…El Sonido del Silencio…
CAPITULO V: Convalecencia
El deseo nos fuerza a amar lo que nos hará sufrir.
Marcel Proust (1871-1922) Escritor francés.
El jueves por la tarde apareció Yohei. Su madre todavía no había vuelto de trabajar, y Hanamichi había pasado el día espachurrado en el sofá viendo la tele y no haciendo nada.
—¿Hanamichi qué te ha pasado? —preguntó el moreno al verle.
—Tropecé —murmuró Hanamichi que no quería dar explicaciones a nadie.
—¿Con el puño de quien tropezaste para que te quedara el ojo así tío?
—¿Tienes envidia y quieres uno igual o qué te pasa? —le amenazó harto de preguntas.
—¡Hanamichi! —exclamó Yohei que conocía a su amigo y sabía que cuando estaba de mal humor no se daba cuanta de que se estaba pasando.
—¿Qué? —gritó exasperado el pelirrojo. Luego más calmado añadió— lo siento. ¿Pasas o no?
—Solo si me das de comer —dijo riendo Yohei para relajar el ambiente.
Estuvieron en el sofá mirando la tele durante un rato. Hanamichi le dio una bolsa de patatas a Yohei y le miró comérselas con envidia. El moreno le ofreció varias veces pero Hanamichi dijo que no tenía hambre. Yohei no quiso insistir demasiado para no cabrearle a pesar de lo raro que se la hacía no tener la mano de su amigo cogiendo más de la mitad de la bolsa para él.
Luego de un rato de silencio Yohei se atrevió a preguntarle lo que había querido saber desde que llegó a su casa.
—Hanamichi…
—¿Sí?
—¿Estas bien? Quiero decir, no te hicieron daño esos tipos ¿verdad?
—¿Qué dices? ¿Qué tipos? Ya te he dicho que tropecé.
—¡Joder Hanamichi si no quieres hablar vale, pero tampoco me trates de idiota quieres! El ojo morado es de un puñetazo y los dos lo sabemos. Si no quieres decirme qué pasó…
—No pasó nada —insistió Hanamichi. Pero Yohei le miró en silencio de forma acusadora y al final Hanamichi se rindió y añadió—, nada grabe al menos. Solo me tropecé con unos tipos…
—¿Pero tú estás bien? —le interrumpió Yohei con un desmesurado tono de preocupación en la voz.
—¿Yohei qué mierda te pasa tío? ¿Es que no ves que estoy bien? ¿A que viene este interrogatorio?
—No lo sé, estaba preocupado. No sueles desaparecerte así sin decir nada por tanto tiempo. No te has pasado ni por el colegio ni por el gimnasio…
—Ryota me echó el lunes —comentó amargamente Hanamichi.
—Lo sé. Todos están muy preocupados.
—¡Ya! Seguro —exclamó escéptico.
—Que sí tío —insistió.
—Venga ya Yohei, ambos sabemos que en el equipo no hay nadie que esté tan preocupado por mi como dices. Además mamá llamó ayer al colegio para avisar que no iría esta semana.
—Ayer en el entrenamiento Ayako dijo que no vendrías en toda la semana, todos quedaron muy sorprendidos. A la salida alguien dijo algo de un hospital…
—¿Y? —le increpó un poco borde para hacerle desistir en su interrogatorio— ¿A qué tanto interés por mi salud?
—¿Has estado en el hospital entonces Hanamichi? —pero Yohei no se dejaba engañar tan fácilmente
—Estuve —admitió—. Pero…
—¿Hanamichi, qué ocurrió? y no me vengas con que nada tío que yo sé mejor que nadie que mandarte al hospital no es la cosa más fácil del mundo precisamente…
—Esta bien, pero quiero que me prometas que no dirás nada de esto a nadie.
—¿Pero estás bien no? —Hanamichi se sorprendió de nuevo ante el tono de preocupación de su voz.
—Prométemelo— le exigió, sintiendo en el fondo un agradable sentimiento de calidez por esa preocupación.
—Prometido.
—No tiene nada que ver con esto —dijo señalándose la cara—. No directamente. Recibí un golpe en la cabeza que…, bueno puede que no lo provocara, el médico no está seguro…
—Hanamichi, al grano.
—Parece que puede que tenga una enfermedad que se llama síndrome de Méinère— le soltó sin tapujos—. Tuve un ataque de vértigo y por eso fui al hospital.
—¿Es grave?
—No me moriré —comentó sonriendo al ver el miedo en los ojos de su amigo—. Es básicamente un problema del oído interno. Los médicos no conocen las causas exactas y por eso no saben seguro si lo tengo o no, pero no tiene cura así que si los ataques se repiten sabremos que no fue solo el golpe. Y el medico ha insistido mucho en que seguramente se repetirán si no me cuido, pero a parte de eso estoy perfectamente.
—Si estuvieras perfectamente habrías venido al entrenamiento —murmuró sospesando si su amigo le escondía algo más grave, como una lesión en su espalda.
—¡No puedo presentarme así al colegio! ¡¿Quieres que me echen?!
—¡No! Claro que no… —dijo Yohei que en eso no había pensado. Entonces le asaltó una duda—. ¿Y tu madre te deja quedarte en casa si estás bien?
—Sí, bueno, se asustó y… ya sabes.
—Ya. Bueno me tranquilizas la verdad. Todos pensaban que quizá te habías hecho daño en la espalda de nuevo y empezaba a pensar que tenían razón.
—¿Todos, quien?
—Los del equipo.
—¿Desde cuando hablas tú con ellos? —preguntó obviando la duda de que el equipo se preocupara tanto por él.
