Chrysta

―Chrysta, quédate quieta o no podré hacer mucho más.

―¡Pero no vuelvas a darme con tanta fuerza, que me haces daño!

Caía la noche, pero la luz del sol mortecino aún servía para que las caras de los demás tributos presentes fueran claras ante mis ojos. Gold se encontraba algo alejado del grupo, reorganizando los suministros; Clove y Tristan hablaban entre ellos, y Silk y Seaview habían comenzando a revisar las heridas que habíamos obtenido durante el baño de sangre, usando un pequeño botiquín que habíamos encontrado para curar las mismas. No eran unas lesiones muy fuertes; Silk solo tenía un corte en el brazo, y yo un lado de la cara magullado por cortesía de la tributo del 8.

La tributo del 1 había encontrado una pomada dentro de los maletines de primeros auxilios que habíamos recogido, y estaba aplicando la misma sobre mi malograda mejilla, aunque apretando quizás en exceso, motivo de que me quejara de ese modo. Cualquier contacto con esa zona me hacía ver las estrellas nuevamente, y eso no me hacía gracia.

Silk prosiguió con la crema en silencio, mientras que de nuevo yo volvía a pasear la mirada por la zona que nos rodeaba. Habíamos dejado la explanada de tierra donde se encontraba la Cornucopia, llevando los suministros a través de una apertura que había en la derruida muralla que rodeaba el edificio carcelario hasta el patio del mismo. Habíamos reunido una buena suma de comida y demás vituallas, pero en esta ocasión no habíamos conseguido tantos suministros como en los Juegos previos. No iba a negar que gran parte de los alimentos que se encontraban en la Cornucopia habían caído en nuestras manos, pero muchos otros tributos que entraron en el baño de sangre sí lograron tomar algunos suministros.

Como resultado, teníamos una pequeña pila de alimentos, mantas, agua y medicinas, pero no muy numeroso. A ojo de buen cubero, con la comida que teníamos y todos los que éramos, podríamos sobrevivir a lo sumo cuatro días… y eso racionando bien la misma. Las bolsas de alimentos apenas si estaban llenas, y las latas de conservas contenían unas cuatro piezas como máximo. Estaba claro que lo habrían hecho así a posta, para forzarnos a tener que buscar comida; para hacer los Juegos más dinámicos. A fin de cuentas, seguramente que una alianza no tuviera más que hacer que sentarse a esperar a que los demás se mataran entre ellos mientras comían tranquilamente, no sería nada divertido de ver.

Repasé distraídamente mis armas, los objetos a los que confiaba gran parte de mi supervivencia durante los días que se avecinaban. Conservaba diecinueve cuchillos; puesto que Samantha se había quedado con el que le lancé, además de contar con veinte flechas en el carcaj. De momento estaba bien surtida, pero tendría que usar las mismas con cabeza, puesto que de quedarme sin proyectiles, poco podría hacer. Estaba preparada para atacar a distancia; era buena lanzando cuchillos o disparando flechas, pero a la hora de usar los puños era una negada.

―Esto ya está ―Silk cerró el bote de pomada y lo guardó en su maletín correspondiente ―¿Quiénes creéis que habrán muerto hoy? ―añadió.

―Yo espero que alguien haya desollado a la otra chica del 12, o de lo contrario lo haré yo misma ―repuso Seaview de mal humor, manipulando una pequeña red que habíamos encontrado dentro de una mochila. Sus dedos se movían nervioso, creando pequeños nudos ―Mató a mi compañero de distrito, y eso no pienso dejárselo pasar así como así.

