…El Sonido del Silencio…
CAPITULO IV: Hospitalizado
Silencio: La ausencia de sonido.
Una luz le molestó de golpe en los ojos haciéndole mover. Pensó que era el sol entrando por la ventana y se giró para el otro lado, pero la luz seguía igual de intensa y molesta.
Intentó taparse la cabeza con las sábanas, alguien había encendido la luz.
—No te tapes, es hora de levantarse —le dijo una voz de hombre. Se sobresaltó y se incorporó de golpe, y todo se desvaneció a su alrededor—. Demasiado deprisa —dijo la voz a la vez que notó como unas manos le sostenían firme pero suavemente para que no cayera de golpe—. No puedes seguir levantándote así —lo riñó la voz.
Unos segundos después pudo por fin abrir los ojos con la seguridad de que el mundo habría vuelto a su lugar. Y entonces le vio a su lado y le reconoció:
—¿Otra vez tú? ¿Es que nuca te vas a casa?
—Buenos días a ti también —dijo el enfermero como si no le hubiera afectado el comentario de Hanamichi—. Tienes un cuarto de hora para ducharte. ¿Te sientes con fuerza para hacerlo solo, o te ayudo?
—Puedo solo, gracias —respondió secamente Hanamichi incorporándose esta vez más despacio.
Una vez en la ducha Hanamichi pensó enfadado en las palabras del enfermero: «¿Puedes solo o te ayudo?».
Sabía que en realidad era su trabajo ayudarle pero por algún motivo le enfadó que le considerara incapaz de levantarse solo para tomar una ducha.
Al enjabonarse se miró los moratones ahora sí ya todos amarillos verdosos.
«¿Qué habría dicho el enfermero si me hubiera visto el cuerpo así?» Se preguntó Hanamichi mientras se ponía la pomada en los moratones.
—Espero que para el lunes ya hayáis desaparecido todos —murmuró mirándose por última vez en el espejo. No podía presentarse en el gimnasio así o se acabó el baloncesto para siempre.
Cuando salió del baño el enfermero ya estaba en la habitación esperándole con una silla de ruedas.
—¿No esperarás que me siente en eso y deje que me lleves arriba y abajo como un inválido no? —le dijo guardando sus cosas en la mochila que le había traído su madre, y mirando de reojo de forma escéptica la silla de ruedas.
—No espero nada. Es lo que te toca hacer.
—Ni lo sueñes.
—Pues no saldremos de la habitación.
—No saldrás tú, a mi no podrás impedírmelo. Menudo gilipollas —murmuró enfadado.
—Si no llegamos a tiempo para las pruebas tendrás que esperarte un día entero para que te las hagan…
—Y qué más. ¡Si no me hacen las pruebas hoy me marcho a casa!
—… y tu madre tendrá que pagar un día más en el hospital —siguió hablando el moreno sin prestar atención a la indignación del paciente.
—Eso es mentira, el seguro cubre los gastos del hospital.
—No hay ningún seguro que cubra las memeces de los críos idiotas.
—¿A quien llamas idiota?
«¿Ves algún otro por aquí?» Esperaba oír Hanamichi.
Por un momento había olvidado que no estaba discutiendo con Rukawa. Y extrañamente Hanamichi se sintió decepcionado cuando el enfermero no le contestó y solo le miró fijamente durante un rato como sospesando qué decirle. Al final solo murmuró:
—Tú mismo.
—Pues vamos, pero sin esa cosa —dijo Hanamichi descolocado por la concesión del enfermero.
El enfermero salió de la habitación empujando la silla bacía y Hanamichi le siguió. Le costó seguir el ritmo rápido y seguro del enfermero hasta los ascensores al final del pasillo, al lado de la salita de espera que daba al parque.
El enfermero le controlaba atentamente de reojo, a pesar de que actuaba como si no le importara si el adolescente pelirrojo podía o no seguirle el ritmo. Pero no era así y lo demostró cuando al salir del ascensor Hanamichi se quedó atrás incapaz de dar un paso con seguridad, aferrado a la barandilla de la pared del ascensor y rápidamente el enfermero dejó la silla en medio del pasadizo y, haciendo gala de unos reflejos muy rápidos, lo sujetó firmemente antes de que cayera.
