El Sonido del Silencio

CAPITULO XV: Un muro que no se puede demoler

¡Basta de silencios! ¡Gritad con cien mil lenguas! porque, por haber callado, ¡el mundo está podrido!
Santa Catalina de Siena (1347-1380) Religiosa italiana.


El lunes fue peor de lo que Hanamichi esperaba.

La semana anterior tras ser expulsado del equipo por copiar, cuando el viernes los profesores habían dado las notas en clase ya había notado como todo el mundo cuchicheaba a su alrededor y durante los minutos entre clase y clase había visto asomarse gente de otras clases que, estaba seguro, solo habían ido para verle. Había aguantado hasta la hora de comer cuando casi se pelea con un pobre diablo de primero que estaba en el lugar equivocado en el momento equivocado. Y había acabado de pasar el resto de la mañana castigado en el despacho del subdirector por ello. Al irse a casa mientras sus compañeros iban al gimnasio a entrenar pensó que las cosas no podrían ir peor.

Había pensado que el lunes la gente ya tendría nuevos chismes a comentar que la acusación de haber copiado en los exámenes de lengua y matemáticas.

Pero no había sido así.

Solo llegar notó como de nuevo la gente cuchicheaba a su alrededor.

Sabía lo insólita que era una acusación por copiar. Y que era una acusación grabe que constaría en su expediente y que podía llegar a una expulsión. Pero no tenía intención de aguantar esa situación toda la mañana como había hecho el viernes así que antes que la gente entrara en el edificio se plantó en las escaleras de la entrada y mirándoles acusadoramente gritó:

—Si alguien de vosotros tiene algo que decirme que lo haga a la cara o que calle. Como encuentre a otro mentecato hablando de mí a mis espaldas no lo contará. ¿Queda claro?

—Hanamichi —le dijo alguien detrás de él.

—¡¿Qué?! —gritó exasperado y algo asustado porque no había notado que tenía nadie detrás.

—¡Nada! —le gritó su amigo rubio marchándose por donde había venido poco acostumbrado a esos arranques del jefe de la banda de un modo tan unipersonal y sin motivo aparente.

Cabreado, Hanamichi entró en clase y se sentó de nuevo en el pupitre de delante de la clase. Si ese par de profesores pensaban que con acusarle de copiar él se iba a asustar y volver al fondo de la clase con la cola entre las piernas sin chistar es que no conocían a Hanamichi Sakuragi. Ellos le habían sentado allí, ahora tendrían que aguantarle.

A pesar de la rabia que le carcomía por dentro, durante el fin de semana había hecho todos los deberes y había practicado los ejercicios de matemáticas. Ése profesor acosador no iba a pillarle desprevenido dos veces. No volvería a hacerle salir a la tarima para hacerle quedar en ridículo, no pudiendo evitarlo. Y menos ahora que tendría las tardes libres completamente. Pensó amargamente mientras sacaba la libreta.

Efectivamente el profesor le había hecho salir a la tarima de nuevo al verle sentado en primera fila con la mirada desafiante. Enfadado por lo que consideraba una osadía por parte de su alumno más problemático, el profesor intentó dejarle en ridículo de nuevo. Así que para que no pudiera resolverlo optó por ponerle el ejercicio más difícil que había en el libro de ése tema, el último de la lista de problemas.

Gracias a haberse mirado todos los ejercicios de la lección que estaban dando Hanamichi pudo salir del paso casi sin hacer ni un fallo. Y toda la clase consciente de la dificultad del ejercicio le aplaudió cuando lo terminó.

—Yo no copié en su examen —murmuró Hanamichi cuando le devolvió la tiza a su profesor antes de sentarse en un tono lo suficientemente alto como para que todos le oyeran.

Los aplausos de sus compañeros le habían hecho sentir algo mejor, pero de todos modos seguía acusado de copiar y no tenía modo de demostrar que no lo había hecho sin hacer el examen de nuevo, y eso era algo que no pensaba hacer. Así se quedara sin baloncesto, su honor era más importante, sobretodo si los del equipo no le creían capaz de haber aprobado. Pues, en tal caso, ¿qué sentido tenía luchar para que le readmitieran? Desde luego no quería pertenecer a un equipo dónde le consideraban tramposo e idiota.

Sabía que muchas de las veces que Rukawa o cualquier otro le había llamado idiota en la cancha habían tenido algún motivo, pero de ahí a que creyeran realmente que era tan corto como para copiar, o peor tan burro de hacerlo y dejar que le pillaran, había una gran diferencia que no estaba dispuesto a soportar.

Mientras la profesora de caligrafía les hacía repetir los nuevos kangis de la semana una y otra vez Hanamichi no podía dejar de pensar en todo eso.

