Chrysta

El golpe de unos nudillos contra mi puerta me arrancó de un sueño ligero y poco reparador, haciéndome abrir los ojos de golpe, tratando de habituarme a la oscuridad de la habitación. Me daba la sensación de haberme quedado dormida hacía poco, como si no hubiera hecho más que cerrar los ojos apenas un segundo atrás. No era persona dada a quedarme en la cama vagueando, pero la tentación de esto último era muy grande; puesto que sabía lo que me esperaba fuera de ese dormitorio: el paseo en aerodeslizador, la sala de lanzamiento… y la arena. Llegaba el momento de tener que entrar a luchar a muerte contra todos esos chicos, y aunque me comportara como si estuviera deseando entrar en los Juegos otra vez, lo cierto es que tenía miedo. Cuando fui en la anterior ocasión, me encontraba más tranquila, pero claro, en aquel entonces desconocía lo que me esperaba dentro de la arena. Ahora sabía qué era lo que estaba al venir, conocía el miedo, la sensación de incertidumbre, el peligro constante al que iba a ser sometida en cuestión de horas.

De mala gana, me levanté. Suponía que ese viaje iba a hacerlo con Caesar, más que nada porque siempre es el estilista el que te acompaña hasta el ascensor que te lanza a la arena, pero para mi sorpresa no era él quien estaba allí, sino Bradley, que entró apresuradamente en la estancia.

―No tenemos más que unos pocos segundos ―me dijo ―¿Tienes aún la insignia del sinsajo que te di?

Asentí, abriendo un cajón de la mesita de noche y sacando del mismo la insignia, mostrándosela a mi mentor. Este me lanzó una especie de túnica gris, similar a la que llevé la otra vez en el viaje en aerodeslizador hacia el estadio.

―Póntela y guárdala en un bolsillo, pero no dejes que nadie te la vea puesta, al menos no antes de entrar a la arena, más vale prevenir... Escúchame Chrysta ―me tomó las manos con firmeza ―No sé qué es lo que te esperará en el estadio, desconozco lo que estos Juegos os deparan a los tributos, pero tengo fe en ti, sé que puedes salir viva de la arena de nuevo. No pierdas de vista tu objetivo y piensa dos veces cada movimiento que hagas, pues una alianza bien elegida puede suponerte la diferencia entre la vida y la muerte. Mantén los ojos abiertos y lucha; yo trataré de tenerte bien surtida de patrocinadores. Mucha suerte.

Dicho esto, abandonó la estancia, dejándome algo preocupada. Sus palabras me habían recordado que podría estar muerta en cuestión de horas; a fin de cuentas este año el campo de batalla iba a estar lleno de los mejores tributos, no iba a haber niños asustados que murieran sin apenas prestar batalla. Todos los que estábamos aquí habíamos sido elegidos por haber dado más guerra que nadie, o por ser especialmente sanguinarios, y algunos de nosotros, por ser ganadores previos. Me desvestí apresurada, y justo cuando estaba guardando la insignia en el bolsillo, apareció Caesar, con una sonrisa amable que no le devolví.

―¿Lista? ―inquirió.

―Nací preparada ―respondí en mi habitual tono orgulloso y altanero, mientras que por dentro me sentía aterrada. Pero no olvidaba que tenía un papel que representar, de modo que el miedo debía ser reducido a un segundo plano.


El viaje fue tan sencillo y anodino como el de la ocasión previa. Se me sirvió un desayuno en el aerodeslizador, aunque no antes de que se me inyectara el chip de localización en el brazo; me senté a comer a duras penas mientras veía deslizarse el paisaje ante mis ojos. La comida apenas si pasaba por mi garganta, pero me forcé a comer, dado que desconocía si encontraría comida cuando estuviera en el estadio. Caesar intentó en varias ocasiones iniciar una conversación, pero los nervios me habían cerrado la garganta, de modo que tuvo que conformarse con hablar solo mientras que yo trataba de comer y no vomitar. Aunque cuando las ventanas se oscurecieron, señal de que habíamos llegado al estadio, sentí una punzada tal en el estómago que fue un milagro que mi desayuno no acabara fuera de mi cuerpo.

Abandonamos el aerodeslizador para luego ser conducido por una serie de pasillos subterráneos hasta la que sería mi sala de lanzamiento, una estancia tan anodina como la que ocupé en mis anteriores Juegos: una habitación austera, con un sofá verde, un baño, una mesa con un fardo sobre la misma y en una esquina, una plataforma que sería la encargada de elevarme hacia la arena.

