…El Sonido del Silencio…
CAPITULO XXXVI: El principio en el fin
¿Beso? Un truco encantador para dejar de hablar cuando las palabras se tornan superfluas.
Ingrid Bergman (1915-1982) Actriz sueca.
El domingo llegó gris. Hanamichi se despertó temprano, la pitaba el oído. No se levantó, se quedó en la cama mirando al techo viendo la luz del día hacerse clara a través de la persiana entreabierta. Tenía en el pecho una sensación extraña. Habían pasado muchas cosas en muy poco tiempo y no estaba seguro de cómo se sentía con todo ello. Feliz. Asustado. Confundido. Expectante. Nervioso. Además la comida de hoy se le antojaba como algún tipo de prueba, ir a conocer a los padres de… ¿era correcto pensar en Kaede como su novio? ¿O era demasiado pronto para eso?
Con un suspiro, se pasó las manos por la cara, intentando disipar los restos de sueño y la confusión que sentía. Luego, despacio, se levantó de la cama y se fue al baño.
Su madre estaba en la cocina preparando café y tostadas cuando él entró.
—Buenos días mamá —dijo sentándose en el taburete más próximo sin saber si podría tragar una sola de esas tostadas.
—Mientras estabas en la ducha ha llamado Kaede. Ha dicho que iba a salir a correr y quería saber si te apetecía ir con él.
Hanamichi saltó del taburete como si le quemaran vivo y corrió hacia el teléfono. Con las manos temblorosas, e intentando ignorar la ancha sonrisa de su madre, marcó el numero de Kaede, que en algún momento había memorizado sin percatarse, y esperó impacientemente a que este contestara.
—¿Kade? —soltó sin miramientos a la que oyó que contestaban en el otro lado.
—No, ¿quien habla? —preguntó una voz masculina al otro lado, confundida, y algo irritada pensó Hanamichi.
—Oh, perdón. Soy Sakuragi Hanamichi, me han dicho que Kaede me había llamado y…
—La próxima vez anúnciate antes de preguntar así por alguien, muchacho —lo reprendió el hombre pero sin llegar a sonar enfadado.
—Sí, lo siento. Solo quería decirle a Kaede que me encantará salir a correr un rato.
—Kaede ya ha salido, pero creo que le encontrarás en la playa.
—Muchas gracias señor Rukawa.
—¿Serías tan amable de dejar que hablara con tu madre un momento?
—Claro, ahora se la paso —dijo Hanamichi que ya estaba a punto de colgar el teléfono—. ¡Mamá! —gritó Hanamichi entrando en la cocina con el inalámbrico —el señor Rukawa quiere hablar contigo. Salgo a correr un rato. Hasta luego.
—¡Pero Hanamichi si no has comido nada! —dijo su madre cogiendo a penas el teléfono antes de que él lo soltara.
—Me llevo esto para el camino —dijo cogiendo una de las tostadas del plato antes de que su madre le obligara a quedarse a desayunar y saliendo corriendo hacia la puerta.
Antes de que la pobre mujer pudiera decir nada más la puerta principal se cerró de un portazo y con un suspiro se puso el teléfono en el oído.
Hanamichi corrió con todas sus fuerzas luchando por decidirse entre si esa llamada para hablar era una buena señal o una de muy mala. ¿Había cambiado de idea Kaede? ¿O el moreno tenía tantas ganas de verle que no podía esperar unas pocas horas más?
Cuando llegó a la playa se detuvo y, mientras recuperaba la respiración, escaneó la playa en busca de Kaede. Al primer momento no le vio, porque le buscaba corriendo en la arena, pero finalmente lo divisó sentado en el muro que separaba la arena del paseo marítimo con la mirada perdida hacia el mar y los brazos alrededor de sus rodillas.
Tras una respiración profunda se acercó despacio a él y sin decir nada se sentó a su lado.
—Pensé que querías correr… —dijo sin saber muy bien que decir realmente.
—Necesitaba hablar contigo —murmuró Kaede sin mirarle.
A Hanamichi se le paró el corazón, parecía que Kaede se había replanteado las cosas entre ellos.
—Necesito… —dijo Kaede ante el silencio de Hanamichi, todavía sin mirarle y con un tono de voz neutro y apagado.
—¿Kaede qué ocurre?
—Necesito que esto acabe —dijo el moreno agarrándose más fuerte a sus piernas intentando pasar el escalofrío que le sobrecogió.
Hanamichi entendió rápidamente de qué estaban hablando y aliviado se relajó.
—Sabes que puedes contar conmigo para lo que sea —dijo poniéndole una mano en la espalda, confortante y protectora.
—¿Me acompañarías? —dijo Kaede girando al fin la cabeza para mirarle.
—Siempre —susurró Hanamichi perdido en esos ojos azules de mirada intensa y aterrada.
