Samantha
Desperté empapada en sudor, con el pelo pegado a la cara y la camisa aferrada a mi espalda. Me levanté lo mejor que supe y fui hasta el lavabo, al llegar, abrí el grifo y puse el agua lo más fría que se podía para luego dejar mis manos bajo el chorro y llevármelas a la cara. Agradecí bastante el frescor del agua, me ayudó a espabilarme, aunque la realidad seguía siendo la misma; el día de los Juegos había llegado. Hoy me enfrentaría a los tributos más feroces de la historia de los Juegos del Hambre, sin embargo no sentía miedo, sino impotencia, impotencia por volver a encontrarme en esta situación y no poder hacer nada al respecto.
Al volver a mi habitación encuentro sobre la cama un uniforme; una camisa azul de manga larga y una pequeña abertura en cada hombro. Justo debajo de la camisa me encuentro con una especie de chaqueta negra sin mangas que no me baja más de la cintura, y por último unos pantalones negros y unas botas a juego. Supongo que debería ponémelo, pero la idea de verme con esto puesto me repugna, aunque claro... no me queda de otra.
Cuando me visto, me quedo observándome en el espejo situado al lado de mi cama, de nuevo convertida en asesina, incluso me llego a dar miedo. Cuando llevo puesta esta ropa mi mirada cambia, se vuelve mezquina y cruel. Esta no soy yo; no quiero ser yo, pero, ¿lo soy?
Después de un rato dando vueltas, aparece Bradley, imagino que para darme consejos de última hora. Es extraño, pero al verle no he podido evitar recordar a Marcus, mi primer mentor, tiene bastantes similitudes, como la forma de entrenarme: tratando de reprimir mi ira para sacar partido de mi verdadera fuerza.
―¿Ocurre algo?― pregunto, examinándole de arriba a abajo con una mirada seria.
―Solo quería desearte suerte, ya sabes, lo típico antes de enviar a alguien a una muerte segura.- Al final añade una breve risotada, al ver mi reacción, se siembra de nuevo en su habitual seriedad.- Era una broma, para aliviar tensiones... Bueno, no te hacen falta, estás preparada, sé que puedes ganar.
―¿No prefieres reservarte tus discursitos para tu pequeño experimento de rebelde?― le espeté, siendo lo más cortante posible mientras quitaba un par de motas de polvo de la chaqueta, observando mi reflejo en el espejo.
―¿Y eso a qué viene?
―A nada, no viene a nada, sencillamente me parece patético tu intento por convertir en rebelde a la chica de los recados del Capitolio.
Estaba harta de ser simpática y amable con todo el mundo aquí dentro, eso se ha acabado. A partir de ahora diré lo pienso y actuaré como a mí me dé la gana, guste o no guste.
―Sam, te estás confundiendo...
Le interrumpí antes de que pudiese terminar la frase.
―No vuelvas a llamarme Sam― pronuncié cada palabra despacio y en un tono severo y grave.
Bradley frunció el ceño mientras respiraba profundamente, acto seguido se llevó la mano izquierda a la barbilla y se quedó en silencio.
―No te preocupes por los patrocinadores, yo me encargo...― Añadió antes de abandonar la sala. Este momento había resultado bastante amargo, como si me hubiesen tirado encima un cubo de agua helada. Notaba un nudo en el estómago y una extraña presión en mi cabeza, ¿estaba convirtiéndome ya en la despiadada Chica Secreta? Apenas hay señales de que quede sentimiento alguno en mi corazón.
Cogí la pulsera del sinsajo que me hizo mi hermano y me la coloqué con cuidado, luego la oculté bajo la manga de la camisa y salí disparada hacia el aerodeslizador que habría de llevarme hacia la arena. Un Vigilante se acercó a mí, sacando de un extraño maletín una gigantesca jeringuilla con una aguja que le doblaba el tamaño, era de suponer que debía de ser el rastreador; me lo introdujo sin remilgos, apenas lo noté. Durante el trayecto intenté comer un poco, pero no lo conseguí, mi mente no paraba de reproducir la imagen de la muerte de Dan... Su asesino se encontraba en este mismo aerodeslizador conmigo, debería levantarme y retorcerle el cuello una vez más, ya debe de estar acostumbrado.
El silencio del enorme espacio plateado en el que me encontraba me tenía hastiada, comencé a moverme inquieta, llegando a levantarme del asiento y paseando de un lado a otro, como una fiera enclaustrada. La Vigilante pareció haberse dado cuenta de mis movimientos, por ello se acercó hasta mi sitio y dio un brusco golpe en mi mano derecha. Capté el mensaje subliminal: "estate quieta". Relajé los músculos y contuve las ganas de salir corriendo hasta que el aerodeslizador se detuvo y descendimos. Dos vigilantes me cogieron por ambos brazos, cual criminal, y me condujeron hasta una pequeña sala con un cilindro de cristal de mi tamaño: mi base. Me acerqué hasta ella, entonces entró de improvisto Bradley.
