…El Sonido del Silencio…
CAPITULO VIII: Nene
Cuando la lucha de un hombre comienza dentro de sí, ese hombre vale algo.
Robert Browning (1812-1889) Poeta inglés.
Dos semanas más tarde, Hanamichi ya había vuelto a clase pero todavía no podía entrenar de forma normal. Pasaba los entrenamientos haciendo ejercicios aparte con Haruko y estaba harto. El entrenador le había dicho que pronto se podría reincorporar a los entrenamientos, pero se les estaba haciendo eterna la espera.
Sabía que el entrenador había hablado con el profesor de literatura y suponía que el suspenso que todavía no había recuperado de esa asignatura era en parte causante de esa tediosa separación en los entrenamientos. Eso, y que el profesor Ansai sabía lo del maldito síndrome de Méinère.
Desde el primer día había tenido que aguantar los bochornosos y constantes comentarios de Yohei y la gundam acerca de pasar la hora y media de entrenamiento solo con Haruko. Comentarios que no habían cesado y que cada vez le molestaban más.
No es que no le gustara estar con Haruko, al contrario era agradable estar con alguien tan dulce como ella, pero había algo en toda esa amabilidad que le hacía desear poder salir a la pista con el resto normalmente.
Parecía que a pesar de todo a nadie más le molestaba su ausencia en los entrenamientos. Y además Rukawa no había dejado de observarle por el rabillo del ojo durante las dos semanas, pero no le había dicho nada ni había reaccionado a sus provocaciones para pelear, y eso le tenía negro.
Mitsui y Ryota se le habían acercado el primer lunes para preguntarle qué le había ocurrido, pero extrañamente parecieron creerse que los restos ya difíciles de ver en su ojo eran fruto de una estúpida caída y de nada más. En los vestuarios nadie hizo ningún comentario respecto las marcas aún visibles durante un par de días de todos los golpes recibidos.
Y los novatos parecían mirarle con más miedo que nunca.
Ayako por su parte le miraba, como Rukawa, por el rabillo del ojo durante todo el entrenamiento como si esperara verle desplomarse en cualquier momento. Hanamichi estaba seguro que ella sabía lo del vértigo y no le gustaba. No quería que lo supiera todo el mundo. ¿A cuanta gente le había llegado esa información? Era imposible de saber sin levantar sospechas.
Por suerte estaba seguro que Haruko, con quien tenía que estar todo el rato, no sabía nada.
Por otro lado le extrañaba que el profesor de literatura no le hubiese puesto el examen todavía. Había esperado tener que hacerlo el primer día al llegar a clase, pues solo entrar el profesor no le dejó sentarse atrás como era habitual para no tapar a los demás estudiantes, sino que le sentó al frente de la clase. Dijo que para ver si así prestaba atención y conseguía aprender algo. Solo había a aprendido que aunque los profesores se oían un poco mejor, las asignaturas eran igual de aburridas y los compañeros mucho más crueles contigo estando allí, el lugar de los empollones, pero nada mas había sacado de esas tediosas lecciones.
Para su mala suerte no solo el profesor de literatura le obligó a quedarse al frente de la clase, los demás se sumaron rápido a ese carro. El desconcierto de ese primer día lo había mantenido menos presente de lo habitual en las clases y los profesores creyeron haber acertado con ese cambio de lugar.
Dos semanas más tarde Hanamichi les ignoraba igual que cuando estaba en la última fila a pesar de que toda la clase le veía hacerlo, lo hacía incluso sabiendo que al profesor le era imposible hacer como si no le viera pasar la hora mirando por la ventana sumido en quien sabe qué pensamientos.
Eso le había llevado muchas horas de castigo en el pasillo solo.
Las discusiones en casa por culpa de eso estaban llegando a un nivel insostenible. Si sumaba todas las amenazas de su madre estaría castigado hasta cumplir los treinta años, así que no solo estaba mal en casa sino que no podía salir con sus amigos para escapar de las malas caras de su madre tampoco.
Durante uno de esos castigos eternos en el pasadizo, a Hanamichi se le ocurrió que con lo enfadados que parecían todos con él, seguramente querrían fastidiarle tanto como pudiesen y el mejor modo que sus profesores podían arruinarle su vida era haciéndole exámenes para que suspendiera y así alargar su suspensión del equipo.
Lo vio claro como el agua y le indignó la idea que ellos pudieran llegar salirse con la suya y por eso tramó un plan: estudiaría para poder aprobar esos exámenes sin que nadie lo supiera y cuando aprobara le tendrían que dejar en paz de una vez por todas. No estaba dispuesto a bajarse los pantalones por ese montón de hipócritas.
