Isa, bájame – Mirabel le pidió por quinta vez a su hermana, pero nuevamente la ignoró y siguió caminando; llevaban más de 30 minutos andando y no habían avanzado mucho.

Estaban cansados y heridos, necesitaban darse prisa. Camilo parecía que en cualquier momento caería inconsciente; Bruno se había desmayado apenas comenzaron su andar y Antonio se quedó dormido en la espalda de su amigo jaguar. Justo cuando estuvieron por detenerse para que su primo descansara, escucharon un grito conocido a la distancia.

¡Luisa! – Gritó Mirabel reconociendo a su hermana, que acompañada de Mariano y Félix corría hacía ellos preocupada.

¿Están bien? – Félix, quién se acercó a sus hijos preocupado, notó que Camilo estaba por caer al suelo, por lo que apurado lo cargó en sus brazos abrazándolo con alivio. Mariano hizo lo mismo con Antonio, quien no parecía con muchas ganas de despertar.

Luisa se acercó a Bruno levantándolo en sus brazos, suspiro aliviada de ver que, aun si estaba herido, no era de gravedad y solo estaba inconsciente; se giró observando al intruso que de igual forma se encontraba inconsciente.

Dolores les contó lo que sucedió, se enteró bastante tarde por lo que cuando salió para ayudar ya todo había terminado; negó no queriendo pensar en todo ello, sabía que si lo hacía se soltaría a llorar y no era el mejor momento para eso; antes que todo, tenía que llevar a su familia a casita.

Hay que darnos prisa – Les dijo Isabela, su mirada de ansiedad les hizo tomar a su familia y continuar su camino de regreso lo más rápido posible. Lo ideal hubiera sido que llevaran comida de su madre pero ahora no tenían de otra que llegar a casita.

Isa, bájame, puedo caminar – Le volvió a pedir Mirabel, que si bien le agradaba sentirse cuidada y protegida por su hermana mayor, no quería ser una carga; Isabela volvió a ignorarla apretando su agarre sobre ella y apurando su paso.

En casita ya les esperaba el resto de la familia, Dolores no había perdido el tiempo corriendo tan rápido como nunca en su vida para avisarles, por suerte se había encontrado con Luisa y su padre en el camino, y junto a Mariano los envió a ayudar mientras ella se dirigía a casita para avisar a su abuela y tener lista la comida de su tía.

Cuando les contó lo que estaba sucediendo no fue hasta que les aseguró que todos estaban bien que logró que se calmaran y esperaran a que llegaran; Pepa y Julieta apenas y pudieron esperar, demasiado ansiosas por ver a sus hijos y asegurarse de que estuvieran bien.

El camino era largo, una caminata de un par de horas al ritmo que llevaban, Mirabel se había quedado dormida hacía un rato, el desgaste físico y mental la superó; toda la situación fue tan estresante. Isabela respiró aliviada de verla descansar, el miedo que había sentido al ver a su hermana caer al vacío aún no la abandonaba; trataba de no pensar en lo que hubiera pasado de no llegar a tiempo pero era muy difícil.

Poco más de una hora después, por fin avistaron a casita a la distancia.

¡Mirabel! – Julieta corrió hacia sus hijas apenas las vio a la distancia. Preocupada, se acercó a Isabela ayudándola a bajar a su hermana; Pepa y Dolores la siguieron ayudando a Félix y Mariano que agradecieron la ayuda.

Apenas entraron se pusieron a intentar despertarlos para que pudieran comer, algo difícil teniendo en cuenta que tanto Camilo como Bruno estaban más allá de la inconsciencia; pero entre todos lo consiguieron y una vez confirmaron que sus heridas habían sido curadas, pudieron suspirar de alivio. Surgió la preocupación de que la comida de Julieta, como hacía unos días, no pudiera sanarlos, pero afortunadamente todo salió bien, estaban sanos y salvos en casita y no podían pedir más.

Alma les pidió que los llevaran a sus habitaciones para que descansaran y así lo hicieron. Isabela llevó a su hermana a su habitación, no quería nada más que quedarse con ella pero sabía que tenía que hablar con su abuela. Suspiro aliviada y sonrió con cariño al verla dormir, se acercó a ella y con cuidado le quitó sus lentes para dejarlos en la mesita al lado de su cama, antes de dirigirse a la salida hizo crecer un hermoso girasol para dejarlo en la misma mesita y luego salió sin hacer ruido.

¿Estas bien? – le pregunto Luisa que la esperaba afuera, había visto el rostro de su hermana mayor, la conocía, algo no andaba bien con ella.

Estoy bien – La expresión de Isabela se suavizó al ver a su hermana, se paró a su lado recargándose del barandal y mirando la puerta de la habitación de Mirabel – ¿Tú lo estás? – Se giró para mirarla y notando que sus manos temblaban.

