El Sonido del Silencio

CAPITULO IX: Intercambio de papeles

Si es cierto que en cada amigo hay un enemigo potencial. ¿Por qué no puede ser que cada enemigo oculte un amigo que espera su hora?
Giovanni Papini (1881-1956) Escritor italiano.


Llevaba tres días faltando a los entrenamientos y acudiendo a la biblioteca cada tarde para estudiar bajo la mirada de la señora Nene quien se mantenía en silencio y solo se acercaba a él si le veía con problemas.

La primera vez que le preguntó si había algo que no entendiera Hanamichi se dedicó a negarlo. Pero tras tres tardes empezaba a darse cuenta que sin ayuda de algún tipo no podría entender y aprender todo el temario a tiempo para el examen así que cuando entró esa tarde a la biblioteca, después de dejar sus cosas en la mesa que la primera tarde había estado ocupando el chico de la biblioteca y donde había estado él las dos últimas tardes, se dirigió a la mesa de la señora Nene para pedirle ayuda.

A pesar de que tenía la sensación de que esa mujer estaba jugando con él y que de algún modo sabía como manipularle a su antojo, se sentía lo bastante seguro con ella como para admitir que necesitaba ayuda delante de ella.

Nene pareció complacida ante su afirmación y diligentemente le enseñó dónde podía encontrar una magnifica colección de consulta para cada uno de los temas que debía aprender. Le recomendó en especial una pequeña guía para la asignatura de literatura que resultó ser tan eficaz como ella había pronosticado.

Cuando esa tarde salió de la biblioteca para ir a casa ya había anochecido. Había estado más rato esa tarde que la otras en a biblioteca, absorto completamente en el último tema que por fin había logrado comprender.

Había querido llevarse la pequeña guía de consulta a casa pero Nene le dijo que para ello necesitaría tener el carné de la biblioteca. Quedaron que el día siguiente él traería una foto para que ella pudiera hacerle el carné.

Cuando llegó a casa su madre ya había llegado y estaba en la cocina haciendo la cena.

—Mamá no tienes porqué cocinar sin sal para ti también —le dijo Hanamichi mientras ponía los platos en la mesa de la cocina.

—No pienso ponerme a cocinar cosas distintas siendo solo dos. Además tampoco está tan malo y para mi tensión ya va bien que haga dieta sin sal.

—Mamá está horrible. Me sabe mal que tengas que comerte esta porquería por mi culpa.

—Oye que lo que cocino no es porquería jovencito.

—Me refiero a que sin sal no sabe a nada.

—Sé a lo que te refieres pero de verdad que no es tan malo. Lo que ocurre es que tú te habías acostumbrado a ponerte mucha sal a todo, demasiada.

—¿Pongo cucharas? —preguntó Hanamichi desviando el tema de conversación.

—Sí, he hecho algo de caldo de verduras. Ahora que empieza el frío apetecen cosas calentitas —le respondió ella.

Tuvieron una cena tranquila. En toda la semana no habían castigado a Hanamichi a salir del aula y eso había relajado considerablemente el ambiente en su casa.

Mientras su madre tomaba un té él lavó los platos. Estaba intentando recordar una lista de vocabulario que había memorizado esa tarde, y estaba tan concentrado que no se dio cuanta que su madre le llamaba hasta que ésta profirió un grito.

—¡Hanamichi!

Este dio un pequeño brinco asustado y dejó el plato que tenía en las manos y casi le cae al suelo antes de girarse.

—¿Qué quieres? ¿Por qué gritas?

—Hijo creo que deberíamos ir este fin de semana al hospital

—¿Al hospital? ¿Por qué, te encuentras mal?

—No, yo no. Pero creo que el doctor tenía razón con lo de hacer ese curso del lenguaje de lo signos.

—¿Otra vez con eso mamá? Yo no creo que sea necesario ir, si me cuido el doctor dijo que no me haría falta

A pesar de haber usado el curso como excusa para faltar a los entrenamientos no estaba ni remotamente interesado en hacerlo.

—No era una sugerencia Hanamichi —dijo su madre dejando la taza bacía en el fregadero—. Este sábado iremos a ése curso, tanto si lo crees necesario como si no.

—Pero mamá yo ya he quedado este sábado —dijo Hanamichi pensando más en Nene que en no hacer el puñetero curso.

