…El Sonido del Silencio…
CAPITULO XXX: El examen sorpresa
Algunos creen que para ser amigos basta con querer, como si para estar sano bastara con desear la salud.
Aristóteles (384 AC-322 AC) Filósofo griego.
El despertador sonó estrepitosamente sobresaltándoles a ambos. Medio dormido Hanamichi se incorporó y lo apagó de un manotazo. Kaede que tenía peor despertar simplemente se giró sobre sí mismo y enfurruñado se escondió debajo de las sábanas.
Hanamichi le observó, al principio confundido, medio dormido, luego recordó la extraña conversación de la noche anterior, la actitud de Kaede al final de la noche, su mano en su cara, la otra en su muslo, la sensación de calidez y ese revoloteo en el estómago, y se estremeció al recordar como se habían dormido cogidos de la mano y lo que luego había soñado. No le hizo falta mirarse para saber lo que le acababa de ocurrir, su respiración se aceleró y se puso nervioso. Se levantó intentando no hacer ruido y se marchó al baño corriendo con miedo de que Kaede le viera en ese estado.
Unos minutos más tarde unos pasos subiendo la escalera fueron el único aviso del grito ensordecedor que hizo dar un salto de la cama a Kaede.
—¡Buenos días! ¡Es hora de levantarse cariño! —dijo la madre de Hanamichi golpeando la puerta de su habitación.
A Kaede, medio dormido todavía, le costó entender qué estaba ocurriendo. Así que él y la madre de Hanamichi se quedaron mirándose unos instantes desconcertados antes de que ella gritara de nuevo.
—¡Hanamichi!
Kaede dio otro respingo y miró hacia la cama del pelirrojo que estaba bacía.
—Lo siento cielo, no quería despertarte, es que Hanamichi no tiene permiso para invitar a sus amigos en días de colegio y no esperaba ver a nadie.
Kaede incapaz de decir nada hizo una pequeña reverencia, asintiendo a lo que ella decía, e intentando que pareciera una disculpa.
—Soy la madre de Hanamichi —dijo entrando en la habitación para abrir persiana y luego la ventana de par en par.
Kaede no dijo nada.
—Tú eres el compañero de Hanamichi, el número once, como es que te llama mi hijo todo el tiempo… ah sí, el zorro, Rukawa, ¿verdad?
Kaede asintió con la cabeza. Estaba cohibido y algo nervioso. No sabía qué decir y en ese instante se oyó un grito, por llamarlo de algún modo, proveniente del baño.
—¡Hanamichi! —gritó su madre saliendo de la habitación y acercándose a la puerta del baño para golpearla.
—¡Ya salgo mamá, me estoy duchando! —gritó Hanamichi desde el interior.
—¡Date prisa que ya vais tarde! —gritó su madre. Luego ella se giró hacia la habitación donde Kaede estaba sentándose en el borde de la cama para levantarse y le dijo con una sonrisa radiante—. Prepararé desayuno para ti también. ¿Te gusta el café o prefieres té?
—Ca… café —murmuró él nervioso.
Ella sonrió de nuevo y se fue por donde había venido. Kaede respiró cuando estuvo solo en la habitación de nuevo, pero su calma duró poco cuando instantes después entraba en la habitación Hanamichi, con el pelo mojado, dejando caer gotas por su toso desnudo hasta la toalla que llevaba amarrada en la cintura.
—Buenos días —dijo el pelirrojo con una radiante sonrisa. No obtuvo más respuesta que un gruñido extraño—. Tienes una toalla limpia en el baño si te apetece ducharte. Pero date prisa no tenemos mucho tiempo —dijo Hanamichi poniéndose de espaldas para empezar a desatarse la toalla de la cintura.
Si Kaede no hubiera salido corriendo hacia el baño en ese instante habría visto que Hanamichi ya llevaba la ropa interior puesta y por eso no le había dado pudor alguno desatarse la toalla de ese modo delante de él para poder acabar de vestirse.
Cuando Kaede salió de la ducha Hanamichi ya no estaba en su habitación, supuso que estaba en la cocina así que se apresuró en secarse y vestirse para luego bajar corriendo a desayunar.
