Chrysta

La mañana llegó demasiado pronto, o al menos eso me lo pareció a mi cuando alguien me sacudió el hombro, sacándome de un sueño intranquilo en el que me hallaba sumida. Como acto reflejo, eché mano al cuchillo que tenía en el cinturón, mientras que abría los ojos de golpe, temiendo que quizás hubiera pasado algo y fuera necesario atacar. Era consciente de que en la arena el descanso se trataba casi de un lujo que en muchas ocasiones nos quedaba vedado; era algo de lo que mejor recordaba de mis anteriores Juegos.

Me incorporé, constatando así que el que me había despertado era Gold, que parecía haber sido el último que había tenido que montar guardia, aunque bajo mi punto de vista, no era una tarea demasiado necesaria. Teniendo en cuenta que la noche no había sido especialmente fresca dentro de los muros de aquella prisión ruinosa, todos habíamos acabado echándonos a dormir al aire libre, medio ocultos por los suministros de la pila que habíamos construido. Habíamos echado a suerte los turnos y si mal no recordaba, el tributo del 1 había sido el que tenía que pasar la mitad de la noche en vela, vigilando por si alguien venía a intentar asaltarnos.

―¿Qué es lo que pasa? ―inquirí. Para mí que alguien me despertara en el estadio solo era anuncio de malos problemas.

―No ha pasado nada, todo ha estado demasiado tranquilo ―fue la respuesta ―Simplemente ya ha despuntado el día y hay que empezar a divertirse ―añadió con una sonrisa un tanto siniestra, la cual de devolví un tanto desganada. Claro, los profesionales siempre veían las primeras etapas de los Juegos casi como un mero entretenimiento, donde cazaban a los tributos más débiles hasta que solo quedaban unos pocos, momento en el cual se solían volver unos contra otros, dando paso así a la competición más dura. Aunque a fe de ser sincera, me daba la impresión de que este año quizás no fuera tan simple como en otras ocasiones; teniendo en cuenta que los tributos que estaban allá afuera no eran niños asustados que intentaban sobrevivir como podían, sino asesinos de otras ediciones, muchos de ellos ganadores incluso, que sabían mucho mejor como salir airosos de alguna emboscada que nosotros pudiéramos tenderles. Estaba claro que si quería salir viva de esta arena, iba a tener que desplegar todo mi ingenio y comenzar a ser imprevisible.

Me estiré como un gato, reordenando mis armas antes de abandonar el pequeño hueco entre dos cajas que había tomado como lugar de descanso. Reconté mis flechas, comprobé la cuerda del arco, reorganicé mis cuchillos y solo entonces me permití ponerme en pie y acercarme al pequeño corrillo que los demás profesionales habían formado, sentados en el suelo y pasándose trozos de carne en conserva: el desayuno.

Silk y Seaview me hicieron un hueco entre ellas, y me dejé caer en el sitio, tomando el trozo de comida que Tristan me lanzó. Clove, por su parte, mordisqueaba hurañamente su trozo de carne, mirando hacia el suelo, como perdida en sus pensamientos. No me fiaba mucho de ella, de hecho, interiormente, había llegado a la decisión de que, cuando le tocara el turno de montar guardia, me mantendría despierta para evitar alguna desagradable sorpresa cortesía de ella.

―Bueno, ya estamos todos ―comentó Seaview cuando Gold también hubo tomado asiento y comenzó a comer ―Creo que nos encontraremos en común acuerdo con respecto a lo que debemos hacer a continuación, ¿no? Salir ahí fuera y limpiar el campo.

Todos asentimos en silencio, sin decir una sola palabra al respecto. La idea de que tocaba salir a matar de nuevo era algo inculcado en nuestro pensamiento, aunque en mi caso más que nada por el simple hecho de que temía que, tras estar demasiadas horas sin una sola muerte, la audiencia se aburriera y los Vigilantes decidieran mandarnos mutos para entretener a los espectadores. Había aprendido a temer a esas criaturas, de modo que no pensaba poner objeciones a todo lo que se estaba acordando.