—El movimiento vertical ha hecho que tu oído interno se desequilibre. Tranquilo en unos segundos todo se detendrá —le susurró el enfermero con voz segura y calmada mientras sus manos fuertes le daban seguridad. Como por la mañana, lo sujetaba fuerte pero a la vez suavemente.
A medida que recuperaba el equilibrio Hanamichi se sintió cada vez más turbado por la situación. De repente sintió que tenía mucho calor y a pesar de que los brazos del enfermero sujetándole firmemente eran un agradable punto de apoyo sintió la necesidad de separarse de él.
Avergonzado sin saber porqué Hanamichi no se atrevió a mirarle a la cara ni tampoco se opuso cuando el enfermero le ofreció sentarse en la silla.
Se sentó lo más abajo que pudo como si así fuera verse menos, y se dejó llevar por el enfermero hasta la consulta del doctor.
«Por suerte» pensó «a estas horas no hay nadie en los pasadizo que pueda verme así».
Todavía sentía calor en las mejillas y le enfadaba no saber el porqué de esa turbación.
Al entrar a la consulta todos esos pensamientos desaparecieron de su mente al ver al doctor acompañado de otros dos señores con pinta de médico.
El doctor se los presentó, ambos le saludaron así como saludaron al enfermero que quedó a un lado de la consulta esperando a que su ayuda fuera necesaria. Los otros dos médicos eran un otorrinolaringólogo y un neurólogo. Los tres se miraron las imágenes del TAC y le fueron comentando a Hanamichi lo que se veía en ellas. Éste les escuchaba sin acabar de entender, pero tranquilo porque parecía que, como había dicho el doctor el día anterior, todo estaba bien. El enfermero también les escuchaba, y a Hanamichi le enfadó que se quedara allí, todo eso era parte de su intimidad y ese cretino engreído se estaba allí escuchando que si su cerebro estaba o no inflamado como si le importase la respuesta.
Pero no tuvo tiempo de pensar mucho en ello, pues una vez revisadas las imágenes empezaron las pruebas. El doctor y el neurólogo se marcharon y le dejaron a solas con el otorrino y el enfermero.
A la hora de comer estaba harto de que le metieran apartaos en las orejas, líquidos, agua caliente y luego fría, que le hicieran escuchar ruidos de todo tipo, y que le hicieran ponerse en posturas en las que se sentía poco o nada estable. No estaba seguro si pensar que había sido por suerte o por desgracia, pero se había sentido más tranquilo al ver que el enfermero estaba allí a punto para cogerle si se desestabilizaba, como le había ocurrido un par de veces.
—Por la tarde tendremos los resultados —dijo el otorrino apagando la última máquina que habían usado—. Llévale a la habitación, que se tumbe un rato antes de comer —dijo entonces mirando al enfermero.
Cuando llegaron a la habitación el enfermero hizo el intento de ayudarle, luego se detuvo sospesando si Hanamichi iba a tomarse bien que intentara ayudarle más de la cuenta. Pero la mano de Hanamichi agarrándose en su antebrazo para poder levantarse con seguridad de la silla fue señal suficiente de que su ayuda no sería rechazada.
Cuando Hanamichi ya estaba acostado el enfermero entró al baño y le trajo un vaso de agua que le dejó en la mesita.
—Descansa. Tu madre llegará de un momento a otro. Si necesitas nada llámame por el timbre.
—Gracias —dijo Hanamichi algo cohibido justo antes de que el enfermero saliera por la puerta. Éste le miró y por un instante le pareció ver una sonrisa en ese duro rostro, en esos ojos oscuros, luego la puerta se cerró.
Hanamichi no pudo evitar sonrojarse de nuevo sin entender porqué.
En menos de una hora llegó su madre. Estaba preocupada. Hanamichi le relató todo lo que le habían hecho durante la mañana mientras se comía la insulsa comida sin sal del hospital que una enfermera le había traído minutos antes.
