Chrysta
El tiempo parecía correr, cuanto menos volar, pero al mismo tiempo daba la sensación de que se hubiera estancado en el pasado, como si en realidad fuera la primera vez que tuviera que pasar por manos de mi equipo de preparación antes del desfile inaugural de los Juegos. Cierto era que no eran los mismos que en la anterior ocasión me atendieron, puesto que aquellas tres mujeres que se encargaron de prepararme para el acontecimiento, de ser verdad que nos encontrábamos en el "futuro", deberían estar muertas… cosa que yo también debería estar, ¿no? Una punzada de dolor sobre mi ojo izquierdo me hizo esforzarme en tratar de no pensar en ese detalle, algo a lo que había llegado después de pasarme toda una noche en vela tratando de entender el motivo por el cual podía seguir viva y con los recuerdos cortados de repente en un año en el que yo debería ser un cadáver que se descomponía bajo la tierra.
―Parece que alguien está en las nubes ―trinó Claudio con su afectado acento del Capitolio. Mi nuevo equipo de preparación estaba compuesto por dos hombres y una mujer, Claudio, Mercurio y Minerva. Mientras que Mercurio podía pasar por alguien de un distrito elevado, con su piel pálida y su pelo color miel, la piel morada y el pelo blanco de Minerva y los tatuajes faciales de Claudio los delataban como ciudadanos del Capitolio. No habían tenido mucho de lo que quejarse al respecto de mi aspecto, puesto que, según ellos, mis cejas, mi piel y mi pelo se encontraban en perfectas condiciones; lo único de lo que sí se permitieron protestar fueron de mis uñas mordisqueadas; aunque no tardaron en solucionarlo de un modo bastante sorprendente: me untaron las mismas con una especie de esmalte que las hizo crecer un par de centímetros en cuestión de unos cuantos segundos. Ni siquiera cuando estuve en el Capitolio para mis Juegos del Hambre contaban con algo similar, lo que me hizo empezar a convencerme a mí misma de que eso de que nos encontrábamos casi doscientos años después de que yo estuviera allí podría llegar a ser cierto.
―¿Acaso es necesario que piense? ―repuse de malas, mientras que Minerva se empleaba en cepillar mi pelo a fondo. Este nuevo equipo parecía incluso más charlatán que el anterior, aunque para gran disgusto mío, querían que yo participara en sus conversaciones como la que más, cosa que no me agradaba en absoluto. ¿Acaso les podía interesar a aquellos tres las experiencias de una tributo que ganó unos Juegos prácticamentes olvidados en la memoria? Parecía que lo que querían saber eran experiencias de la arena contadas de primera mano, pero la verdad, no estaba por la labor de rememorar el frío, el hambre, el miedo, el cansancio; más que nada por el simple hecho de que dentro de poco me encontraría en una situación no igual, pero sí bastante similar.
―Vaya con la chica ―canturreó Mercurio, mientras aplicaba sobre la última de mis uñas un esmalte de color negro ―Tiene veneno en la lengua, seguro que de mordérsela, acabaría muerta.
Fruncí el ceño ante su comentario, mientras los demás soltaban unas estúpidas risitas. Que era de carácter fuerte era de sobras conocido, la misma presidenta como se llamara lo había dicho en el gimnasio, cuando nos reunieron a todos; que los rumores sobre mi forma de ser no eran infundados. Siempre me había caracterizado por ser una persona borde y dura, y de hecho en la arena esa fue mi faceta, una faceta que parecía haber dejado huella. Puede que por ella me encontrara ahora de camino a otros Juegos, volviendo a vivir lo ya vivido mientras intentaba hacerme a la idea.
―¡Creo que ya está lista para que la vea Caesar! ―exclamó Minerva con tono entusiasta, mientras comprobaba mi pelo por última vez ―Espero que te comportes debidamente con tu estilista, señorita ―añadió en mi dirección con cierto reproche. Me permití dedicarle una mueca sarcástica mientras que los tres salían y una figura de mediana estatura entraba en la sala. Entrecerré los ojos para ver mejor al que sería mi estilista, recordando al amanerado hombre de pelo violeta que me trató en la ocasión anterior. Este no parecía compartir los gestos artificiosos que Hermes, mi anterior estilista, esbozaba sin cesar; parecía algo más sereno, aunque daba la sensación de que derrochaba energía en cualquier movimiento que hacía. Su piel era de un tono similar al mío, mientras que su cabello y su artificiosa barba lucían un fuerte color rojo.
