Chrysta
―No entiendo a qué estás jugando, Silk. Es del 12, seguro que no sabe ni sujetar un cuchillo.
―Ya escuchaste lo que dijeron el día que nos reunieron a todos, Clove; ganó sus Juegos. Y además, la tuve como aliada en los mismos y te aseguro que sabe lo que se hace.
Suspiré, poniendo los ojos en blanco mientras que jugueteaba distraídamente con un cuchillo, deslizando su afilada hoja entre mis dedos, cuidando de que el filo del mismo no traspasara mi piel. Mi llegada al gimnasio junto con Silk había hecho que la chica del 2, Clove, me mirara como si fuera una mosca especialmente gorda que se hubiera colado en la estancia y ahora se estuviera dedicando a revolotear alrededor suyo. No iba a negar que sus recelos no me cogían de improviso, más que nada porque ya había sufrido el desdén de los chicos provenientes de los distritos profesionales cuando acudí a mis primeros Juegos. Ahora, por suerte, contaba con Silk para respaldarme, aunque la chica del 1 no podía hacer mucho contra tres personas en mi contra y una que no dejaba de dudar. El chico del 1, el cual respondía al nombre de Gold, tan rubio y con los ojos azules como su compañera, me miraba con cierto desdén, gesto que era imitado por el chico de pelo oscuro y anchos hombros del 2, que decía llamarse Tristan. Por su parte, Seaview, del 4, no parecía decantarse por ninguna de las posturas; en sus ojos verdes, medio ocultos por su pelo marrón claro, había ciertos destellos de dudas, como si luchara por recordarme. De hecho, yo había hablado con ella la noche de mi entrevista como ganadora; fue Seaview la que me previno de lo que estaba al venir. Su compañero de distrito, el cual ni se había presentado, nos miraba a todos con una ceja pelirroja alzada sobre sus ojos color miel, bordeados por pecas.
―Los del 12 solo son traidores ―Clove bufó en mi dirección, recolocándose un oscuro mechón de pelo tras la oreja ―En mis Juegos un tributo de ese distrito se alió con nosotros, solo para acabar traicionándonos. Cato, mi compañero, se encargó bien de él ―añadió con una sonrisa macabra.
―Creo que deberías ser consciente de que yo he ganado unos Juegos ―repuse con una falsa voz suave, tratando de contenerme para no estrangularla. Odiaba ese tonito de superioridad con el que se dirigía a mí; a fin de cuentas ella ni siquiera llegó a ganar, la mataron antes de la final por lo que me habían dicho ―¿Y tú cuantos? Ah, espera, ningunos. Así que si me he alzado con la victoria no ha sido por suerte, como serás capaz de deducir, si es que tienes dos dedos de frente.
―Chicas, basta ya ―el chico del 4 se cruzó de brazos, mirándonos alternativamente ―Puede que ambas tengáis razón, ¿no? Si como la tributo del 12 dice, ganó unos Juegos, no creo que sea una completa inútil; de serlo no la habrían elegido para esta edición. Recordad lo que dijo la presidenta sobre ella, que tenía un carácter fuerte. Por otro lado, no quita que a lo mejor solo quiera aliarse con nosotros para luego clavarnos un cuchillo por las espaldas.
―Yo veo ilógico que quiera aliarse con alguien que no sea la otra chica de su distrito, ya que ahora al parecer ambos tributos podríamos ganar ―apostilló Tristan con su voz profunda.
―Yo fui a los mismos Juegos que ella ―Silk aprovechó para meter baza ―Y cometí el mismo error que estás cometiendo tú, Clove: la subestimé solo por su procedencia. También en aquel entonces fue aliada de los profesionales, y encajó muy bien con nosotros.