No era tonta, era consciente de lo alejada que había estado su hermana los últimos días, y al igual que Mirabel, no quiso presionarla pero no podía dejarlo más de lado; si sus hermanas la necesitaban, ella estaría para ellas como fuese.

Estoy bien – Mintió, ella misma sabía que no estaba bien pero no quería preocupar a Isabela, ya tenía demasiado con que lidiar.

Isabela la miró con el ceño fruncido, no le creía ni un poquito, era cierto que en el pasado no había sido la mejor hermana pero aun así conocía a sus hermanas a la perfección; pudo ver en la pequeña sonrisa cargada de tensión y en el temblor de sus manos, que su hermana mentía, estaba lejos de estar bien y ella como su hermana mayor la ayudaría en lo que fuera que le estuviera pasando.

Isabela – La voz de su abuela las hizo brincar del susto, suspiró molesta.

Sin querer y sin tener de otra, tuvo que dejar para después la conversación con Luisa. Sin decir más, ambas bajaron para encontrarse con su abuela que ya las esperaba junto a toda la familia en la cocina, su nuevo lugar de reuniones.

¿Qué sucedió? – Alma ni siquiera esperó a que todos se sentaran para hablar, su voz salió un poco más fuerte de lo que quería pero no pudo evitarlo.

La tensión en su cuerpo era enorme, y el miedo que la invadió era tan grande que por un segundo sintió que no podía respirar; miró a Isabela que estaba de pie al lado de Luisa, pero fue Dolores quien habló primero.

Cálmate, abuela – Dolores podía escuchar el acelerado corazón de su abuela, entendía lo asustada que estaba, todos lo estaban, pero estaba segura que si su abuela no se calmaba solo conseguiría enfermarse.

Alma miró a su nieta suspirando con frustración, por lo poco que sabía, habían logrado entrar a su hogar y peor aún, atacaron a su amada familia; este era su miedo más grande, su peor pesadilla hecha realidad, aun si quisiera no podía calmarse, su familia no lo entendería.

Siéntate, mamá – Pepa se acercó a ella instándola a sentarse. Todos en la familia entendían que era ella quien peor la estaba pasando, por suerte Alma pareció calmarse, pero eso poco le duraría.

Eran parte de ese ejército que intentó invadirnos hace una semana – Comenzó Isabela una vez su abuela pareció más tranquila, apartó la mirada de su familia, no quería ver sus rostros asustados y preocupados– El que sigue inconsciente dijo que su general los envió para apropiarse del Encanto.

Dudó de si contarles todo, sabía que preocuparía de más a su familia, creía que no le haría ningún bien contarles que estaban detrás de toda la familia, que al parecer sabían que eran personas mágicas y que por eso los buscaban.

Isabela – La voz llena de severidad de Dolores la sacó de sus pensamientos.

Ella sabía lo que no quería decir, se miraron por unos segundos, ambas tratando de ganar esa discusión silenciosa que nadie más entendía; al final Dolores suspiró derrotada, no creía que fuera correcto ocultarle algo así de importante a la familia pero Isabela tendría sus razones y confiaba en ella, además de que viendo a su abuela quizá era lo mejor.

Fue todo lo que dijo – Continuó Isabela – Pero puedo interrogarlo en cuanto despierte – La ira en su voz sorprendió a todos, y no era para menos, habían atacado a su familia, casi pierde a su hermanita, ella personalmente se encargaría de ese tipo.

No harás nada, Isabela – Alma la miró con seriedad, ella reconocía esa ira, la había visto muchas veces antes y no solo en su nieta, era la clase de ira que te hacía hacer cosas sin pensar – Hablaré con Sebastián y la gente del Encanto, pensaremos en algo – Isabela no dijo nada, asintió con fingida obediencia, no le fue difícil, esta vez no estaba dispuesta a dejar que su abuela se encargara.

¿Qué haremos con él? – Agustín miró en dirección a donde sabía que estaba el hombre desconocido, sin realmente querer le habían dado comida de Julieta por lo que ya no estaba herido pero si inconsciente.

¿Dónde se quedará? – Preguntó Luisa preocupada, en el Encanto no existían cárceles o algo parecido, no eran necesarias cuando la gente no cometía crímenes o mucho menos.

La abuela y el resto se pueden encargar – Respondió Isabela, esperando que su familia se creyera que había abandonado toda idea de hacer algo más – Por ahora, ¿Casita, te puedes hacer cargo? – Preguntó mirando a ningún punto en particular sabiendo que casita sabría a lo que se refería.

Y así fue, la siempre animada casa movió sus losas en afirmación. De inmediato sintieron el ligero temblor y salieron para ver que sucedía; casita había creado una nueva y pequeña habitación en la que encerró al hombre.