Allí estaba Hanamichi sentado en la mesa de la cocina, donde habían cenado y estudiado, mientras su madre preparaba la fiambrera para su hijo.
—Buenos días —murmuró algo cohibido por interrumpir Kaede.
—Buenos días cielo, siento los gritos de antes —dijo ella girándose para verle—. Hanamichi ya me ha contado que estuvisteis estudiando. Si hubiera sabido que era por eso no habría dicho nada.
—Lo decidimos al último momento —dijo Hanamichi como si estuviera ya repitiéndolo por tercera vez—. ¿Además no nos acostamos tarde, a que no? —le dijo a Kaede
—No —murmuró él sentándose al lado de Hanamichi donde había un plato con dos tostadas y una taza de café humeante.
Tuvo el tiempo justo de desayunar, recoger su comida de la nevera y sus mochilas antes de que Hanamichi se marchara casi corriendo y sin él.
—¡Vamos tarde! —fue cuando consiguió sacarle a Hanamichi al preguntarle por que tenían que correr de ése modo.
Kaede deseó haber cogido la bicicleta, o que Hanamichi hubiera puesto el despertador antes, o que su madre los hubiera despertado con más tiempo; Deseó que el examen de mates no fuera precisamente a primera hora mientras corría como podía por las calles de Kanagawa siguiendo a Hanamichi. Pero agradecía haber tenido la excusa del examen para poderse quedar a dormir en casa del pelirrojo. No sabía qué ocurriría después del examen, pero como mínimo los últimos días de camaradería y esa noche habían sido una pequeña compensación que ya nadie podría quitarle.
Llegaron al instituto con el tiempo justo. Subieron las escaleras corriendo y cuando estaban llegando al segundo piso sonó el timbre. No detuvieron la carrera, pero al llegar delante de su aula Hanamichi le gritó.
—¡Mucha suerte en el examen! —y sin esperar respuesta entró a su clase donde el profesor de literatura ya estaba pasando lista.
Kaede sonrió al oír los gritos del profesor de literatura regañándole por llegar tarde, pero no se detuvo. Caminó hasta su clase intentando acompasar su respiración y luego abrió la puerta y vio toda la clase sentada en silencio mientras Makoto repartía unas hojas, probablemente el examen.
—Llegas a tiempo para hacer el examen Rukawa, siéntate —murmuró el profesor de matemáticas desde su mesa.
Kaede no dijo nada, se dirigió a su pupitre y cogió la hoja que Makoto le alargó.
Los ejercicios eran muy parecidos a los que había hecho la noche anterior con Hanamichi. Respiró hondo y se dispuso a intentar hacerlos. Sabía que hiciera lo que hiciera el profesor le aprobaría, pero de todos modos quería aprobar por sí mismo, quería poder decirle a Hanamichi que había aprobado gracias a él sin mentir o sentirse más sucio por ello. Ya bastante mal estaban las cosas.
No pudo resolver el último ejercicio, sabía que el resultado no era correcto porque le daban números negativos y eso no era normal, pero se le acabó el tiempo antes de poder descubrir en qué se estaba equivocando.
—Seguro que son los malditos paréntesis —murmuró Kaede al entregar el examen a Makoto que de nuevo era el encargado de recogerlos.
—¿Perdón? —dijo desconcertado Makoto.
Kaede negó con la cabeza, dándole a entender que lo que decía no iba con él, y encogiéndose de hombros Makoto siguió su con tarea.
El resto de la mañana transcurrió relativamente tranquila. Los nervios por saber si a Hanamichi le iría bien en el examen le mantuvieron despierto, lo que facilitó mucho las cosas, no le gritaron ni castigaron y teniendo en cuenta lo poco que había dormido era todo un milagro.
A la hora de comer esperaba ver a Hanamichi en el pasillo esperándole, como el día anterior, pero los de la clase de Hanamichi todavía estaban acabando el examen. No quería que le vieran esperándose en el pasillo por el pelirrojo y decidió subir a la azotea y esperarle allí.
Cuando ya llevaba más de diez minutos esperando empezó a ponerse nervioso.