No pude evitar sentirme agradecida hacia Silk por sus palabras. Si mal no recordaba, ella fue la primera de todos ellos que, en el pasado, vino a reírse de mí cuando vio cómo iba a echar mano de un arco durante el primer día de entrenamientos, haciendo mil y un chistes al respecto. Sin embargo, cuando me vio tirar, su actitud cambió radicalmente, llegando a decirle a su mentor que hablara con el mío para que yo entrara en la alianza profesional. De hecho, en la arena, los profesionales me trataron como a una igual, si exceptuábamos al chico del 4, Sand, que me echó la culpa de que su hermana gemela, Valkyrie, hubiera muerto. Yo no tuve culpa alguna, y de hecho, cuando Sand me atacó, el resto de la alianza intercedió por mí.
Clove seguía mirándome con el ceño fruncido, como si los argumentos que Silk esgrimía no la convencieran. Intenté pensar en qué modo podría hacer que esa chica pecosa cerrara el pico de una vez, que asumiera que mi apodo de "la profesional del Distrito 12" no me había sido concedido por azar, sino que me lo había labrado poco a poco, con cada uno de mis actos. Tal vez debiera hacer alguna exhibición de mis habilidades, como hiciera en el pasado, de tal modo que pudieran ver con sus propios ojos que a pesar de provenir del Distrito 12, no era una simple minera muerta de hambre. Para algo me había entrenado a mí misma durante días y días en el bosque, puede que de un modo un tanto rudo y primario, pero útil de todos modos.
―¿Y qué es lo que sabe hacer, ya que es tan buena, según tú? ―Gold increpó a su compañera de distrito, la cual le dirigió una mirada gélida.
―Chrysta es buena con el arco ―señaló.
―Oh, genial, una Katniss Everdeen prehistórica ―repuso Clove de malas. Aquel nombre había sido repetido en un par de ocasiones en el gimnasio, sobre todo entre los tributos que parecían venir de unos Juegos "recientes", aunque a mí no me decía nada, y pude ver por las expresiones de sus rostros, que a Silk y a Seaview le pasaba lo mismo que a mí. Por lo que se decía, o al menos por lo que había llegado a oír, esa tal Katniss debió de ser una tributo de mi distrito en algunos Juegos, y por lo que la chica del 2 había añadido, debía de tratarse de una arquera. Bueno, no iba a negar que el arco se me daba bien, pero mis armas siempre habían sido los cuchillos. En mis primeros Juegos, durante los entrenamientos, Dust, mi mentor, me había aconsejado alejarme de los mismos para no mostrar mi mayor habilidad antes de las pruebas privadas; pero ahora no tenía razón alguna para tratar de ocultar dicho talento, sobre todo teniendo en cuenta que todos sabrían más o menos de lo que era capaz.
―Puedo contestar por mí misma, Silk ―dije en un tono bajo, para luego alzar la voz, mirando a los ojos a Clove ―Ni se quién es esa tal Katniss ni me interesa saberlo, pero el arco solo es una de mis "habilidades menores", por llamarlo de algún lado. ¿Quieres ver de lo que soy capaz? ― lancé el cuchillo que sostenía hacia arriba, agarrándolo luego por la punta del mismo ―Soy una tiradora de cuchillos.
Mis palabras fueron acogidas por un coro de risitas proveniente, principalmente, de los tributos del 2. Clove alzó una ceja, como si mi comentario le resultara divertido o similar, mientras que Tristan parecía estar tomándome por un mal chiste.
―Parece que alguien se tiene en demasiada estima ―trinó el chico del 1 con cierta sorna, lo que me hizo fruncir el ceño. Estaban tomándose mis palabras a risa, y eso no me agradaba en lo más mínimo.
―Callaos de una jodida vez antes de que os saque los ojos ―señalé con acidez ―¿No me creéis? Os lo voy a demostrar.
Me encaminé con paso firme hacia la galería de lanzamiento de cuchillos. No era nada del otro mundo, solo unas cuantas siluetas humanas con dianas a la altura de la cabeza y el pecho, las cuales se irían iluminando paulatinamente, señalando así el objetivo contra el que tendría que tirar. Había repetido ese ejercicio tantas veces que ya ni siquiera me suponía un desafío, de modo que mientras me aprovisionaba de cuchillos para lanzar me encontraba totalmente tranquila. El monitor encargado de la zona me contemplaba con cierta curiosidad mientras que yo me colocaba en la posición indicada para lanzar y sostenía en mi mano derecha el primero de los cuchillos.
