…El Sonido del Silencio…
CAPITULO XXII: Cargo de consciencia
El infierno está todo en esta palabra: soledad.
Victor Hugo (1802-1885) Novelista francés.
Hanamichi estaba nervioso, ni en un millón de años se habría imaginado a si mismo plantado delante de la casa de Kaede Rukawa, intentando superar el pánico escénico para llamar al timbre y hablar con él. Tenía tantas preguntas, demasiadas para no preguntar, y deseaba tanto que todas ellas tuvieran alguna buena respuesta, que le aterraba imaginar que no fuera así.
Miró por enésima vez el papel donde Takeshi le había garabateado la dirección de Kaede y comprobó que estaba en el número correcto. Finalmente llamó al timbre y contuvo la respiración.
Cuando unos segundos más tarde nadie contestó soltó el aire que había retenido aliviado de poder posponer la charla con Kaede un poco más. Necesitaba saber, pero no estaba seguro de querer verle o hablar con él todavía. La escena de unos días antes en el pasillo del colegio se aparecía demasiado vívida todavía en sus recuerdos.
—¿Qué haces aquí? —le sobresaltó su voz detrás de él.
—Yo… yo… quería, yo… —balbuceó nervioso Hanamichi—. Me has asustado.
—¿Qué quieres? ¿A qué has venido?
—Tenemos que hablar —dijo Hanamichi.
—No lo creo, apártate, quiero entrar.
—Me da igual lo que quieras o lo que creas, tenemos que hablar.
Kaede no respondió.
—Esto es algo incomodo. Entremos y… —dijo Hanamichi intentando mantener la conversación en el plano civilizado, algo que nunca había siquiera imaginado hacer con el zorro.
—No. Si tanto quieres hablar di lo que tengas que decir y vete.
—¿Qué pasa contigo? —no pudo evitar soltar ante la ruda respuesta del moreno.
Kaede tampoco respondió.
—Mira, ¿sabes qué? Da igual. Ya hablaremos otro día —decidió desistir.
El moreno siguió callado.
Hanamichi se sintió herido por ese silencio, pero sobretodo se sintió estúpido por no haber pensado que todo iba a salirle mal. ¿Cómo podía funcionar querer ser amigo del tarado del zorro, querer descubrir porqué había hecho lo que había hecho y ayudarle si es que realmente estaba en algún lío?
Hanamichi se apartó de la puerta y se alejó un poco. Luego, se giró para ver la puerta, esperando verla ya bacía y se sorprendió un poco de ver a Kaede allí parado todavía, mirándole.
—Será mejor que entres —le dijo viendo como temblaba, antes de girarse de nuevo y, esta vez sí, echar a andar.
Muy en el fondo esperaba que Kaede le detuviera, que le dijera que se esperara, que era cierto que tenían que hablar. Y de nuevo se sintió herido por el silencio que le acompañó hasta que giró la esquina.
Caminó sin rumbo un rato hasta que acabó en el parque del barrio. A través de la verja miró la pequeña cancha de baloncesto. Sabía que Kaede la usaba día sí día también. Le había visto en ella muchas veces y todas ellas se había quedado embobado viéndole jugar, envidiándole, deseando llegar a ser como él, acumulando un poco más de rencor por hacerle sentir inferior, por no prestarle atención.
Hacía frío. Pronto anochecería. El cielo se estaba tiñendo de colores rosados, naranjas y dorados, y luego se oscurecería poco a poco, pasando de los rosados a los morados, y del naranja al negro.
«Qué bonito» Pensó Hanamichi mirando el cielo, deseando desvanecerse como ese color naranja de las últimas nubes.
Mientras, no muy lejos de allí, Kaede había entrado en el edificio como un autómata. Sintiendo como su pecho se desgarraba lenta y dolorosamente empezó a respirar con dificultad. Cuando subió al ascensor le faltaba el aire y el pequeño habitáculo amarillo solo hizo que empeorar la situación. Cuando las puertas se abrieron al fin en su piso salió corriendo, jadeando, con los ojos llenos de lágrimas y la sensación que el suelo se derrumbaría bajo sus pies de un momento a otro.
Batalló un poco con la llave y la cerradura, que no querían funcionar. Una vez dentro de su casa cerró la puerta y dejó que las lágrimas rodaran por fin por sus mejillas sonrosadas.
Casi sin pensárselo se dirigió al baño y sin sacarse la ropa que llevaba puesta se metió en la bañera y encendió la ducha.
Se sentía sucio, la sola presencia de Hanamichi le había hecho sentirse sucio.
