Chrysta
La palabra rebelión sonaba un poco recargada en mis oídos, mientras que observaba el brillo del metal dorado sobre la oscura prenda que llevaba. ¿Me habían dado una insignia que había sido usada durante una rebelión, o que todos los rebeldes habían erigido como su símbolo? Si mal no recordaba, durante los Días Oscuros los rebeldes no habían tenido símbolo alguno, además de que el pájaro que estaba representado en el broche no era un pájaro que hubiera cuando los distritos se rebelaron. Recordaba ahora como un día de principios de verano, justo a la vuelta de mis Juegos del Hambre, mientras paseaba por el bosque, me topé con uno de esos nuevos pájaros que estaban apareciendo por los alrededores del Distrito 12. A primera vista tenían rasgos de los charlajos, de esos mutos que crearon en el Capitolio para que memorizaran los mensajes de los rebeldes; aunque tampoco era un charlajo como tal. No conocía su nombre, puesto que nadie había visto aves similares, de modo que la palabra "sinsajo" me era totalmente nueva.
Aun así, por muy bonita que pudiera parecerme aquella insignia, y de hecho me gustaba bastante aunque no iba a negar que la seguía viendo inútil, no me agradaba la idea de ir por ahí con un símbolo rebelde, fuera de la rebelión que fuera. Durante mi Gira de la Victoria, cuando estuve en el Capitolio, no se me ocurrió nada mejor que decir en la cadena nacional, con todo Panem viéndome, que mi hermano era un rebelde y que yo había apoyado su ideología. Como era de esperar, la reacción de la audiencia presente al escuchar de su más reciente ganadora que había soñado con ver caer al Capitolio, fue desmedida. El mismo presidente Ice se encargó de refrescarme la memoria y señalarme mi papel: una ganadora de los Juegos no era más que una especie de recordatorio viviente del Capitolio a los distritos de su supuesta bondad. Me habían ofrecido una vida cómoda y fácil, y mi deber era mostrarme agradecida y no dejar de repetir lo complacida que me encontraba con la magnanimidad del Capitolio al ofrecerme esas posibilidades.
Miré a Bradley con desafío y miedo a partes iguales. No iba a negar que en el pasado habría luchado para poder hacer caer al Capitolio de haber tenido la ocasión, pero ese deseo había sido arrancado de raíz cuando me di cuenta de que, por mucho que yo odiara lo que el gobierno nos hacía, no era más que una chica de un distrito pobre que había sobrevivido a veintitrés personas. Por mucho que actuara con frialdad y desdén, por mucho que me esforzara en comportarme como una persona a la que solo le importa ganar otros Juegos, en el fondo, debajo de esa máscara, seguía siendo la misma niña asustada que, aferrada de la mano de su padre, escuchó la noticia de que su hermano había muerto en la rebelión.
―¿Por qué me das esto? ―musité con un hilo de voz ―Yo no he participado en ninguna rebelión como la otra chica, ni siquiera hice el amago. No tengo nada que ver con los ideales rebeldes ―añadí maquinalmente, una frase que Ice me había taladrado en la cabeza cuando me tuvo cara a cara en su despacho. "Tal vez así la gente pase por alto tus palabras de la entrevista" me dijo en aquel entonces.
Bradley hizo una mueca, observándome con suspicacia. ¿Quién era ese hombre que se dedicaba a darles insignias rebeldes a sus tributos? Estaba claro que, de un modo o de otro, tenía que seguir habiendo una resistencia contra el Capitolio, por mínima que fuera, pues de otro modo no se me ocurría como unos objetos que al parecer eran ya bastante antiguos habían llegado a parar a nuestras manos.
―Supongo que la historia de esta insignia es muy posterior a ti ―el mentor dejó escapar un suspiro junto con sus palabras ―Esta será la cuarta vez que un tributo la lleve a la arena.