—Pues queda el domingo.

—Claro, así de fácil lo arreglas todo no. No puedo quedar el domingo. ¿No podemos ir al curso domingo? o mejor, no ir.

—No, solo lo dan los sábados. Tal y como han ido las cosas no tiene sentido discutir por ello, iremos y punto.

En ese momento Hanamichi lanzó el trapo que tenía en las manos con fuerza encima la encimera y se marchó a su habitación sin desearle las buenas noches a su madre.

La mañana siguiente todavía estaba enfadado con su madre e hizo cuanto pudo para no cruzarse con ella antes de ir a clases.

A pesar de que se había dado cuenta que escuchar en clase le servía para que por las tardes todo pareciera menos pesado y más fácil, esa mañana le costó atender. Tanto así que a media clase de matemáticas se había distraído más de cuatro veces mirando por la ventana y, con el fin de poder echarle al pasadizo y no tener que batallar con él, el profesor le pidió que saliera a resolver los ejercicios en la pizarra.

La propuesta le pilló desprevenido, pues evidentemente tenía la mente en otra parte, pensando en como decirle a Nene, tras todo lo que había hecho por él, que necesitaba un cambio en su plan de estudios porque su madre había decidido que el sábado lo tenía ocupado.

La clase entera esperaba que se negara y no pudieron evitar exclamaciones de sorpresa cuando Hanamichi sacó de su carpeta una hoja garabateada y se dirigió en silencio a la pizarra para copiar la solución a los problemas que la tarde anterior había hecho en la biblioteca.

La primera vez que vio el horario de Nene se sorprendió de que, a parte de un plan muy detallado para estudiar los temas del examen de literatura, incluyera lapsos de tiempo suficientes para hacer los deberes de cada día si los había. Ahora daba gracias a ello.

Al verle escribir con la tiza todos esperaban que al girarse verían alguna caricatura del profesor, o como mucho alguna frase ridícula. Y esperando lo peor todos empezaron a cuchichear. El profesor no pudo hacerles callar y Hanamichi sonrió por debajo la nariz al oírle desesperado intentando aplacar la clase fuera de su control.

El silencio solo se hizo cuando Hanamichi se apartó y dejó ver el problema bien resuelto. Y las caras de sorpresa de todo el mundo y la de frustración del profesor, porque le había salido todo del revés, fueron para él mucho mejor que cualquier gran risotada que la esperada broma pudiera haber provocado. Con una sensación nueva de orgullo Hanamichi se sentó de nuevo en su pupitre con el pecho hinchado y una sonrisa en los labios.

Al profesor le costó reaccionar y no fue hasta que el alboroto de la clase volvió sonoramente felicitando a Hanamichi que intentó volver a la normalidad intentando controlar la rabia que el desafío claro y descarado de Hanamichi había suscitado en él.

Al término de esa clase, llegó la hora de comer y el gundam entero se acercó a él mientras todavía recogía sus cosas sonriendo. El profesor había huido literalmente al sonar la campana.

—Hanamichi tío eres un genio —dijo uno de ellos, y su pecho se hinchó de nuevo.

—Sí, la idea ha sido brillante, todos esperábamos que te reirías de él pero no así.

—Sí ha sido una obra maestra de las burlas a los profesores .

Hanamichi nunca se había sentido tan contento de que sus amigos le alabaran por algo que había hecho, porque realmente, realmente sí, esta vez sabía que se merecía esas alabanzas.

—¿A quien le mangaste los deberes? —preguntó finalmente uno de sus amigos mientras todos seguían riendo.

Ese comentario secundado por esas risas fue como un balde de agua fría.

—Yo no he robado nada —dijo ofendido dejando de reír.

—Venga ya Hanamichi, a nosotros puedes contárnoslo.

—Sí tío, nosotros no nos chivaremos.

—¡Que os digo que no he copiado joder! —gritó enfadado. Ellos no dijeron nada, pues estaban demasiado sorprendidos por esa reacción que no esperaban—. Yo hice esos ejercicios ayer por la tarde —murmuró entre dientes mientras pasaba por su lado hacia la puerta.

Nadie le detuvo a la salida porque habían oído el grito que les había dado a sus amigos y no querían recibir ellos los golpes.

