El Sonido del Silencio

CAPITULO XXIII: Pastel de queso en la cafetería

El miedo es más injusto que la ira.
Amado Nervo (1870-1919) Poeta, novelista y ensayista mexicano.



Volver al colegio no fue fácil. Todo el mundo le miraba de nuevo. Y no era para menos después del espectáculo que había dado la semana pasada con el desmayo, la silla de ruedas, la ambulancia…

Una punzada de resentimiento le sorprendió al recordar las caras de sus amigos entre el resto de estudiantes, amigos que no le habían llamado, que no habían ido a verle, y que no estaban a su lado para ayudarle a pasar la vergüenza de ser observado por todos.

—Tengo que dejar de llamarles amigos —murmuró mirando a su alrededor antes de echar a andar hacia la puerta del colegio.

Estuvo a punto de ponerse a gritar a pleno pulmón que le dejaran en paz, que si querían algo que se lo dijeran y que sino que le dejaran en paz. Pero pensó que no serviría de nada hacer amenazas con algo que no podía cumplir. Si alguien le desafiaba no podría pelear. Así que solo pasó entre los grupitos de gente cuchicheando a su alrededor lo más rápido que pudo y entró en clase.

Las clases fueron tan aburridas como siempre. Intentó concentrarse en las explicaciones de los profesores para evitar que su mente divagara y para que su mirada no se desviara hacia sus antiguos amigos. Pero no logró más que un tremendo dolor de cabeza.

A la hora de comer una escena tristemente familiar se sucedió.

Mientras él recogía sus cosas lánguidamente vio como sus amigos cuchicheaban entre sí, alguno de ellos le miró de reojo pero no le dijeron nada, y enseguida se fueron hacia abajo. Ahora ya ni le decían que iban bajando, se iban sin él directamente.

Hurgó en la mochilla hasta encontrar su fiambrera y la cajita con las pastillas. Ya no bastaba con comer sin sal, ahora encima tenía que medicarse.

Salió de la clase cuando ya casi no quedaba nadie en los pasadizos, y se encaminó hacia la enfermería. Su madre le había hecho prometer que acudiría allí al menor síntoma de un nuevo ataque. Y aunque sabía que el dolor de cabeza que tenía no tenía nada que ver con el estúpido síndrome que padecía, en la enfermería le darían un analgésico que con un poco de suerte le ayudaría a superar las dos últimas horas del día.

La enfermera le trató como si fuera una muñeca de porcelana apunto de romperse. Le hizo sentarse, le dio un vaso de agua y la pastilla, y le dijo que si lo necesitaba que se tumbara en la camilla. Hanamichi se sintió tan abrumado por la atención de ésa mujer que en cuanto se hubo tragado la pastilla salió casi corriendo del consultorio.

El sábado al intentar hablar con Kaede se había auto-convencido que no debía rendirse, que tenía que averiguar el por qué del extraño comportamiento del moreno. Pero no estaba de humor para pelear de nuevo. Así que pasó de largo la escalera que subían al tejado y bajó la escalera principal.

Se habría quedado en las aulas a comer, pero no estaba permitido y había profesores que pasaban para comprobar que las aulas restaban vacías en las horas de recreo y no quería más problemas. Así que desanimado se encontró con la difícil elección de donde ir a comer.

La última vez que había salido a fuera tampoco había podido evitar discutir con el zorro, y aunque dudaba que de nuevo fuera a buscarle, estando a fuera le sería inevitable sentirse cada vez más ignorado por sus amigos.

Adentrarse al desconocido mundo del comedor escolar era la única opción. No había entrado en él más que un par de veces para comprar algo de beber. Y sabía que la mayoría de gente que se quedaba a comer en él eran los grupitos de chicas, los empollones y los niños responsables; todo lo que él nunca había sido. Tomó aire y entró.

Nadie le prestó mucha atención cuando entró. Todo el mundo estaba enfrascado en lo que parecían entretenidas conversaciones. Un poco cohibido, y sin saber dónde sentarse se quedó parado a un lado de la puerta observándoles.

Cerca de la puerta todo eran grupitos de chicas. Distinguió rápidamente la mesa de las fans de Rukawa. Y no muy lejos la mesa de Haruko y sus amigas. Había otra con las chicas del equipo de judo al lado de la mesa de los del periódico escolar. En un rincón había un par de mesas con gente con libros en ellas, los empollones pensó primero pero luego reconoció entre ellos a Akagi y Kogure y se dio cuenta que eran las mesas de los del último curso que estaban por rendir los exámenes de acceso a la universidad. No muy lejos había la única mesa casi vacía, ocupada solo por un par de chicos que parecían más pequeños que el resto, y que estaban sentados hablando y comiendo con un tablero de ajedrez olvidado entre sus fiambreras.

