…El Sonido del Silencio…
CAPITULO XXI: No es lo que parece
No hay nada que desespere tanto como ver mal interpretados nuestros sentimientos.
Jacinto Benavente (1866-1954) Dramaturgo español.
—No puedes estar enfadado siempre —murmuró Hanamichi desde la silla de ruedas, mirando por el espejo del ascensor la cara enfurruñada de Takeshi.
El enfermero no contestó. Le miró unos instantes. Hanamichi creyó que diría algo, pero al final no dijo nada.
—Bueno pues allá tú. No pienso pedirte perdón más veces.
—Ni falta que hace.
—No lo puedo creer —exclamó Hanamichi dolido por la actitud fría y distante de Takeshi.
El enfermero solo le miró un momento y tras un leve movimiento negativo con la cabeza apartó la mirada de él.
Hanamichi se sentía fatal. Había empezado a pensar que Takeshi podía ser un buen amigo, alguien a quien recurrir, alguien que quería escucharle, que quería ayudarle, por una vez alguien que veía algo más en él que un chico problemático de pelo naranja.
El ascensor se abrió y Hanamichi dejó de intentar hablar con el enfermero.
Cuando llegaron a la consulta del médico Takeshi le abrió la puerta pero no entró, cerró la puerta tras él cuando entró quedándose a fuera. A Hanamichi no le gustó nada la sensación de abandono que la ausencia del enfermero le produjo pero se aguantó y cuando del médico le preguntó como estaba dijo que bien y prosiguieron al examen de sus oídos.
A pesar de haber recuperado el oído casi por completo Hanamichi no estaba dando saltos de alegría como sabía que debería.
Por un lado le daba miedo que esa recuperación solo fuera temporal. Sabía que si volvía a perder la capacidad auditiva sería un golpe muy duro y tenía miedo de no poder soportarlo si no la recuperaba. La tarde del viernes al creer que se había quedado sordo pensó que se volvía loco. Sólo la presencia de Takeshi le había ayudado a recuperar algo la serenidad. Y ahora Takeshi estaba enfadado con él. Y aunque entendía que el enfermero tenía motivos para estar enfadado, eso no le ayudaba a aplacar la angustia que sentía.
Por el otro, por un instante casi había olvidado lo que le había provocado la hiperventilación que le había causado el desmayo, con el consiguiente golpe en la cabeza, y finalmente la sordera repentina. Pero el doctor le hizo recordarlo de nuevo cuando le preguntó, por enésima vez, si no recordaba nada que hubiera pasado esa mañana que hubiera podido desencadenar esos acontecimientos. Por culpa de mentirle no solo le habían examinado las orejas y la cabeza de mil modos distintos, sino también los pulmones. Estaba harto de pruebas.
—No —mintió Hanamichi, también por enésima vez, intentando apartar de su mente las imágenes de Kaede atrayendo hacia sí a ése cerdo para besarle.
Y de repente recordó las palabras de Takeshi…
«Lo sé porque cuando le veo se me acelera el corazón, porque cuando él esta cerca no puedo evitar decir más estupideces de lo normal, y porque cuando me mira me siento desnudo»
Hanamichi no pudo evitar sentir que algo dentro de él se estrujaba al ver en su mente esas palabras brillar como habían brillado en la pantalla del portátil. Un agudo dolor en el pecho le dificultaba el respirar y una lágrima de rabia e impotencia rodó por su mejilla.
—Venga, venga muchacho, no llores. Has recuperado el oído y parece que no has perdido casi nada de capacidad auditiva, eso es lo importante.
La voz del doctor le devolvió a la realidad.
—Lo siento —murmuró secándose rápidamente las lágrimas. Se sentía ridículo y avergonzado.
—No te avergüences de llorar muchacho. A veces es necesario. Ahora que ya estás más calmado debemos hablar de tu mediación…
El medico siguió hablando, aunque Hanamichi no era capaz de escucharle.
Al final el médico se dio cuenta que Hanamichi no estaba por la labor y le dijo que en cuanto llegara su madre a recogerle le dijera que pasara por su despacho, que le daría a ella los detalles de la nueva medicación.
Hanamichi no se sintió mejor cuando al salir se topó con los duros y fríos ojos negros de Takeshi, tan distintos del mar de calidez que había visto en ellos solo unas horas antes.
En silencio Takeshi empujó su silla hacia el ascensor de nuevo para volver a su habitación. Tenía media hora para recoger antes de que su madre llegara a buscarle y pudiera irse por fin a casa. Después de dos días en el hospital estaba más que harto de ése lugar.
Cuando las puertas del ascensor se cerraron Hanamichi no pudo evitar murmurar, con la cabeza gacha.