Siguiendo el consejo de mi estilista, tomé una ducha, para luego enfrentarme a las prendas que este año deberíamos llevar los tributos. En cierto modo me recordaron a las que usé en mis Juegos anteriores: una camiseta de manga corta de color negro con dos franjas azules en las mangas; pantalones grises; botas oscuras, un robusto cinturón marrón y una chaqueta negra. Con un gesto casi metódico, me puse encima todas esas prendas, para luego correr en círculos y mover brazos y piernas, comprobando la comodidad de las mismas.

―¿Necesitas algo más? ―inquirió el hombre, cuando hube terminado de comprobar las prendas. Negué con la cabeza, pero entonces recordé la insignia, la cual se había quedado en el bolsillo de la túnica gris, colgando de una percha en la zona de la ducha. No me apetecía ponérmela con ese hombre delante, no me fiaba de él, a pesar de que me había tratado bastante bien, pagándome con buenos modales mis frías formas. Pero como bien me recordaba a mí misma, ese hombre era un habitante del Capitolio, una de esas personas que tanto detestaba. Me lo había repetido hasta la saciedad cuando me sentía tentada de ser más amable con él, y de momento esa parte de mi había ganado la pelea.

―Me gustaría estar sola ―repuse en un tono de voz neutro, sin expresión alguna. No me sentía con fuerzas para fingirme valiente y deseosa de entrar a la arena, al menos todavía no.

―¿Quieres contarme algo? ―preguntó el estilista ―¿Estás preocupada?

―Te recuerdo que ya he pasado por todo esto, de modo que no me siento atemorizada siquiera. Solo necesito soledad para concentrarme ―dije con cierto desdén, el cual sonó bastante veraz.

―Si eso es lo que pretendes… ―me tomó por los hombros con firmeza, mirándome fijamente ―Estoy seguro de que este año el Distrito 12 va a volver a tener a una ganadora ―casi pareció recitarlo, como un niño que recitara la lección estudiada, aunque al mismo tiempo parecía sincero ―Sé que puedes conseguirlo. Adelante, Chrysta.

Dicho esto, giró sobre sus talones y se marchó, encerrándome en la sala. Durante unos segundos, la soledad y la angustia amenazaron con aplastarme, pero me clavé las uñas en la palma de la mano con fuerza, intentando distraerme con el dolor. No podía permitir que el miedo y la duda empañasen mi entendimiento, no ahora, poco antes de que volviera a poner mi vida en juego.

Corrí hacia la percha donde había dejado la túnica, sacando del bolsillo la insignia y prendiéndomela en la camiseta, cuidando de que la chaqueta la tapase. Ya había hecho suficiente con la prueba privada como para darle a los Vigilantes otro motivo para ensañarse conmigo; tendría cuidado de que nadie me viera con el sinsajo puesto. Si tuviera que quitarme la chaqueta, ya vería donde meterlo, quizás en un bolsillo de los pantalones.

Comencé a pasearme como un animal enjaulado por la estancia. No sabía cuánto podía quedar para el lanzamiento, pero el mismo era evidente, acercándose a cada segundo. Me centré en la sensación de expectación que recordaba de la otra vez, en la adrenalina que fluyó por mis venas cuando estaba a punto de subir al estadio de los Segundos Juegos del Hambre. Para entretener mis manos, recogí mi pelo en mi habitual cola de caballo, apoyándome luego contra el sofá.

―Puedo hacerlo ―musité ―Puedo ganar los Juegos del Hambre. Debo ganar los Juegos del Hambre. ¡Voy a ganar los Juegos del Hambre! ¡Puedo y debo ganarlos! Sunset va a estar, y podré vengar de nuevo la muerte de Jack… podré matarlos a todos y luego tratar de ajustar las cuentas que quedaron pendientes… yo puedo, sé que yo puedo, ya lo hice una vez ¡y volveré a hacerlo!

Las palabras son algo curioso. Mientras repetía esa especie de letanía, sentía como la confianza volvía a mí, como la seguridad retornaba a mi cuerpo. Era una profesional, era una ganadora, y podía volver a ganar; solo necesitaba cuchillos y un arco y los Juegos estarían no ganados, pero sí parcialmente asegurados. No iba a dejar que el miedo me venciera, no cuando lo que iba a defender era mi propia vida, último regalo de mi difunto amigo. Con su muerte, el pagó mi supervivencia, y pensaba hacer que ese pago no fuera en vano.