Se le ocurrió que tenía derecho a pedir una revisión de examen, ¿pero si lo iban a revisar los mismos profesores de qué iba a servirle eso? Quizá si le dejaban verlos, él podría ver algo en ellos que le ayudara a demostrar que esos exámenes eran hechos por él, solo por él, sin ayuda de nadie. Pero estaba seguro que si los pedía no se los dejarían ver, le dirían que los habían extraviado o algo…

Si como mínimo Kaede, u otro alumno si es que lo había, llegara a acusar al profesor de querer propasarse, si la reputación del profesor quedara mancillada… de ése modo quizá entonces su palabra al decir que Hanamichi había copiado dejaría de tener valor y a él le escucharía alguien al decir que no había copiado en ése examen.

A la hora de comer salió del aula sin decirles nada a sus amigos y se dirigió directamente a la terraza para encontrarse con Rukawa. Tenía que saber si él tenía alguna intención de denunciar al profesor. Aunque mientras subía las escaleras no podía dejar de preguntarse como podía sonsacarle esa información sin confesarle que había oído todo la tarde que el profesor quiso propasarse con él.

«¿Habría sido esa la única vez?» se le ocurrió de pronto a Hanamichi.

—¿Huyendo? —le dijo una voz detrás de él cuando Hanamichi estaba abriendo la puerta de la terraza, sacándole de sus pensamientos de golpe.

—Maldito zorro estúpido, vas a provocarme un ataque cardíaco. No te acerques así por detrás de la gente. No ves que es de mala educación —le reprochó con la mano en el pecho, notando su corazón latir aceleradamente por el susto.

—Si ahora estás sordo no culpes a los demás. Te he llamado desde el pie de la escalera pero no has contestado —le dijo el moreno enfadado saliendo y dejándole a él en la puerta colocando la piedra que la mantendría abierta para luego poder volver a entrar.

—No sabes nada, maldito zorro. Deberías dejar de meterte en la vida de los demás y empezar a preocuparte de tus propios problema ¿no crees? —le increpó enfadado porque había tocado un punto sensible con lo de la sordera.

—Si hablas por el examen, no es un problema— contestó altivamente Kaede.

—Sí, ya lo demostraste —se mofó Hanamichi. Pero Rukawa no le siguió el juego—. Si no apruebas, el entrenador no te va a dejar volver al equipo aunque seas su jugador preferido —le dijo algo más serio.

Kaede se giró hacia él y le miró fijamente a los ojos sin decir nada y, por un instante, Hanamichi sintió el mismo nerviosismo en el estómago que cuando Takeshi se le quedaba mirando demasiado rato y se sonrojó.

—Creí que a estas alturas ya no te sonrojabas al decir semejantes estupideces —le dijo Kaede con lo que parecía una sonrisa en los labios.

—¿Quién se ha sonrojado? —dijo alzando la voz enfadado alejándose unos pasos de él—. Estúpido cretino —murmuró muy bajito. Luego se giró y añadió más calmado—, además lo que he dicho no es ninguna estupidez. Ese profesor es un hijo de puta que te va a putear tanto como pueda así que más te vale aplicarte en ese examen.

—Ya te he dicho que el puto examen no es un problema.

—¡Habló el genio! —exclamó Hanamichi—. Pero tienes razón, no debería preocuparme más, total yo ya no estoy en el equipo.

Kaede volvió a quedarse callado mirándole penetrantemente y Hanamichi sintió que los colores le volvían a las mejillas así que antes de que fuera demasiado evidente apartó la mirada de él y se dirigió a la barandilla dónde se quedó recostado mirando al patio.

Tras unos instantes Hanamichi notó como el moreno se había puesto a su lado. Y se preguntó confundido por qué a pesar de que solo discutían inútilmente prefería quedarse allí arriba con él a bajar a los jardines donde sus amigos comían alegremente, de nuevo sin esperarle.

—Si haces el examen volverás al equipo— dijo simplemente Rukawa, pasado un rato, rompiendo el silencio inesperadamente.

—No pienso hacer el puto examen— exclamó exaltado Hanamichi—. Pensé que tú, de entre todos, lo entenderías. No copié. Y no dejaré que ese par de cabrones hijos de puta digan que…

—¿Pero qué más da lo que digan? ¿Dejarás el equipo solo por eso? —intentó hacerle razonar Rukawa.

—Si crees que quiero dejar el equipo o que me da igual es que me conoces poco Rukawa. No puedo… no voy a dejar que me acusen de algo así solo porque pueden hacerlo. No es justo. Y no daré mi brazo a torcer para poder volver a jugar. Mi orgullo y mis valores valen más que eso.

—El orgullo no sirve de nada —dijo Kaede despectivamente mirando a la los tejados de los edificios cercanos.

—¡Mira quien fue a hablar!