―Y me tocó una guindilla con patas ―dije en voz audible, mientras soltaba un bufido. No era buena idea insultar a los estilistas, pero estaba demasiado enfadada con todo lo que me rodeaba como para intentar portarme de un modo más amable con aquel hombre que me miraba con algo que parecía diversión en sus ojos oscuros.
―Habló la pequeña minera ―su comentario me hizo esbozar una mueca de desagrado, algo que pareció ignorar por completo mientras que me tomaba de un brazo y me incorporaba de la camilla donde había estado tumbada, examinándome como a un trozo de barro ―Así que tú eres la ganadora de los Segundos Juegos del Hambre… parece que por fin voy a tener en mis manos a una tributo en condiciones proveniente del Distrito 12… aunque quizás me arranque los dedos en el intento.
No entré a su broma, mientras que me encargaba de lanzarle una mirada asesina, tratando de dejare claro que no era su amiga ni pensaba serlo. Él solo se encargaría de hacerme vestidos, pero no podría patrocinarme ni ayudarme cuando estuviera en la arena, de modo que intentar caerle bien era algo innecesario.
―¿Por qué no dejas de hacer el tonto y vamos al grano? ―repuse con frialdad ―Enséñame el atuendo minero que me has preparado para la ocasión.
―¿Minero? Hace años que intentamos renovar ese enfoque para el Distrito 12 ―dijo él en tono condescendiente ―El público se hastió de ver siempre lo mismo, de modo que innovamos un poco, siguiendo la línea de un estilista que hace bastantes años trabajó para este distrito. Él fue quien puso de moda el relacionar el Distrito 12 con el fuego, no con la minería.
Puse los ojos en blanco, de bastante mal humor. Cuando yo desfilé, no llevé un atuendo minero, por lo que esa idea a lo mejor lo hacía en referencia a Hermes, pues no sabía de otro estilista que pudiera haberle metido tal cambio a los tributos de mi distrito. Tenía en poca estima a los estilistas, como al resto de los habitantes del Capitolio, debido a que el rencor que sentía por la muerte de mi hermano en los Días Oscuros seguía latente. Todos ellos me recordaban a lo ocurrido, y eso no los hacía simpáticos a mis ojos.
Poco rato después, me encontré a mí misma bajando hacia el sótano del centro de renovación, ataviada con el traje más extraño y a mis ojos horrible que había llevado nunca. Caesar me había recogido el pelo en una cola de caballo y me había colocado en el mismo un extraño adorno metálico de forma semicircular, en tonos plateados y negros; me había dado algunas sombras oscuras en los ojos y en los labios y me había embutido en una especie de larga túnica negra que se ceñía a mi cuerpo. Pareciera como si me hubiera vestido con una malla; mirara por donde se mirase, no se encontraba alusión alguna al susodicho fuego. Seguro que no era más que un farol que el hombre había intentado tirarse para que no le hiciera la tarea de prepararme más costosa, para mantenerme medianamente callada con la idea de que no iba a hacer el ridículo.
El sótano ya se encontraba lleno con varios de los tributos ya listos para el desfile. La chica del 2, esa tal Clove, hablaba con su compañero de distrito, ambos con unos trajes que parecían armaduras con un corte futurista en las afiladas mangas y en los altos cuellos; bastante más lejos se encontraba Sunset con una especie de mono en tonos verdosos. No quise acercarme a ella, pues la rivalidad que me inspiró en la arena aún seguía corriendo por mis venas, eso sin contar con el hecho de que ella fue la que asesinó a Jack, aunque de forma involuntaria.