Tomé aire, observando las láminas, esperando a que se iluminara la primera de ellas, cuando la más alejada por mi derecha se encendió. Lancé con rapidez contra la diana central de la misma, justo a tiempo para tomar otro cuchillo y lanzarlo contra la central, para luego tirar otro contra la segunda lámina a la izquierda. El ejercicio había sido limpio y certero, pero me daba la sensación de que lanzar cuchillos contra láminas no muy alejadas tampoco iba a servirme de mucho. Por el rabillo del ojo pude ver como Samantha comenzaba a practicar el arco en la galería de tiro que se encontraba a nuestras espaldas. Contemplé la distancia; en los Juegos había lanzado cuchillos incluso contra objetivos más lejanos…
No lo pensé dos veces, simplemente tomé un nuevo cuchillo y lo lancé contra una de las siluetas de la galería de tiro con arco, viendo con una sonrisita de suficiencia como este se clavaba en el centro de la misma. Me giré hacia los profesionales, con una ceja alzada.
―Os lo dije ―señaló Silk, algo pagada de sí misma ―Os dije que era buena.
―Te ha salido competencia, Clove ―señaló Tristan, alzando una ceja.
La aludida me miraba con cierto aire inquisitivo, mirada que le sostuve sin arrendarme en absoluto. Finalmente, la chica asintió levemente con la cabeza, aliviando un poco su ceño fruncido.
―Es de las nuestras ―dijo ―Por extraño que me resulte, es una profesional del Distrito 12.
El sonido de los cubiertos contra los platos era lo único que rompía el silencio reinante en el salón de la planta de nuestro distrito. El día había pasado con la normalidad propia de la rutina de los entrenamientos, unos entrenamientos donde todos y cada uno de nosotros nos habíamos señalado en nuestros puntos fuertes. Al parecer, el hecho de que las habilidades que teníamos eran de sobras conocidas por los demás nos hizo fardar un poco a todos, como había hecho yo lanzando aquel cuchillo. Después de aquellas tiradas, había llegado a competir contra Clove lanzando cuchillos, logrando ambas un empate debido a que ninguna de las dos falló un blanco. Al parecer dichos ejercicios sirvieron para afianzar la idea entre los demás profesionales de que yo era una buena adquisición para su grupo, puesto que las risitas burlonas fueron quedando a un margen, siendo sustituidas no por respeto, puesto que nadie respetaba a nadie en estas circunstancias, pero sí cabía señalar que ya me tomaban más en serio.
No había prestado mucha atención a Samantha, pero sí la suficiente como para ver que con los arcos era buena, lo cual me ponía en una situación peliaguda. A pesar de usar los cuchillos casi siempre, en ocasiones, sobre todo para matar a mucha distancia, me valía del arco. En mis Juegos, solo dejaron un arco en la Cornucopia, y si en estos volvían a hacer lo mismo, me daba la sensación de que ambas nos enzarzaríamos en una pelea a muerte por dicha arma. Ante esa idea no pude menos que alegrarme del hecho de que al menos Silk iba a estar conmigo, cosa que Samantha no podía decir. Ella ya había dejado claro que quería ir en solitario, por lo que a la hora de tener que enfrentarse a un grupo de tributos, por muy buena que fuera o que se creyera ser, iba a tener las de perder. El hecho de la fuerza que provocaba la unión era uno de los principales motivos por los que yo había buscado una alianza profesional.
―Esta tarde me abordaron los mentores de los distritos profesionales ―la voz de Bradley rompió el silencio, haciendo que ambas lo mirásemos ―Estaban interesados en que te aliaras con sus tributos, Chrysta.