Una agradable voz femenina me anunció en ese momento que me preparara para el lanzamiento. Tomé aire y me encaminé con paso firme y seguro hacia la plataforma. Puse los pies sobre ella y al instante un cilindro de vidrio me envolvió, encerrándome en un compartimento tubular. A los pocos segundos, la plataforma comenzó a elevarse, mientras que mis cejas se fruncían sobre mis ojos y mis labios dibujaban una sonrisa dura y cruel; la Chrysta tributo, la que era capaz de asesinar sin dudas que le empañaran la mente, estaba de vuelta, y deseosa de jugar. La adrenalina volvía a fluir por mis venas mientras que la plataforma alcanzaba el final de la arena y una fuerte luz me cegaba los ojos, mientras que en mis oídos atronaba la voz del presentador.

―Damas y caballeros, ¡que comiencen los Duocentésimos Juegos del Hambre!


Respiré en profundidad, llenándome los pulmones con el aire fresco que corría en la arena, sintiendo como cada célula de mi cuerpo vibraba de emoción. Aquel era mi medio, el terreno donde sabía moverme… o al menos lo era en teoría, aunque el estadio a primera vista era muy diferente al de mis otros Juegos:

La Cornucopia; ese enorme cuerno dorado, se encontraba situado en el centro de una explanada de tierra apisonada. A mi izquierda se alzaban unos altos y espesos árboles, mientras que a mi derecha había un extraño edificio en ruinas, rodeado de muros y alambradas con pinchos. Se daba ciertos aires a una prisión, y de hecho bien podría serlo, viendo como las pocas ventanas que alcanzaba a ver desde mi posición estaban enrejadas. Sin duda, un terreno muy apropiado para unos Juegos; una "cárcel" dentro de otra, puesto que la arena, en cierto modo, no era más que una prisión y al mismo tiempo una especie de tablero de juego. No sabía que había justo enfrente de mí, dado que la Cornucopia bloqueaba esa zona de la arena; a mi espalda parecía prolongarse el bosque.

Deslicé mis ojos por los tributos congregados, sin detenerme en ninguno. Al lado tenía a la chica del Distrito 3; al otro se encontraba el chico del 9. Silk se hallaba cuatro placas a mi izquierda; a Samantha directamente no la veía por ningún sitio. Bueno, tampoco es que me importara, ella para mí no era alguien precisamente muy importante.

Dejé de escanear a los tributos, centrándome en las armas que podía ver desde mi plataforma. En torno a la Cornucopia había algunos alimentos, varias mochilas, unos cuantos cuchillos rudimentarios y alguna que otra hacha bastante tosca; como siempre las armas más peligrosas se encontrarían dentro. No muy lejos de la boca del cuerno había un enorme arco plateado; pero varios pasos más adentro, apoyado contra una enorme caja metálica, se encontraba otro, idéntico al primero; con su carcaj de flechas al lado. Un poco más lejos había unas cuantas cajas planas que podrían contener cuchillos; y seguramente dentro de la Cornucopia habría más armas, como la otra vez. Bueno, creo que mi camino era más que obvio; tendría que meterme en el baño de sangre para conseguir un arco; cuchillos y alguna otra arma que pudiera manejar, como una daga o similar. ¿Cuánto tiempo quedaba hasta que acabara el minuto de espera? Sentía deseos de salir corriendo de la plataforma, pero no abandoné la misma, recordando que salir de ella ahora supondría salir volando en pedazos por activar las minas. Hasta que el gong no sonara, no podría echar a correr.

Me preparé para salir corriendo con todas mis ganas; mientras que notaba mis manos temblar de anticipación. Cada segundo contaba en estos momentos; una ventaja siempre es una ventaja, sobre todo en los Juegos… y más en el inicio.

Finalmente el claro y nítido sonido del gong resonó por la explanada, y mis pies se lanzaron como centellas fuera de la plataforma. Corrí con todas mis fuerzas, sin apartar los ojos del arco y del interior de la Cornucopia; apartando de mi camino todo lo que me salía al paso. Salté por encima de una pila de mantas, pateé en mi carrera una hogaza de pan, e incluso clavé las uñas en el cuello de un chico que se cruzó en mi camino, apartándolo a un lado con todas mis fuerzas para luego seguir con mi apresurada carrera. No veía que era lo que estaban haciendo los demás, del mismo modo que no me preocupaba de estar metiéndome en una matanza, simplemente quería poner mis manos sobre un arma y limpiar un poco la arena, en sentido figurado.