―No tengas tanta prisa, aún tenemos que hablar, lo quieras o no, soy tu mentor y se supone que mi deber es mantenerte viva, ¿no?
Puse los ojos en blanco.
―Se supone.
―Bien, pues para ello deberías escucharme.
―Adelante― añadí vagamente.
―Te he visto en tus anteriores Juegos, sé a la perfección como actúas. ¡Aléjate del baño de sangre! Busca alguna zona alejada de todo ese follón inicial y...
―Y entonces es cuando muero. Gracias por tus sabios consejos, pero me las podré arreglar sola.
Giro sobre mis talones, al haber hecho ese movimiento el cabello recogido en mi habitual coleta me da en la cara. Este peinado representa la niña inocente e ingenua que era antes, tal vez sea hora de cambiar. Al introducirme en el cilindro, suelto mi pelo y lanzo el coletero a los pies de Bradley. Se cierran las puertas y comienzo a ascender, noto una fresca brisa en el rostro, mis ojos divisan por fin la arena; se trata de un enorme bosque a simple vista, pero cuando me paro a detallar observo unos altos muros con pinchos en lo alto y una valla electrificada, parecía ser una cárcel, parece seguro. Al otro lado se hacía notar un grupo de enormes árboles, y en el centro de todo se encontraba la Cornucopia, repleta de armas, mochilas, suministros y alimentos desperdigados. Diviso dos arcos, uno de ellos será mío, soy de las que corren más rápido y puedo llegar sin problemas, pero con un arco no me aseguro la supervivencia, para ello necesito suministros y de ellos hay pocos: un paquete de primeros auxilios, una bolsa transparente llena de vendas y ungüentos y desinfectantes. Si me apresuro tal vez llegue al paquete de primeros auxilios, sin embargo no podría coger la mochila... ahora no puedo pensar con claridad.
Ha sonado el gong, no me detengo a ver quién me persigue por detrás, tengo la vista fijada en el arco que queda en el exterior de la Cornucopia, que me queda cada vez más cerca. Mis piernas se apresuran en aumentar la velocidad, por lo cual me encuentro en seguida frente al primer montón de armas. Al llegar cojo el arco con el brazo izquierdo, mientras que con el otro me cuelgo el carcaj a la espalda. Ahora toca ir o a por la mochila, o a por suministros y me decido por la mochila, ya que en su interior puede llevar suministros.
Veo que hay un buen montón de gente que ha llegado a la Cornucopia, no me echo atrás y corro en dirección al grupo de mochilas, a pesar del buen grupo de tributos que corren hacia mí; esquivo el ataque del primero con facilidad, deslizándome por debajo de sus piernas y aprovecho para golpearle con el codo en la rótula, por la misma me levanto y bloqueo el puño del segundo atacante, que se dirigía a mi cara. Le empujo el brazo y le propino un puñetazo que lo aparta de mi camino, me preparo y esquivo el puñetazo del tercer atacante, me quedo detrás de él y utilizo su despiste a mi favor para desnucarle. Una vez que no viene nadie más a por mí corro de nuevo hacia el grupo de mochilas, que ha disminuido considerablemente. Cuando ya estaba a punto de echar mano de una de las mochilas, un robusto cuerpo embistió contra el mío; rodé varias veces hacia atrás encajándome algunas de las puntas de las flechas. Alcé la vista y vi al tributo del 4, preparado para volver a atacar, sin embargo no le di la oportunidad, corrí como un rayo y pegué un brinco que me permitió encajar las piernas en su cuello; giré sobre mí misma hasta darle la vuelta del todo a la cabeza del tributo.
―¿Contento? ¿Era esto lo que querías?― murmuré.
Cogí por fin la mochila, la cual esperaba que llevase algún tipo de suministro, y fue entonces cuando mi mirada, desafiante, se encontró con la fría mirada de Chrysta Clearwater. Ésta, sin vacilar un segundo, cogió un cuchillo proveniente del lote que poseía y lo lanzó en mi dirección. Cuando el arma iba a colisionar con mi pecho, giré sobre mis tobillos y cogí el cuchillo, aunque no tan bien como esperaba hacerlo, ya que me gané un corte bastante profundo. Fingí que nada había ocurrido y aguanté el dolor como pude, acto seguido saqué una flecha del carcaj y apunté a la cabeza de la chica, tensé rápido y solté la cuerda. Chrysta tuvo el tiempo suficiente como para ocultarse tras el metal de la Cornucopia y evitar el impacto de la flecha.
Preferí correr ahora que tenía todo lo necesario y buscar un lugar donde poder esconderme, para ello me adentré en el bosque, rauda y veloz, entonces empezaron a sonar los cañonazos; once cañonazos; once muertos; trece vivos.
¡Y aquí tenéis la versión del baño de sangre de Sam! ¿Qué les esperará a las chicas en la arena?
¡Nos leemos!