Hasta hechos los exámenes dudaba que el entrenador le dejara volver al equipo con normalidad, así que decidió que saltarse los entrenamientos no resultaría ningún sacrificio. Estaba cansado de oír a Haruko suspirar cada vez que Rukawa tenía el balón, o pasaba cerca de ellos, ambas cosas demasiado habituales para ser normales. Estaba seguro que el moreno lo hacía todo para molestarle pero como no podía demostrarlo no se dignó a acusarle de algo que solo le llevaría más problemas si cabe.
Con la excusa de atender al curso de lengua de los signos Hanamichi pidió permiso al entrenador para faltar unos días a los entrenamientos que le fue concedido sin ningún problema. Le pareció que el entrenador también era del mismo parecer que el doctor, y le sulfuró que todos pensasen que necesitaba prepararse por si perdía la capacidad auditiva.
Tuvo que mirar el mapa de la agenda escolar para estar seguro de en que parte del colegio quedaba la biblioteca.
Antes de entrar había tenido un pequeño ataque de pánico por si alguien le reconocía y se chivaba al entrenador de que no estaba en ese curso, pero luego recordó que la gente que frecuenta el gimnasio y la que frecuenta la biblioteca eran de mundos radicalmente opuestos. Era difícil que alguien le reconociese, y si ocurría era más difícil que supieran que en esos momentos debería estar en el gimnasio y aún más difícil que le delataran.
De todos modos entró intentando hacer el mínimo ruido posible.
El primer día de clase del primer año en Shohoku les habían hecho una visita guiada al centro, ésa había sido la única vez que había estado en la biblioteca.
E igual que ese día, ésta le pareció un lugar oscuro y deprimente con solo entrar en ella. Todos los muebles eran antiguos de madrea oscura, las estanterías estaban muy llenas, y los libros se veían todos viejos. Había lámparas en cada mesa que daban una luz amarillenta y apagada.
Había un grupito de chicas cuchicheando en una mesa. Y varia gente sentada sola en las otras mesas. Le sonaban algunas caras y se puso nervioso.
No había ninguna mesa bacía donde pudiera ponerse solo. Pero sabía que si se ponía con alguien no podría concentrarse.
Desalentado dio media vuelta y salió por la puerta, la bibliotecaria ni siquiera levantó la cabeza.
Ir al entrenamiento no tenía sentido esa tarde. Pero tampoco podía ir a estudiar a casa. La televisión y la nevera eran una tentación demasiado grande.
Entonces se acordó que en su barrio había una pequeña biblioteca. Hacía poco que la habían abierto. Cuando llegó la información a casa su madre le hizo acompañarla a verla, sospechaba que para asegurarse que él sabía donde estaba y para intentar que le gustara la idea de utilizarla para algo.
No recordaba la calle exacta donde estaba y empezaba a hacer demasiado frío para ir deambulando por las calles hasta encontrarla. Decidió ir casa a buscar el panfleto informativo.
En él anunciaban no solo la apertura de la misma sino que la bibliotecaria ofrecía un servicio a los estudiantes para ayudarles a organizarse con los estudios. Seguramente su madre había intentado hacérselo leer para que lo supiera. Hanamichi estaba seguro que si lo había logrado no había servido de mucho, pues no recordaba haber oído hablar de un servicio similar nunca antes.
Por un momento pensó que quizá era algo así lo que él necesitaba, que le ayudaran a organizarse.
Quería aprobar esos exámenes, por una vez quería demostrar que valía para algo más que para dar puñetazos y puntapiés.
«Eres un triunfador cuando sabes que lo eres» recordó de repente.
Demostraría a todos que él era un triunfador, se demostraría a si mismo que podía ser el mejor, que era el mejor. Y entonces lo sería y ya no importaría si los demás se lo creían o no tendrían que aceptarlo.
No tenía ni idea de si todavía funcionaba ese servicio, o de si podía pedirles ayuda en cualquier momento pero por preguntar no perdía nada.
Un poco inseguro con lo que iba a hacer se encaminó hacia la dirección que allí le constaba.
A diferencia de la de la escuela, la biblioteca del barrio era un lugar muy bien iluminado, todos los muebles eran nuevos y de madera clara. También había lámparas en cada mesa, pero estas arrojaban una luz blanca que salía de unas curiosas bombillas azules. Las estanterías eran móviles para poder aprovechar el poco espacio que había, las mesa eran grandes y amplias, y las sillas parecían confortables. Todos los libros estaban forrados con plástico y parecían nuevos.
Se encaminó directo a la mesa donde la bibliotecaria tecleaba en un pequeño ordenador.
—Disculpe… —murmuró tan bajito como pudo.
Ella le hizo un gesto con la mano para que esperar un momento sin dejar de mirar la pantalla del ordenado atentamente. Hanamichi no dijo nada más, la observó un rato y luego se giró para ver el resto de la biblioteca.