―¿Ha habido algún cañonazo durante la noche? ―inquirió Clove, terminando de comerse su porción de carne.

―Solo uno ―respondió Gold ―Un número muy bajo, en mi opinión.

Silk y yo cruzamos una mirada de soslayo, como evocando al mismo tiempo un día, muchos años atrás, en un estadio helado, donde la tranquilidad de la primera noche fue seguida de un sangriento ataque de un muto contra la tributo del 4, a la que le había tocado montar guardia.

―Bueno, ya estamos nosotros para darle emoción ―habló Tristan, con un cierto tono petulante. El tributo del 1 le dio una fuerte palmada en la espalda, mientras que el del 2 alzaba las cejas como si lo que hubiera dicho no fuera más importante que el tiempo que pudiera hacer dentro de unos días.

―¿Entonces, qué toca hacer ahora? ―Silk se puso en pie, ya terminado su desayuno, y sacó una de sus hachas casi con cariño ―¿Salir a que nuestras armas prueben sangre? ¿A dónde, al bosque?

―¿A qué otro sitio vamos a ir? ―señaló Seaview ―Si mal no recuerdo, fuimos los únicos que tomamos la dirección de la cárcel al salir de la Cornucopia.

―Supongo que entonces, toca irse de excursión ―dije mientras que imitaba a la chica del 1, levantándome del suelo ―¿Pero qué vamos a hacer con la comida y los suministros? No podemos dejarlos sin vigilancia o los demás vendrán a tomar lo que quieran.

Mis palabras fueron recibidas con un breve silencio, quizás porque todos queríamos salir a buscar a los demás, y nadie quedarse a algo tan aburrido como vigilar los víveres. Pero claro, todos sabíamos también que dependíamos de esos suministros, dado que eran los que sabíamos con seguridad que eran comestibles. Puede que en el bosque o dentro mismo de la cárcel, hubiera más lugares donde conseguir comida, pero sería un riesgo a correr. ¿Y si por un casual solo había bayas que a la larga resultaban venenosas? No me hacía ninguna ilusión acabar pereciendo por comer algo indebido.

―He preparado una pequeña trampa con la red que me encontré ayer dentro de una de las mochilas ―Seaview cortó el hilo de mis funestos pensamientos ―Cualquiera que se acerque a los suministros desde el bosque acabará cayendo en ella ―añadió bajando la voz.

―Pero aun así, ¿qué pasa con la zona que da a la cárcel? ―preguntó Clove con cierto tono incisivo.

―De ese lado me he encargado yo ―señaló Gold con una macabra sonrisa ―Ya veréis el pequeño regalito que he dejado para el que quiera tomar alguno de nuestros suministros.

―Entonces, será mejor que nos pongamos en marcha ―repuso Silk, comentario que fue puesto en práctica por todos. Preparamos una mochila individual para cada uno; todas con el mismo contenido: comida, agua y algunas vendas y medicinas por si eran necesarias, y una vez equipados, abandonamos el patio donde habíamos pernoctado, saliendo por un agujero en el muro que rodeaba el edificio a la explanada donde se encontraba la Cornucopia.

―¿Pero qué…? ―se le escapó a Gold cuando hubo salido a la misma.

Puede que el comentario del chico fuera el más acertado ante lo que veíamos. El suelo de la zona parecía haber sido excavado, dado que se veían montoncitos de tierra en torno a las placas en las cuales habíamos sido lanzados a la arena. Pareciera como si alguien hubiera estado rebuscando algo en torno a las mismas, viendo la cantidad de hoyos que se podían vislumbrar. No eran muy profundos, así que fuera lo que fuese que hubieran buscado, no debía de estar demasiado oculto.

―Las minas ―masculló Clove ―Han desenterrado las minas.