No sabía donde ir a sentarse. De toda esa gente solo conocía a Akagi y Kogure que se veía a leguas que no estaban para que les molestaran; y a Haruko, a quien ni loco se acercaría estando rodeada de su grupo de amigas al completo. Todas las mesas parecían estar llenas o casi llenas, y todo el mundo hablaba animadamente sin prestarle atención a los demás. Solo había asientos libres apartados en la mesa medio vacía de los del ajedrez.

Sin estar muy convencido empezó a andar. Al atravesar el comedor sí que atrajo las miradas de todo el mundo. Se maldijo los huesos por no haber salido a comer a fuera, pero ahora ya había cruzado medio camino, así que aceleró el paso. Cuando llegó a la mesa vio como los dos chicos le miraban con miedo, pero no se movieron.

—Os importa si me siento aquí— murmuró señalando las sillas libres a su lado.

—Supongo que no— murmuró uno de ellos, el que parecía mayor.

Sin ganas de llamar más la atención se sentó en la otra punta de la mesa y sacó su insípida comida sin sal.

Al principio los chicos parecían cohibidos por su presencia, pero pronto dejaron de prestarle atención. A lo lejos vio a Haruko mirar hacia su mesa un par de veces. Hanamichi se preguntó qué pensaría ella de él en estos momentos, ella siempre había creído en él incluso cuando se metía en problemas. Entonces recordó como la chica había apartado la mirada de él la tarde que lo hacharon del gimnasio, claramente ya no creía en él.

«Estoy solo». Pensó mirando como a su alrededor todo el mundo comía con alguien.

—¿Qué traes de postre?— oyó entonces que uno de los chicos, otra vez el mayor de ellos, le preguntaba al otro.

No estaba seguro pero creía que iba a su mismo curso pero el otro claramente era de primer curso. Y eso era algo extraño, normalmente chicos de distintos cursos no se mezclaran entre sí si no era en una actividad extraescolar. Quizá eran el equipo de ajedrez del instituto, pensó observándoles por el rabillo del ojo. ¿El instituto tendría equipo de ajedrez?

—Pastel de queso, ¿quieres un trozo? Lo hizo Sae ayer por la noche —respondió el otro muchacho, el que parecía ser de primero o incluso más pequeño.

—Sí. Yo no he traído nada, no quedaba fruta en la nevera y mi madre no hace pasteles, así que… —respondió el otro aceptando el trozo que el otro le ofrecía con su propia cucharilla.

—No te quejes, si quieres pastel háztelo —respondió el de primero dándole una cucharada más a su amigo antes de que pudiera replicar.

Hanamichi no pudo evitar mirárselos con envidia. Él también quería tener alguien con quien hablar, alguien con quien compartir los postres.

Cuando los dos chicos se dieron cuenta que eran observados por el pelirrojo se giraron.

El mayor, todavía con la boca llena, hizo el intento de decir algo, pero el otro se le adelantó.

—¿Quieres un poco? —le ofreció con una sonrisa.

—Yo… —dijo Hanamichi nervioso y sorprendido por el ofrecimiento.

—No te contagiaremos nada —dijo el primero en cuanto hubo tragado el trozo de pastel al verle dudar de si aceptar.

—¡Makoto! —lo regañó el otro—. No le hagas caso. Si te apetece toma un poco, mi hermana ha hecho más del que yo me puedo comer.

—Gracias —susurró Hanamichi acercando su fiambrera para que el chico pudiera poner en él el trozo de pastel que ya estaba cortando.

—¿Eres Sakuragi Hanamichi, verdad? —dijo el chico mientras le daba el trozo de pastel.

—El mismo que viste y calza —dijo sonriendo un poco por primera vez en todo el día.

—Yo soy Nakase Hideaki de primero A y éste gruñón es mi… es Okiguchi Makoto de segundo A.

—Encantado —dijo haciéndole una leve reverencia a Makoto con la cabeza que no había vuelto a decir nada.

Ambos le respondieron con una reverencia y luego se hizo el silencio. Hanamichi probó el pastel de queso bajo la atenta mirada de Hideaki y Makoto y todavía con la boca llena murmuró:

—¡Waw! ¡Fstá dlisoso! —luego tragó y repitió—. Lo siento, está delicioso —y se metió otro trozo en la boca.

Hacía días que no comía algo tan bueno, desde que su madre cocinaba sin sal.

—Gracias— les dijo cuando se lo terminó. —Estaba muy bueno.