—No confundas las cosas, que sepa que soy bueno en la cancha y no me esconda por ello no quiere decir que sea un orgulloso —le dijo duramente mirándole a los ojos. Desafiante.

Hanamichi no soportó que le retara de ese modo y le escupió entre dientes enfadado:

—¿Entonces si un profe se pasara contigo no harías nada? —había doble sentido en esa pregunta, Hanamichi lo sabía y Kaede también.

—No dejaría que además de joderme el muy hijo de puta me apartara de las canchas— murmuró mucho menos seguro que de costumbre.

—Eres idiota. ¿Me estás diciendo que eres de los que escondes la cabeza bajo el ala? —continuó retándole Hanamichi.

No sabía porque Rukawa no había dicho nada de la conducta del profesor, pero no esperaba que hubiera sido por miedo. Miedo a perder contra ese hombre y que le apartaran del equipo.

—No. Pero luchar no es siempre la mejor opción. A veces sale mejor dejar de darse cabezazos contra una pared que nunca podrás mover y dejarse llevar por la corriente.

De nuevo las palabras de Kaede estaban tintadas de algo que Hanamichi no supo identificar, pero no era nada bueno, de eso estaba seguro.

—Pero no existen las paredes que no se puedan derribar.

—Sí existen. O quizá no. ¿Pero a qué precio? Personalmente considero que perderte como jugador es mucho peor que en tu currículo conste una acusación de copiar idiota. De todos modos si no das el examen te suspenderán igual. ¿Y entonces de qué habrá servido no hacerlo?

—No quiero que todos piensen que he copiado —le contestó Hanamichi.

—Si no haces el examen todos pensaran que copiaste y que ahora tienes miedo de hacerlo porque no lo aprobarías de nuevo.

—Y quizá no lo aprobaría, pero no copié. Y desde luego no tengo miedo de ese canalla abusador pervertido que…

—¿Pervertido? —preguntó sorprendido y Hanamichi juraría que también algo asustado Rukawa.

Hanamichi dudó unos instantes antes de aclarar porqué lo acusaba de pervertido. Era una apuesta arriesgada porque nada de lo que había oído esa tarde a escondidas en el pasillo era algo más que poco profesional, pero el tono que había usado el profesor le había dejado mal cuerpo a Hanamichi y sabía que Kaede no hablaría fácilmente. Hanamichi esperaba que quizá exagerando los cargos Kaede los negaría admitiendo que el profe se dedicaba a favorecer a algunos alumnos, entre ellos a Kaede, mientras martirizaba a otros, entre ellos Hanamichi, pero nada más.

—Sí. El muy hijo de puta se dedica a acosar estudiantes. ¿No lo sabías? —añadió a la expectativa.

—Acusar un profesor de algo así es algo grave Hanamichi, y peligroso —añadió en voz baja.

—Y por eso no le he acusado de ello. Además no es a mí a quien ha intentado seducir. Yo solo soy un testigo. Si el chico que lo sufrió no quiere plantar cara yo no puedo hacer nada.

Dicho eso Hanamichi no apartó un ojo de Rukawa a la espera de su reacción. Seguía nervioso. No negó lo del intento de seducción y no reaccionó a la acusación de cobarde, eso no le encajaba y no era para nada lo que Hanamichi esperaba.

—No es cuestión de querer plantar cara —dijo Kaede pasados unos instantes mucho más calmado de lo que Hanamichi esperaba, aunque también mas pálido de lo habitual—. Una acusación de ese tipo involucraría la policía. ¿Lo sabes, no?

Hanamichi se lo pensó un segundo antes de decir lo que pensaba.

—Precisamente porque que ya no es una cuestión de un suspenso más en el expediente Kaede.

El tono duro y serio con que fueron dichas esas palabras asustaron a Kaede. Pero eso no detuvo a Hanamichi que añadió:

—No puedes callar algo así —le acusó directamente.

—¿Cómo sabes que…? —dijo sin negar nada, poniéndose más nervioso todavía.

—Ya te lo he dicho —dijo en un tono mucho más relajado—. Soy testigo. Le escuché hacerte proposiciones fuera de lugar el otro día en el pasillo. A la hora de comer —añadió.

Hanamichi le vio perder todo color. Nunca pensó que Kaede pudiera estar tan pálido.

—¿Sólo oíste lo del pasillo? —murmuró con un hilo de voz.

—¿Hubo más? —preguntó sorprendido y Hanamichi se asustó ante la posibilidad de que el profesor hubiera llegado más lejos de lo que él había oído.

Kaede se alejó de él con la mirada gacha y sin responder. Esa actitud era aún más preocupante.

—Kaede no te vayas —le dijo entonces Hanamichi—. No quería… es decir lo siento, yo no… no tengo ningún derecho a preguntarte algo así. No hace falta que me lo cuentes sin no te apetece. Pero no te vayas.