¿Qué podía haberle pasado a Hanamichi para que tardara tanto? ¿Le habría ido mal el examen? No podía ser, se lo sabía todo. Quizá el profesor le había castigado por algo.
Despacio, pensando en ello, se levantó y se acercó a la barandilla. Entonces vio a los amigos de Hanamichi sentarse bajo el árbol de siempre, pero sin Hanamichi, como iba siendo habitual los últimos días. Eso tenía que significar que el pelirrojo pronto aparecería por la puerta, así que se sentó de nuevo a esperar.
Cerró los ojos y se dedicó a recordar lo ocurrido la noche anterior. Hacía mucho que no hablaba así con nadie, desde que se había peleado con Eiji de hecho. Ahuyentó de su cabeza el recuerdo de la mano de Hanamichi entrelazando sus dedos con los suyos, no quería pensar en eso, estaba aterrado por si pensaba lo que no era.
Pasaron diez minutos más y ya hacía veinte que esperaba a Hanamichi; Se les estaba acabando la hora de comer.
Finalmente se levantó y bajó a buscarle.
Podría haber comido sólo, pero no quería, quería preguntarle por el examen y luego intentar convencerle para que asistiera al entrenamiento esa tarde. Hasta llevaba en la bolsa dos mudas de ropa de deporte por si le decía que no podía porque no tenía con qué entrenar. Hanamichi tenía que volver al equipo y cuanto antes mejor.
Cuando llegó al pasillo del segundo piso lo vio desierto. Se asomó al aula de Hanamichi y al instante deseó no haberlo hecho.
—Has estado estudiando por lo que he visto —dijo el profesor de matemáticas levantando la vista del montón de exámenes que tenía en frente.
—Te dije que no volvería a necesitar tu ayuda para aprobar —le escupió Kaede.
—Se ve a la legua que Sakuragi logra los mejores resultados como tutor particular contigo. Aunque no me sorprende, con ese cuerpo…
—Es usted un cínico y un cretino. No se atreva a…
—No te pongas agresivo conmigo. No sé por que tanto drama Kaede. Sabes que no insistiré, siempre has sido tú el que ha dicho qué quería y cómo, no yo.
—Se acabó —masculló entre dientes Kaede consciente de que toda la culpa era suya, él se había atado la soga al cuello.
—Hasta que digas lo contrario así será. Pero ya te advertí que él pronto se cansará de ti. O puede que, si te portas mal, descubra como eres. Y cuando él se aleje quizá vuelvas a pedirme ayuda a mí.
—No se atreverá a decirle nada… —eso era lo que más miedo le daba, que Hanamichi supiese que no es que el profe de mates le acosara, sino que él había caído en el juego intentando sacar partido de una situación que no podía evitar y que al hacerlo solo lo había empeorado todo.
—Sabes que lo haría si fuera necesario. Mi silencio, por el tuyo, ese era el trato.
Kaede no dijo nada. Era cierto, ese era el trato, su silencio por el del profesor.
—Ese chico es muy voluble. Pronto se cansará o se olvidará de ti, no eres tan especial, y cuando estés solo de nuevo… Siempre podrás acudir a mí.
—Ni en un millón de años volvería a… no quiero nada ti, cerdo hipócrita y manipulador, jamás.
—Ojo con lo que dices, tus impertinencias pueden costarte caras, jovencito. Pero no te preocupes, sabes que no te traicionaré si puedo evitarlo, y… Cuando recapacites te perdonaré. Siempre lo hago ¿no?
—Váyase al infierno —masculló Kaede con los ojos negados de lágrimas.
—Solo si me acompañas, querido, solo si me acompañas —le respondió con suficiencia el profesor.
Kaede salió corriendo del aula, aguantando las ganas de llorar. Subió las escaleras corriendo y cuando llegó a la azotea cerró la puerta tras de sí.
Respiraba con dificultad, se sentía sucio, se sentía vulnerable, quería huir, esconderse, desaparecer.