―¿Cómo lo sabes? ―preguntó su compañero de distrito, alzando las cejas.

―Durante mis Juegos, el tributo del 3 hizo algo parecido; las desenterró y las reactivó, volviendo a esconderlas.

―¿Queda vivo alguien del 3? ―formulé la pregunta debido a que no recordaba bien todos los rostros de anoche en el cielo. Sabía con seguridad que el chico estaba muerto dado que lo maté yo misma, pero no sabía mucho sobre su compañera; de hecho no le había prestado atención.

―Nyxia ―murmuró Gold con tono sombrío ―Esto ha sido cosa suya.

―¿Nyxia? ―dijimos Silk, Seaview y yo a la vez.

―Es la chica del 3 ―respondió el tributo del 1 ―Ganó los Juegos anteriores a los míos usando una táctica un tanto peculiar: desenterró las minas de la Cornucopia, las reactivó y las usó para separar a los tributos que iban agrupados en alianza, de tal modo que acabaran desperdigados por diferentes lados del estadio. Entonces ella los mataba individualmente. Se rumoreaba que estaba loca ―añadió bajando la voz.

―¿Y cómo es que no la reclutaste como aliada? ―le espetó Tristan ―Si sabías que era tan dura habría sido una buena incorporación.

―Yo no pienso aliarme con alguien que perfectamente puede clavarme un cuchillo mientras duermo ―fue la rotunda respuesta.

Forcé a mis neuronas a recordar a aquella chica, Nyxia. No le había echado mucha cuenta durante los entrenamientos, pero sí creía haberme fijado en ella; creía que era una chica pálida de cabello corto, aunque no estaba muy segura.

―¿Y ahora, qué? ―dijo Silk ―Sabemos que puede haber minas por cualquier sitio, pero no podemos resignarnos a quedarnos en la misma zona.

―Creo que no queda otra que arriesgarse ―señalé, tomando el arco y colocando una flecha en el mismo ―Tendremos que ir con los ojos abiertos y confiar en la suerte.


A pesar de que habíamos ido con pies de plomo, temiendo activar alguna de las minas de Nyxia, lo cierto es que pasó el mediodía y cayó la tarde sin que diéramos con ninguna de ellas… ni con ningún tributo. El bosque parecía desierto, como si todos los jugadores se hubieran escondido al vernos llegar, armados hasta los dientes. Quizás esperaran que la trampa que aquella chica había colocado nos matara, o tal vez simplemente estaban demasiado asustados por eso mismo como para atreverse a salir de donde estuvieran escondidos.

Sin embargo, aquella calma no dejaba de escamarme. Era consciente de que el estadio tenía un tamaño considerable, pero la mitad de los tributos aún continuábamos vivos; de modo que bien podrían salirnos al paso.

La luz del día comenzaba a declinar ya, cuando llegamos a un pequeño claro cubierto de hojarasca, tan tranquilo y vacío como lo demás. Casi con cierto aburrimiento, me dispuse a seguir caminando, cuando de buenas a primeras, una sonora explosión me lanzó por los aires, yendo a aterrizar contra un nudoso tronco que se incrustó en mi espalda, haciéndome gritar de dolor. Me zumbaban los oídos, pero pude percibir nuevas explosiones, que llenaban el aire de tierra y restos de hojas. Alguien debería haber pisado una de las minas, ¿pero quién?

Me puse en pie como pude, recordando las palabras de Tristan. Nyxia usaba las minas para separar a las alianzas y luego matar a los tributos de uno en uno, y por lo que él había dicho, esto llevaba su firma. Quizás estuviera rondando por la zona, agazapada en cualquier rincón, lista para salir a matar como una serpiente venenosa.

Me parapeté contra el árbol, tensando el arco, lista para disparar. El polvo de la explosión no me dejaba ver mucho, pero lamentablemente no tenía armas de corto alcance, y aunque las tuviera, no sabía usarlas.

