El Sonido del Silencio

CAPITULO VI: Desde las gradas

A veces, el silencio es la peor mentira.
Miguel de Unamuno (1864-1936) Filósofo y escritor español


El sábado por la mañana, Hanamichi se levantó temprano. Sabía que no había motivo, no podía jugar, Ryota le había dicho que no hacía falta ni que se presentara en el gimnasio cuando le había echado del entrenamiento. Pero a pesar de ello no había podido sacarse de la cabeza el maldito partido.

Por primea vez en meses, su madre no trabajaba ese sábado. Cuando lo supo dos semanas atrás se puso muy contento pues pensó que por fin su madre podría ir a verle jugar. Ahora había perdido una oportunidad que no sabía cuanto tardaría en repetirse.

Se levantó de mal humor.

Al salir de la ducha se dio cuenta que los moratones del torso habían disminuido mucho y los de las piernas ya casi habían desaparecido.

—Con un poco de suerte el lunes ya no se verán —murmuró sin dejar de ponerse la pomada en todos y cada uno de ellos. Cuando se miró la cara en el espejo, pero, se le cayó el alma a los pies, pues el que se veía peor de todos era el del ojo. Tenía que pensar una excusa para él o todo se habría acabado.

Pero había pensado en ello día y noche toda la semana y no había logrado más que aumentar su dolor de cabeza. Temía que todos se darían cuenta de lo ocurrido solo al verle como había hecho Yohei.

Cuando bajó a la cocina le sorprendió encontrar a su madre cocinando.

—¿Mamá no es muy temprano para estar haciendo la comida?

—Buenos días cariño, no pensé que madrugarías tanto —Hanamichi no respondió, se sentó y empezó a comerse las tostadas, esperando a que su madre respondiera—. Había pensado que como tengo fiesta podríamos salir al campo. Hace mucho que no hacemos nada así: juntos.

—Claro —dijo Hanamichi algo desganado.

—¿Qué ocurre? —dijo su madre dejando lo que tenía en las manos y sentándose a su lado con un trapo entre las manos.

—Nada.

—¿Te encuentras mal? —inquirió ella en un tono muy distinto, de preocupación.

—No mamá, tranquila me encuentro bien. Es solo que…

—¿Qué?

—Hoy hay partido.

—Oh, es cierto. Pero pensé que no podrías jugar con todo lo del vértigo.

—No puedo jugar, pero solo porque Ryota me echó el otro día, cuando llegué tarde, el médico no dijo nada de no hacer deporte.

—Oh, claro, ya no me acordaba… ¿Quieres que vayamos a ver a tus compañeros?

A Hanamichi le sorprendió la propuesta pero no lo dijo.

—No lo se mamá, Ryota dijo que no me acercara al gimnasio y…

—Pamplinas. Si no puedes jugar lo lógico es que vayas a animar a tus compañeros. Me hubiera gustado poder verte jugar a ti también, pero podemos ir igual y así conoceré a tu entrenador y a tus amigos ¿no?

—El entrenador estará contento de conocerte. Pero no tengo ganas de hablar con los chicos del equipo, no debemos desconcentrarlos antes del partido, sin estar yo en la pista podrían llegar a perder y luego me echarían la culpa a mí, como siempre—. Su madre no le insistió en querer conocer a sus compañeros, pero no le pasó desapercibido el tono de amargura con el que Hanamichi dijo eso último sobre tener la culpa de todo.

Cuando llegaron al gimnasio de la escuela el partido ya había empezado. Hanamichi no dejó que su madre se sentara delante del todo, quería pasar inadvertido.

Se sentaron en un rincón lo más lejos de la pista posible, desde donde Hanamichi vio a sus amigos sentados cerca de las animadoras de Rukawa cortejándolas descaradamente, justo encima del banquillo del Shohoku. Lo más sorprendente era que ellas parecían encantadas de toda esa atención.

En la pista el equipo no parecía tener problemas. Claro que el equipo contrario no era muy bueno. Estaban en pista Ryota, Mitsui, Shizoaki, Yasuda y uno de los de primero de los que le tenían miedo. Por un momento no supo si le alegraba ver a Rukawa chupando banquillo o le parecía de lo más ruin por su parte como si el moreno no hubiese querido jugar por ser el rival tan débil. Enfurruñado se sentó en la silla y les vio correr en silencio.

En unos minutos su mal humor se había disipado un poco y la emoción de ver ganar a su equipo le hizo querer gritar como el resto del público. Era extraño ver un partido de su equipo desde las gradas, era frustrante no poder bajar y gritar desde el banquillo y a la vez le horrorizaba que alguien le viera allí. El ambiente le hacía querer gritar y para contenerse y no llamar la atención decidió distraerse intentando explicarle a su madre lo que ocurría en la pista.