—¿Te encuentras mejor? —le preguntó entonces el chico de primero.

—¡Hideaki! —le regañó entonces el de segundo y luego se disculpó—. Perdona esta falta de modales, es un…

Hanamichi rió un poco ante la cara que puso el de primero cuando el de segundo le regañó y luego dijo.

—Tranquilo, no me molesta que me preguntes, prefiero que si alguien quiere saber algo me lo pregunte directamente a que se pasen el día cuchicheando y especulando.

—Lo ves —le murmuró Hiedaki a Makoto, y luego le volvió a preguntar a Hanamichi—. ¿Así, ya te has recuperado?

—Más o menos.

—No es por cotilleo —se disculpó Hideaki— es solo que al ver que se llevaban a alguien en ambulancia me asusté un poco.

—Es un poco aprensivo —comentó Makoto.

—Vaya, no sé que decir. Gracias por preocuparte, supongo.

—No hay de qué. Lo importante es que estés bien.

—No hace falta que te preocupes más, estoy bien, solo tuve… bueno digamos que… que ya pasó.

—¿Tiene algo que ver con tu lesión de espalda?

—¡Hideaki quieres hacer el favor de dejar de meter las narices en la vida de los demás! —volvió a regañarle Makoto—. Discúlpale, no saber estarse calladito.

—¿Cómo sabes lo de mi lesión? —dijo Hanamichi sorprendido, sin hacer caso del comentario de Makoto.

—Salió en el periódico escolar —dijo Makoto—. ¿No lo sabías? —añadió al ver la cara de Hanamichi.

—No.

—Cuando perdisteis en los Nacionales del año pasado hicieron un reportaje. Y en el número de verano incluyeron un especial sobre ti, tu estancia en la clínica para la recuperación, y…

—Hideaki… —murmuró Makoto para hacer callar a su amigo al ver la como la cara de Hanamichi iba cambiado a medida que Hideaki hablaba.

—¿Me disculpáis un momento? —murmuró Hanamichi muy enojado.

Cuando estuvo en la clínica y sus amigos le visitaron y le encontraron sediento de noticias y le dieron a leer el periódico de la escuela, no había ningún reportaje en él sobre el equipo de baloncesto, y sobretodo no había ningún especial sobre él y su estancia en la clínica. Él se había sentido muy deprimido al pensar que por culpa de haberse lesionado, el equipo no solo había perdido en los nacionales, sino que encima había perdido popularidad en el colegio. Hasta ahora pensaba que esa era en parte la razón de que al reincorporarse al equipo todos le trataran de un modo extraño.

Ahora que ya no estaba en el equipo no debería importarle, pero no soportaba que le mintieran. Quería saber por qué los que se llamaban sus amigos le habían mentido respecto a eso, se sentía como un idiota de pensar que todo el instituto sabía los pormenores de su recuperación y él en cambio ni siquiera sabía que habían hablado de ello en el periódico.

Cruzó el bar hecho una furia y casi se lleva por delante la mesa de los del periódico estudiantil, no sin intención.

—¡Eh, vigila por donde caminas! —se quejaron varios de ellos.

—¡Qué os den, panda de chismoso! —fue todo cuanto les dijo, sin apenas pararse a verles.

Salió al jardín sin la chaqueta y el frío le golpeó provocando que un estremecimiento le recorriera el espinazo. Pero no se detuvo. Cuando llegó a donde sus amigos comían, se plantó detrás de Yohei y dijo:

—¿Podemos hablar un momento?

—¡Hanamichi! —dijo sobresaltado Yohei dando un respingo.

—Ahora —exigió Hanamichi echando a andar hacia la parte trasera del colegio. No tenía ganas de tener espectadores y sabía que había dejado a mucha gente curiosa en el bar.

Yohei se levantó y le siguió sin decir nada. El resto de la banda tardó unos segundos en moverse, pero luego les siguieron y se colocaron estratégicamente para poder ver lo que ocurría entre Yohei y Hanamichi, y a la vez impedir que nadie más se acercara.

—¿Qué ocurre? —cuestionó Yohei enfadado.

—¿Por qué me dijiste que no habían hablado del equipo en el periódico del verano?

—¿A qué viene esto?

—¡Responde! —gritó Hanamichi exaltándose.

—¿Quien te lo ha dicho?

—¡¿Por qué me dijiste que no habían hablado de nosotros en el periódico del verano?! —repitió, pero esta vez gritando.

—Lo hice por ti.

—¿Por qué? ¿En qué podían beneficiarme tus mentiras si se puede saber?

—Pensé que no te sentaría bien saber que todos pensaban que eras un pobre enfermo discapacitado. Y no me equivocaba.

