Nota de autora

Como habréis podido comprobar, hemos estado mucho tiempo sin actualizar. Lo cierto es que he intentado ponerme en contacto con The Secret Girl, pero no he obtenido una respuesta por su parte, de modo que no podíamos actualizar. Pero lo cierto es que yo, personalmente, quería seguir con la historia, de modo que he decidido continuarla sola. Así pues, puede que por suerte o por desgracia, Chrysta tomará a partir de ahora el papel de narradora por completo, dado que no me siento capacitada para manejar el personaje de Sam, creación de la otra autora, y no quiero desmerecer al mismo. La historia continuará la trama previamente acordada por ambas, eso sí, solo que ahora el punto de vista siempre será el mismo. Perdón por la tardanza y ya, sin más preámbulos, os dejo el siguiente capítulo.


Con ojos pavorosos, contemplé como el último rayo de sol que aún relucía sobre los árboles desaparecía, sumiendo a la arena en una oscuridad mortecina. En el mismo momento en el que la luz desapareció por completo, comencé a sentir el familiar aguijonazo del miedo en mi interior, extendiéndose poco a poco por cada fibra de mi piel. El bosque era un medio más o menos familiar para mi, pero en el 12 nunca había estado en la foresta cuando caía el sol por la noche, ni tampoco había pasado una noche totalmente sola en la arena, ni en estos Juegos, ni en los previos. Por muy valiente que me hiciera delante de todos, por muy lanzada que pudiera parecer, seguía teniendo mis debilidades, y la noche en cierto modo me infundía un respeto rayano en la superstición. Aunque la verdad, no eran unos posibles fantasmas o similar lo que me aterrorizaba, sino la idea de que estaba perdida en un sitio desconocido, totalmente sola, y donde podía ser cazada por cualquier tributo que anduviera por la zona y ya la hubiera reconocido un poco en el día que llevábamos en el estadio.

Para más inri, tampoco creía que pudiera correr mucho. La pierna se resentía en cuanto intentaba dar un paso, de modo que aún permanecía aferrada a aquel árbol que había adoptado como apoyo, tratando de reunir la fuerza y el coraje necesarios para poder ponerme en camino. Aunque solo bastó un paso para ser consciente de que no iba a poder ir muy lejos en aquellas condiciones. El peso de mi cuerpo era una soberana tortura al apoyarse sobre mi herida extremidad, y lo que era peor, si intentaba forzarme a caminar, la pierna parecía resentirse. Estaba claro que la herida que el hacha de Willow me había causado había debido de ser más profunda de lo que creía. Iba a tener que pasar la noche en algún sitio cercano, bien escondida, antes de arriesgarme a intentar volver al campamento que habíamos montado.

Lo más sensato, al menos a mi parecer, sería intentar trepar a un árbol, el que fuera, y intentar hacer noche en lo alto. Así pues, sin apenas pararme a pensarlo, traté de trepar a aquel que me llevaba sosteniendo ya un buen rato, pero el intento acabó cayendo en saco roto: aunque me intentara aupar usando solo los brazos, la pierna herida me lastraba, y apenas si fui capaz de subir unos pocos metros antes de perder pie y caer de nuevo sobre el suelo.

Maldiciendo mi mala suerte, comencé a pensar con la máxima velocidad que podía exigirle a mis neuronas para tal cosa, intentando averiguar qué podía hacer ahora que ni subir a un árbol ni salir corriendo eran opciones viables para mí. Intenté regresar a los días pasados en el Centro de Entrenamiento, cuando los monitores nos daban lecciones sobre cómo encontrar un refugio o simplemente escondernos por si queríamos evitar que nos mataran mientras dormíamos. Lo cierto era que a dichas instrucciones no le había dedicado nada de tiempo, más que nada porque me había pasado la mayor parte de aquellos tres días manejando diferentes armas o simplemente haciendo ejercicios de agilidad, dejando la supervivencia bastante descuidada. Ahora no podía estar más enfadada conmigo misma y con mi estúpida arrogancia. De haber sido mínimamente inteligente, habría pasado aunque solo fuera unos segundos aprendiendo técnicas de construcción de refugios, o al menos a camuflarme un poco…

La idea del camuflaje, de buenas a primeras, comenzó a parecerme la más viable. No era muy buena intentando esconderme, pero confiaba en que si me recubría con hojas y me tiraba en el suelo, muy quieta, podría pasar desapercibida hasta que el sol volviera a salir y la luz me hiciera un objetivo visible. De hecho, mi piel olivácea era más idónea que una tez clara para esconderse, dado que no resultaba tan llamativa a la escasa luz que había, y si me cubría la cara de barro puede que incluso no se me viera si no se me prestaba atención. Claro que el suelo estaba bien seco, y no me hacía mucha gracia tener que desperdiciar el agua que aún quedaba en mi mochila mojando la tierra.