―¿Qué te hace pensar que voy a llevarla? ―repuse con frialdad, alegrándome de poder ocultar el miedo tras mi desdén. Me apresuré a soltarla de mi jersey, con dedos torpes, no quería tener nada que ver con rebeliones, pasadas o futuras. Había sido traída a los Juegos para matar, no para intentar levantar el país; además dudaba mucho que semejante cosa me ayudara en la arena. Si era un símbolo tan conocido como parecía ser, los Vigilantes tal vez lo reconocieran y tratarían de hacerme la vida imposible en el estadio. ¿Y si me enviaban mutos o similar para tratar de quitarme del juego antes de que los espectadores vieran la insignia que portaba? Conseguí soltarla de la prenda y se la tendí con cierta tirantez, aunque el hombre no la recogió.
―¿Chrysta Clearwater tiene miedo de un simple broche? ―inquirió Bradley con un tono falsamente sorprendido ―¿La feroz profesional del Distrito 12 teme a una insignia?
Le regalé una mirada furiosa, sin dejar de tenderle el sinsajo con ciega obsesión. Podría tratar de enfadarme, de sacarme de quicio para que, por mero orgullo aceptara llevar la insignia, pero el simple sentido de la supervivencia me señalaba que sería un tremendo error aparecer en la arena con eso puesto.
―Si supieras lo que yo he tenido que vivir, entenderías el motivo por el que no pienso llevar algo tan arriesgado en el estadio ―contesté de malas. Bradley puso los ojos en blanco, cruzándose de brazos.
―Tal vez deberías escuchar la historia de este broche y luego decidir si te compensa el riesgo o no ―dijo con un tono sosegado ―¿Vas a escucharme, por lo menos?
Bajé el brazo con el que trataba de devolverle la insignia, mientras que en mi cabeza contraponía intereses. Lo cierto era que sentía curiosidad por saber el motivo por el cual dicho emblema parecía tener tanto significado, pero al mismo tiempo no me olvidaba del pacto que había hecho con Ice, a pesar de que este ya estuviera muerto: me dejaría en paz si yo no volvía a mencionar mis simpatías rebeldes. ¿Y si de algún modo al quebrar el trato, atraía sobre mí la furia del Capitolio? Dudaba que hubiera alguien que recordara un acuerdo ocurrido siglos atrás, pero el temor que ese hombre me provocaba seguía siendo algo muy real para mí.
―Cuéntamela ―bufé, hastiada de todo. Tal vez así Bradley me dejara en paz de una vez.
Bradley tomó asiento en el suelo y me indicó que hiciera lo propio. Una vez que nos acomodamos, me narró como en el Segundo Vasallaje de los Veinticinco, una edición especial por llamarla de algún modo de los Juegos, una tributo del Distrito 12, Maysilee Donner, llevó la insignia a la arena. Años más tarde, para los séptimo cuartos Juegos del Hambre, otra tributo del 12, Katniss Everdeen, volvió a llevar la insignia, repitiendo también durante el Tercer Vasallaje, cuando tuvo que volver a la arena. Pero al parecer la insignia fue tomada como símbolo por los rebeldes durante la rebelión que esa chica inició, usándose el sinsajo para demostrarse entre ellos sus simpatías. A pesar de que esa rebelión no llegó a buen puerto (la prueba era que el Capitolio seguía estando en pie y los Juegos del Hambre se seguían celebrando), los detractores del gobierno de Panem seguían usando el sinsajo como símbolo, como una especie de recordatorio de lo sucedido entonces.
―Como bien ha dicho Samantha, es una insignia que representa algo más ―señaló cuando hubo terminado de narrarme las peripecias de aquel símbolo ―Se podría decir que a lo largo de los diferentes Juegos, ha ayudado a los tributos de nuestro distrito, salvo a ti ―añadió con cierta risa en sus palabras ―Aunque ahora ha llegado a tu poder. Mira, Chrysta ―bajó el tono de voz ―cuando supe que iba a tenerte bajo mi tutela este año, no pude evitar buscar toda la información posible sobre ti. No todos los días, como comprenderás, tienes que entrenar a una tributo que vivió cuando los Juegos fueron creados, y la idea de no poder encontrar información sobre ti me preocupaba un poco. Tuve suerte, en el Capitolio aún guardaban una copia de tus entrevistas y tus Juegos, y he de decir que vi una en la que demostrabas claramente tus ideales políticos.