—Sí que te equivocas. ¿Crees que estoy así porque sé que se hizo ese reportaje sobre mí?

—Evidentemente, se te ha girado la pinza cuando lo has sabido.

—Creí me conocías mas que eso. Yo sí que me equivoqué.

—No te hagas la víctima ahora Hanamichi. Sí quieres que hablemos de mentiras empieza por ti. No intentes dar lecciones a nadie porque tú eres el más embustero de todos nosotros, así que piensa un poco antes de hablar.

—Vete a la mierda.

—Ya estoy en ella, gracias.

Hanamichi estuvo a punto de saltar encima de Yohei para liarse a trompazos con el que creía su mejor amigo, cuando vio la sombra de alguien en la barandilla de la terraza. Sabía que era Kaede, pero no pudo evitar pensar en Takeshi.

—Tienes suerte que haya dado mi palabra de honor en que no lo haría, porque sino te partía la boca aquí y ahora.

—A la mierda tú, a la mierda tu honor, y a la mierda tu jodido orgullo Hanamichi —masculló Yohei antes de darle la espalda e irse.

Cuando estuvo solo, miró hacia arriba, pero Kaede ya no estaba allí. Con la sensación que ahora sí había perdido a Yohei para siempre volvió andando hacia el comedor.

Sin prestar atención a las caras curiosas que le miraban caminó hasta la mesa donde había dejado su fiambrera. Los dos chicos que habían compartido los postres con él todavía estaba allí sentados. Sin decirles nada, empezó a recoger sus cosas, ellos le miraron pero no dijeron nada.

—Gracias por el postre —dijo cuando tuvo todo recogido, antes de irse.

—De nada —contestó Hideaki.

Con paso rápido salió de allí y se encerró en su aula vacía. No podía dejar de pensar en lo abatido que se había sentido todo el verano anterior al pensar que se había lesionado para nada; que el equipo había perdido los nacionales de todos modos y en el instituto nadie parecía apreciar el esfuerzo hecho por el equipo. Pero lo habían hecho, habían dedicado el especial de verano del periódico a explicar…

—Necesito saber qué dijeron de nosotros, qué dijeron de mí —murmuró Hanamichi.

Acababa de salir de la clase hacia la biblioteca donde habría el archivo del periódico para leer ése reportaje cuando sonó el timbre.

Al final del pasillo saliendo de las escaleras que iban al tejado Kaede se escabullía hacia su clase. Justo instantes antes que el resto de alumnos llegara a los pasillos del segundo piso, sus miradas se cruzaron.

—Quiero hablar contigo —murmuró al tiempo que sus manos volaban delante de su cara y su pecho diciendo lo mismo.

Kaede no contestó, no se movió, pero Hanamichi sabía que le había entendido. Luego estudiantes de segundo y tercero empezaron a llenar el pasadizo y llegó un momento que perdieron contacto visual.

Hanamichi entró en su aula sin saber muy bien qué estaba pasando con su vida.

Cuando estaba sentándose en su sitio, intentando ignorar el hecho que tres sillas detrás de él Yohei y los chicos cuchicheaban a sus espaldas, alguien le tocó el hombro y dijo:

—Sakuragi —él se giró y se sorprendió de ver al joven Hideaki con quien había comido.

—¿Qué haces tú aquí? ¿No eras de primero?

—Sí. Pero estaba en le pasadizo con Makoto cuando Rukawa me ha pedido que te diera esto cuando pasara por delante de tu clase al bajar. Me tengo que ir —el chico dijo todo aquello atropelladamente, a la vez que le dio un papel doblado.

—Espera un momento —dijo Hanamichi saliendo tras Hideaki. En el pasadizo ya casi no quedaba nadie y los profesores empezaban a llegar a las aulas.

—Debo irme o me castigarán —dijo Hideaki.

—Claro, sí. Gracias, por esto y por lo de antes.

—Descuida —dijo el más joven y dando una pequeña reverencia salió corriendo escaleras abajo.

Luego, desdobló el papel y lo leyó.

"Si quieres ayudarme olvida lo que viste, por favor"

.

... continuará ...


Grissina: ¿No os han enamorado Hideaki y Makoto? Me encantan esos personajes.

Gracias por seguir leyendo y comentando. Espero ir recuperando el ritmo de actualizaciones poco a poco. Pronto el siguiente.

PS: Gracias Skuld Fair por tus correciones ortográficas. Revisado y corregido. Un beso.

PSS: Si detectáis más errores ortográficos os agradeceré que me aviséis para poder corregirlos, entre todos podemos hacer de esto algo mejor. Gracias.