Por una vez se dejó ganar la partida por todos esos sentimientos que siempre intentaba ahogar y reprimir; Y acurrucado en la bañera, con la ropa de deporte empapada y el pelo pegado a la cara, empezó a llorar.
Primero solo fueron lágrimas silenciosas que se confundieron con el agua que caía incesante, pero pronto empezó a sollozar, incapaz de contener el llanto, con la respiración sincopada y sintiéndose la persona más idiota del planeta.
—Idiota, idiota, idiota… —murmuraba mientras intentaba dejar de temblar, abrazándose con sus propios brazos. Se acurrucó en un rincón y deseo desaparecer.
Cuando empezaba a tener dolor de cabeza por culpa del llanto incontrolado llamaron a la puerta del baño.
—¿Cariño, estás ahí? ¿Te falta mucho? —era su madre.
—Ya va —dijo sobresaltado intentando que su voz no sonara extraña por el llanto.
—Cenaremos en la cocina, no tardes.
No contestó, pero sabía que su madre tampoco esperaba que respondiera.
Cuando intentó incorporarse se dio cuenta que tenía las piernas temblorosas y que el corazón le bombeaba más deprisa de lo habitual.
Se quitó la ropa empapada, la escurrió tanto como pudo y la lanzó al suelo. Luego se duchó deprisa, intentando no prestar atención al temblor de sus manos, y salió hacia su habitación.
Tenía los ojos enrojecidos por el llanto, pero esperaba que su madre no se diera cuanta. Con un poco de suerte su hermana pequeña le entretendría con alguna de sus escenitas por no querer comer la cena, así él podría comer rápidamente y volver a su habitación. Deseaba meterse bajo las colchas y no salir nunca más.
Pero cual fue su decepción cuando al llegar a la cocina no vio a su hermana pequeña y en cambio en una silla había la americana de su padre, señal que había llegado antes de lo habitual.
—¿Papá ha venido temprano? —no pudo evitar preguntar.
Normalmente su padre llegaba a casa muy tarde, cuando incluso él ya estaba en la cama, y solo se veían por las mañanas y los fines de semana.
—Sí— respondió su madre sin dejar de cocinar.
—¿Qué ha ocurrido? —preguntó él, recordaba pocas veces que su padre hubiera llegado antes de lo previsto, y ninguna de ellas fue por algo bueno.
—Queremos hablar contigo —dijo la voz de su padre detrás de él.
—Hola papá —dijo sobresaltado Kaede.
—Sentaos, la cena casi está —dijo su madre cerrando los fogones.
—¿Y Ami? —preguntó intentado desviar la atención de sus padres de él.
—He dejado a tu hermana en casa de lo abuelos —respondió su madre poniendo en la mesa la cena.
Kaede no dijo nada y se sentó en su sitio. Y esperó a que su madre les sirviera.
—¿Cómo te va todo en el colegio, Kaede? —preguntó su padre sentándose a su lado.
Kaede enseguida pensó que el entrenador o el director habían llamado a casa para advertir a sus padres que había suspendido el examen de matemáticas.
—No sé. Bien supongo —dijo apartando el plato para que su madre no le pusiera más arroz, no tenía apetito.
—¿Y los estudios? —insistió su madre.
—Bueno, suspendí un examen, pero haré el examen de recuperación y aprobaré—admitió pensando que era lo que querían sus padres que hiciera.
—¿De qué asignatura? —preguntó su padre sorprendido a la vez que su madre decía:
—¿Suspendido? ¿Y cuando pensabas decírnoslo?
Por el tono era evidente que sus padres no sabían nada del examen antes de que él dijera nada así que se acababa de meter el solito en la boca del lobo.
—Matemáticas —murmuró, contestando a la más fácil de las tres preguntas, mientras daba vueltas a la comida que tenía en el plato.
Sus padres se miraron significativamente y luego le miraron a él.
—¿Qué ocurre? Si no queríais hablar de esto, ¿de qué? —preguntó antes de que ellos le atacaran por no haberles dicho nada.
—Hoy me he encontrado por la calle con alguien que hacía muchos años que no veía —comentó su madre—. Y me ha preguntado por ti, quería saber si estabas bien.
Kaede no entendía qué relación tenía eso con las preguntas de sus padres.
—Le ha sorprendido mucho que yo no supiera que os conocíais. Hemos estado tomando un café y me ha comentado que os conocisteis hace ya un par de años.
Cuando empezó a entender de quien hablaba su madre, Kaede empezó a palidecer.
—¿Hay algo que quieras contarnos Kaede? —preguntó su padre.
—Kaede, pensaba que confiabas en nosotros…
—No hay nada que contar —dijo él apresuradamente, pensando que no quería tener esa conversación con sus padres. Si Takeshi le había dicho a su madre que era gay le iba a matar.