—¿Incluso a la comisaría? —murmuró Kaede como si no acabara de creérselo.
—Kaede, para sacarte a ese desgraciado de encima soy capaz de lo que sea —dijo Hanamichi subiendo la mano hasta acariciarle el suave pelo negro.
Kaede recostó la cabeza en sus rodillas y se dejó llevar por esa caricia. Con la cara aún escondida empezó a murmurar de nuevo:
—¿Serías capaz de…? ¿Si te pido que…? —empezó a balbucear Kaede sin lograr encontrar las palabras que buscaba.
—Kitsune, mírame —le dijo Hanamichi apartando la mano de su pelo—. Tranquilízate —le susurró cuando Kaede levantó la cabeza para mirarle, y Hanamichi aprovechó la oportunidad para ponerle ambas manos en las mejillas y sostenerle la mirada.
Kaede cerró un instante los ojos y suspiró.
—Todo saldrá bien —añadió Hanamichi sin dejarle ir.
—¿Me prometes que si no sale bien…? —dijo Kaede con la mirada inquieta aún.
—Saldrá bien, porque pase lo que pase somos amigos —dijo ajuntando sus frentes— y me tendrás a tu lado para lo que necesites. Siempre.
—¿Me lo prometes? —murmuró Kaede un poco más tranquilo, colocando una de sus manos encima de la de Hanamichi y éste entrelazó sus dedos y se llevó la mano al corazón para decir:
—Te lo prometo.
—Vale —dijo Kaede con un leve asentimiento de cabeza.
—Vale —dijo Hanamichi sonriendo, manteniendo la mano de Kaede en su pecho entrelazada con la suya, pero separando sus cabezas—. Por un momento me has asustado.
Kaede bajó las piernas y como Hanamichi se sentó dejándolas colgadas, con los pies casi rozando la arena, sus manos aún unidas entre ellos.
—Debería decir que lo siento, supongo.
—¿Supones?
—Cuando todo esto acabe tenemos que hablar Hanamichi. Ahora no, pero pronto. Tenemos que aclarar muchas cosas.
Hanamichi no dijo nada, pero dando un pequeño salto bajó a la arena y, sin soltar la mano de Kaede, se colocó frente a éste. Luego le hizo separar un poco las piernas y se acercó al él. El pequeño muro era lo bastante alto como para que estando uno sentado y el otro de pie quedaran a casi la misma altura.
—No hay nada que aclarar. Me gustas y te gusto. ¿Recuerdas? Por ahora es suficiente —susurró Hanamichi.
—Eres más dulce de lo que había imaginado, Hanamichi —no pudo evitar decir Kaede con una sonrisa asomando por la comisura de sus labios al reconocer la frase que él mismo había usado la noche anterior para calmar a Hanamichi—. No sabes como me alegro de que todas esas estúpidas no supieran verlo.
Hanamichi no respondió. Simplemente siguió sus impulsos y finalmente le besó.
Fue un beso tierno y probablemente más corto de lo que a ambos les habría gustado. Pero era su primer beso y Hanamichi no estaba muy seguro de qué hacer.
—Y ahora vamos, correr un poco te despejará —dijo Hanamichi nervioso tirando de Kaede para que bajase a la arena con él.
Kaede no opuso resistencia. Se levantó y empezó a correr al ritmo que Hanamichi marcaba hasta que empezó a resoplar.
—Hana —dijo con esfuerzos Kaede antes de detenerse.
Hanamichi desanduvo sus pasos y se paró al lado de Kaede, que intentaba recuperar el aliento doblado sobre sus rodillas.
—¿Hana? —preguntó divertido.
—Es que… Hanamichi… era de… demasiado largo —musitó entrecortadamente Kaede enderezándose de nuevo.
—Volvamos trotando, no es bueno detenerse tan de repente —dijo Hanamichi tomándole de la mano otra vez y ofreciéndole una sonrisa radiante.
Kaede no dijo nada y un rato después estaban delante de la puerta del bloque de Kaede.
—¿Quieres que suba contigo? ¿O vuelvo luego?
—Si te vas no se si podré hacerlo —murmuró Kaede.
Hanamichi asintió y dijo:
—Está bien.
Y ambos entraron al edificio.
Les abrió la madre de Kaede.
—Hola chicos, que bien que hayáis venido juntos. Tu madre ya està aquí —dijo ella en tono alegre.
Ambos chicos se tensaron con esa noticia. Esperaban poder llamarla para cancelar la comida y poder hablar con los padres de Kaede tranquilamente, pero ya no estaban a tiempo de ello. Sin saber qué decir ante el inesperado contratiempo entraron en silencio.
—Por favor Kaede, enséñale a Hanamichi dónde está el baño, y cuando os hayáis refrescado venid a la sala.
Kaede miró a Hanamichi con pánico en los ojos pero no dijo nada.