Me recorrió un escalofrío, recordando aquella noche. Esa entrevista había supuesto el final de mis esperanzas, el último intento que había tratado de realizar para conseguir que en los distritos la gente no se olvidara de mi hermano… ni de la rebelión. Después de la misma había aprendido a callar y a decir solo lo que el Capitolio quería oír.
―Eso fue hace mucho tiempo ―respondí evasivamente, pero mi mentor me sujetó con fuerza, impidiendo que tratara de levantarme del suelo.
―Cuando te vi en la arena, pude comprobar que a pesar de lo insoportable que puedes llegar a ser a veces, tenías valor y unos ideales por los que luchabas. Lo cierto es que albergué la esperanza de que a pesar de todo lo que estás teniendo que vivir otra vez, fueras lo suficientemente valiente como para osar defender de algún modo tus convicciones. ¿Vas a asustarte por algo que pasó hace sabe Dios cuantos años?
―El Capitolio nunca olvida ―bufé ―¿Sabes quién era Dandelion Goldfield? ¡No era más que una niña cuando me fue entregada como avox personal!
Nunca olvidaría a aquella niña, Dandelion. Su hermana, Silvana, una chica de la ciudad algo tocada de la cabeza, había sido elegida como tributo para los Segundos Juegos, y su sarta de insultos contra el Capitolio durante la cosecha hicieron que careciera del beneficio de un voluntario. Cuando ésta se suicidó en el tren que la transportaba hacia la ciudad, el gobierno ejecutó en un acto público al que fue obligado a asistir todo el Distrito 12 a sus padres, mientras que a su hermana pequeña le cortaron la lengua y la destinaron a la esclavitud. Ice, después de avisarme de que iba a tenerme vigilada, me entregó a la niña como "regalo", un presente bastante macabro que se encargó de recordarme día tras día de lo que podría pasarme si me iba de la lengua.
Pero como era de esperar, esa historia seguramente no la conocería, debido a que era de mi "época" por llamarlo de algún modo.
―¿Te regalaron… una niña mutilada… un avox? ―preguntó mi mentor con cierto sobrecogimiento.
―Justo después de esa entrevista donde demostré mis ideales ―respondí ―Sé que puedo parecer una mascota del Capitolio en lo referido a mi conducta, sé que seguramente me verás como una chica fría y engreída que solo quiere ganar los Juegos otra vez, pero no solo soy eso. Tengo mis motivos para actuar de este modo, motivos que me impulsan a envolverme en la frialdad que siempre ostento para evitar acabar loca o muerta.
Me sumí en un silencio tenso, clavando los ojos en las luces que brillaban bajo nuestros pies, en las luces de una ciudad que condenó a mucha gente a la muerte. Una ciudad de la que, me gustara o no, me había convertido en una de sus mascotas. Si mi hermano me viera, seguramente se sentiría avergonzado de ver en lo que me habían convertido. ¿Me apoyaría si yo aceptara el sinsajo? Traté de recordar el rostro de mi hermano, su piel aceitunada, su pelo oscuro, sus ojos grises… él siempre tuvo claro sus ideales y sus principios, y estaba segura de que no le importó morir por ellos. ¿Y yo? ¿Tan cobarde era que iba a rechazar un símbolo rebelde solo por una promesa hecha hacía años? El Capitolio había maltratado al 12, de modo que se podría decir que Ice, de modo indirecto, había roto su promesa de no tocar a los míos. Eso me daba carta blanca a la hora de romper mi parte.
Volví a colocarme el sinsajo en el jersey, ante la mirada aprobadora de Bradley. No iniciaría una rebelión, pero eso no quería decir que no fuera a dejar claras mis preferencias.
Os avisamos de que estas semanas vamos a estar bastante ocupadas, de modo que seguramente actualizaremos más despacio. Sed pacientes, pues intentaremos subir aunque sea una vez a la semana.
¡Nos leemos!