—Pensé que te alegrarías de que recuperara el oído. La otra noche cuando volvieron los acúfenos y te vi allí a mi lado, arrodillado. Preocupado. Pensé que te importaba realmente lo que me está pasando… pero supongo que me equivoqué de nuevo.
Por un instante Hanamichi se sintió mortificado y avergonzado de haber dicho en voz alta lo que sentía, pero entonces, inesperadamente, Takeshi apretó el botón de "stop" del ascensor. Luego se agachó a su lado y le miró fijamente. Su semblante era serio y Hanamichi sintió la ya conocida sensación de que esos ojos le iban a traspasar el alma y algo se agitó en su estómago.
—Escúchame bien porque no lo repetiré. Una cosa no tiene nada que ver con la otra. Después de ti mismo y tu madre soy la persona que más se alegra de que hayas recuperado el oído. Me importa lo que te ocurre, ¿me oyes? Pero eso no me hará olvidar lo que has hecho.
—Ya te he pedido perdón —murmuró Hanamichi asustado por la cercanía del enfermero, por sus ojos exigentes, pero también por sus palabras.
—No basta Hanamichi. No puedes esperar solucionar todos tus problemas de ése modo. ¿En qué puñetas estabas pensando?
—Tampoco es que le haya hecho mucho daño…
—¡¿Qué pasa contigo?! —estalló Takeshi sobresaltando a Hanamichi—. No se trata de si le has hecho daño, suerte has tenido de que no le has hecho nada.
—Tú no lo entiendes. Ése tipo…
—¡Ese hombre siquiera sabía quien eras!
—No se acordaba de mí, pero yo sí que sé quien es —hizo Hanamichi bajando la mirada.
Takeshi le tomó por la barbilla y le pidió que se explicara.
—Hace tres años ése tipo era el cabecilla de una banda del barrio —empezó a contar de forma ausente intentando evitar la mirada de Takeshi—. Una tarde mi padre me pilló peleándome con él y me obligó a parar y dejarle en paz a pesar de que estaba apunto de ganarle. Mi padre se pasó tres semanas sin dirigirme la palabra —añadió con cierto rencor—. Un mes después de ello me volví a encontrar con él. Habría podido evitar pelear con él, me tenía miedo y habría sido fácil asustarle sin siquiera tocarle, pero no quería, por su culpa me había peleado con papá y quería venganza.
A Takeshi no se le escapó que la pausa hecha por Hanamichi era más larga de lo necesario y que éste había tenido que hacer esfuerzos para poder seguir hablando con cierta normalidad.
—Le machaqué. Creí que allí acabaría todo y me marché. Cuando llegué a casa papá estaba en el suelo, necesitaba las pastillas del corazón pero no quedaban. Salí corriendo a la farmacia pero cuando volvía a casa me volví a tropezar con él y… pero esta vez iba con su pandilla. Eran demasiados y yo no estaba concentrado para luchar. No llegué a tiempo para darle las pastillas a papá —la voz firme de Hanamichi había terminado en un murmullo roto al pronunciar la palabra papá.
—¿Por eso le has pegado? —preguntó en tono suave Takeshi levantándole el mentón, obligándole a mirarle al rostro—. ¿Porque de nuevo querías venganza? ¿No aprendiste la lección? ¿No pensaste en que podía hacerte daño esta vez?
—No. No fue por eso. Aprendí la lección —murmuró Hanamichi con una lágrima corriéndole por la mejilla—. La muerte de mi padre es culpa mía y solo mía —añadió recuperando un poco su habitual tono seguro—. Pero a pesar de ello no pude evitarlo. Ése desgraciado… ¿Viste la pequeña, llena de golpes? Le oí decirle amenazadoramente que en cuanto el médico le preguntara les dijera que se había caído por las escaleras. Es un cobarde que pega a la niña y le tiene miedo.
—¿No podrías haberme avisado en vez de saltarle al cuello en medio de la sala de espera para rayos X? ¿Sabes la bronca que me ha caído por tu culpa?
—Ya te he pedido perdón, ¿no? ¿Qué más quieres que haga? —exclamó en tono desesperado Hanamichi.
—Dejar de hacer estupideces Hanamichi. La violencia nunca es la solución. Aunque sea en casos así.
—Eso fue lo que me dijo papá —dijo de nuevo en un murmullo roto.
Takeshi pensó extrañado en lo mucho que le conmovía verle tan desprotegido, tan vulnerable.
—Takeshi —murmuró Hanamichi mirándole a los ojos, con los suyos todavía empañados de lágrimas y poniendo una mano encima la del enfermero que inconscientemente le acariciaba la mejilla—. No quiero marcharme del hospital sin que me hayas perdonado.
—No soy yo quien debe perdonarte, sino tú mismo.