Mi carruaje, como era de esperar, se encontraba al final de la estancia, tirado por los caballos color carbón de rigor. Fui a encaminarme hacia este, cuando una figura esbelta, ataviada con una túnica compuesta por miles de piedras preciosas me salió al paso. Alcé los ojos para ver durante una fracción de segundo una larga cabellera rubia la cual acabó nublando todo mi campo de visión cuando su portadora se me echó encima, dándome un fuerte abrazo.
―¡Chrysta, llevaba queriendo hablar contigo desde que nos reunieron en el gimnasio! Me han dicho que tú ganaste los Juegos, pero es extraño porque yo no recuerdo que terminaran, solo me acuerdo hasta que fuimos al hielo fino, cuando peleamos contra la alianza de Sunset… por cierto, ¿has visto que también está aquí…?
Se trataba de Silk, mi antigua aliada del Distrito 1, la cual murió cuando el hielo se quebró bajo sus pies. Empezamos de malas maneras al principio de los entrenamientos, pero luego, durante el paso de los días, habíamos ido desarrollando algo parecido a una amistad. De hecho, después de Jack, Silk era la tributo con la que mejor me había llevado.
―Me temo que mis recuerdos se cortan también de golpe ―respondí ―Pero sí que recuerdo mi victoria en los Juegos. Es una jodida broma que tengamos que reencontrarnos en una situación tan similar a la última vez…
Ella asintió, con aire ausente. Seguramente ella también debía preguntarse cómo era que estábamos todos allí, aunque ninguno de nosotros había hecho la pregunta abiertamente, como si tuviéramos miedo de la respuesta. A veces la ignorancia podía ser mejor que el conocimiento, por desconcertante que fuera.
―Espero que estés de acuerdo en volver a ir como en los viejos tiempos ―señaló Silk alzando sus finas cejas ―Puede que mis recuerdos se corten, pero no he olvidado que eras una aliada magnífica.
―Puedes contar conmigo ―contesté. La prefería a ella como aliada, a una profesional que conocía medianamente, a esa chica silenciosa de mi distrito. Me despedí de la tributo del 1 con un gesto de la mano y me encaminé hacia el carro del distrito minero, donde ya se encontraba Samantha esperándome con gesto algo contrariado. ¿Le molestaba que tuviera lazos con la chica del 1? Bueno, pues que se aguantara, Silk era casi mi amiga, no como ella. Sabía que en Silk podía confiar, pero esa chica no dejaba de darme mala espina; seguro que era capaz de traicionarme, a pesar de que ahora permitían ganar a dos tributos del mismo distrito.
―¿Sorprendida de que hable con la gente? ―le dije con tono duro ―Bueno, resulta que soy sociable, a pesar de mi carácter.
―Me alegro por ti y tu faceta sociable. Yo por el contrario me veo obligada a mostrarme algo más a parte, como podrás ver― añadió seca e indiferente. Alcé una ceja, mientras que me cruzaba de brazos; aquella chica me iba cayendo peor por momentos. ¿Quién se creía que era para hablarme así? Yo era una ganadora, una vencedora de los Juegos del Hambre, la pionera en alzarme con la victoria para el Distrito 12. ¿Y ella? Seguro que ganó por pura suerte, no me cabía duda alguna.
―Ya tendrás tiempo cuando te mate― repuse mientras me encaramaba al carruaje ―Las reglas pueden haber cambiado, pero yo juego según las viejas costumbres. Si es cierto que soy mayor que tú, sabrás que no me corto a la hora de matar.
―Exacto, soy más joven, más agilidad y destreza.― trataba de quedar a la altura, con bastante dificultad por su parte.
―Veamos de que te sirve eso cuando tengas un cuchillo en la garganta ―ronroneé, viendo de paso como ella también se subía a la carroza. Estaba claro que ninguna de las dos quería a la otra como aliada, pero tampoco pensaba comerme la cabeza con eso; como bien había dicho, yo jugaba a la antigua usanza. Por mi parte, solo habría un ganador, y esa iba a ser yo.