Escuché un rumor de pasos a mis espaldas, y pude ver como una figura delgada corría entre el polvo, a un ritmo realmente rápido. ¿Sería ella? No lo dudé ni un segundo y solté la cuerda, aunque la silueta al parecer debió escuchar el proyectil, pues se giró y clavó en mi unos enormes ojos castaños, enmarcados por un irregular pelo corto.

Pude comprobar en esos momentos que los rumores sobre la locura de Nyxia que Gold había mencionado eran ciertos. Había un cierto aire desquiciado en sus enormes ojos, y en su rostro inexpresivo. Clavó la mirada en mi arco, y una sonrisa codiciosa se extendió por sus finos labios.

―Un regalo ―dijo en un susurro bajo, echando mano de un largo objeto que llevaba al costado. ¿Una espada? No, era más pequeña que una de esas armas, pero más larga que un cuchillo convencional. Fuera lo que fuese, estaba claro que Nyxia iba a usarlo en mí, y no tenía ganar de comprobar si era tan creativa matando como preparando sus trampas.

Me lancé al suelo casi instintivamente, justo a tiempo de sentir pasar por encima de mi cabeza la pequeña espada de la tributo del 3, la cual se incrustó con sonoridad en el tronco del árbol. Tenía que intentar reunirme con los demás y acabar con ella, pero me daba miedo que hubiera preparado más minas para cortar cualquier tentativa de evasión. La visibilidad era demasiado mala como para atreverme a usar mis armas contra ella; ya había perdido una flecha. De estar en una zona despejada, podría haberla matado de un tiro, pero con tanto polvo en suspensión era complicado ver a dos palmos de distancia.

Repté por el suelo con toda la rapidez que pude, deseando que la suciedad del ambiente me sirviera como protección. Nyxia estaba sujeta a los mismos límites que yo, y confiaba en que, de seguir por el suelo, no pudiera verme.

Apreté los dientes, conteniendo las ganas de toser, entrando entre unos matorrales donde el aire parecía más limpio. En cuanto los dejé atrás, me incorporé, comenzando a correr con todas mis fuerzas en la dirección por la que creía haber venido. Si los demás habían tenido algo de sentido común, habrían hecho lo mismo, ¿no? Pero por otro lado, me sabía mal correr, dejando atrás a mi alianza, aunque sabía que si daba media vuelta volvería a caer en las garras de Nyxia.

Me detuve una fracción de segundo, poniendo en orden mis ideas, cuando de buenas a primeras sentí un dolor lacerante en la pierna, justo a la altura de la pantorrilla. Bajé los ojos, viendo como alguien había lanzado un hacha contra la misma; aunque la resistente goma de mi bota había evitado que el arma me cercenara la extremidad.

―Mierda ―mascullé, tomando otra flecha, aunque mis dedos no llegaron a alcanzarla. Una pesada mole cayó sobre mí, aplastándome contra el suelo. Me revolví, intentando conseguir el tiempo suficiente para tomar un cuchillo, pero algo me golpeó en la cabeza, haciendo que todo se volviera negro por un instante. Mis ojos se llenaron de lágrimas de dolor mientras que alzaba las manos, tratando de clavar las uñas en lo que fuera, tratando de defenderme como pudiera.

Mis dedos se clavaron en algo duro y un tanto viscoso, cuyo tacto me resulto bastante repulsivo. Sin embargo, un alentador grito de dolor me hizo seguir ejerciendo presión, sintiendo como parte del peso que me aplastaba contra el suelo cedía y lograba incorporarme, viendo a mi atacante.

Era la chica de pelo castaño claro del 7, Willow si mal no recordaba. Se tapaba los ojos con las manos y comprendí, horrorizada, donde habían ido a clavarse mis uñas. Durante un segundo, me sentí realmente asqueada de lo que había hecho, recordando como a Jack, mi compañero de distrito en mis otros Juegos, le habían hecho algo similar unos mutos. Pero entonces me recordé a mí misma que Willow intentaría matarme de nuevo en cuanto tuviera la ocasión, y no podía permitirme ni un segundo de flaqueza. Había logrado escapar de la loca del 3, pero estaba claro que si quería librarme de Willow, tendría que matarla.