Entonces Hanamichi se levantó y se abrazó a él.
—Eres un chico muy especial Hanamichi —le susurró Takeshi rodeándole cálidamente con sus brazos fuertes.
Hanamichi sintió una oleada de calidez recorrerle todo el cuerpo e instintivamente apretó un poco más el abrazo. Luego poco a poco los brazos de ambos se relajaron y finalmente sus cuerpos se separaron.
—Gracias —dijo Hanamichi besándole en la mejilla tímidamente y secándose los ojos.
—Prométeme que no volverás a pelear con nadie —le susurró Takeshi.
Hanamichi se quedó algo sorprendido por esa petición y después de pensárselo un poco dijo.
—¿Ni en defensa propia?
Takeshi rió por debajo la nariz y Hanamichi sintió como el ambiente se relajaba y todo parecía volver a su sitio, como si a partir de entonces todo fuera a ir bien.
—Está bien, protégete con los puños si hace falta, pero solo si es en defensa propia.
—Te lo prometo. Y yo siempre cumplo mis promesas —le respondió con una sonrisa de oreja a oreja. Por fin Hanamichi sentía un poco de esa felicidad que había esperado sentir al recuperar el oído.
—Cuento con ello —dijo devolviéndole la sonrisa Takeshi a la vez que desatascaba el botón de "stop".
Cuando el ascensor se puso en marcha de nuevo Hanamichi, que todavía estaba de pie, se desestabilizó y Takeshi, siempre rápido de reflejos, le cogió entre sus brazos fuertes.
Se quedaron mirándose a los ojos, en los labios una sonrisa tímida y en los ojos un brillo de complicidad.
Y entonces la puerta del ascensor se abrió y un jarro de agua fría les sacó de esa burbuja de tranquilidad.
—¿Hanamichi…? —como casi siempre esa voz había sonado casi como un susurro; Y como casi siempre Hanamichi la oyó sin problemas y la identificó inequívocamente.
Sobresaltado al saber que Kaede estaba detrás de él, se soltó torpemente del abrazo de Takeshi y se giró para verle mirándoles con cara de incredulidad.
Por alguna razón Hanamichi sintió que necesitaba aclarar la situación al moreno, sintió la repentina urgencia de decirle que el abrazo que había visto solo había sido un gesto de amistad, de apoyo, la estúpida frase "esto no es lo que parece" estaba a punto de salir de sus labios cuando oyó un murmullo casi imperceptible a su lado.
—Kaede —había susurrado Takeshi.
—¿Os conocéis? —no pudo evitar preguntar Hanamichi apartando por fin su mirada de los ojos azules de Kaede para mirar a Takeshi sorprendido.
—Ya oyes… —murmuró Kaede sin contestar.
—Sí, ¿y vosotros de qué os conocéis? —respondió el enfermero.
—Es el zorro —dijo Hanamichi como si fuera algo obvio.
—Debí imaginármelo —comentó Takeshi sin separar los ojos del moreno, que seguía sin decir nada—. ¿Como está tu madre? —le preguntó a Kaede.
Kaede no contestó. Pero Hanamichi vio en su mirada que de haberlo hecho le habría dicho algo mucho peor que su habitual "idiota".
—¿Su madre? —preguntó Hanamichi con curiosidad olvidando por un momento cualquier otro sentimiento hacia el moreno.
—Yuri —respondió Takeshi mirándole con algo de complicidad.
—¿Es el hijo de…? —murmuró Hanamichi sorprendido.
—¿Qué le has contado de mí? —profirió alarmado Kaede dejando de lado su habitual postura fría y distante desconcertando a Hanamichi.
—Nada —contestó Takeshi a la pregunta de Kaede.
—Eres un… —empezó a decir Kaede a la vez que saltaba encima del enfermero con la firme intención de pegarle.
—¡Rukawa! —Exclamó alarmado Hanamichi al ver las manos de Kaede estrellarse contra la cara de Takeshi que por su banda no se había movido un ápice para esquivarle—. ¡Basta! —gritó interponiéndose entre ellos—. ¿Qué pasa contigo?
Kaede se detuvo en seco mirando a Takeshi intensamente y Hanamichi le dijo:
—¿No puedes dejar de…? —pero entonces Kaede dejó de mirar a Takeshi para mirarle a él y Hanamichi no pudo decir nada más al ver lágrimas en esos ojos azules—. ¿Kaede? —musitó Hanamichi tragándose el nudo que se le había formado en la garganta.
Y entonces Kaede parpadeó y luego giró sobre sus talones para salir corriendo.
Grissina: Me gusta mucho este capítulo, espero que a vosotras/os también.
¿Reviews? XD ¡Gracias!