Necesitaba que le dijeran que todo iba a estar bien, que nada malo le ocurriría; que lo dicho por el profesor no era cierto, Hanamichi no se cansaría de él, no le dejaría solo; que lo que había hecho no era tan grabe; que a pesar de todo Hanamichi nunca llegaría a saber todo lo que había hecho.
«Porque si lo supiera… ¿qué pensaría de mí?» Pensó. No lo sabría nunca y nada pasaría.
¿Y dónde estaba Hanamichi en ese momento? Qué no hubiera dado para que el pelirrojo hubiera evitado que se encontrara con el profesor de nuevo a solas. ¿No había sido él el que le dijo que no dejaría que el profesor se le acercara de nuevo?
Kaede no entendía cómo podía seguir deseando con tanta intensidad que Hanamichi se convirtiera en su salvador sabiendo que ello comportaría que el pelirrojo se alejara de él definitivamente al saberlo todo; Sabiendo que la culpa de todo era suya y solo suya.
Recordó entonces los dedos de Hanamichi entrelazados con los suyos la noche anterior, las palabras susurradas en la oscuridad y la suave caricia en su mano, la que había posado en su mejilla.
Su estómago dio un vuelco y le dio un pinchazo el corazón. ¿Por qué el amor tenía que doler así?
Luego recordó las manos de profesor, los labios del profesor, su aliento caliente, sus ojos y esa sonrisa de suficiencia que le daba escalofríos y sin poder evitarlo por más tiempo las lágrimas rebosaron de sus ojos.
Cuando la primera gota salada tocó sus labios y fue consciente de que estaba llorando ya no pudo parar.
Se sentó contra la pared, dobló las rodillas y se abrazó a ellas intentando detener el temblor que recorría su cuerpo. Los sollozos fueron en aumento, las lágrimas incesantes mojaron las mangas de su camisa y empezó a tener pequeños espasmos debido a la respiración errática.
Se sentía pequeño y abandonado. Estaba solo y deseaba más que nunca que alguien le abrazara, bien fuerte, y detuviera esa angustia que sentía.
Se sentía sucio y usado. Había intentado manipular al profesor en su beneficio, había pretendido que no le afectaba, que la causa justifica los medios, que lo tenía todo controlado y solo había logrado acabar herido y solo.
Se sentía estúpido por pensar que Hanamichi podía llegar a… a entenderle, a apreciarle, a…
Debería haber pensado que iba a dolerle tanto cuando el pelirrojo se fuera de su lado. Sabía que ocurriría tarde o temprano. Y por lo visto había sido temprano, una amistad casi fugaz.
El recuerdo de la noche pasada en casa de Hanamichi volvió a él de nuevo, la intimidad en la oscuridad, la complicidad en la cocina, la tensión antes de irse a dormir electrificando el aire. Y se estremeció.
Pero si debían acabar separados mejor así, antes de que Hanamichi supiera nada más de lo que había hecho. Antes de que le mirara con todo el asco que él mismo sentía por sí mismo.
De repente para Kaede el futuro era más que nunca una condena, sin amigos, sin Hanamichi en el equipo porque no quería volver, con el profesor de mates todavía allí cuando pensaba que ya todo había terminado, pero sabía que no terminaría nunca. Kaede se sentía vacío y sin ninguna ilusión.
Se agarró la cabeza, le dolía, pero no podía hacer nada. Solo podía seguir llorando lágrimas de frustración, lágrimas de desconsuelo y de impotencia.
Estaba asustado, más que cuando besó al profesor y Hanamichi les vio, mucho más que las otras veces que el profesor le había increpado de ese modo. Tenía miedo de que esta no hubiera sido por fin la última vez, de tener que volver a pasar por ello. ¿Si Hanamichi se echaba atrás en lo de querer ayudarle, en querer ser su amigo, quien más podría darle fuerza suficiente para salir de las garras de ése acosador?
Intentó secarse las lágrimas de la cara, pero seguían saliendo. Silenciosas, acompañadas de un punzante dolor en el pecho que le dificultaba el respirar.
¿Dónde estaba Hanamichi?
Poco a poco esta angustia fue acompañada por una sensación de quemazón en la garganta, y ganas de devolver.