Enfadado como hacía tiempo que no estaba caminó por los pasillos. Pero todos le miraban y eso le enfadó todavía más. Necesitaba gritar o golpearle a algo.

Cuando vio las escaleras que subían al tejado con el letrero de prohibido el paso no lo pensó ni un instante y subió casi corriendo las escaleras. Abrió la puerta metálica de golpe sin percatarse que había una piedra impidiendo que se cerrara. Y tan pronto sintió el aire frío entrar en sus pulmones gritó:

—¡Aaaaaaaaaahhhhhhh! ¡Joder! ¡Mierda! ¡Hostia puta! ¡Joder! ¡Aaaaaaaaaaaaghhhhhhh!

Respirando aceleradamente y con las mejillas rojas por el frío se acercó a la barandilla y se agarró a ella antes de gritar de nuevo cerrando los ojos fuertemente para evitar llorar de rabia:

—¡Aaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaahhhhhhh!

—Quieres hacer el favor de dejar de gritar —dijo una voz detrás de él que le sobresaltó.

—¿Prefieres que te de una paliza? —dijo sin llegar a girarse para que el otro no notara que se había sobresaltado.

—Idiota —murmuró.

—¿A quien llamas idiota jodido Rukawa? —dijo encarándole.

—A ti, idiota, si no te callas sí que estaremos jodidos. Está prohibido subir aquí.

—Entonces vete— le espetó y sin querer verle de nuevo se giró para contemplar la vista.

Pero Rukawa no se marchó se apoyó como él en la barandilla y miró abajo.

Se quedaron allí en silencio.

Muchos minutos más tarde Hanamichi murmuró:

—Tú siempre lo has sabido ¿cierto?

—¿El qué? —preguntó desconcertado Kaede que no entendía de qué hablaba Hanamichi.

—Nada. No lo entenderías.

—Eres idiota —dijo Rukawa y separándose de la barandilla se dirigió a la puerta para dejarle solo en la terraza—. Mierda, estúpido patoso.

—Deja de insultar a todo el mundo y vete ya.

—No puedo. Has cerrado la puerta al salir.

—¿Qué? —exclamó alarmado acercándose a la puerta—. ¡Yo no he hecho nada!

—La piedra que impedía que se cerrara la puerta debe estar dentro, escaleras abajo —murmuró resignado alejándose un poco.

—¡Mierda! —exclamó Hanamichi dándole una patada a la puerta metálica.

—Cálmate. Si te lesionas no ayudas en nada.

—Qué más da si me lesiono, si el entrenador tampoco me deja jugar —exclamó Hanamichi desalentado.

—Ryota te habría dejado jugar si hubieras venido.

—Qué más da eso. No es Ryota quien me apartó del equipo en los entrenamientos las dos últimas semanas.

—Tú te lo buscaste por idiota.

—No sabes nada de lo ocurrido así que hazte un favor y cállate zorro metomentodo.

—Sé que te peleaste. Llevabas la espalda llena de golpes. Podrían haberte hecho mucho daño.

—Y a ti qué te importa. Si me hubieran molido la espalda habría tenido que dejar el equipo, ¿no es eso lo que siempre has querido?

—No.

—Como mínimo no seas hipócrita quieres. Todos en el equipo preferirías que me marchara. ¿Crees que no lo sé?

—Realmente eres idiota. Todo el equipo está preocupado por ti.

Hanamichi siquiera le contestó.

—Ryota se siente culpable, cree que si no te hubiera echado del gimnasio esa noche no te habrías peleado con nadie. Mitsui tiene miedo de que te pase como a él y que nunca te recuperes, pero no sabe como ayudarte. Incluso Ayako se pasó los entrenamientos, pendiente de ti como si pudieras desmayarte de un momento a otro. Ah, y la hermana del Gori no ha dejado de preguntar por ti desde inicios de semana. Nadie sabe porqué has dejado de venir.

—El entrenador sí —dijo secamente Hanamichi descolocado por el arranque hablador de Rukawa.

—Ya bueno, pero el entrenador nunca comenta con el equipo las intimidades de los jugadores, ¿cierto?

Si estar hablando con Rukawa ya de por si era algo raro, hacerlo sobre lo que le estaba pasando lo era más, pero lo que descolocó por completo a Hanamichi fue el tono. Pareciera que le estaba reclamando algo.