Por encima de otra cosa ahora no quería dejarle solo. Se sentía muy mal porque había empezado a sonsacarle el porqué no había acusado al profesor para sacar partido, para que la credibilidad del profesor se fuera al traste y así poder volver al equipo. Pero se había encontrado con un problema mucho mayor y que no tenía ni idea de cómo afrontar.

Kaede se giró y le miró sorprendido por el tono de súplica de su compañero. Había recuperado algo de color en las mejillas, de echo a Hanamichi le pareció incluso que se había sonrojado.

—Solo quiero que sepas que si le denuncias yo te apoyaré —murmuró sin estar seguro de si eso era lo que debía decir a pesar de que era lo que sentía. Pasara lo que pasara le daría su apoyo incondicionalmente en ese tema.

—¿De qué serviría hacerlo? ¿Quién creería a un par de críos problemáticos como nosotros? —un atisbo de humedad en esos profundos ojos azules, ahora más oscuros que nunca, le hizo perder la capacidad de hablar.

—Pero… —balbuceó Hanamichi incapaz de expresar las palabras de apoyo que sentía que el moreno necesitaba.

Kaede solo hizo que no con la cabeza y se dirigió a la puerta.

—Hay muros que no se pueden derribar Hanamichi —dijo entrando de nuevo en el edificio.

Esa había sido la primera vez que Kaede le llamara por su nombre, y el corazón le dio un vuelco extraño. Un muro acababa de caer entre ellos.

Hanamichi no se lo pensó dos veces en seguirle.

—¡Kaede espera! —le gritó bajando corriendo las escaleras hasta alcanzarle del brazo—. Espera… —murmuró mirándole a los ojos.

—¿Qué quieres? —le preguntó algo rudo Rukawa. De repente parecía agotado, toda la fuerza que habitualmente mostraba se había desvanecido en el aire como por arte de magia.

Pero Hanamichi no sabía qué contestarle. No sabía porqué había salido corriendo detrás de él de ese modo, simplemente había seguido un impulso.

—Yo… —balbuceó mirando su mano en el antebrazo de Rukawa. Le soltó y entonces al mirarle a los ojos dijo sin dudar—. No deberías andar solo por el instituto. Ése cabrón podría intentar…

—Puedo defenderme perfectamente —pero el tono con que lo dijo no fue lo bastante convincente para ninguno de los dos.

—Lo sé. Pero aún así…

A Hanamichi se le heló la sangre cuando Kaede bajó la cabeza hasta recostar la frente en su hombro y notó como lo hombros del muchacho hacían movimientos sincopados. Estaba llorando.

Sintiendo algo en su interior estrujarse Hanamichi le rodeó con sus brazos y le abrazó firmemente.

Pasado un rato Hanamichi notó que Kaede ya no lloraba. Aunque de todos modos no quería soltarle. Y el cuerpo de Kaede pegado al suyo le hacía pensar que el moreno tampoco quería que le soltara.

—Gracias —murmuró Kaede sin levantar la cabeza de su hombro.

—Aunque no le denuncies, no estás solo en esto, ¿vale? —Kaede no dijo nada pero una leve mueca de sonrisa curvó sus labios.

Sin decir nada más Hanamichi le tendió una mano a Kaede y éste la tomó algo indeciso, pero se dejó arrastrar sin reproches hacia la terraza de nuevo. Donde Hanamichi le indicó que se sentara para comer los dos juntos.

Fue una comida rápida y silenciosa.

Poco antes que sonara el timbre de inicio de las clases de la tarde entraron al edificio cerrando la puerta tras ellos. Pero antes de poder bajar un solo escalón Hanamichi notó que Rukawa lo detenía por el brazo.

—No se lo digas a nadie. Por favor —le pidió acercándose a él.

—Lo prometo —murmuró Hanamichi que apenas si podía distinguir a su compañero en la oscuridad de la escalera.

Antes de poder reaccionar Hanamichi notó como Kaede anulaba la distancia que los separaba y le besaba suavemente en la mejilla.

—Gracias —murmuró Kaede antes de irse corriendo escaleras abajo en el mismo instante que el timbre sonaba.

Hanamichi estaba tan perplejo por el acto de su compañero que cuando se dio cuenta el timbre ya había dejado de sonar y llegaba tarde a clase.

... continuará ...


Grissina: Bueno, ahora sí, me voy a encerrar en mi refugio antes de que la horda de fans de Rukawa intente algo XD

Y ¿visteis? ya hubo un beso! XD

Gracias por todo el apoyo que recibo en los reviews, son una gran fuente de energía e inspiración. Gracias.

PS: sé que hay quien tuvo muchas dudas con lo del capítulo anterior, si me mandáis un mail, un mensaje privado de la web o un review firmado o anónimo pero con una dirección a la que responder intentaré aclararlo todo lo que pueda.