…El Sonido del Silencio…
CAPITULO XVI: Acúfeno
¿Qué soledad es más solitaria que la desconfianza?
George Eliot (1819-1880) Seudónimo de Mary Anne Evans. Novelista británica
Los gritos de su madre todavía resonaban en su cabeza. Había llegado una carta del director explicándole lo del examen. Se había enfadado tanto con él que ni siquiera le había dejado tiempo de decir nada entre grito y grito, y al final se había ido a pasear para relajarse un poco dejándole solo en casa, castigado sin televisión ni teléfono indefinidamente.
Hanamichi se había quedado tumbado en la cama con dolor de cabeza pensando que al fin y al cabo todo era culpa suya. Él había querido sacarse los profesores de encima estudiando para aprobar los siguientes exámenes y lo había logrado, había aprobado y con nota, pero por lo visto con demasiada nota.
Era evidente que hacer el puñetero examen de nuevo y aprobarlo, quizá con menos nota, iba a ser suficiente para volver todo a donde estaba antes, dónde él era inocente pero el último de la clase. Y no quería volver a esos días. Se había dado cuenta que sacar buenas notas no era tan complicado, o como mínimo no era imposible para él, como todos esos profesores decían. Por primera vez se había sentido orgulloso de si mismo al hacer bien los deberes, al poder responder las preguntas en clase. Y le gustaba esa sensación. No quería volver a ser el payaso idiota de la clase.
—Cabrones —murmuró pensando en los profesores.
Entonces le vino Kaede a la mente y una sensación muy distinta al enojo se apoderó de él.
Instintivamente llevó su mano a su mejilla recordando la cálida sensación de los labios de Kaede.
«Debería estar enfadado por que me dio un beso» pensó sin entender nada.
Cuando se durmió su madre todavía no había llegado.
Se despertó en mitad de la noche cuando todavía estaba oscuro. Se sintió desorientado no sabía qué hora era. Un escalofrío le recorrió la espalda. Se había dormido vestido encima de la cama sin taparse y había cogido frío.
Temblando se incorporó, pero no pudo evitar la desagradable sensación de mareo que empezaba a hacerse demasiado habitual para su gusto.
Muy soñoliento se quitó los pantalones y la camisa y se metió debajo las colchas sumiéndose en un sueño intranquilo.
Se despertó de nuevo al despuntar el día con la desagradable certeza que no iba a poder ir a la escuela ese día.
El molesto pitido en su oído había vuelto. Asustado por si volvía a tener un ataque de vértigo no quiso moverse y esperó a que su madre asomase la cabeza en su habitación para levantarle para decirle lo que ocurría.
—No te muevas cariño, voy a llamar al médico, y luego llamaré al trabajo para avisar que no iré y…
—Mamá —la detuvo Hanamichi—. No hace falta. Con que me lleves al hospital a primera hora y me recojas al medio día hay suficiente. No hace falta que te quedes. Además seguro que no es para tanto y…
—Pero hijo…
—Mamá, estaré bien. Seguro que el doctor querrá hacerme algunas pruebas. ¿Y qué harás tú entonces? Perderás una mañana de trabajo para nada.
Su madre no estaba de acuerdo con ese racionamiento y la discusión duró hasta que llegaron al hospital, ella se sentía mal por dejarle solo. Pero al final Hanamichi pudo convencerla de que no hacía falta que se quedara con él, que él iba a estar bien.
Sentado en la sala de espera Hanamichi esperaba a que le llamaran para que le viera el doctor viendo pasar a la gente.
Enfermeras con las manos llenas de historiales entrando y saliendo de las consultas, algunos camilleros que llevaban a pacientes de urgencias a radiología o de radiología a la zona de cirugía. Otros enfermos que como él esperaban que les atendieran.
Había una mujer con una niña pequeña que no dejaba de llorar. Las observó durante cinco minutos viendo los vanos intentos de la madre para calmar a su hija hasta que algo tembloroso se acercó a ellas y saludó a la señora, que al verle tan alto y con su inusual color de pelo le miró asustada.
—¿Qué le ocurre a su hija? —decidió preguntar directamente, sin saber si la mujer iba a estallar en sollozos como su hija.
La mujer balbuceó algo de dolor de barriga y Hanamichi decidió no decirle nada más antes de que se echara a llorar o peor a gritar. Decidido se agachó hasta quedar a la altura de la pequeña y le miró a los ojos.
Por un momento ella le miró asustada parando de sollozar a la espera de qué haría ese tipo extraño.
—¿Has visto nunca un pez globo? —le preguntó Hanamichi calidamente con una leve sonrisa en los labios desando que la pequeña no se asustara.
