El Sonido del Silencio

CAPITULO XIX: Sin palabras

El silencio es el ruido más fuerte, quizás el más fuerte de los ruidos.
Miles Davis (1926-1991) Músico de jazz estadounidense.



Después de una semana horrible lo último que le apetecía era volver al colegio un último día, día en que con una alta probabilidad se harían los malditos exámenes de recuperación. Pero no quería tener más problemas con su madre así que despacio y con desgana se vistió y casi sin desayunar salió de casa.

Al llegar se dio cuenta que ya no había tanta gente pendiente de él y en parte agradeció que los cotilleos del instituto fueran un fenómeno tan efímero. Aunque el no ser el centro de todas las miradas le hacía sentir más solo todavía y tener miedo de ser olvidado; en poco tiempo ya no sería más la estrella del equipo porque no volvería a él y tampoco podría seguir siendo el más temido del instituto porque no podía volver a pelear.

En clase Yohei y los chicos estaba en un rincón hablando muy bajito y cuando él entró y les miró ellos le miraron un instante para girarse a hablar entre ellos de nuevo, cerrándose más en un círculo dónde claramente le dejaban fuera.

—Perfecto —murmuró sentándose sin ganas en su nueva silla a primera fila.

Entonces llegó la profesora de historia y empezó la clase.

—Si no fuera un genio que sabe que todo se solucionará me deprimiría tanto que… —murmuraba mientras andaba por los pasillos del colegio de camino al aula.

La profesora de historia se había dejado unos papeles en la sala de profesores y le había mandado a buscarlos solo cinco minutos después de haber empezado.

Todos en clase se dieron cuenta que lo mandaba a él para sacárselo de encima un rato, pero nadie dijo nada. Hanamichi empezaba a tener la sensación de ser un apestado al que nadie quería cerca.

Y entonces Hanamichi vio algo que le heló la sangre: Al final del pasadizo, justo al lado de las escaleras de emergencia, en un rincón por el que nadie pasaba nunca, Kaede estaba acorralado contra una pared por el profesor de mates, sus caras peligrosamente cerca la una de la otra y una de las manos de Kaede en el pechó del profesor.

Iba a gritar para que el degenerado ése se apartara de él, ya tenía los pulmones llenos de aire, cuando algo más increíble todavía sucedió. La mano de Kaede en el pecho del profesor lo agarró de la solapa y lo acercó más todavía a él, Hanamichi pensó que finalmente Kaede le plantaría cara y le pondría en su sitio como debería haber hecho desde el primer momento, pero Kaede, en vez de eso, le besó.

El impacto de esa imagen en Hanamichi fue tanto que le cayeron de las manos todos los papeles de la profesora de historia con un gran estrépito en el vacío corredor.

Instantes después el eco de los papeles al caer al suelo seguía resonando en su cabeza, y Hanamichi se dio cuenta que había dejado de respirar, pero cuando intentó coger aire no pudo. Tenía los pulmones llenos de aire que había cogido para gritarle a ese profesor que sacara sus sucias manos de Kaede y ahora no podía sacarlo, se le había atragantado ahogándole lentamente. Necesitaba aire y no podía respirar.

Se agobió.

Vio a Kaede y el profesor separarse bruscamente, y le pareció que el profesor decía algo y luego Kaede iba hacia él casi corriendo. Pero no podía entender nada. Todo iba demasiado deprisa y a la vez era como verlo a cámara lenta. Y seguía sin poder respirar.

Antes de darse cuenta de ello Hanamichi se había desmayado.

Despertó en la enfermería. Todo estaba en silencio en la pequeña blanca habitación. El reloj marcaba que ya era medio día. El sol entraba por la ventana. Estaba solo y no recordaba haber ido hasta allí.

Entonces recordó la escena del pasadizo y se le revolvió el estómago. Sin saber muy bien porqué se le llenaron los ojos de lágrimas y en un intento de retenerlas cerró los ojos e intentó reestablecer su respiración. Lo estaba logrando cuando una mano en su brazo le sobresaltó, no había oído entrar a nadie.