Las puertas se abrieron, y la música, atronadora, comenzó a sonar. El desfile comenzaba, y el público rugió con fuerza cuando el carro del Distrito 1 salió. Sonreí levemente, imaginándome lo complacida que debería de sentirse Silk ante las ovaciones, mientras que el carruaje del 2 no tardaba en seguirles a las calles de la ciudad. Poco a poco, los coches iban saliendo del sótano; el 11 ya estaba cruzando el umbral, ya nos tocaba…
Cuando salimos a la calle, fue como si estuviera de nuevo en el pasado, con Jack en el carruaje en vez de con aquella dichosa Samantha. Puede que en aquella ocasión mi atuendo fuera mucho mejor que el actual, pero aún podía escuchar los gritos de los asistentes.
―¡Chrysta, la feroz profesional del Distrito 12! ¡La ganadora de los Segundos Juegos!
Mi viejo apodo me hizo sonreír con cierta nostalgia. Había sido Pollux Flickerman, el entonces presentador de moda del Capitolio, el que me puso dicho mote durante la entrevista, un mote que ahora volvía a fluir proveniente de los gritos de los ciudadanos del Capitolio. ¡La profesional del Distrito 12! No tenía de que preocuparme, ya había ganado los Juegos una vez, seguro que ahora no me iba a costar menos que entonces. Estaba más preparada, y contaba con mucha más experiencia, ¿por qué iba a preocuparme de poder morir? Sobreviviría, como ya había hecho.
Alcé un brazo con gesto altivo, agradeciendo los saludos recibidos, cuando de buenas a primeras los bramidos se redoblaron, mientras que todos señalaban en nuestra dirección. ¿Qué pasaba? ¿Es que habíamos hecho algo que no estaba permitido al saludar?
Miré hacia mis pies como gesto reflejo, para ver como la tela negra se iba replegando sobre sí misma, como si se estuviera deshaciendo, dejando paso a un largo vestido en tonos rojos y negros, como el carbón al prenderse, el cual iba sujeto a la cintura con un robusto cinturón oscuro con el emblema del Distrito 12. Ahora entendía lo que Caesar había querido decir con el fuego, viendo los tonos del vestuario y como este iba cambiando sutilmente de uno a otro. Verme con un aspecto realzado me animó nuevamente, y con el mismo gesto que una diosa pagana, volví a saludar a la multitud, azuzándolos a corear mi nombre o el de mi distrito, motivándolos como si fuera una capitana que motiva a su ejército antes de la batalla. El bramido era ensordecedor, pero apenas si lo notaba.
El desfile desembocó en el Círculo de la Ciudad, el cual se encontraba igual que siempre, con la mansión presidencia y el Centro de Entrenamiento. Ante las puertas de la vivienda, en una plataforma, se encontraba la presidenta, seguramente esperando para dar el discurso para la ocasión. Bufé para mis adentros, cuidando en no mudar la expresión de mi rostro por si las cámaras me captaban, mientras que nuestro carruaje se estacionaba y la mujer comenzaba a hablar. Esperaba escuchar algún discurso sobre cómo habían escogido a los mejores de nosotros para competir nuevamente, pero curiosamente sus palabras fueron iguales que las que Ice dijo en su día, como si el discurso fuera el mismo, año tras año. Miré de reojo a mi compañera de distrito, la cual parecía absorta en escuchar a la política, viendo como su rostro apenas si denotaba movimiento alguno. El pelo rubio pegaba bastante con sus ropas oscuras, de hecho creía que a ella esas prendas le sentaban mejor con su piel más clara que a mí, que tenía un tono más oscuro. Sentí una leve punzada de celos ante la idea de que quizás los patrocinadores se fijaran más en ella que en mí, pero luego me recordé que ahora no era una tributo anónima, sino una ganadora que volvía a la arena. No era una desconocida, se viera por donde se viera.
Cuando el discurso finalizó y el himno de Panem fue interpretado, dimos una última vuelta al círculo de la ciudad y entramos en el Centro de Entrenamiento. Cuando escuché la puerta cerrarse a mis espaldas no pude evitar reprimir un escalofrío ante la idea de que la próxima vez que saliera de allí, sería para ir a la arena.