—Muchas gracias señora Rukawa. Nos cambiaremos en un periquete —intervino Hanamichi al ver que Kaede no parecía capaz de contestar. Y le empujó disimuladamente hacia lo que supuso era la zona de las habitaciones, mientras la señora Rukawa volvía a la sala, de donde salía la risa franca y clara de su madre.
—¿Kaede cual es tu cuarto? —le susurró al oído cuando estuvieron de nuevo solos.
El moreno le miró confundido y finalmente le guió hasta su habitación.
—¿Y ahora qué? —preguntó con un hilo de voz—. Tendremos que esperar a mañana. ¿Crees que tu madre les habrá contado ya que tu y yo…? —el pánico fluyendo libremente en su voz.
—Kaede tranquilo. Yo hablaré con mamá. Y no esperaremos ni un día más. Esto termina hoy. No dejaré que pases una noche más guardándotelo todo dentro.
—Eso es lo de menos Hanamichi. Es solo que… me preocupa que tu madre les haya dicho algo. Mis padres no saben nada de que yo… ¿Y si cunado se lo cuente creen que lo que ha pasado con el profesor es culpa mía, por ser gay?
—No seas idiota Kitsune. Lo que pasó no fue culpa tuya y nadie en su sano juicio lo creerá, seas o no gay, eso no tiene nada que ver.
—Es que… tú no lo entiendes Hanamichi. Yo…
—Pasara lo que pasara no es culpa tuya Kaede. Él es un profesor y tú un alumno, él es un adulto y tú un menor. Ocurriera lo que ocurriera, fuera quien fuera el que lo empezó, fuera por el motivo que fuera, está mal y él lo sabe. Él nunca debería haberlo permitido y si no lo ha terminado lo harás tú, con mi ayuda y la de quien haga falta, pero esto ha de terminar. Dios, debería haberlo terminado yo en cuanto me enteré de lo que sucedía. Nunca debería haber dejado que esto siguiera un solo día más.
—No. Soy yo quien debería haber tenido el valor de enfrentarme a él antes. Tú no tienes la culpa de nada Hanamichi. Por favor, no te culpes. Eso solo me hace sentir peor.
—No me culpo. Le culpo a él. Y se lo haremos pagar. ¿De acuerdo?
—Vale.
—Vale. Ahora dime dónde queda el baño. Me lavaré un poco y luego hablaré con mi madre mientras tú te lavas. ok?
—Está aquí en frente. Ahora te traeré una camiseta limpia.
Hanamichi se metió en el pequeño baño que claramente Kaede compartía con su hermana pequeña, pues había dos cepillos de dientes, uno azul y otro pequeño de color rosa, y al lado del bote de colonia de Kade había otro de Hello Kitty. A Hanamichi le hizo sonreír.
Se miró en el espejo y vio que estaba todo rojo y la camiseta tenía ronchas de sudor bajo los brazos. Bajo la pica había toallas limpias, así que se sacó la camiseta y se dispuso a lavarse un poco. Cuando ya se estaba secando entró Kaede con un par de camisetas limpias en las manos.
—He cogido una toalla —dijo Hanamichi mirándole a través del espejo.
—Toma —dijo Kaede alargándole una camiseta, que Hanamichi se puso rápidamente.
—Mmmm, me gusta el olor de tu ropa. Huele a ti. ¿Me prestas un poco de desodorante?
Sin decir nada y sin dejar de observarle Kaede abrió un pequeño armario y le entregó un bote de desodorante.
—Hace unos meses usabas otra marca distinta —comentó Hanamichi poniéndose el desodorante tranquilamente.
—Cuando dejaste el equipo… —dijo Kaede sonrojándose y apartando la mirada —empecé a comprar la marca que usas tú.
—Oh —Hanamichi se sonrojó sin saber qué decir—. ¿Y ahora que he vuelto para quedarme, volverás a usar el otro?
—¿Por qué? ¿Te molesta que use el mismo que tú?
—No, yo solo… me gustaba más el olor del otro para ti —admitió Hanamichi rascándose la cabeza avergonzado.
Kaede no dijo nada pero sacó un bote de su desodorante antiguo del armario y sonrió por debajo la nariz.
Hanamichi se acercó y de nuevo le besó.
—Todo saldrá bien. Ahora límpiate y luego ven a la sala, ¿ok?
—Hanamichi —le murmuró Kaede cogiéndole del brazo antes de que abriera la puerta.
—Dime —dijo Hanamichi con una expresión de ternura infinita.
—Bésame otra vez.
Hanamichi no se lo hizo repetir dos veces. Suavemente volvió a acercarse a él y tentativamente puso los labios sobre los suyos de nuevo.
Pero esta vez Kaede no se quedó quieto dejándose besar, entreabrió un poco los labios y capturó el labio inferior de Hanamichi succionándolo levemente.