Ignoré el primer arco que me encontré por el camino; el segundo me interesaba más. Parecían iguales, pero siempre se decía que las mejores armas se encontraban más cerca de la Cornucopia, de modo que aquel, más alejado, me resultaba mucho más tentador. Sin abandonar mi carrera, alargué la mano y aferré el arma y el carcaj, colgándome este último a la espalda con un gesto rápido y apresurado. Tenía un arco, pero necesitaba más cosas.

Unos pasos se hicieron de notar, y pude ver como Clove, la chica del 2, llegaba también al interior de la Cornucopia y se abalanzaba como una posesa sobre unos cuantos cuchillos de aspecto cruel que había en la misma, dentro de un estuche plateado. Puede que fuera mi aliada, pero no pensaba quedarme sin cuchillos, más que nada porque éstos eran mis armas por excelencia. ¿Quedarían más? Sí, a unos pocos pasos había otras cajas como la que ella estaba abriendo, seguramente repletas de cuchillos… pues esas iban a ser para mí.

Nos miramos durante una fracción de segundo, como evaluando quien iba a dar el primer paso. De forma automática, mi mano se deslizó hacia mi hombro, por si era necesario dispararle una flecha, pero mis piernas fueron más rápidas, de modo que corrí como una loca hacia aquellas cajas, abriéndolas con apresurada urgencia. Las manos de Clove se engancharon en mi brazo con saña, intentando apartarme de la misma, pero como simple acto reflejo, lancé el codo hacia atrás, sintiendo como impactaba contra su hombro.

―Si piensas que voy a dejar que tomes estos cuchillos sin matarte estás muy equivocada ―le espeté, agazapándome de forma involuntaria; frunciendo el ceño en el proceso. Clove me enseñó los dientes en una mueca feroz, y sacó uno de sus cuchillos, seguramente para lanzarlo contra mí, pero en ese momento una enorme mole impactó contra su cuerpo, haciéndola salir disparada varios metros hacia atrás. Esa ventaja momentánea la aproveché para abrir el estuche, observando su contenido con rapidez: diez cuchillos con hojas serradas; perfectos para lanzarlos; veinte si se contaban los de la caja que había junto a ésta.

Me guardé los cuchillos con rapidez en el cinturón y los que no encontraron asilo en el mismo los guardé en el interior de la chaqueta, la cual contenía pequeños bolsillos internos, seguramente para ese mismo fin, para luego observar sorprendida a Clove, la cual se había recuperado del ataque recibido y ahora corría tras un chico de piel oscura; el tributo del 11, preparándose para lanzarle alguno. Seguramente él habría sido el que la atacó. Escuché el sonido del mismo cortando el aire, y luego el sonido de una gran mole que colapsaba sobre el suelo, lo que me hizo saber, aún sin mirar, que el tributo del 11 había sido alcanzado por la chica del 2. Bueno, tampoco es que me importara ese tributo; y tampoco me encontraba en una situación en la que pudiera desperdiciar el tiempo.

Por el rabillo del ojo pude ver como Silk terminaba de elegir unas cuantas hachas; Tristan, el tributo del 2 y Seaview se encontraban en esos momentos seleccionando lanzas y dagas. Gold, el enorme tributo del 1, estaba tomando un par de espadas que había encontrado por la zona.

No quise hacerme con más cuchillos, considerando que no convenía retar más a Clove por los mismos, sobre todo mientras fuéramos aliadas. No me apetecía una pelea como la que tuve con Sand años atrás, cuando me acusó de la muerte de su gemela.

―¡Clove ya ha matado a uno! ―exclamó su compañero de distrito, mientras corría hacia fuera de la Cornucopia ―¡Veamos a cuantos nos cargamos cada uno!

―¿Y qué pasa con los suministros? ―la voz clara de Silk sonó por encima del ruido existente en la zona ―No vamos a comer solamente de armas.

―¡Matad a todo el que se os ponga por delante y tratad de conseguir provisiones! ―bramé, recordando como Brass, el tributo del 2 en los Segundos Juegos, dio una orden parecida y nos fue bastante bien ―¡Ignorad las que se encuentran lejos de la Cornucopia; tenemos que centrarnos en las que tenemos más cercanas!

―A ver a cuantos matas, minera ―Silk me guiñó un ojo y echó a correr como una centella contra un chico que en esos momentos recogía una mochila, preparándose para lanzarle una de sus hachas. Vi como no muy lejos de mí el chico del 3 se disponía a hacerse con una tienda de campaña.