Era su madre.

—¿Mamá? —preguntó desorientado. Pero algo raro sucedía. ¿No tenía voz?

Vio los labios de su madre moverse, pero no pudo oír nada. Y se asustó al darse cuenta de lo que eso significaba.

«No te oigo» gesticuló Hanamichi para que su madre comprendiera.

«Tranquilo» gesticuló ella de regreso. Y Hanamichi agradeció a los cielos que su madre le hubiera obligado a ir a las clases de lengua de los signos.

Entonces su madre se giró y cogió una libreta y un bolígrafo que alguien le alargaba. Fue entonces que se dio cuanta que había alguien más en la habitación. La enfermera le miraba con preocupación y en la puerta el profesor de matemáticas, Kaede y el director hablaban los tres con el semblante muy serio.

Antes de poder preguntar qué hacían todos allí su madre le alargó una nota garabateada con prisa en la libreta.

"Estábamos esperando a que despertaras para poder llevarte al hospital. El doctor nos espera".

Al levantar la vista vio a su madre que le gesticulaba: «¿Cómo te encuentras?»

Hanamichi se sentía confuso. Miró hacia la puerta de nuevo. El profesor y el director ya no estaban. Kaede le miraba de un modo extraño. Entonces miró a su madre y vio que repetía la pregunta: «¿Te encuentras bien?»

—Sí mamá estoy bien. Vamos, no quiero estar en este sitio ni un minuto más —dijo en voz alta, aunque se sentía extraño porque de nuevo no se había oído la voz y encima Kaede seguía mirándole desde la puerta.

Enfurecido por su sola presencia, se levantó tan bruscamente que casi se cae. Su madre le cogió de un brazo y la enfermera hizo otro tanto por el otro lado, pero esa mujer ya mayor no era especialmente fuerte y él era muy corpulento. Pronto sintió como su peso vencía las fuerzas de ésa mujer. Deseó dejar de sentir el suelo dando tumbos bajo sus pies y poder sostenerse solo.

Y justo cuando creía que caería sobre ella, sin que ninguno de los tres pudiera evitarlo notó como unos brazos mucho más fuertes que los de la enfermera o incluso que los de su madre le rodeaban el cuerpo y le sostenían.

Kaede le sostenía abrazándolo por la cintura y eso le hacía estar más incomodo de lo que nunca se había sentido. Y como si de una tortura se tratase le vino de nuevo la imagen de Kaede besando al profesor.

—Suéltame. ¿Me oyes? ¡Suéltame! —gritó Hanamichi revolviéndose entre sus brazos.

Pero solo logró que Kaede le agarrara con más fuerza.

No sabía si Kaede o alguien más estaba diciendo algo, estaba seguro de que su madre estaba mandándole callar y que Kaede le estaba llamando idiota, pero no le importaba, solo quería liberarse de ese agarre posesivo y asfixiante. Quería sentirse lo bastante fuerte como para salir de esa habitación por su propio pie.

Sintiendo el mundo desmoronarse bajo sus pies Hanamichi cerró los ojos deseando despertar de esa pesadilla. Entonces notó como le dejaban de nuevo en la camilla. Cuando abrió los ojos, vio que de nuevo los tenía llenos de lágrimas y se sintió ridículo y estúpido por estar llorando. Quería gritar, pero tenía la sensación de que no serviría de nada porque nadie le oiría, como si quien hubiera perdido el oído no fuera él sino el resto de gente.

Kaede se apartó de él, y luego murmuró algo. Hanamichi vio a su madre decirle algo en respuesta.

—¡Basta! —gritó Hanamichi que no quería que Kaede supiera nada de lo que le ocurría—. ¡Basta! ¡Vete! —le gritó a Kaede—. Por favor, basta —murmuró con un nudo en la garganta y una lágrima cayendo finalmente por su mejilla. Se sentía tan impotente.

Vio a Kaede vacilar. Por un momento pensó que se acercaría y le abrazaría de nuevo. Pero al final solo murmuró, al tiempo que gesticulaba:

—Lo siento —«lo siento».