La biblioteca estaba casi en silencio, solo había dos chicas en una mesa y un chico que no conocía de nada en otra. Le tranquilizó ver que había tan poca gente.
—Dime —susurró una voz femenina detrás de él, y cuando se giró vio los ojos negros de la mujer mirándole expectante desde detrás de las pequeñas gafas de montura dorada que llevaba.
—Hola —no sabía que decir.
—¿Necesitas ayuda para encontrar algún libro?
—No yo… solo… quería lo del… es decir… —Hanamichi cogió aire y luego dijo— quería saber si todavía hacen planes de estudio… —dijo enseñando el panfleto informativo.
—Sí. ¿Es para ti? —Preguntó directamente la mujer.
—Sí. Tengo unos exámenes…
—Muy bien. Si te esperas un segundo ahora estoy contigo.
Hanamichi asintió con la cabeza y esperó paciente a que la mujer se levantara de la silla.
Ella le izo esperar allí un instante mientras se acercaba al chico y le decía algo en murmullos. Ella le señaló, ambos le miraron y por un instante Hanamichi se sintió ridículo y pensó en marchase, pero entonces el chico asintió con la cabeza y se acercó a él junto con la bibliotecaria.
Por un momento Hanamichi pensó que él sería quien le ayudaría. Luego él se sentó en el lugar de la bibliotecaria, y ella le sonrió para que le siguiera hacia el fondo de la biblioteca.
Hanamichi no sabía si estaba aliviado o decepcionado. Pero no tuvo mucho tiempo para pensar en ello.
Tan pronto hubieron cruzado la sala principal de la biblioteca la señora le indicó una puerta a mano izquierda. A mano derecha quedaba otra pequeña sala con cuatro ordenadores y estanterías llenas de periódicos y revistas. Sin entretenerse entró tras la mujer a la sala de la izquierda y cerró la puerta tras él.
—Aquí podremos hablar con más tranquilidad —comentó la mujer encendiendo un ordenador que había encima la única mesa de la estancia.
Hanamichi esperó hasta que ella colocó dos sillas de lado y le indicara que se sentara para hacerlo.
En la pared opuesta a la puerta había una ventana que daba a la calle cubierta por una fina cortina de color blanco que daba privacidad a la estancia.
—Esta es la sala de estudio. Es para cuando tenéis que hacer trabajos en grupo, para que no molestéis al resto de la gente y podáis hablar tranquilamente.
—Claro —dijo algo cohibido Hanamichi.
—Mira mi nombre es Nene Sakura, ¿tú como te llamas?
—Sakuragi Hanamichi. Tengo dieciséis años y estudio segundo curso en la preparatoria Shohoku —se presentó educadamente.
—Muy bien, Hanamichi así que quieres que te ayude a hacer un plan de estudios.
—Sí.
—Antes has dicho que tienes exámenes que rendir… podemos preparar un horario de estudio para estos día con la materia que me digas que necesitas repasar para estos exámenes y, si te ayuda, más adelante puedo ayudarte a hacer otro horario para el resto del curso.
Así la señora Nene le fue preguntando todas las materias que estaba cursando, cuanto temario creía que podía entrar en esos exámenes, cuanto de ello había estudiado ya y cuanto tiempo y qué disponibilidad horaria tenía Hanamichi para estudiar el resto.
Hanamichi, sintiéndose tremendamente avergonzado, tuvo que explicar su situación para que ella pudiera ayudarle, pero en ningún momento ella hizo ningún cometario ni le miró acusadoramente por tener tanto trabajo que hacer en tan poco tiempo, al contrario, parecía encantada que hubiera recurrido a su ayuda.
Cuando todos sus datos habían estado entrados en el ordenador la señora Nene le dijo que lo tendría listo para el día siguiente.
Sin estar seguro de haber elegido la mejor opción Hanamichi le dio las gracias y se iba a ir cuando la señora Nene le detuvo del brazo.
—Hanamichi espera un momento. ¿Verdad que esta tarde no tienes nada más que hacer? —le murmuró cerrando la sala de estudio tras ella.
Hanamichi negó con la cabeza.
—¿Porque no te quedas a hacer los deberes para mañana aquí? Así mientras hago tu horario si tengo alguna duda podré preguntártelo y mañana podrás empezar a estudiar para lo exámenes.
—Claro —dijo con la sensación que esa mujer le había engañado de algún modo para que se quedara allí. Pero de todos modos tenía ejercicios de matemáticas para resolver y una redacción para el día siguiente que en realidad no había tenido la intención de hacer.
Cuando había pensado en estudiar para los exámenes no había contemplado empezar a hacer los deberes cada día, pero esa tarde ya estaba allí así que no perdería nada, y si esa mujer necesitaba que se quedara allí para hacerle el horario quizá sería mejor estar entretenido con algo que estar mirado las musarañas.
... continuará ...