—A veces hablar de lo que te preocupa ayuda —comentó su padre, sirviéndose un poco de te.
—Si la salud de tu amigo te preocupa quizá te ayudaría contárnoslo, quizá nosotros podríamos ayudarte —dijo su madre descolocándolo.
No hablaban de que era gay, ni de cómo había conocido a Takeshi, y eso le alivió un poco. Pero seguía sin estar seguro de qué pretendían hablar sus padres.
—¿Qué te ha contado Takeshi? —le preguntó directamente a su madre.
Necesitaba saber hasta dónde le había dejado expuesto Takeshi ante sus padres antes de decir nada y meter la pata de nuevo.
—Me dijo que uno de sus pacientes es compañero tuyo y que la otra tarde fuiste al hospital a verle pero que al final te marchaste muy afectado. Y estaba preocupado por si estabas bien. Me dijo que si querías saber algo de lo que le ocurre a tu amigo pero no te decidías a hablar con él, que fueras al hospital y que quizá él te podría ayudar en algo.
—¿Por qué no nos dijiste que un amigo tuyo estaba en el hospital?
—Porque hasta hace nada no supe que estaba enfermo y ni siquiera sé qué le ocurre —murmuró Kaede sintiéndose incapaz de mentir.
—¿Por eso has estado tan abatido estos últimos días? —dijo su madre acariciándole la cabeza.
Hacía tanto que su madre no le hacía eso que no pensó antes de levantar la cara para mirarle sorprendido.
—Kaede cariño, ¿Has estado llorando?
Kaede no sabía como salir de esa.
—No… yo… solo… yo, se me metió jabón en los ojos.
—Kaede no debes avergonzarte de llorar. Es bueno sacar esos sentimientos —le dijo su madre intentando que le mirara de nuevo.
—¿Es grave lo que tiene tu amigo? —preguntó su padre.
—No lo sé, creo que no —murmuró Kaede, notando como algo se retorcía dentro de sí.
Lo cierto era que no sabía qué le ocurría a Hanamichi, creía que nada grabe porque ya no estaba en el hospital, pero no podía saberlo y la incertidumbre era más angustiante de lo que había imaginado.
—¿Cómo supiste que estaba enfermo? —prosiguió su padre.
—Se desmayó en el colegio y se lo llevaron al hospital.
—¿Antes de eso no sabías nada de su enfermedad? —preguntó su madre.
—No, ya os lo he dicho no lo supe hasta que se desmayó y lo llevaron al hospital.
—Takeshi dijo que ese muchacho era paciente suyo desde hacía semanas, y que por lo que le había contado le había parecido que tú ya sabías lo que…
—¡No! No lo sabía. ¿Se puede saber a qué viene este interrogatorio?
—Lo que tu madre quiere saber es por qué te preocupabas tanto por tu amigo si no sabías nada de su enfermedad.
—Primera, no somos amigos, y segunda, me preocupaba por el equipo no por él.
—¿Por el equipo?
—Hanamichi quedó apartado del equipo por haber suspendido el examen de lengua, pero luego aprobó la recuperación con tanta buena nota que los profesores le acusaron de copiar. Así que tampoco podía volver al equipo y el entrenador le dijo que para poder volver debía repetir el examen y así demostrar que no copió. Pero el muy idiota se niega a repetir el examen. Estaba preocupado por el equipo, no por él, por el equipo —repitió.
—Te preguntamos porque aunque a ti no te preocupara tu compañero de equipo, se ve que él sí que estaba preocupado por ti. Takeshi no sabe el porqué, ya que tu compañero no quiso contárselo, pero Takeshi cree que está muy preocupado por ti y que es por algo importante, algo grave.
—¿Qué motivo hay para que tu compañero esté tan preocupado por ti y que no nos has contado?
—Ninguno.
—Kaede no me gusta que mientas —le retó su padre muy serio.
—No miento. No se porqué Hanamichi le diría a Takeshi que estaba preocupado por mi, pero…
—No, no fue eso lo que me dijo Takeshi, tu compañero no le contó nada. No te pregunto qué es lo que ese muchacho pudo haberle dicho. Te pregunto qué puede hacer que ése chico se preocupe tanto por ti que Takeshi crea que algo relacionado contigo fue lo que le llevó al hospital. Así que dinos, ¿Qué ocurrió para que ése chico acabara en el hospital?
—Yo… Hace unos días que Hanamichi se enteró que había tenido roces con el profesor de matemáticas. Pero no creo que saber que tengo problemas con un profesor le preocupe tanto como para…
—¿Tienes problemas con un profesor? —dijo dulcemente su madre.