Su madre resultó ser un desastre para entender las normas del juego, y tras contárselas tres veces sin éxito se cansó de hablar con ella y calló de nuevo. A pesar de seguir confundiendo las normas y no entender muy bien porqué los jugadores hacían lo que hacían, ella parecía disfrutar de ese ambiente festivo que la victoria fácil había creado en el gimnasio.

El novato duró poco en el partido y fue sustituido por Rukawa. Poco después de pisar la pista éste ya estaba haciendo gala de su técnica dejando clavados a tres defensas y colgándose del aro.

—¿El numero once…? —preguntó entonces su madre, que parecía encandilada con la jugada de Rukawa.

—¡Que pasa con el maldito Kitsune! —exclamó enfadado Hanamichi.

—Nada —dijo su madre que con esa vehemente respuesta ya había confirmado que ése era el chico del que tanto hablaba y con el que tantas veces discutía y peleaba.

Hanamichi enfurruñado vio como su madre no le quitaba el ojo de encima a Rukawa durante un buen rato. Cruzado de brazos y con el ceño fruncido él también le observó detenidamente.

Rato después, tras una espectacular jugada, Rukawa levantó la vista un segundo y sus ojos se cruzaron, quedándose ambos estáticos por un momento. Hanamichi se puso nervioso, sintió como si le hubieran pillado haciendo algo que no debía y temió que Kaede le delatara ante el resto del equipo. No quería que nadie le viera allí y con esa cara. Pero el moreno solo le miró unos instantes y luego siguió jugando como si nada. Entonces sí que Hanamichi tuvo la sensación que no podía sacar sus ojos de Rukawa. Pero no fue hasta que el árbitro pitó el final del partido, sacándole así de su encandilamiento, que Hanamichi se dio cuanta de ello.

Cuando eso ocurrió se sintió ridículo y desconcertado, y entre enfadado, avergonzado y confundido salió del gimnasio rumbo al coche como alma que lleva al diablo. Su madre quería hablar con el entrenador pero Hanamichi no tenía ningunas ganas de verse frente a frente con ninguno de sus compañeros de equipo, con el entrenador y mucho menos con Rukawa y tener que felicitarles por una victoria en la que él no había participado, ni dar explicaciones por haber faltado toda la semana o por el ojo morado y el labio partido.

Cuando llegó al lado del coche se dio cuenta que no tenía las llaves. Iba a sentarse en le suelo cuando una mano le cogió por el hombro sobresaltándole.

—¡Hanamichi tío estas sordo o que te pasa! —le dijo Yohei resoplando por haber corrido para alcanzarle. Justo entonces llegaron los del Gundam.

—¡Chicos!

—Llevamos un rato llamándote pero no contestabas —dijo Yohei al recuperar un poco el aliento.

—Lo siento —dijo despreocupadamente Hanamichi—. Tenía la cabeza en otra parte —dijo como toda explicación por haberles ignorado.

—Un gran partido —comentó uno de ellos.

«¡Ah, pero que habéis llegado a mirar la cancha en algún momento!» pensó Hanamichi, pero se mordió la lengua y en vez de eso les soltó en tono altivo:

—Sí bueno, habríamos ganado de más si yo hubiera jugado.

—¿Vendrás el lunes a clase? —le preguntó Yuuji Okuso.

A Hanamichi le gustó ver que Yohei no había hablado con ellos de lo que le había sucedido y eso le animó.

—Por desgracia sí —dijo poniendo cara de perro apaleado.

—Pero no todo es malo de venir a clase —le consoló Chuichiro Noma.

—Es cierto, nos tienes a nosotros, y así puedes ver a Haruko, y puedes ir a los entrenamientos —le dijo Nozomi Takamiya.

A la mención de Haruko una inevitable mirada de complicidad de Yohei le hizo sentir terriblemente incomodo.

Por suerte en ese instante llegó su madre, y le evitó tener que seguir hablando de ello.

—Anda Hanamichi que se nos va a hacer tardísimo —dijo la mujer abriendo el coche. Cuando Hanamichi ya había entrado ella les dijo— ¿Chicos, queréis que os lleve a casa?

—No gracias señora Sakuragi, hemos quedado para volver con alguien.

Hanamichi no dijo nada para no hablar de ello delante de su madre, pero miró inquisitivamente a Yohei y su sonrisa en los labios, así como las caras de los demás, le indicó que efectivamente habían quedado con las animadoras.

—Bueno, está bien, pero portaos bien con esas chicas —dijo ella sonriendo también.

—¡Mamá! —exclamó Hanamichi poniéndose rojo.

—Eso está hecho —gritó Yohei para que le oyeran desde dentro el coche mientras les decía adiós con la mano sin dejar de sonreír.

La señora Sakuragi arrancó el coche riendo y puso rumbo a la salida de la ciudad.

... continuará ...


Grissina: Prometí no retrasar mucho la actualización. Espero que lo hayáis disfrutado. Me encantaría saber qué pasa por vuestras cabecitas en este momento, ¿Review? ¿Please? Takk!*

*NdT: takk significa gracias en islandés.