Ella hizo que sí con la cabeza algo asustada todavía y Hanamichi miró a la madre antes de seguir. Al ver que la mujer le miraba con menos desconfianza volvió a mirar a la pequeña y le dijo:
—Entonces sabrás decirme si me parezco a uno… —y acto seguido se puso a hacer caretas y payasadas para hacer reía la niña.
Primero ésta lo miró asustada, pero pronto no pudo aguantar la risa ante las caretas que le ponía el extraño pelirrojo y estalló a reír olvidándose del llanto y de su dolor de estómago.
La madre aliviada de ver a su hija reír le siguió la broma al joven y rió con ellos. Hasta que les llamaron y entonces le dio las gracias por conseguir distraer a su pequeña, e hizo que ella le diera también las gracias.
Hanamichi se sintió en el cielo cuando la pequeña se le acercó y tiernamente le abrazó para demostrarle su cariño por ese rato de diversión ante la cara algo horrorizada de su madre que no aprobaba ése tipo de comportamientos con un extraño.
Cuando Hanamichi se estaba levantando del suelo donde se había arrodillado para estar con la niña Takeshi pasó por allí.
—¿Hanamichi? —dijo el enfermero sorprendido de verle allí.
—Hola —le saludó Hanamichi girándose sobresaltado y seguidamente sentándose en la silla que había ocupado la niña. Se había mareado de nuevo al levantarse demasiado deprisa.
—Debes ir más despacio —le reprendió Takeshi sentándose a su lado.
—No me des la vara, ya lo sé, soy yo el que sufro el mareo, gracias —espetó Hanamichi sarcásticamente. No sabía porque la presencia de ése misterioso enfermero metomentodo lograba sacarle las frases más envenenadas.
—¿Vuelves a marearte?
—No —dijo Hanamichi abriendo por fin los ojos—. El jodido oído no deja de zumbar. La vez pasada todo empezó con un zumbido así que pensé que…
—Pensaste que podrías tener otro ataque, ya entiendo. ¿Sabe el doctor que estás aquí?— le dijo tomándole la muñeca y controlándole el pulso de forma automática.
—Claro que lo sabe —le respondió mirando algo escéptico como el otro le tomaba el pulso. Luego no pudo evitar añadir—, ¿crees que me estaría aquí tan tranquilo si no lo supiera? Pero tiene visitas y debo esperarme.
—Dame dos minutos —dijo Takeshi sin prestar atención al tono de Hanamichi, levantándose y marchándose pasillo abajo a paso ligero.
Hanamichi le observó alejarse. No sabía qué pensar de ése tipo. Algo en él le crispaba, pero de igual manera sentía muchísima curiosidad por él.
Efectivamente unos minutos después Takeshi volvía por el mismo pasillo llevando consigo una silla de ruedas.
—¿Otra vez? —preguntó más resignado que disgustado. No se sentía seguro para empezara a andar de un lado a otro del hospital pero tampoco lo admitiría ante nadie.
—Sí —contestó Takeshi sin inmutarse acercando la silla a él para que se sentara en ella.
Hanamichi decidió no discutir con él por eso. Y una vez sentado Takeshi se lo llevó por otro pasillo.
—¿A dónde vamos? La consulta del doctor está hacia el otro lado —murmuró Hanamichi no muy tranquilo.
—He hablado con el doctor. Yo te haré las pruebas y después él se mirará los resultados.
Ninguno de los dos dijo nada por un rato. Hanamichi estaba preocupado. No se había acabado de creer del todo lo de que podía llegar a perder capacidad auditiva. Porque aunque se asustó con lo del vértigo una vez se encontró mejor confió en que su salud ya no empeoraría si iba con cuidado. Y había ido con cuidado. Pero aun así allí estaba y eso sí le preocupaba pues demostraba que su capacidad auditiva no estaba en sus manos, por lo que no podía hacer nada para evitar perderla y eso no le gustaba nada, le asustaba.
Sin decir nada Hanamichi dejó que el enfermero empezara a hacerle las mismas pruebas que le había hecho unas semanas atrás.
Acabada la primera prueba que Hanamichi había hecho casi sin hablar se decidió a preguntarle:
—Takeshi… —murmuró dándose cuanta que era la primera vez que lo llamaba por su nombre.
—¿Sí? —dijo el otro sin dejar de manipular la siguiente máquina que iba a usar.
—Si tengo otro ataque… ¿perderé oído?
—Primero hemos de ver si esto es un aviso de un nuevo ataque, o es otra cosa.
—¿Otra cosa? —preguntó entre asustado y esperanzado.
—Hanamichi —dijo acercándose a él dejando la máquina por unos instantes—. Seguramente no soy quien para preguntarte esto pero…
Por un momento Hanamichi se asustó sin saber muy bien porqué de lo que pudiera llegar a preguntarle Takeshi y de lo que él debería contestarle.