Ése tono de voz le recordó los años de guardería cuando en el patio uno de los niños mayores se metía con él, y su madre intentaba ayudarle dándole confianza y consolándole.
—No. Bien, sí. Pero no es nada que… además ya lo solucioné —mintió Kaede deseando por una vez ser capaz de engañar a su padre.
Pero no estaba seguro de haberlo logrado.
—¿Qué ocurrió? —siguió su madre con tono sobre protector.
—Hanamichi nos oyó discutir al profe de mates y a mí. Y luego unos días más tardes vino y me dijo que si necesitaba ayuda…
—Con tu amigo no, con el profesor.
—Nada. En el examen anterior lo aprobé muy justo y el profe me ofreció ayuda, pero yo le dije que no quería. Se enfadó y luego suspendí en el siguiente examen. Cuando nos dieron las notas fui a preguntarle si me había suspendido él o había suspendido yo, y él se enfadó y discutimos, y eso fue lo que Hanamchi oyó —mintió.
—¿Seguro que no hay nada más? Porque Takeshi dijo que tu amigo…
—Mamá, Hanamichi no es amigo mío. Y yo no sé nada. ¿Puedo irme a dormir? Estoy cansado.
—Claro hijo —dijo su madre.
Su padre no había vuelto a abrir la boca.
Una vez en la habitación volvió a sentirse sucio y en un intento de huir de los sentimientos y recuerdos que le perseguían se metió en la cama y se cubrió con la colcha deseando desaparecer.
Empezó a dar vueltas en la cama sin poder dormir.
En su mente se repetía una y otra vez que no era culpa suya que Hanamichi se hubiera desmayado, era culpa del propio pelirrojo por no haber comido bien los últimos días, seguro que estaba anémico perdido. Nada tenía que ver él en eso.
Y que no había nada tan malo en lo que había hecho con el profesor, que era por una buena causa, el equipo necesitaba que lo aprobaran y era la única opción que le había quedado.
De lejos oía los ruidos de la cocina. Cada vez estaba más seguro que su padre no le había creído. Y estaba aterrado por la posibilidad que sus padres indagaran más sobre el asunto del profesor de mates. Pero una parte de sí también deseaba que eso ocurriera y así acabara esa situación de una vez.
Hasta que los ruidos cesaron y las luces del resto de la casa se apagaron. Entonces la puerta de su habitación se abrió y su madre entró y se sentó a su lado.
—¿Duermes? —le susurró mientras le acariciaba el pelo.
—No —había respondido él.
Le gustaba que su madre entrara a decirle buenas noches como si aún tuviera cinco años y la oscuridad le asustara.
—Kaede quizá a ti ese muchacho te da igual, pero creo que eres más importante para él de lo que piensas. Eres lo más cerca que tiene de un amigo. ¿Sabes que de todas las veces que ha estado en el hospital solo le has ido a visitar tú?
—¿Ha estado más veces en el hospital? —preguntó en un susurro verbalizando sin querer un temor repentino.
—Eso me ha dicho Takeshi. Desde hace un par de meses que ha entrado y salido del hospital varias veces.
—No lo sabía. Creí que solo era… ¿Crees que es algo grave mamá?
—No lo sé. ¿Por qué no hablas con él?
Kaede no pudo responder. Suspiró pensando en que tendría suerte si el pelirrojo no le giraba la cara la próxima vez que se vieran después de cómo le había echado de su puerta esa misma tarde.
—Buenas noches cariño.
—Buenas noches mamá.
Cuando su madre cerró la puerta dejándole solo de nuevo pensó en Hanamichi, en el chico vital y altanero, bullicioso y alegre. Luego recordó lo callado y solitario que había estado las últimas semanas y finalmente evocó la imagen del pelirrojo tumbado en esa camilla de la enfermería, lívido, inconsciente; cómo sus piernas no le habían aguantado. Y no pudo creer que no hubiera visto antes que le ocurría algo.
Y de nuevo se sintió culpable. Por no haberse dado cuenta y por no haber aceptado esa mano amiga que el pelirrojo había intentado tenderle.
Entonces recordó la imagen del hospital, con Hanamichi abrazado al cretino del Takeshi y fue como una patada en el estómago.
Se sentía sucio, culpable e idiota.
... continuará ...
Grissina: Pido disculpas por el retraso. Estamos pintando en casa y con lo de mover muebles arriba y abajo, proteger todo, quitar el papel de la pared (que cuesta lo suyo), tapar agujeros, pintar, etc. Me ha sido imposible sentarme frente el ordenador estos días.
Espero que os haya gustado esta aproximación a Kaede y su versión de los hechos. Nos leemos pronto.