—¿Me estás reclamando que no os he dicho a vosotros porqué he dejado de venir? —preguntó sin estar seguro de lo que estaba pasando allí.

—Somos un equipo —dijo como respuesta.

—¿Ah sí? —dijo incrédulo.

Parecía que se habían intercambiado los papeles.

—Todos sabíamos que lo que nos unió nunca fue ser un grupo.

—No. Nos unió el querer ganar. Y perdimos —admitió Hanamichi.

—Podemos aprender de nuestros errores este año y ganar.

—¿Nuestros? ¿Admites que tú cometiste errores?

—¿Sabes porqué no ganamos?

—¿Porque me lesione? —dijo Hanamichi con sorna.

Ante la imposibilidad de salir de la terraza ambos se habían sentado en el suelo al lado de la puerta para resguardarse del frío.

—Por que ellos eran un equipo y nosotros no. Un equipo no te habría dejado seguir.

—Yo, decidí seguir.

—Y nosotros no nos opusimos.

—No hubierais podido.

—Eso es.

Hanamichi no dijo nada durante unos instantes y entonces le preguntó:

—¿Estas diciendo que quieres que seamos amigos? —No estaba seguro de cómo habían llegado a ese punto.

—No.

Hanamichi no contestó, porque no sabía como debía hacerlo, pero le exigió una explicación con la mirada. No esperaba que le dijera que sí pero tampoco le había gustado esa negativa tan rotunda.

—La amistad requiere confianza en demasiados sentidos. Pero podríamos ser compañeros.

—¿Demasiados sentidos?

—Sí. La amistad conlleva implicación y cierta invasión de la privacidad. No creo que ninguno de los dos quiera esto entre nosotros.

—No.

—El compañerismo conlleva solo confianza en la cancha. Si pudiéramos confiar los unos en los otros en la cancha sin reparos, ganaríamos al Sanoh y a cualquiera.

—Pareces muy seguro de eso.

—Lo estoy.

Hanamichi pensó en que Kaede Rukawa era realmente una de esas personas que sabía que era un triunfador y, como había dicho el enfermero, por eso lo era.

—¿Volverás?

—¿Eh? —dijo Hanamichi perdido.

—Al equipo. ¿Volverás?

—En cuanto solucione algo.

—Sé que soy la última persona a quien le pedirías ayuda pero ¿Necesitas ayuda en algo? ¿Estás metido en algún lío?

—Es cierto, eres la última persona a quien acudiría a pedir ayuda —murmuró Hanamichi.

Kaede no dijo nada dolido por esa afirmación.

—Pero gracias de todos modos.

Por un instante Hanamichi pudo ver una expresión diferente en el rostro del moreno justo al sonreírle para darle las gracias. Los ojos azules siempre medio entrecerrados como intentando penetrar lo que miraban se abrieron, y la musculatura de la cara se relajó. Hanamichi pensó que Rukawa tenía suerte de saber esconder esa expresión tras su mascara rígida de siempre, porque de lo contrario el acoso de la gente sobre él sería todavía peor.

—Deberíamos buscar el modo de entrar —murmuró Hanamichi abrazándose a sí mismo tras un violento escalofrío.

—Sí, empieza a hacer frío —comentó Kaede levantándose.

—¿Empieza? ¿Pero tú qué eres, el hombre de hielo o qué? —comentó Hanamichi levantándose también sin dejar de fregarse los brazos con las manos para intentar calentarse.

El silencio se hizo de repente muy pesado entre los dos, y entonces Hanamichi se dio cuenta de que le había dicho hombre de hielo como una broma de las suyas sin segundas intenciones, pero que Rukawa no estaba seguro de si estaba bromeando o le estaba insultado.

Entonces sus ojos se encontraron y Hanamichi estalló en una de sus risotadas francas y alegres.

—Idiota —murmuró Kaede, pero lo hizo con una leve sonrisa en los labios y Hanamichi no le hizo más caso.

... continuará ...


Grissina: ¿Qué mejor para el fin de semana de carnaval que un capitulo donde nadie parece él mismo y los personajes se atreven a mostrarse como alguien diferente? A mí me gusta mucho este capítulo y creo que definitivamente es muy adecuado para subirlo el día de San Valentín, a pesar de que no es romántico.