Después de comer le entró morriña y durmió un rato mientras esperaban que los médicos subieran a la habitación para hablar con ellos.
Subieron los tres médicos, aunque el neurólogo se marcho tan pronto como le hubo explicado a la madre que el cerebro de su hijo estaba bien y no tenía nada neurológico. Luego el otorrino les explicó los resultados de las pruebas y también se marchó dejándoles con su médico de cabecera encargado de exponerles como estaban las cosas.
No había lesiones importantes en el oído interno, aunque todavía quedaba líquido que tardaría unos días en acabar de ser reabsorbido por el cuerpo, y durante los cuales Hanamichi debería ir con cuidado de no hacer cambios bruscos de posición para evitar mareos. Respecto a la posible pérdida de audición parecía que por el momento era mínima.
—De todos modos me gustaría que Hanamichi y usted participaran en un curso de lenguaje básico de signos
—¿Es que creé que puede llegar a necesitarlos? —preguntó asustada su madre.
—Hay la posibilidad de que tenga nuevos ataques, y con cada nuevo ataque hay la posibilidad de pérdida de capacidad auditiva. No se trata de que Hanamichi pueda perder el oído por completo, es más, joven y fuerte como es, eso es poco probable. Pero creo que le hará bien familiarizarse con el lenguaje de signos y con gente que ha pasado por lo mismo que él. Y a usted también. Puede que con los años pierda algo más de audición y le será mucho más fácil adaptarse a esas limitaciones si tiene referencias de ese mundo.
—¿Quiere decir que puedo quedarme sordo? —preguntó Hanamichi.
—En principio no hay riesgo que esto ocurra ahora si haces todo lo que te he dicho: ir con cuidado a no someterte a ruidos fuertes, evitar que te entre agua en el oído para evitar infecciones,… dejar de recibir golpes en la cabeza te ayudará también, pero sobretodo vigilar la dieta. Si comes sin sal, te controlas la presión regularmente, tomas los diuréticos que te he dicho antes y evitas los cambios bruscos de presión y altura no hay motivos para pensar que se repita un ataque.
—Aun así hay la posibilidad de que tenga otro ataque, ¿cierto?
—Sí. Por eso quiero que hagas ese curso con tu madre. No se trata de que aprendas ese lenguaje tanto como de que aprendas que a pesar de las limitaciones se puede llegar a hacer vida normal con una discapacidad así.
Poco después de esa charla el doctor se fue a tramitar los papeles del alta de Hanamichi con su madre y le dejaron solo en la habitación para que se vistiera y recogiera sus cosas.
Le costó decidirse pero al final apretó el timbre. No sabía porqué pero tenía la sensación que hablar con el enfermero haría desaparecer ese miedo a quedarse sordo que el doctor le había infundido a pesar de haber dicho decenas de veces que no tenía por que ocurrirle si se comportaba.
Sentado de espaldas a la puerta esperó un rato. Cuando oyó la puerta su corazón latió deprisa. Tenía miedo de girarse porque no sabía qué decirle. Entonces oyó una voz detrás de él que le sobresaltó.
—¿Necesitas algo? —una enfermera bajita y rechoncha con una enorme sonrisa le miraba desde la puerta. Era la misma que le había traído la comida.
Hanamichi no supo qué contestar. Negó con la cabeza. Quería preguntarle dónde estaba el enfermero alto y moreno, pero no sabía ni como se llamaba. La enfermera le miró divertida le hizo una reverencia y salió cerrando la puerta tras ella.
Entre decepcionado y avergonzado Hanamichi se metió en el baño para refrescarse. De nuevo volvía a tener las mejillas sonrosadas. Con la cara mojada se miró en el espejo. El ojo morado era ya solo una mancha amarillenta en las zonas del pómulo y la ceja, pero aún era muy evidente.
—Soy idiota —murmuró tocándose los restos del ojo morado y luego el labio partido.
—Sí —dijo una voz que reconoció al instante desde la puerta del pequeño baño que había dejado abierta.