Se abrazó a sí mismo de nuevo, intentando imaginar que sus brazos eran los de su madre o su padre, fuertes firmes, un refugio seguro y cálido.
Y entonces dio un brinco y su corazón tuvo un sobresalto cuando notó una mano en su hombro, grande, firme.
—¿Qué te pasa? —murmuró una voz conocida a su lado—. Kaede…
No quería verle, no podía mirarle, no ahora, no así. Kaede se abrazó más fuerte a sí mismo, a sus rodillas, e inconscientemente empezó a balancearse un poco.
—Kaede por favor, mírame —oyó que le decía la voz de Hanamichi, angustiado.
Pero cuando le tocó la cabeza suavemente, se estremeció y se apartó re-huyendo el contacto. Le daba miedo.
Hanamichi que no entendía qué había ocurrido se asustó cuando vio el movimiento de Kaede para alejarse de él. Había llegado a la terraza hacía un momento y se lo había encontrado hecho un ovillo en un rincón, al principio pensó que dormía, pero al acercarse se dio cuenta que estaba llorando silenciosamente y su corazón dio un vuelco.
—Zorro, soy yo. No pasa nada. Soy yo —murmuró tocándole de nuevo en los hombros con miedo.
Kaede se estremeció, pero esta vez no se alejó.
—No sé que ha pasado, pero ya está. ¿Me oyes? —le susurró Hanamichi acercándose más a él, al ver que el otro no le rechazaba—. Estoy aquí contigo Kaede. Ya está —siguió susurrando mientras le abrazaba un poco como podía.
Cuando sintió unos brazos fuertes a su alrededor Kaede instintivamente se arrojó al cuello de quien quería consolarle. Hanamichi trastabilló debido al impulso de Kaede y terminó sentado en el suelo con Kaede encima abrazado a su cuello, sollozando débilmente sobre su pecho.
—Ya está —susurró Hanamichi acariciando suavemente la espalda de Kaede—. Ya está, ya está —fue repitiendo como un mantra mientras la respiración de Kaede se normalizaba.
Cuando le pareció que Kaede ya no lloraba respiró más tranquilo. Pero no dejó de acariciarle la espalda con una mano mientas que con el otro brazo le rodeaba la cintura manteniéndolo pegado a él.
Hanamichi oyó sonar el timbre del inicio de las clases de la tarde, no le importó. Kaede seguía con la cara escondida en su pecho y sus brazos alrededor de su cuello, como si se amarrara a un salvavidas.
—¿Estas mejor? —susurró muchos minutos después Hanamichi.
Kaede no se movió un ápice.
—Háblame, por favor. Yo…
—Me duele la cabeza —murmuró Kaede todavía sin moverse.
Hanamichi suspiró al oír su voz firme como de costumbre.
Y entonces Kaede fue soltando su agarre del cuello de Hanamichi y se apartó de él, escondiendo su rostro avergonzado,
—Perdón —musitó Kaede sintiéndose morir de vergüenza. Ahora le parecía haber tenido una reacción desmesurada, un simple ataque de histeria sin motivo.
—¿Qué ha ocurrido? —preguntó Hanamichi intentando verle los ojos. Pero el moreno seguía rehuyendo su mirada.
—Nada.
—¿Cómo que nada?
—Nada, de verdad. Ha sido una tontería, ya está. No volverá a ocurrir.
—No me digas "nada", si no quieres hablar de ello dilo, pero no me mientas.
—Está bien, no quiero hablar de ello— dijo secamente Kaede incomodo.
—Muy bien —respondió también bruscamente Hanamichi. Luego su mirada se suavizó y murmuró tomando una mano entre las suyas—. Sólo recuerda que sea lo que sea, estoy aquí. Será mejor que descanses un rato. Hoy hemos dormido muy poco. Quedémonos un poco más. Ven.
Kaede asintió levemente, demasiado avergonzado todavía por la escenita de llanto para hablar o dejar que Hanamichi le viera el rostro.
Sin soltar la mano de Kaede Hanamichi se movió hasta quedar más cerca de la pared y el moreno le siguió y se sentó a su lado.