―Hoy no ―mascullé, sacando uno de los cuchillos del cinturón y lanzándolo contra su cuello, viendo como éste caía hacia atrás, haciendo varios estertores. Rescaté el cuchillo de su herida, clavándolo otra vez en su cuello para asegurarme de que habría muerto, para luego echar a correr hacia una zona un poco más alejada de la Cornucopia, donde pudiera luchar con más soltura.

En mi campo de visión entró el tributo del 4, esgrimiendo una lanza. ¿Por qué no había venido con nosotros? No pude prestarle mucha atención, puesto que en ese preciso momento la chica del 8 me soltó un puñetazo en el rostro que me hizo ver las estrellas. De forma automática, lancé el cuchillo, aún lleno de sangre, contra ella, la cual lo esquivó a duras penas, llevándose un feo corte en la mejilla. No me detuve a pensar; simplemente actué, corriendo en su dirección y abalanzándome contra ella, reteniéndola contra el suelo. No pesaba mucho, y conseguí retenerla clavándole con saña mi bota en la pierna, apretando sin temor a rompérsela.

―Ese puñetazo será lo último que hagas, zorra ―repuse en un murmullo ronco, para luego tirar de su pelo hacia atrás y, tras sacar con rapidez otro cuchillo, cortarle el cuello en un gesto fluido. La sangre cálida que manó de la herida manchó parcialmente mi rostro, pero no le di importancia. No me importaba mancharme de sangre siempre que fuera de la sangre de otros.

Me aparté de un brinco del cadáver, recordando que no estaba en una situación donde pudiera regodearme matando. Cualquier tributo podría intentar atacarme, y no era plan de despistarme ni siquiera un solo segundo. Me alejé de esa zona concreta, buscando algún suministro útil, cuando vi a Samantha corriendo en dirección al arco, tomando el mismo con rapidez y tratando de correr en dirección al bosque; pero el tributo del 4 le salió al paso.

―"Ah, no, si alguien tiene que matarla, soy yo" ―me dije para mis adentros, cuando vi algo que me dejó totalmente sorprendida. Samantha corrió en dirección al tributo, saltó con habilidad y enroscó sus piernas alrededor del cuello del chico, haciendo que éste girara de un modo extraño y el tributo cayera al suelo. ¿Qué narices…? ¿Es que esa chica era de goma o qué? Bueno, pues por más de goma que fuera, contra un cuchillo seguro que no haría nada.

Eché a correr con todas mis fuerzas, volviendo de nuevo hacia la Cornucopia. Estaba claro que iba a salir corriendo en diagonal, así que mi única esperanza era cortarle el paso y lanzarle un cuchillo. Preparé el que iba a tirar, aferrándolo en la mano con fuerza, dejando de correr cuando hube llegado a la zona deseada. Prácticamente volvía a estar en la boca de la Cornucopia nuevamente. Sam se encontraba a tiro, había lanzado cuchillos contra objetivos mucho peores que ella…

―Chrysta Clearwater siempre cumple sus promesas ―murmuré, mientras que la miraba fijamente, y ella me devolvía la mirada. Y entonces lancé el cuchillo, con todas mis fuerzas, apuntando hacia su pecho; como hiciera en los entrenamientos. Era un tiro poco complejo, simple de hecho, y esperaba que la matara…

Pero no la mató. Se hizo a un lado y fue a agarrar el cuchillo, aunque este durante un instante pareció resbalársele de la mano. Acto seguido, echó mano de su arco, lo que me hizo correr hacia el interior de la Cornucopia, parapetándome tras esta; justo a tiempo para escuchar como la flecha rebotaba en el metal dorado. Maldita chica… se habría librado por esta vez, pero antes o después nos veríamos las caras… ¡o ahora mismo si era preciso!

Tomé la flecha y me dispuse a colocarla en el arco, pero ella corría ya en dirección al bosque, demasiado lejos para que pudiera darle. ¡Maldita sea! Tuve que desfogarme de algún modo, de modo que clavé los ojos en la chica del 6 que rondaba por la zona. Bueno, al menos sería una rival menos.

Disparé y vi con una sonrisa como caía de bruces sobre el suelo, siendo seguida su caída por un absoluto silencio; no quedaban tributos en la Cornucopia salvo mi alianza y los muertos del suelo. El baño de sangre acababa de tocar a su fin.

Como ya era tradición, los cañonazos comenzaron a sonar; siendo en total once; quedábamos trece para seguir jugando.


Y aquí tenéis el baño de sangre de Chrysta; en el siguiente veréis lo que hace Sam...

¡Nos leemos!