—… ¿últimamente has…, no sé, tenido problemas o has estado preocupado o…?
—¿Para qué quieres saberlo? —preguntó escéptico Hanamichi. Ciertamente no había estado precisamente tranquilo.
—No me interesan lo más mínimo los problemas de un adolescente conflictivo y confundido como tú si es eso lo que te preocupa, ya he oído bastante de eso —le espetó de forma ruda. Luego más calmado le dijo— lo pregunto porque puede que esos problemas que has tenido sean la causa del acúfeno.
—Yo no he dicho que tenga problemas. ¡Y no estoy confundido!
—A tu edad, todos estamos confundidos Hanamichi. Y si no estuvieras preocupado por tus problemas no te habría ofendido que preguntara.
—¡Que manía! Yo no tengo problemas.
—Todo el mundo tiene problemas.
—Te crees que lo sabes todo… —empezó a decir exaltado.
—No. Pero sé más…
—Sí, más que yo, no hace falta que lo digas. Todos los adultos decís lo mismo. ¿Y lo peor sabes que es?
—Ilústrame —dijo Takeshi mirándole a los ojos y sorprendiéndose de la increíble intensidad con la que le miraban ésas orbes avellanadas, desafiándole, retándole sin miedo alguno, dejando ver una alma muy pura todavía a pesar de todo.
—… que os lo creéis de verdad. Creéis que porque algo os ocurrió a vosotros a todo el mundo le sucede lo mismo. La voz de la experiencia lo llamáis. ¡Y un cuerno! —exclamó enfadado Hanamichi, que no sabía muy bien porqué le enfadaba tanto lo que Takeshi le había dicho.
Por un momento Hanamichi pensó que los ojos negros del enfermero le iban a atravesar, tan intensa era la mirada de Takeshi en él. Que a pesar de todo lo dicho no había reaccionado de ningún modo.
—Quizá estoy equivocado, pero cuando uno está nervioso el cuerpo falla por aquello que tiene más delicado —dijo Takeshi sin entrar en sus provocaciones—. Hay quien tiene migrañas, hay quien sufre de dolor de barriga, en tu caso creo que te ha atacado al oído y te ha provocado el acúfeno.
—¿De verdad? —dijo sarcástico de nuevo Hanamichi—. Entonces si tienes razón es que miento y tengo un problema sin resolver y si no tienes razón entonces sí que tengo un problema.
—No, en ése caso tendrás dos problemas.
—Eres un…
—Pero como he dicho antes, por eso te hacemos estas pruebas.
Hanamichi calló un largo rato dejándose hacer la siguiente prueba sin volver a abrir la boca.
—Si tienes razón —murmuró cuando el enfermero le llevaba de nuevo a la sala de espera —y todo esto es por los problemas que…, bueno…
—Si logras solucionarlos el acúfeno probablemente desaparecerá.
—No sé si tienen solución —admitió Hanamichi pensando en Kaede y el profesor de mates, en el examen de recuperación y el equipo, en sus amigos…
—Claro. Si supieras como solucionarlos ya lo habrías hecho. Pero eso no quiere decir que no tengan solución.
Hanamichi no dijo nada más y terminaron las pruebas en silencio.
Por el espejo del ascensor veía a Takeshi mirarle, estaban solos, y no estaba seguro de qué le daba mas miedo si decirle a Takeshi todo lo que le estaba preocupando o si no tener a nadie con quien hablar de todo ello. Y sin haberse dado cuenta Hanamichi ya había susurrado:
—No quiero perder el oído.
—Lo sé —dijo agachándose frente a Hanamichi para que le mirara a los ojos. Tímidamente Takeshi levantó la mano hasta acariciar la mejilla de Hanamichi—. Ojala pudiera decirte que todo irá bien…
—No quiero que…
—Lo sé —le cortó Takeshi cogiéndole de las manos—. Te prometo que, pase lo que pase, no estarás sólo en esto Hanamichi.
—Lo sé —murmuró Hanamichi sonriendo levemente—. Gracias —le susurró cuando Takeshi le devolvió la sonrisa sin llegar a soltarle la mano.
El doctor le atendió pocos minutos después. Le dijo que las pruebas no indicaban ningún tipo de pérdida respecto las hechas unas semanas antes, pero le instó a volver si sentía que un nuevo ataque podía llegar y sobretodo si notaba pérdidas de oído.
Al salir de la consulta, algo más tranquilo Hanamichi detuvo a Takeshi antes de que éste se fuera y le dijo:
—Gracias.
—No dejes de cuidarte —le dijo Takeshi.
—Eso está hecho —rió Hanamichi y luego se despidió hasta el sábado.
... continuará ...