Samantha soltó un rebuzno ahogado a modo de risa, alzó una ceja y sumergió la vista en el plato, como si quisiera hacerse la inocente. Fruncí el ceño, reclinándome hacia atrás en mi asiento y mirando ya a Bradley, ya a Samantha, y no precisamente con muy buena cara. Me ponía de mal humor que esa chica siempre estuviera burlándose de lo que hacía o tratando de quedar por encima de mí.
―¿Aceptas la oferta de los profesionales? ―prosiguió el hombre, ignorando la reacción de mi compañera.
―Obviamente ―repuse con frialdad, pinchando con aire distraído un trozo de carne de mi plato y observándolo como si fuera lo más interesante del mundo.
―Lógico... sola no tendrías ni la más mínima oportunidad... Aunque acompañada tampoco.― Dijo la chica, al parecer buscando la manera de hacerme explotar. ¿Es que ni debajo de agua era capaz de callarse? Luego que no se quejara cuando la destripase en la arena.
―Si te refieres a ninguna oportunidad de perder, estás en lo cierto ―dije con un falso tono dulce, el cual no casaba con mi expresión avinagrada. A borde no me ganaba nadie, en la Veta era la reina de las mil maldiciones y los improperios. Si quería guerra, la iba a tener ―Algunas nacemos para ganar, y otras simplemente para estorbar ―añadí con acidez.
―Cierto, algunas nacemos para ganar... dos veces ―fue la respuesta, lo que me hizo alzar una ceja. Acababa de ponerse en bandeja para que la derrotara por completo, por lo que no pude evitar esbozar una sonrisa fría.
―Pero no una tercera, cosa que te señala como una perdedora para estos Juegos ―dije con voz angelical.
Bradley parecía haberse comido una guindilla, viendo la expresión de su rostro. Aquella discusión contra Samantha parecía ir para largo, pero nuestro mentor al parecer creyó oportuno meterse en el medio antes de que alguna de las dos tratara de ahogar a la otra en la sopa.
―¡Basta ya! ―bramó, golpeando la mesa para que ambas cerrásemos el pico ―Sois las primeras tributos que he tenido bajo mi tutela que parecen llevarse a matar. ¿Tanto os cuesta colaborar un poco, aunque no queráis aliaros? ―se llevó las manos a los ojos, presionando sus dedos contra los mismos, como si tratara de poner en orden sus pensamientos ―Al escuchar que este año iba a tener bajo mi cuidado a dos ganadoras de los Juegos del Hambre imaginé que sería el año en que menos problemas tendría ―musitó ―Pero no hay quien os soporte. ¿Es que habéis olvidado en qué consiste este juego? ¿Habéis olvidado cuál es el motivo por el que os han traído hasta aquí? Nunca creí que nadie del Distrito 12 pudiera haber perdido el norte como habéis hecho vosotras.
Le lancé una mirada inquisitiva, algo sorprendida por sus palabras. Claro que sabía perfectamente lo que se esperaba de mí, ya había jugado a esto antes, por llamarlo de algún modo.
―Conozco las reglas de los Juegos ―mascullé ―¿O acaso crees que salí de la arena porque al Capitolio le dio por convertirme en ganadora? Mi victoria me la labré a base de sangre y sudor.
Samantha volvió a soltar un cierto bufido despectivo, lo que me hizo regalarle una mirada cargada de odio homicida.
―Este es el problema ―musitó el mentor ―Basta con que una de vosotras abra la boca para que la otra intente quedar por encima de ella. ¿Tanto os cuesta colaborar? ―tomó un trago de su vaso y nos miró por turnos ―Bien, se acabó la cena; venid conmigo ahora mismo. Y sin protestar ―añadió alzando un dedo.