—Ahora descansa. No me moveré de aquí —susurró de nuevo entrelazando los dedos como la noche anterior.
Pasaron los minutos y Hanamichi notó como a su lado Kaede se relajaba, luego cerraba los ojos y se dejaba llevar por los brazos de Morfeo con una rapidez asombrosa.
Lo observó dormitar durante un rato. Y se dio cuenta que había cometido un enorme error de juicio al acercarse a él completamente desprotegido. No solo no había logrado averiguar qué pasaba con la vida de Kaede, la cual cosa debía solucionar su estrés y por ende sus problemas, sino que había acabado sintiéndose más y más atraído por él a cada minuto que pasaba.
—Soy un idiota —murmuró sin poder apartar la vista de él.
Entonces vio que unos cabellos del flequillo le caían a los ojos y parecían molestarle, así que tan cuidadosamente como le fue posible se los apartó de la cara. Pero el ligero contacto hizo que Kaede abriera los ojos, todavía un poco enrojecidos por el llanto.
—Lo siento —se disculpó Hanamichi con una sonrisa— no quería despertarte.
—No dormía —musitó Kaede apartando la mirada, consciente de los rastros del llanto seguramente aún eran patentes en su cara.
Se quedaron callados un rato.
Hanamichi esperaba que en cualquier momento Kaede soltaría los dedos enlazados con los suyos, pero no fue así y el pelirrojo tuvo la sensación de volver a estar en un momento mágico, como la noche anterior, aunque ahora la oscuridad no iba a protegerles de sonrojos y expresiones faciales incontrolables.
—He seguido tu consejo —dijo Hanamichi mirando al cielo y sonriendo.
A la mierda con el silencio. Pagarle a Kaede con la misma moneda no funcionaba. Si le contaba todo lo que le apetecía contarle quizá el moreno se animara también a contarle algo.
—¿Cuál? —murmuró Kaede.
Hanamichi le miró sin dejar de sonreír. Se sentía un poco irreal pero por fin algo tranquilo.
—He ido a hablar con Yohei y los chicos. Les he pedido perdón por no darles una segunda oportunidad y ellos me han pedido perdón por haberse reído de mí —le contó sin dejar de sonreír.
Sin darse cuenta empezó a jugar con su pulgar dando pequeñas caricias circulares en la mano de Kaede, lo hizo distraídamente mientras hablaba.
—Hace días que querían hablar conmigo pero no sabían como hacerlo. Estaban preocupados por mí. Ellos sabían que yo le había contado a Yohei sobre lo que me pasa, lo de la oreja, pero él no les dijo nada, como me había prometido, y todos me han preguntado si estaba bien y qué tenía. Les he contado lo sucedido y me siento aliviado ahora que lo saben. No se lo dije antes porque pensaba que se reirían de mí…
—Nadie se reiría de ti por eso —le dijo Kaede apretándole un poco la mano como queriendo dar más fuerza a sus palabras, como si supiera que el pelirrojo no se las creería del todo.
Hanamichi tragó con dificultad y siguió hablando.
—Bueno… ahora ellos lo saben y… saben también que me has ayudado estos días y que yo te he ayudado con el examen. Les he contado que firmamos la paz.
Al mencionar la prueba de matemáticas Kaede se removió un poco en su sitio, incómodo.
—Se han sorprendido cuando les he dicho que ahora somos amigos… pero creo que puede funcionar, así que les he hecho una propuesta. No sé si a ti te parecerá bien, pero he tenido la idea y bueno… les he propuesto que se unan a nuestro grupo de estudio. Puede que si lo hacemos entre todos podamos mejorar en todas las asignaturas como en mates. De todos modos sin no te apetece pues no pasa nada —se apresuró a añadir al ver como su expresión cambiaba e incomodo soltaba su mano del agarre.
—No es eso —murmuró Kaede acariciándose la mano como si quisiera comprobar que estaba entera.