Realicé una mueca, mientras que intentaba mantenerme callada. Al parecer no era la única que iba contra aquella dichosa Samantha; la chica del 4 acababa de jurársela. Bueno, me convenía tener a más gente en su contra, cuanto antes se quitara de en medio a esa chica, mejor. Me ponía de mal humor el hecho de que hubiera podido evitar mi cuchillo, más que nada porque casi nunca fallaba mis tiros. La única persona que los había esquivado medianamente había sido Sunset, pero al final acabó muriendo por uno de mis tiros… que por cierto, ¿dónde estaría metida? No la había visto durante el baño de sangre, y me preocupaba el hecho de que esa chica estuviera rondando por la arena, seguramente deseosa de lanzarse sobre mí para matarme. Cuando ambas éramos rivales en los Segundos Juegos me tomó ojeriza por los sentimientos que mi compañero de distrito tenía hacia mi persona, unos sentimientos que nunca pude devolverle. Parecía decidida a quitarme de su camino, y de hecho casi lo consiguió, pero al final fue Jack el que recibió el tiro mortal dirigido a mí y me dio la ocasión de acabar con ella.

―Bueno, está sola, no creo que sea una amenaza para nosotros ―dijo Clove, que al parecer había dejado de hablar con su compañero de distrito y se había acercado a nosotros ―Es del Distrito 12; todos sus tributos son inútiles.

―¿Inútiles? ―repuse con un tono gélido ―Pues no seremos tan inútiles cuando algunos de nosotros hemos ganado nuestros Juegos.

―Casualidad ―respondió ella con desdén, tomando un pequeño cuchillo del interior de su chaqueta y lanzándolo con gesto aburrido contra la pequeña pila que habíamos levantado, haciendo que se clavara limpiamente en un saco ―La prueba es que Chrysta falló ese tiro tan sencillo.

―Habría que haberte visto a ti lanzándolo ―mascullé con los dientes apretados.

―Asume de una vez que solo eres una pobre chica con aires de grandeza ―dijo la tributo del 2 con tono casi monótono ―Te crees profesional solo porque eres capaz de manejar el arco y lanzar cuchillos. Puede que eso te sirva en tu subdesarrollado distrito, pero no puedes compararte a los que hemos entrenado desde que nacimos; te superamos en cualquier aspecto. Por mucho que hayas ganado unos Juegos no has dejado de ser una muerta de hambre con suerte.

―Vuelve a decirme eso y te juro que te corto el cuello ―amenacé, aferrando la empuñadura de uno de los cuchillos que llevaba en el cinturón, mientras que la fulminaba con la mirada. Pero en el fondo, me atemorizaba que Clove tuviera razón, que no fuera más que una chica que se cree más de lo que era. A fin de cuentas, mi entrenamiento había sido muy rústico; y aunque mis habilidades parecían tan remarcables en el distrito minero, a la hora de medirme contra los profesionales no podía hacer mucho. Aunque no olvidaba como en los entrenamientos había competido contra Clove lanzando cuchillos, y ambas empatamos, sin errar ni un solo tiro. Me había medido contra una profesional y había sido capaz de igualarla. Eso debía contar para algo, ¿no?

―No llegarías a tocarme ―la voz de la tributo cortó mis pensamientos ―Te dejé pasar la de la Cornucopia, pero te aseguro que no pienso ser tan indulgente contigo.

―No necesito que nadie me perdone la vida… ―comencé a espetarle, pero en ese momento Gold se introdujo en la conversación, haciéndome dejar la frase a medias.

―¡Dejad de discutir de una vez! ―exclamó ―Podréis mataros cuando llegue el momento, pero ahora mismo estamos todos en el mismo bando, así que callaos. Me dais dolor de cabeza con vuestras discusiones.

Clove me lanzó una última mirada rabiosa y clavó sus oscuros ojos en el cielo, que ya empezaba a cuajarse de estrellas. Hice lo propio, como el resto de la alianza, esperando a que llegara el recuento de las muertes. Y en efecto, al poco tiempo comenzó a sonar el himno de Panem, mientras que el oscuro firmamento se iluminaba con el sello del Capitolio y comenzaban a aparecer los muertos del primer día.

El chico del Distrito 3 fue el primero en aparecer; seguido por el chico del 4 y el del 5; la pareja de tributos del 6; los dos tributos del 8 y del 9; el chico del 10 y el chico del 11. Al parecer Samantha seguía viva, y Sunset también. Iba a tener que andarme con cuidado, puesto que estaba casi segura de que estaba dentro de las listas de objetivos de esas dos.