No miré a mi compañera en ningún momento, mientras que seguía a Bradley pasillo abajo, dejando atrás las habitaciones y subiendo por una escalera que daba acceso a una cúpula, desde la cual se accedía a la azotea del edificio. A pesar de que el acceso a dicha zona se efectuaba desde la planta del Distrito 12, en la anterior ocasión no había tenido la oportunidad de subir al tejado del mismo. Mis ojos se perdieron en la multitud de luces que brillaban a nuestros pies, mientras que mis oídos se entretenían con el sonido de unas campanillas que sonaban al ser mecidas por el fresco viento. Se respiraba una cierta paz en aquel lugar, una paz que en los pisos inferiores brillaba por su ausencia; sería fácil olvidarse que estaba allí para entrar en una carnicería si me quedaba en aquel lugar.
Bradley se giró hacia nosotras, tras lanzar una mirada que me pareció cauta a nuestro alrededor. Luego nos aferró a cada una por un brazo, como si temiera que fuéramos a escaparnos.
―Parece como si hubierais olvidado lo que el Distrito 12 siempre ha venido siendo ―suspiró ―Chrysta, por lo que he podido averiguar sobre ti, has tenido un hermano que participó en el levantamiento de los Días Oscuros, ¿verdad?
Asentí, recordando como Nick, mi hermano, había muerto en dicho levantamiento, una muerte que me había convertido en lo que ahora era. De no haber ocurrido, quizás ni siquiera hubiera ido a los Juegos, pues no tendría el odio acumulado que deseaba soltar tan desesperadamente en la arena.
―Y tú, Samantha ―se giró hacia mi compañera ―Te uniste a los Monicans e incluso trataste de iniciar una nueva rebelión, ¿me equivoco? ―la aludida negó en completo silencio ―¿Qué nos enseña esto? ―añadió, dirigiéndose ahora a las dos ―Significa que el Distrito 12 siempre ha tenido muy claro que no es una marioneta del Capitolio, por muy pobre que siempre haya venido siempre. Si os fijáis, la mayoría de los que se han rebelado en alguna ocasión en la historia de Panem, han provenido del 12: el grueso del Distrito 13 provenía del distrito minero; la Segunda Rebelión fue iniciada por Katniss Everdeen, una chica del 12, y la última que tuvimos también fue promovida por nuestro distrito. Para conseguir dichos hitos, los habitantes del 12 han tenido que estar unidos siempre, incluso en una situación tan extrema como es esta, cosa que vosotras parecéis estar olvidando. Os comportáis como perritos falderos del Capitolio, tratando de destacar sobre la otra, de poder alzaros con la victoria en solitario, cuando tenéis la oportunidad de colaborar y conseguir ambas salir vivas de la arena.
―Yo no pienso aliarme con ella ―repuse con tono duro.
―Genial, porque para lastre ya tendré de sobra con la mochila ―me respondió Samantha de malas maneras.
Bradley bufó, zarandeándonos para que volviéramos a guardar silencio. Cuando hubimos cerrado la boca, deslizó una mano dentro de su chaqueta oscura, sacando un pequeño paquetito, el cual tendió a Samantha.
―Espero que esto te refresque la memoria y te ayude a tener en cuenta tus ideales ―murmuró el hombre. La chica abrió el atadijo, y sacó del mismo una pulsera que parecía de madera oscura, sobre la cual había tallada la imagen de un pájaro. La joven alzó las cejas, sorprendida, mientras que estudiaba aquel objeto como si fuera algo que no hubiera esperado encontrarse en su poder.
―¿Cómo la has conseguido? ―inquirió con un hilo de voz.
―Es una larga historia ―le respondió el mentor ―Digamos que ha ido pasando de mano en mano, como un recordatorio de tu persona.
Fruncí el ceño, mirando de reojo aquel objeto. Estaba claro que Samantha parecía ser la favorita de Bradley, viendo como este le entregaba un regalo, dejándome a mi en un segundo plano. Bueno, tampoco me importaba mucho; ya me haría de notar cuando matara a mis rivales en la arena, y dudaba que una pulsera fuera a serme de mucha utilidad para dicha función.