—No pasa nada, sé que no te gusta estar con mucha gente. Puedo explicarles a ellos lo de mates un día y a ti otro. Sería más fácil hacerlo a la vez, pero no me importa repetirlo. Sois mis amigos a fin de cuentas —Hanamichi sabía que intentar que sus amigos y Kaede fueran también amigos quizá era forzar demasiado la máquina y no quería perder lo que habían logrado Kaede y él hasta ahora solo por querer apresurarle a abrirse a los demás cuando ni siquiera confiaba en el todavía.
—Gracias —murmuró Kaede sorprendiéndole, colocando una mano en el muslo de Hanamichi como había hecho la noche anterior.
—Ya te dije que lo que pasara entre la banda y yo no tenía nada que ver con esto. Podemos ser amigos, podemos… —pero calló cuando esta vez fue Kaede quien buscó su mano y entrelazó los dedos con él.
—Me gustaría conocerles —murmuró Kaede.
—¡Eso sería genial! —exclamó Hanamichi. Mirándole a los ojos y sintiendo en su muslo su mano agarrando la de Rukawa, o la de Rukawa agarrando la suya, ya no estaba seguro—. Quiero decir, me encantaría que te unieras a la banda, es decir… —estaba más nervioso de lo que quería admitir.
—Ni sueñes con que me ponga a tus órdenes como si fuera… —dijo Kaede con su tono habitual como si nada ocurriera.
—Ellos no están bajo las órdenes de nadie.
—No es lo que se dice.
—Las cosas no son siempre como la gente cree. Deberías saberlo —dijo de nuevo moviendo el pulgar encima de la mano de Kaede, esta vez con toda la intención.
Kaede no dijo nada. Pero instantes después el pulgar de Kaede también se movía de forma circular en la mano de Hanamichi, jugando a encontrarse con el pulgar del pelirrojo.
Ninguno de ellos se atrevió a mirarse a la cara, pero no cesaron en el juego que habían empezado.
Cuando los encuentros de sus pulgares eran más unas sutiles caricias que una lucha en miniatura Kaede se armó de valor para hablar de nuevo y murmuró.
—De cualquier modo, me gustaría conocerles.
—Estoy seguro que ellos también tienen mucha curiosidad por ti. Eres el mayor misterio del instituto y a ellos les encantan los misterios —dijo sonriendo Hanamichi.
Kaede se asustó de nuevo al oír eso. Si era cierto y se ponían a investigar podían ponerle en una situación muy comprometida.
—Tranquilo —susurró Hanamichi—. Aunque descubrieran algo de ti, lo del profesor de mates o algo más que no quieras que nadie sepa, ellos no lo contarían por ahí. No son de esos.
—¿Seguro?
—Sí. Ellos no van por ahí contando las cosas de sus amigos.
—Pues todos saben por ellos que más de cincuenta chicas te han rechazado… —dudó Kaede.
—Eso no es realmente importante para mí y ellos lo saben. Nunca he escondido lo que siento cuando me gusta alguien, si alguien quisiera saberlo solo tendría que preguntar y ellos lo saben, así que no tiene mucha importancia que lo digan por ahí, además solo intentan quitarle hierro al asunto.
Hanamichi dijo eso mirándole a los ojos fijamente y notó como Kaede no era capaz de apartar su mirada.
—Si tú confías en ellos, de momento me basta —fue cuanto pudo llegar a murmurar Kaede antes de cerrar los ojos de nuevo. Odiándose a sí mismo por desear tanto preguntarle al pelirrojo si le gustaba alguien y no atreverse a hacerlo por miedo a la respuesta.
Hanamichi también cerró los ojos y suspiró. A pesar de los nervios del cosquilleo en el estómago que estar con Kaede de ese modo le producía, se sentía tranquilo por primera vez en muchas semanas.
—¿Volverás? —murmuró Kaede pasado un rato.
—¿A dónde? —preguntó descolocado Hanamichi abriendo los ojos y mirando a Kaede quien miraba sus manos unidas todavía en su muslo.
—Al equipo, a los entrenamientos —murmuró pasado un rato Kaede sin mirarle.
—No creo que… —empezó a decir Hanamichi arrugando el ceño.
—Has aprobado, ya puedes volver— le cortó Kaede de forma impaciente sin apartar la mirada de sus manos.