—No es que hablara con ellos solo que lo comentaron en el entrenamiento y los chicos y yo les oímos.
—¿Y por qué estabais los chicos y tú en el entrenamiento si yo no estaba? Podríais haber ido a hacer otra cosa, siempre os estáis quejando de que los entrenamientos nos quitan muchas horas para estar juntos y hacer otras cosas, y por un día que yo no estoy cogéis vosotros y vais igual.
—Bueno… no íbamos por el entrenamiento, vamos por las vistas… ¿entiendes? —preguntó Yohei en tono pícaro.
—No —respondió sinceramente Hanamichi.
—Fuimos para ver a las animadoras de Rukawa.
—¡¿Que fuisteis para qué?! —gritó escandalizado.
—¡Oye que pasa tío! Son idiotas y tienen mal gusto, pero están buenas.
—Estáis dementes.
—Lo que pasa es que nunca te has fijado en ellas porque te da rabia que animen a Rukawa, pero si te las miraras…
—A mi no me da rabia. A todos nos molesta que esas histéricas en celo permanente no paren de gritar como una posesas, como si el Kitsune fuera un apetecible trozo de carne y ellas unas bestias hambrientas.
—Sí pero sobretodo te molestan porque gritan por Rukawa de entre todos vosotros.
—Eso también. Pero molestarían igual si gritaran para cualquier otro. Por mi deberían prohibirles la entrada al gimnasio.
—Quizá, pero espero que no porque entonces nosotros no tendríamos nada que mirar mientras tanto. Comprenderás que son mucho más interesantes de observar unas tías buenas que se exhiben en minifalda sin ningún tipo de complejo que un puñado de tíos musculitos en pantalón corto sudando la gota gorda.
—Pues no sé que decirte.
—¡Vah! Envidia cochina.
—El cochino eres tú, que eres un salido. Mira como te has puesto solo de pensar en esas pavas insoportables… —Le dijo Hanamichi mirando el sospechoso bulto de la entrepierna de Yohei.
—¡Qué! Como si fuera al único tío a quien se le pone dura de pensar en tías buenas… —dijo Yohei poniéndose algo colorado y tapándose con un almohadón del sofá.
—Eres como ellas, tan degenerado y enfermo como esas locas, solo que para ti el filete a hincar el diente son ellas.
—Bueno pues sí, ¿y qué? ¿Es que acaso a ti Haruko no te la pone dura? —se quejó Yohei.
Ante esa respuesta Hanamichi calló desconcertado; no, Haruko no le hacía ponerse así. Sin estar seguro de qué debería contestar, solo escondió la mirada de su amigo lleno de vergüenza. Yohei que creyó haberle pillado se dio por satisfecho y solo dijo:
—Pues deja de joderme —y acto seguido se puso otro bocado de patatas en la boca y siguió viendo la película de la tele que ya estaba terminando.
Hanamichi no abrió más la boca y se quedó mirando la pantalla como si el final de esa película fuera la cosa más interesante del mundo. A pesar de que tenía la mente muy lejos de ahí.
Cuando terminó Yohei le dijo:
—Yo debería irme. Se ha hecho tarde y mi madre ya debe haber puesto la mesa y sabes que si no llego antes de que empiecen me puede dejar sin cena —Yohei le miró unos instantes. Hanamichi pensó que quizá esperaba que le invitase a cenar como tantas otras veces había hecho en situaciones similares.
Sabía que Yohei no estaba muy bien en su casa, no se llevaba nada bien con su madre y pasaba el mínimo de horas posibles con ella, esperando que así ella dejaría de mortificarle con sus constantes exigencias. Hanamichi estaba convencido que esa actitud solo empeoraba la situación, pero a menudo se había solidarizado con su amigo pues a decir verdad la madre de éste sí era, a veces, algo demasiado posesiva, controladora y maniática. Así que en múltiples ocasiones lo acababa invitando a quedarse a cenar e incluso a veces, si al día siguiente no había clase, a dormir. Siempre había sido así desde que se conocían y, en parte, en ello se basaba su amistad.
Pero en ese momento Hanamichi sólo tenía ganas de estar solo. Algo nuevo en él, que normalmente necesitaba estar con gente alrededor para sentirse bien, a gusto y seguro consigo mismo.
—Nos vemos el lunes pues —dijo levantándose y acompañando a Yohei hasta la puerta.
Cuando su amigo se hubo ido se quedó unos instantes en la puerta mirando a la nada y entonces se atrevió a hacer lo que había deseado hacer desde que había visto que su amigo se había excitado.
Bajó su mano y se acarició por encima del pantalón. No se le había levantado como a Yohei, cual mástil de la vela mayor, pero tampoco la tenía flácida. Una incipiente erección había quedado disimulada por los anchos pantalones de chándal que llevaba puestos.
Consciente de que su madre podía llegar en cualquier momento Hanamichi dejó de tocarse, fue al salón, apagó la tele y subió a su habitación.
Tumbado en la cama, dejó que una mano se colara dentro del pantalón hasta envolver su pene, mientras la otra se colaba debajo de la camiseta acariciando suavemente su vientre marcado y su pecho firme. Poco a poco cerró los ojos y, olvidándose de todo lo demás, se concentró solo en lo placentero que era sentir esas manos en su piel.
Imaginó que no eran sus manos las que le acariciaban y el deseo le invadió.
... continuará ...
Grissina: Cuando una escribe a veces cree que ha pensado en todo, que lo controla todo, que lo sabe todo sobre su historia… hasta que deja que alguien más la lea; Y en cada nueva opinión mil nuevas posibilidades se desatan. ¡Me encanta! Gracias.
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