—¿No te habías ido?
—¿Te dije que vendría si pulsabas el timbre no? —le respondió el enfermero sin responder a su pregunta.
—Sí. Pero ha…
—Ya estoy aquí. Dime, ¿por qué has llamado, qué te preocupa?
—Nada, yo solo quería…
—Ven —le cortó. Y sin esperar a que Hanamichi dijera o hiciera nada el enfermero se dirigió a la habitación y se sentó en la cama—. Siéntate —dijo tocando la cama a su lado.
Hanamichi dudó un instante y luego se sentó.
—Es normal que sientas cierto temor por lo que te pueda ocurrir con todo lo que te ha dicho el doctor. Shhh, déjame terminar —añadió colocándole un dedo suavemente en los labios heridos cuando Hanamichi iba decir que él no tenía miedo—. A nadie le gusta sentirse débil y mucho menos que los otros le consideren débil o inferior. Pero déjame que te diga una cosa, nunca serás inferior a nadie hasta que tú mismo te consideres inferior.
—Entonces nunca jamás he sido o seré inferior.
El enfermero le miró serio y negó con la cabeza ante esa afirmación.
—Solo eres un triunfador cuando sabes que lo eres, no cuando dices serlo.
—¿Me estas diciendo bocazas?
—Sólo si lo que dices no te lo crees de corazón Hanamichi.
Hanamichi calló pensando en las palabras del extraño enfermero. Y entonces se dio cuenta que ésa era la primera vez que le llamaba por su nombre.
—Tienes un carácter lo bastante fuerte como para ser un ganador en esta vida, te ocurra lo que te ocurra. Ayer por la tarde lo dejaste claro chillando como un idiota en medio del pasillo solo para hacer sentir mejor a tu madre cuando tú mismo estabas tan asustado como ella.
—Yo no estaba asustado —murmuró Hanamichi sonrojándose al darse cuenta de lo bien calado que le tenía ese hombre.
—Ser valiente no significa no tener miedo Hanamichi. Ser valiente es enfrentarse a los miedos, es escoger luchar en vez de huir. Y apuesto que no eres de lo que huyes.
—Nunca —dijo esta vez sí, lleno de convicción.
Se quedaron en silencio unos instantes. Y cuando Hanamichi iba a hablar de nuevo se abrió la puerta de la habitación.
—Cariño esto ya está ya podemos irnos —dijo su madre sin llegar a entrar a la habitación.
—Ahora salgo —se apresuró a contestar.
De repente Hanamichi se sintió nervioso con la sensación de que le habían pillado haciendo algo que no debería. Como si tuviera un muelle en el culo se levantó y cogió la bolsa del suelo. Dio un repaso con los ojos por la habitación, para ver si se había dejado algo, intentando evitar mirar al enfermero que seguía sentado en la cama.
—Ya me voy.
—Espero no volver a verte por aquí —dijo el enfermero levantándose al fin.
Al oírle Hanamichi sintió una punzada en el estómago al pensar que no quería verle más. Y se marchó sin mirarle a la cara de nuevo, enfadado por esa actitud de rechazo que le mostraba ese hombre, y sin saber porque le dolía así.
No entendió lo que el enfermero había querido decir hasta que ya en el coche su madre comentó distraídamente:
—Espero no tener que volver a llevarte aquí nunca más.
Entonces se sintió más idiota que nunca.
Y por culpa del enfado no le había dado las gracias a ese enfermero de quien siquiera sabía el nombre.
... continuará ...
Grissina: Sé que la definición de éste capitulo tiene poco que ver con el capítulo en sí, está más relacionado con la definición del anterior y la historia en general. Pero sé que sabréis perdonarme no haber encontrado una cita mejor.
Esperaré ansiosa vuestros comentarios e impresiones sobre el rumbo de la historia y los personajes introducidos hasta ahora. Gracias por leer.
PS: Al llegar a este punto mi hermana comentó: "no me gusta este enfermero". Me pregunto si alguien más opinará igual...
PSS: Gracias por el aviso, error ortográfico corregido.