Decidí que, de momento, me tumbaría en el suelo y me recubriría de hojas. Recordé los matorrales donde antes me había medio ocultado, y cojeando como pude, volví sobre mis pasos, dejándome caer prácticamente bajo los mismos. Me encontraba recopilando hojas secas a mi alrededor, cuando comenzó a sonar el himno y el cielo se iluminó con el sello, para mostrarnos el recuento de bajas del día.

El primero en aparecer en el firmamento fue el chico del 7, para luego aparecer Willow; seguida ésta del sello nuevamente. Ya habían muerto 13, pero aún quedábamos 11 para jugar. Al menos me consolaba que mi alianza seguía en pie, aunque no sabía dónde ni cómo. ¿Se habrían conseguido juntar o vagarían solos por el bosque, intentando no caer en nuevas minas puestas por la loca de Nyxia? ¿Y ella, a todo esto? ¿Se habría escondido o estaría agazapada en algún rincón, acechando por si otro tributo descuidado caía en sus trampas? No sabía cuántas minas podría haber en la explanada de la Cornucopia, pero teniendo en cuenta la forma de ser de aquella chica, era muy probable que la noche previa la hubiera pasado sin dormir, excavando tenazmente hasta sacarlas todas, para luego irlas colocando en sitios que solo su retorcidamente sabría. Aunque teniendo en cuenta que solo llevábamos un día en la arena, confiaba en que no hubiera podido esconderlas todas; pero una cosa sí que me había quedado clara: mientras Nyxia siguiera viva, el suelo que pisaba no era seguro.

Suspiré, recubriéndome de hojas y acurrucándome bajo los arbustos para intentar dormir algo. Más no podía hacer de momento, y mañana debería estar descansada para intentar volver al campamento de mi alianza. Si tan solo dejara de hacer tanto fresco…

Me abroché la chaqueta hasta arriba, metiendo las manos en mis axilas, pero cuidándome de mantener un cuchillo en las mismas. No pensaba bajar la guardia ahora que estaba tan débil. Cerré los ojos y dejé que los suaves sonidos que plagaban la noche me adormecieran hasta que caí en un sueño ligero.


―Chrysta…

El leve susurro de mi nombre me hizo abrir los ojos de golpe, tensándome al momento. No veía nada, y al alzar la vista al cielo, pude ver que las estrellas habían desaparecido, aunque el firmamento seguía negro como la tinta. No había señal alguna de que estuviera amaneciendo, por lo que me era imposible determinar la hora que podría ser. El sol podría estar a punto de salir, o quizás aún quedaban horas de oscuridad.

―Chrysta…

De nuevo pude percibir aquel sonido, más parecido a un soplo de aire que a una persona que susurrase. Sentí como se me erizaba la piel, mientras que me encogía sobre mí misma, intentando hacerme lo más pequeña que podía. Dudaba que aquel susurro perteneciera a cualquiera de mis aliados, y la verdad, tampoco me hacía mucha ilusión saber de dónde provenía. Había aprendido a que, en la arena, había cosas que era mejor no conocer. No olvidaba los pavorosos esqueletos de osos que soltaron en los Segundos Juegos, y que nos persiguieron durante lo que a mí me parecieron horas. Si habían logrado construir esos seres hacía tantos años, ¿qué podrían llegar a hacer ahora? Estaba casi segura de que, fuera lo que fuese lo que el Capitolio hubiera preparado para soltar en esta edición de los Juegos, iba a hacer que los mutos de antaño parecieran animales domésticos. Teniendo en cuenta que habían recolectado a los tributos, según ellos, más feroces, ¿no harían lo mismo con los demás alicientes de los Juegos?

―¡Chrysta! ―la voz susurrante ya no parecía estar buscándome, sino que su tono tenía un cierto matiz de triunfo, y para horror mío, sonó demasiado cerca. Fuera lo que fuese, estaba allí, justo a mi lado; casi podía sentir la presencia de aquello que se arrastraba por la arena, pronunciando mi nombre.

Sentí las hojas caídas crujir al paso de aquello que me llamaba, y luego, para mi gran alivio, silencio. Aquella cosa debería de haberse ido ya, quizás a la búsqueda de otro tributo al que torturar. Bueno, mientras no fuera yo su víctima, como que me daba igual.

Me disponía a intentar dormirme de nuevo, cuando de buenas a primeras sentí como algo huesudo me aferraba la pierna sana y tiraba de mí, sacándome de mi escondite. Grité, asustada, intentando acuchillar aquello que me arrastraba, mientras pataleaba con fuerza, tratando de soltar el agarre que me tenía presa. Sin embargo, mis intentos fueron vanos, pues aquella cosa que me sujetaba se clavó en mí con más fuerza, sacándome por completo de mi improvisado escondite. Y una vez fuera, pude mirar a la cara a aquella criatura que me había atrapado; la cual hizo que de nuevo en esa noche volvieran a resonar mis gritos al ver su aspecto. Mi sospecha había sido cierta: el Capitolio nos tenía deparado algo peor que los esqueletos.