El Sonido del Silencio

CAPITULO XI: ¿Tú?

Habla para que yo te conozca. Sócrates (470 AC-399 AC).
Filósofo griego.


El olor a hospital fue lo primero que le molestó de esa sala.

Tenía luz, era amplía y parecía cómoda con tantas sillas, mesas y estanterías con lo que parecían juegos.

Pero había tanta gente en ella y tan pocos ruidos. De repente se sintió muy torpe.

Todos a su alrededor parecían cómodos con esa tranquilidad. Se hablaban en silencio moviendo los labios sin pronunciar un sonido como si fueran peces, y movían las manos delante de sus caras como si espantaran moscas, pero a pesar de ello parecía que nadie se sentía idiota haciéndolo, es más Hanamichi vio enseguida que ellos parecían entenderse perfectamente.

Se sintió excluido. Todos hablaban sin decir nada en pequeños grupos y él no podía entender nada. Además había entrado diciendo un sonoro hola que solo habían contestado unos pocos con un leve movimiento de cabeza y una sonrisa silenciosa acompañada de uno de esos extraños movimientos.

Cinco minutos después de entrar salió a fuera donde había dejado a su madre hablando con una vecina del barrio que se habían encontrado al entrar que y tenía el marido ingresado por piedras en un riñón.

—Mamá —le interrumpió de su conversación.

—Hanamichi hijo espera un minuto que estoy hablando con la señora Toda, ¿es que no lo ves? Cualquiera diría que tienes cinco años —lo regañó antes de seguir hablando con la señora Toda.

Hanamichi bufó enfadado y se sentó en una silla viendo la gente pasar.

—Cualquier diría que tienes cinco años —repitió una voz conocida a su izquierda. La sorpresa no le dejó hablar—. ¿Qué haces aquí?

—He venido al curso de…

—Lo sé, lo que quiero saber es porqué estás aquí a fuera y no a dentro con los demás.

Hanamichi se encogió de hombros.

—Me molestaba el ruido —dijo sarcástico.

—No creí que fueras de los que se esconde tras los sarcasmos —dijo él y se levantó y sin decir nada más entró en la sala llena de gente silenciosa.

Cuando Hanamichi reaccionó se encontraba solo de nuevo.

—¡Oye! —entró gritando detrás del enfermero—. ¿Se puede saber quien te crees que eres para hablarme así?

—Hanamichi —dijo calmadamente el enfermero a la vez que hacía esos extraños movimientos con las manos—. No hace falta que grites, no somos sordos —una leve sonrisa impidió que Hanamichi pudiera contestarle—. Bueno no todos —añadió mirando a una chica que le miraba divertida.

Ella gesticuló algo con las manos y el enfermero le respondió:

—Tienes razón —siempre sin dejar de gesticular.

—¿En qué tiene razón, qué ha dicho?

—Dice que los que ya están sordos no te oirán de todos modos así que tampoco hace falta que grites —le tradujo el enfermero. Hanamichi se quedó un instante sin saber qué responderle, mirando la chica con cara de enfado. Luego se giró al enfermero y pareció dudar antes de hablarle de nuevo.

—Te crees muy gracioso —murmuró casi sin alzar la voz.

—Sé que lo soy —murmuró el enfermero mirándole directo a los ojos y Hanamichi sintió que esos ojos negros le iban a atravesar el cogote si no giraba la cabeza. Un ruido en la entrada de la habitación le dio la oportunidad de hacerlo.

—Buenos días siento llegar tarde —dijo su madre acercándose a ellos.

Como cuando Hanamichi había entrado algunas cabezas saludaron a la recién llegada otros lo hicieron con las manos con el mismo gesto que la vez anterior y Hanamichi lo reconoció.

—Ahora íbamos a empezar Señora Sakuragi, tranquila.

En vez de gritar para que los que estaban enfrascados en diferentes conversaciones por toda la sala le hicieran caso, se acercó al interruptor de la luz y la apagó y encendió un par de veces.

Todos se giraron a mirarle y entonces él dijo al tiempo que seguía gesticulando algo más lento que antes con las manos:

—Muy bien, coged todos una silla y formad un circulo. Hoy hay gente nueva que quiero presentaros.

Hanamichi le miró desconcertado y luego le dijo:

—¿Das tú el curso?

—Así es. Siéntate —le dijo sin gestos. Y luego se sentó.

Hanamichi le imitó sin decir nada.

—Hanamichi levántate —le pidió el enfermero—. Preséntate, explícales quien eres y porqué estás aquí.

—Mi madre me ha obligado a…

—A mi no, a ellos —dijo señalando el resto del grupo que le observaba atentamente.

Hanamichi tomó aire y se levantó mirando a su madre con ganas de gritarle que por su culpa estaban allí.

—Soy Sakuragi Hanamichi —dijo mirando al grupo enfrente de él. Luego cayó en que quizá si no movía las manos como hacían todos ellos no le entenderían y se giró hacia el enfermero—. Yo no sé hacer eso con las manos y…

—Para eso has venido. Pero no me lo digas a mí.

Hanamichi se giró y volvió a mirar al grupo. Había gente de todas las edades, auque solo había tres niños más pequeños que él y una chica que parecía tener unos años más que él, el resto se movían entre los treinta y los sesenta.

—Tengo dieciséis años y estudio segundo curso en la preparatoria Shohoku —dijo presentándose como había hecho unos días atrás en la biblioteca, pero por alguna razón sintió que no era suficiente y luego añadió—, hace unas semanas me di un golpe en la cabeza y luego tuve un ataque de vértigo. El doctor dice que me he recuperado pero que como hay la posibilidad de que se repita dice que tengo que venir para aprender a hacer… —dijo moviendo las manos imitando el gesto que había visto que todos hacían para devolver el saludo de su madre y el suyo.