Y luego salió corriendo de la enfermería dejándole a solas con su madre y la enfermera.

Hanamichi se quedó estupefacto ante ese gesto. No entendía qué estaba ocurriendo, por qué Kaede sabía hablar en el lenguaje de los signos, ni por qué se sentía peor ahora que él se había ido.

Su madre le hizo tumbarse. Y mareado cerró los ojos, deseando de nuevo despertar de esa pesadilla.

Cuando los abrió seguía en la enfermería del colegio, todo estaba en silencio y de nuevo alguien entraba por la puerta. Takeshi, empujando una silla de ruedas, abrió y cerró la luz para indicarle que entraba a modo de saludo silencioso. Vio a su madre hablar con Takeshi y la enfermera, y luego como ambas mujeres salían de la habitación.

«¿Como estas?» gesticuló Takeshi acercándose a él y poniéndole una mano en la frente para comprobar su temperatura.

—Dejad de preguntarme como estoy, estoy bien, solo quiero irme a casa.

Takeshi le hizo gestos para que callara mientras le tomaba el pulso y luego se sentó a su lado y con la misma libreta que su madre había usado antes le dijo:

"¿Qué ha ocurrido?"

—No lo sé. No me acuerdo —mintió—. Estaba en el pasadizo, y…, me ahogaba —murmuró cogiéndose el pecho al recordar la desagradable sensación—. Luego me desperté aquí.

"¿Porqué te ahogabas?"

Hanamichi se encogió de hombros y no dijo nada.

"Iremos al hospital. Volveremos a hacerte las pruebas de…" decía la siguiente nota que le alargó.

—No quiero más pruebas… —se quejó Hanamichi dejando de leer.

Entonces Takeshi le señaló el texto para que acabara de leerlo.

"… y no tenemos tiempo de discutir si quieres más pruebas o no. Además tendré que llevarte con la silla, no podemos arriesgarnos a que caigas y te golpees la cabeza de nuevo"

—Mátame directamente, sería menos cruel. ¿Sabes lo que esa silla va a hacerle a mi reputación en este instituto?

«Lo siento» gesticuló entonces Takeshi y por segunda vez en pocos minutos el corazón de Hanamichi dio un vuelco extraño.

Sin decir nada más se dejó llevar hasta la silla y luego con ella hasta la calle. En la puerta de todas las clases había montones de alumnos mirando qué sucedía, mientras los profesores intentaban hacerles volver a sus asientos para el inicio de la primera clase. Algunos incluso ni lo intentaban y, como los alumnos, le miraban sin dar crédito a lo que veían.

Hanamichi les sostuvo la mirada a todos y cada uno de ellos hasta que se topó con la mirada extrañada y preocupada de sus amigos. Hanamichi no se había sentido tan abochornado en toda su vida. Cerró los ojos y rezó para que Takeshi se diera prisa en sacarle de allí.

Entonces notó el aire fresco en su rostro señal inequívoca que estaban en los jardines, y una mano cálida se posó en su brazo. Sus nudillos estaban blancos de tanto apretar los brazos de la silla de ruedas. En la puerta de la escuela había una ambulancia esperando. Vio a su madre subir al coche aparcado en el aparcamiento de enfrente de la escuela y él se dejó subir a la ambulancia por el camillero y Takeshi, que subió a detrás con él.

... continuará ...


Grissina: Sé que he dejado el tema de la charla con Takeshi colgado, pero cada cosa a su tiempo.

A corte informativo... Aunque la perdida repentina de la capacidad auditiva no es un síntoma del cuadro habitual del síndrome de Méinère sí que padecer esa enfermedad está asociado a la sordera repentina, sobretodo cuando es un caso idiopático, es decir del que no se conocen las causas. La sordera repentina se da también a causa de infección, trauma o crecimiento indebido de tejidos, entre otros.

¿Servirá de algo pedir clemencia a estas alturas? En fin espero vuestros reviews ansiosa (vengan con lo que vengan) XD