―¿Crees que me he olvidado de ti? ―el hombre volvió a sacar otro paquetito, el cual me tendió ―Me temo que quizás esto no signifique mucho para ti en lo referido a lo personal, pero debes saber que lo que te entrego tiene mucho valor para muchos de nosotros.
Aparté el paño que envolvía el objeto, para encontrarme con una insignia circular, la cual parecía de oro. Dentro de la misma se encontraba un pajarito, igual que el de la pulsera de Samantha, que estaba unido al círculo solo por las puntas de las alas.
Hice un mohín, algo descolocada. ¿Para qué iba a querer yo una insignia? Ni siquiera sabía qué tipo de pájaro era el que se encontraba en la misma, aunque creía haber visto alguno similar en los últimos días que recordaba haber pasado en mi distrito. Aquel "regalo" no parecía gran cosa, y estaba muy por la labor de tirarlo hacia la calle. ¿Acaso se creía que ese estúpido broche iba a hacerme cambiar de parecer para aliarme con mi compañera de distrito? Ni de coña, vaya. Con cara de frustración, me giré hacia Samantha, pensando en estamparle la insignia en su frente, pero no me esperaba encontrarme con lo que me encontré.
La chica había comenzado a soltar un par de lágrimas que parecían no querer salir. Parecía tratar de seguir manteniendo su imagen de ganadora despiadada y sin sentimientos, sin embargo la imagen que se observaba era completamente diferente a aquella definición. Sobre la pulsera comenzaron a caer las primeras lágrimas mientras ella seguía el camino de la insignia con su dedo índice.
―Ésta...― comenzó diciendo mostrándose no muy confiada― es la pulsera que me hizo mi hermano, Trevor, tenía seis años. Me la regaló justo antes de yo ir a los Juegos, la llevé siempre puesta desde entonces... hasta el día de la guerra. Los Monicans nos enfrentamos al Capitolio en una cruel batalla, la cual creímos ganar, pero no fue así, en absoluto. El Capitolio siempre vuelve, no se le puede vencer.― explicaba la chica apartando las lágrimas de su rostro. ―Ese símbolo representa toda una horda de guerreros admirables, que fueron capaces de plantar cara a los burócratas y a los líderes borrachos de poder. Representa la rebeldía, el valor, la fuerza, la esperanza... Representa nuestro Distrito.
Puse los ojos en blanco. Vale que esa pulsera significara algo para ella, pero a mí esa insignia que me había dado ni me iba ni me venía. A lo mejor se la podía clavar a alguien en el ojo, de ese modo si me resultaría útil, porque no le veía otro uso.
―¿Y a mí qué? ―repuse con tirantez ―Vale que esa pulsera tenga una historia, pero esta insignia no me dice nada. Vas a tener que buscarte algo mejor con lo que "recordarme los ideales del 12" ―le espeté a Bradley.
―No tienes remedio.―Sam metió baza, mirándome fijamente ―Dices ser la pionera, la primera ganadora del Distrito 12, pero no tienen ni idea de lo que significa ser una ganadora para el Distrito 12. No se trata de proclamar que has conseguido asombrar a todo el mundo ganando los Juegos viniendo del distrito más pobre, se trata de demostrar que todos somos capaces y hacer saber a los tuyos que no están solos.
―Sigo sin entender qué tiene que ver tanta palabrería con un jodido pájaro ―repuse exasperada. Samantha pareció encajar de malas mis palabras, pues tras mirarme como si fuera un bicho especialmente repugnante, se alejó, dejándome a solas con Bradley, el cual tomó la insignia, colocándomela sobre el jersey oscuro que llevaba.
―Es la insignia del sinsajo ―me susurró ―La insignia de una rebelión.
Os traemos un nuevo capítulo, debido a que los reviews recibidos nos han animado a seguir escribiendo ;) Muchas gracias por tomaros la molestia de comentarnos.
¿Qué os parecen los símbolos que llevan las chicas a la arena? Está claro que Chrysta no acaba de comprender lo que significa la insignia que le han dado, pero Sam si parece más conforme con el suyo XD.
¡Nos leemos!