—A penas hemos hecho el examen hoy. Ese capullo tardará como mínimo una semana en darnos los resultados. Y después aún faltará que quieran dejarme volver. Para no hablar de que yo no quiero…
—Ya basta de estupideces —le cortó de nuevo Kaede, pero esta vez le miró directo a los ojos, y dejó ver que el azul de su iris era mucho más oscuro de lo normal—. Claro que quieres volver. Además hiciste un pacto conmigo. Yo aprobaba y tú volvías al equipo.
—Pero todavía no sabemos ni si has… —balbuceó Hanamichi nervioso por la intensidad de esa mirada
Kaede se levantó soltando su mano y caminó hasta la brandadilla y murmuró.
—He aprobado —su voz fue baja, dura y fría. Hanamichi no lo sabía pero Kaede estaba luchando para evitar que las palabras del profesor un rato atrás le hirieran de nuevo.
—¿Pero como…?
—El examen no era difícil y gracias a ti he sabido hacer la mayoría de los ejercicios. Así que seguro que he aprobado. Hemos aprobado los dos.
—Tenemos que esperar a saber las notas —murmuró Hanamichi con voz suave acercándose a Kaede.
—No tenemos tiempo para eso —exclamó Kaede sobresaltándose por la cercanía de Hanamichi—. Ya has perdido demasiadas semanas de entrenamiento. Las vacaciones de Navidad están cerca, y los partidos más importantes para la clasificación ya están aquí: mañana jugamos contra el Takesato ¿recuerdas? Si no te incorporas hoy mismo al entrenamiento no…
—Pero… —Hanamichi no entendía la reacción de Kaede.
—No. Nada de peros —dijo enfrentándole—. Si no vuelves ahora ya no hace falta que vuelvas, ¿me oyes? —le dijo tocándole con un dedo en el pecho de forma amenazante.
—No pienso volver si no es para quedarme. Así que deja de amenazarme —murmuró Hanamichi serio, algo ofendido por el cambio de actitud de Kaede.
—Te quejas que no recibiste el apoyo de tus compañeros de equipo, pero tampoco tú nos has apoyado estos días, dejaste el equipo con un hombre menos y parece que tanto te da. Y cuando el Shohoku te pide que vuelvas te niegas a intentarlo —le acusó Kaede.
—Ellos no… —intentó defenderse Hanamichi, sintiendo como se iba enfadando un poco más con cada palabra del moreno.
—¿Eres rematadamente idiota o qué te pasa? —estalló Kaede ante las dudas de Hanamichi—. Ellos no te lo han pedido directamente pero ya te dije que no han parado de intentar que vuelvas. Y yo te lo estoy pidiendo. ¿No?
El tono de Kaede podría haber sido calificado de suplicante, pero Hanamich no estaba para darse cuenta de ello.
—No me llames idiota —masculló, incapaz de entender el comportamiento de Kaede.
—Pues deja de comportarte como uno. Te he dicho ya tres veces que todos queremos que vuelvas, te he dicho que todos hemos hecho lo indecible para hacerte volver, te pedí que volvieras antes incluso de que ellos reaccionaran, y cuando viniste a mí acepté hacer ése pacto estúpido y tú sigues igual. ¡Despierta! Ya no te lo estoy pidiendo, después de todo lo que he hecho me lo debes.
El corazón de Hanamichi se resintió al oírle, sólo había oído la parte en que Kaede consideraba estúpido intentar hacer las paces con él.
—No te debo nada ¿Me oyes? —Enfadado se dio la vuelta y se dirigió a la puerta, pero antes de llegar a ella se giró y le gritó—. Y si hacer las paces conmigo te parece un pacto estúpido no sé porqué lo propusiste —luego se giró de nuevo y entró al edificio hecho una furia.
Mientras en la terraza Kaede se dejó caer al suelo de nuevo y murmuró con una lágrima corriendo por su mejilla de nuevo.
—Sí me lo debes Hanamichi, aunque no lo sepas.
... continuará ...
Grissina: super-cali-fragilistico-expialidoso.
(¿no es eso lo que se dice cuando uno no sabe qué decir? XD)