—Ocurra lo que ocurra quiero que sepas una cosa —murmuró Kaede abrazándose a Hanamichi como si fuera su salvavidas—. Sin ti… Tú me has salvado, Hanamichi. Oigas lo que oigas, diga yo lo que diga, o digan mis padres lo que sea, fuiste tú quien me ha salvado, ¿entiendes qué quiero decir?
—La culpa es solo de ese hombre, de nadie más.
—Exacto. No es culpa tuya. Nada. ¿De acuerdo?
—Lo sé.
—¿Me lo prometes?
—Te lo prometo.
Kaede le besó de nuevo, otra vez succionándole levemente el labio inferior.
—Hanamichi —le detuvo Kaede de nuevo antes de que saliera.
—Dime.
—Quizá no deberíamos pedirle a tu madre que se vaya. No es muy educado.
—Si te ves con fuerzas de contar lo que ocurrió con ella aquí…
—¡No! —dijo dejando el bote en la pica escondiéndose avergonzado por esa idea.
—Ella entenderá, no te preocupes —le intentó confortar Hanamichi.
—¿Hanamichi, si a medias te pido que salgas, lo harás? —preguntó Kaede sin levantar la vista.
—Haré lo que me pidas. Te lo prometo. Solo pídemelo y me iré, o me quedaré. Lo que necesites.
—¿No te enfadarás? —dijo alzando la vista para ver a Hanamichi a través del espejo.
—Supongo que un poco sí. Pero ahora no se trata de mí. Se trata de ti y lo que tú necesitas. Ya habrá tiempo para que tú y yo hablemos de lo que sea luego. Lo importante ahora es que se acabe de una vez. Y para ello necesitas contarles a tus padres todo lo sucedido.
—No te merezco —dijo Kaede girándose con la cabeza gacha.
—Me cobraré los intereses luego, no te preocupes —dijo Hanamichi sonriendo. Y tras un rápido beso finalmente salió del baño.
En la sala el señor y la señora Rukawa hablaban con su madre de sus problemas de oído. Hanamichi se sintió un poco incomodo y se enfadó con su madre, pero luego recordó que la señora Rukawa sabía que había estado en el hospital y supuso que ella había sacado el tema así que su madre no habría tenido otro remedio que contarles lo que le sucedía.
—Señor Rukawa, soy Sakuragi Hanamichi, siento mucho lo de esta mañana —dijo cuando finalmente entró tras llamar a la puerta. El hombre se levantó y le estrechó la mano. Era un hombre de facciones orientales pero tenía un marcado aire occidental, como el color de ojos, azules, como los de su hijo.
Ellos le ofrecieron que se sentara y él se sentó. Antes de que reanudaran la conversación o le hicieran ninguna pregunta Hanamichi se armó de valor y empezó a hablar.
—Mamá, señores Rukawa he de pedirles que aplacemos la comida de hoy. Kaede necesita hablar con ustedes y creo que es mejor que lo haga cuanto antes.
—¿Pero…? —empezaron a decir ambos Rukawa.
—Hanamichi cariño, ¿puedo hablar un momento contigo? —dijo su madre levantándose—. Discúlpenos un momento.
—Faltaría más —dijo la señora Rukawa, levantándose también e indicándoles la puerta.
Una vez fuera de la sala su madre cerró la puerta y le preguntó si todo aquello tenía algo que ver con él.
—No mamá. Kaede ha tenido algunos problemas y me ha costado mucho convencerle de que debe hablar con sus padres y solucionarlos. Necesito que les cuente lo que le ha estado pasando mamá, y no puedo pedirle que lo haga si estás tú —dijo Hanamichi directamente.
—¿Pero…?
—No mamá, no es algo que pueda esperar. Si él me da permiso te lo contaré. Pero no ahora.
—Está bien. ¿Tú te quedarás con él?
—Me ha pedido que me quede.
—Entonces entraré a despedirme. Hanamichi —añadió ya con la mano en el pomo.
—¿Si mamá?
—Estoy muy orgullosa de ti.
—Gracias mamá —dijo él abrazándola sintiendo como de repente se le llenaban los ojos de lágrimas. Hacía mucho que su madre no le decía eso.
—Solo una pregunta —dijo ella cuando la soltó de nuevo—. ¿Lo que ha de contarles es algo que su hermana pequeña pueda oír?
—Supongo que no debería oírlo —Hanamichi dudaba porque no recordaba la edad de su hermana, de hecho todavía no la había visto nunca.
—Entendido —dijo y entró de nuevo en la sala.
Hanamichi se quedó en el pasillo, nervioso, intentando pensar como diablos iban a empezar esa conversación con los señores Rukawa.
Grissina: error corregido Sumomo, mil gracias por comentármelo. El bilingüismo tiene grandes ventajas, pero admito que mi mente caótica a veces tiene deslices.