—Aprendes deprisa —le susurró el enfermero cuando se sentó antes de levantarse él para hablar.

Hanamichi se sintió hincharse orgulloso ante ese comentario.

El enfermero les hizo ponerse en parejas para hacer ejercicios y juegos. Dentro de sí Hanamichi deseaba que él fuera la suya, quería poder hablar más con él. Pero le tocó con la chica joven quien le miró como si le hiciera la misma gracia que les tocara hacerlo juntos que a él.

Era complicado hacerse entender por esa chica o entenderla a ella. A su alrededor Hanamichi veía que algunos de ellos hablaban como él y su madre, otros hablaban algo raro porque no se oían a si mismos pero era sencillo interpretar sus signos al oírles, pero esa chica no hacía ni un ruido.

No sabía como preguntarle cosas a la chica o como entender lo que ella le decía. Agobiado Hanamichi miró a su alrededor en busca del enfermero. Vio a su madre muy entretenida riendo con un hombre de su edad. Y al fondo de la sala al enfermero jugando con los tres niños. Al principio le pareció extraño pues con lo frío que era no esperaba que se llevara bien con niños tan pequeños, pero ellos parecían estar pasándoselo estupendamente. No como él, pensó y sin decirle nada a la chica que le miraba algo frustrada también se dirigió hacia donde estaba él.

—No sé donde está la gracia del ejercicio si no puedo entender nada de lo que ella me dice. No sé ni su nombre.

—El ejercicio es que tú y ella encontréis el modo de entenderos.

—Ya pero no hablamos el mismo idioma, yo no se nada de eso que hacéis con las manos y ella no dice nada.

—De eso se trata. Dile esto —dijo él e hizo unos movimientos con las manos.

—Espera más despacio —dijo Hanamichi sin perderse detalle de los movimientos precisos de esas manos grandes—. ¿Así? —dijo repitiendo el movimiento. Después de corregirle un par de veces le dijo que lo hacía bien y siguió jugando con los niños sin prestarle más atención.

Hanamichi no dijo nada esta vez. Se limitó a repetir los movimientos con las manos. Cuando acabó la chica se lo miró extrañada y luego miró hacia el enfermero que parecía estar esperando la reacción de la chica y simplemente le dijo que sí con la cabeza a través de la sala.

—Ahora vuelve a intentar comunicarte con ella —dijo en voz alta el enfermero mirando a Hanamichi que también se había girado para ver que estaba pasando.

—¿Pero que le has dicho?

—Yo no le he dicho nada. Has sido tú.

Hanamichi no tuvo tiempo para replicar. La chica le tocó en el hombro para que se girara y como sabía que, a pesar de todo, los signos no servirían de nada le sonrió y le hizo señas para que la siguiera. Al principio Hanamichi no supo qué hacer. Buscó al enfermero con la mirada de nuevo y este le indicó que la siguiera. Ella lo tomó del brazo y lo arrastró hacia fuera de la sala.

Parecía que ella conocía perfectamente el hospital pues le llevó sin dudar por los pasadizos de consultas externas hasta las escaleras más alejadas y en vez de subir, le hizo bajar y luego salir a un pequeño patio exterior.

Era un lugar un poco pequeño, sin ninguna gracia. Pero era tranquilo.

Ella se agazapó y con una tiza que se sacó del bolsillo empezó a dibujar su nombre en hiragana. Y cuando lo tuvo escrito le miró y poco a poco empezó a hacer gestos.

Pronto Hanamichi entendió que lo que ella gesticulaba era su nombre lo mismo que había escrito.

Se llamaba Sayaka. Tenía diecinueve años. Hanamichi se presentó escribiendo en el suelo su nombre y ella le indicó con signos que podía entender lo que decía si hablaba despacio y de frente leyéndole los labios.

Ella parecía deseosa de saber más de él y puesto que era más fácil que ella le entendiera a él que no que él le entendiera a ella Hanamichi le contó anécdotas con sus amigos y todo lo que se le ocurrió. Ella parecía divertida y reía con las bromas que él hacía cosa que le puso muy contento.

Pasado un rato, más de una hora, ella se miró el reloj y alarmada se lo enseñó a él. Y justo cuando iban a levantarse apareció en el suelo sobre todas las palabras que habían ido escribiendo ambos con la tiza una sombra y Hanamichi sintió un escalofrío. Había visto esa figura desdibujada antes, levantó la cabeza desconcertado y vio al enfermero que les miraba divertido.

—Veo que habéis encontrado la manera de comunicaros —dijo gesticulando.

—¿Tú? —murmuró Hanamichi.

—¿Yo qué? —preguntó desconcertado el enfermero.

Hanamichi le miró y luego murmuró:

—Nada.

—Deberías entrar. Los demás se están marchando ya.

Ambos jóvenes hicieron que sí con la cabeza y empezaron a caminar delante hacia la sala de nuevo, deshaciendo el camino que les había llevado allí.

Allí su madre le esperaba para irse con las manos llenas de panfletos de información.

—Hanamichi —le dijo el enfermero antes que él diera un paso más hacia su madre que le decía que se acercara para coger su chaqueta—. ¿Volverás?

La pregunta le agradó y con una radiante sonrisa le hizo que sí con la cabeza mientras hacía el gesto que Sayaka le había enseñado para decir adiós.

... continuará ...


Grissina: aunque no recibí muchos reviews con opiniones respecto al sueño, admito que los de Shersnape, Shadir y Chaneta valen su peso en oro. Gracias chicas, ya os di mi opinión al respecto y aunque quizá creáis que intenté confundiros o algo, no es cierto. Todo tiene explicación (más o menos) XD

Recordad que para cualquier duda estoy a un solo click de vosotras. Un beso a todos y gracias por leer.