ir a la clínica para hacerte más pruebas. No puedo estar seguro de que sea por Ménière hasta haber descartado otras causas para el vértigo.

—Doctor no…

Al final quedaron en que Hanamichi hablaría con su madre y que al día siguiente cuando el mareo remitiera y él pudiera moverse con mayor libertad acudiría a la clínica para hacerse las pruebas pertinentes.

Cuando el médico se hubo marchado Hanamichi miró fastidiado las recetas que le había dado: una pomada para los hematomas que tenía por todo el cuerpo, un medicamento de un compuesto llamado betahistina para el vértigo, y un maldito anti-inflamatorio para el tobillo. Su madre se iba a enfadar al verlas.

Como el doctor le había recomendado Hanamichi pasó el resto del día tumbado en el sofá intentando no moverse.

Allí se lo encontró su madre, esa noche al llegar a casa, profundamente dormido.

Lo despertó alarmada por el ojo morado y los labios hinchados y partidos. Hanamichi se había encontrado tan mal que ni se había acordado del ojo morado y el labio partido hasta que tuvo a su madre delante pidiéndole explicaciones por ello.

La habían llamado del colegio al trabajo para notificarle que no había ido a clase ese día.

Empezó a gritarle que era un inconsciente por meterse en peleas en vez de ir a la escuela como era su obligación, sobretodo después de la lesión que había tenido en la espalda. Mientras le gritaba lo decepcionada que estaba empezó a andar por la sala, hasta que se dio cuenta que Hanamichi no había replicado una sola de sus acusaciones y restaba en silencio y con los ojos cerrados tumbado en el sofá.

Se asustó y se acercó a su hijo poniéndole una mano en la frente para ver si tenía fiebre. No estaba muy caliente pero sudaba.

—Mamá… —habló Hanamichi por primera vez desde que ella había llegado a la casa sin saber muy bien como contarle todo lo que le había pasado.

—Hanamichi cariño, ¿qué te pasa, qué te duele?

—Tranquila mamá. El doctor ha venido esta mañana y…

—¿Esta mañana? ¿Pero entonces cuando te has hecho todo esto?

—Mamá… —Hanamichi suspiró resignado y le contó a su madre lo sucedido, desde que el profesor le había castigado hasta que ella había llegado a casa.

Su madre miró preocupada las recetas que le extendió, y luego le preguntó:

—El doctor te ha dicho algo más de este síntoma de Meee…

—Síndrome de Méinère mamá. Ha dicho que el ataque de vértigo pasará en veinticuatro horas y que si tengo suerte no se repetirá nunca.

—Como que si tienes suerte cariño…

—Dice que puede que los ataques se repitan, quizá para toda la vida.

—¿Todo por un golpe en la cabeza?

—No lo sabe mamá. Por eso quiere que vayamos mañana a la clínica a hacerme unas pruebas para confirmar que es esto y no otra cosa peor. El doctor ha dicho que no se saben las causas exactas de esta enfermedad, y que puede que el golpe la haya desencadenado. Pero puede que no haya sido eso.

No le dijo nada de la posible pérdida de audición para no asustarla y no asustarse a si mismo al reconocer en voz alta ésa posibilidad.

Debatiéndose entre el enfado y el miedo su madre salió a buscarle las medicinas que le habían recetado. Y cuando volvió le ayudó a aplicarse la crema por todos los moratones, no sin dejar de regañarle por haber cometido la idiotez de pelearse de nuevo.

Algo que ella dijo le aterró más de lo que ya estaba. Podía haber tenido problemas con la espalda de nuevo por los golpes. Y el traumatólogo ya le había dicho que debía cuidarse, que una nueva lesión en esa zona podía llegar a ser mucho más complicada de recuperar.

Una lágrima furtiva se le escapó al pensar en la posibilidad de no poder volver a jugar. Entonces su madre hizo algo que hacía tiempo no hacía, le abrazó suavemente y le murmuró a su hijo en el oído que todo iría bien. Ese era el mejor bálsamo que podían darle a Hanamichi o a cualquiera en un momento así.

Él le pidió perdón por haber sido tan estúpido y ella le susurró cuanto le quería.

Sin recriminarle nada más le ayudó a subir hasta su habitación de nuevo. Le cambió las sábanas y le arropó en la cama limpia.

—Mamá —dijo Hanamichi antes de que ella se fuera de la habitación dejándole solo.

—¿Sí cariño?

—¿Puedes quedarte hasta que me duerma? —le dijo él avergonzado.

—Claro —dijo ella y como si no hiciera años desde la última vez que hizo algo parecido. Se sentó en la cama a su lado y le dijo— hazme un hueco —y luego se tumbó a su lado abrazándole. Hanamichi era más grande que ella pero entre sus brazos él se sintió seguro como cuando solo era un niño de cuatro años asustado de los truenos.

... continuará ...


Grissina: Gracias por la buena acogida de mi nueva historia. Que no os de pereza dejarme vuestra opinión y/o critica en un review.

Gracias a Anixita por su aviso. Error corregido.