La tributo, sin apartar una mano de su rostro, volvió a abalanzarse sobre mí, dejando olvidadas sus hachas. Quizás confiara en liquidarme usando sus manos, y algo me decía que ese era precisamente su plan. Traté de incorporarme, para poder obtener una cierta distancia a la que disparar, pero mi pierna herida flaqueó, haciéndome caer contra el suelo. Rodé sobre mí misma, justo a tiempo de esquivar las manos de la tributo, aunque no lo suficientemente rápido. Sus dedos se ciñeron en torno a la cola de caballo que recogía mi pelo, y esto pareció ser suficiente para ella, pues tiró de la misma con saña, arrastrándome como si fuera un saco.

Contorsioné mi cuerpo como pude, consiguiendo rozar con mis dedos el mango de un cuchillo, sacándolo del interior de mi chaqueta y lanzando un tajo a ciegas a los dedos que me sostenían el pelo. La presión cedió y conseguí revolverme bajo sus manos, poniéndome por fin de pie y adoptando la postura agazapada que usaba cuando iba a lanzar un cuchillo. Apunté a su garganta, alcé el brazo y lancé.

Willow parecía haber recuperado algo la visión, pues se giró con gracilidad, evitando mi tiro. Pescó el arma, que descansaba sobre el suelo casi olvidada, y clavó en mí su ojo intacto, tirando contra mi persona mi propia arma. Me hice a un lado, evitándola pero cayendo demasiado cerca de ella, que aprovechó para hundirme sus nudillos en el estómago, haciendo que me encorvara sobre mí misma, jadeando en busca de aire. Durante unos segundos temí que fuera a vomitar, lo que me haría vulnerable a la chica, pudiéndome matar cuando estuviera dominada por las arcadas, pero por suerte mi cuerpo pareció recomponerse. No pude pensar más que en lanzarme sobre ella, en matarla de una vez, y eso hice, aunque quizás demasiado pronto. Mi rival consiguió sacar un rústico cuchillo de su cinturón, y tuve el tiempo justo de hacerme a un lado para evitar que me cortara el cuello; aunque un dolor lacerante en la mejilla me hizo saber que mi rostro había sido alcanzado.

Sentí el calor de la sangre fluyendo por la misma, mientras que con rabia le daba un puñetazo a la altura de cuello, haciendo que soltara el aire de un golpe. No dejé que se revolviera, simplemente le apreté el cuello con fuerza, asfixiándola, mientras que con la otra mano extraía un nuevo cuchillo y lo clavaba en su pecho, una y otra vez, una y otra vez.

Solo me detuve cuando escuché el sonido del cañonazo. Willow ya estaba muerta… y al parecer, había sido la única. Mi alianza seguía viva.

Me puse en pie, gimiendo de dolor. El hecho de simplemente sostener mi peso era un suplicio para mi pierna, la cual parecía bastante tocada. Mordiéndome el labio, rebusqué las vendas en mi mochila, haciendo un precario vendaje en torno a la herida. Respecto a mi mejilla no podría hacer mucho, simplemente dejarlo sangrar y confiar en que parara.

Di unos cuantos pasos, pero acabé de nuevo en el suelo. Alcé los ojos al cielo, viendo asustada como los últimos rayos de sol desaparecían. Pronto sonaría el himno, y yo estaba en el bosque, sola, herida. Quizás esto era lo que pretendía Nyxia, debilitarnos para luego acabar con nosotros uno a uno, sin apenas mancharse las manos.

Me aferré a un árbol, jadeando de dolor. Estaba agotada, pero tenía que intentar volver al campamento, o de lo contrario iba a tener complicado sobrevivir.