Aunque estaba segura de que era el mejor lugar para encerrarlo, pues le sería imposible escapar, solo sería algo temporal; no lo quería ni lo más remotamente cerca de su familia.

Alma no perdió tiempo en enviar a un mensajero en busca de Sebastián; un par de días después de la tormenta habían acordado que empezarían a tener mensajeros, hombres que en caso de alguna emergencia en el Encanto se trasladaran hasta los otros miembros de aquel pequeño y simbólico consejo. Funcionaría para tener una mejor comunicación y para emergencias por supuesto, por ahora estaban funcionando.

Una vez Sebastián llegó acompañado de Victoria –una zapatera casi de la misma edad de Alma– y un par de hombres que les ayudarían, se reunieron para hablar con los adultos. No tardaron mucho en llegar a un acuerdo en cuanto a lo que harían.

La abuela comenzó a dar órdenes. Enviarían a más hombres a la entrada del Encanto para averiguar cómo habían conseguido entrar, no fueron lo suficientemente cuidadosos y por ello casi pierden a Mirabel y Antonio, no podía repetirse algo así.

Sebastián, por supuesto, obedeció toda orden de Alma, él era quien siempre apoyaba toda decisión de la mujer; su padre había sido buen amigo de Alma y por años había visto lo mucho que hacía por el Encanto, confiaba en ella.

Victoria era buena amiga de Alma, se conocían de casi toda la vida, era ella quien en muchas ocasiones terminaba por ser la voz de la razón en sus reuniones. Más tarde hablarían con Carlos, quien ya tenía bastante trabajo encima, y José quien de igual forma estaba muy ocupado en la mina del Encanto, eran ellos los otros dos miembros de aquel no tan obvio consejo.

Con la ayuda de los dos hombres, Sebastián se llevó al intruso aun inconsciente, habían elegido el lugar donde se le encerraría. Se acordó también mantener en secreto los últimos eventos, no querían que la gente del Encanto entrara en pánico, era lo último que necesitaban en esos momentos. Isabela, por supuesto, no se perdió nada de la conversación, quedándose escondida con la ayuda de casita fue capaz de escuchar todo, tenía algo que hacer y para eso necesitaba de cierta información.

Una vez se fueron, Julieta, Agustín y Luisa se dirigieron a la habitación de Mirabel, mientras que Pepa y Dolores visitaban a Camilo y Antonio. Desde que Dolores les informó de lo que sucedía, el terror y la tensión no los habían abandonado, sus hijos estaban siendo atacados por desconocidos y ellos no podían hacer absolutamente nada; agradecieron al cielo que estuvieran bien, tenerlos ahí, mirándolos dormir ya a salvo fue lo único que les hizo sentirse más tranquilos.

Isabela decidió quedarse un rato con Bruno, se sentía culpable de que todos terminaron heridos, si hubiera llegado antes nada de eso hubiera pasado. Trató de no pensar más en ello, sabía que si lo hacía solo terminaría pensando en el qué hubiera pasado si hubiese llegado tarde, prefirió enfocarse en otra cosa, esperaba hablar con su tío pero tendría que hacerlo cuando despertara.

Se quedó con él un rato esperando que despertara pero no lo hizo. Salió para ir a la habitación de Mirabel donde se quedó otro rato más, se sintió un poco mal por lo que estaba a punto de hacer pero solo le bastó mirar el rostro de su hermana para decidirse, tenía que hacerlo.

Una vez se aseguró de que todos estuvieran dormidos y sobre todo que Dolores estuviera en su habitación –desde donde sabía no podría escucharla–, salió de casita con dirección a uno de los pueblos más cercanos al centro del Encanto. No le tomó mucho llegar, le quedaba muy cerca.

Apenas llegó fue recibida por el absoluto silencio, era un pueblo pequeño y teniendo en cuenta la hora era normal. Por suerte para ella, conocía un poco el lugar por lo que no le fue difícil encontrar lo que buscaba, caminó hacia su objetivo pero cuando estuvo por llegar algo la detuvo.

¿A dónde vas? – O mejor dicho alguien.

Isabela saltó asustada, no esperaba que alguien más además de ella estuviera ahí. Se giró molesta y lista para gritarle a la desconsiderada persona que se atrevía a asustarla cuando se dio cuenta de quién era.

¿Dani? – Se sorprendió de lo rápido que su molestia desapareció, logró evitar una pequeña sonrisa y miró confundida a la chica – ¿Qué haces aquí? – Aun en la oscuridad del lugar, pudo ver la sonrisa burlona en su rostro.

Mejor dicho, ¿qué haces tú aquí? – Isabela desvío la mirada sintiéndose acorralada al no saber qué responder, la sonrisa de Daniela se hizo más grande al notarlo, la había pillado.

Yo pregunte primero –Contratacó Isabela no queriendo perder, aun si era Dani no quería mostrarle que la había atrapado sin siquiera haber estado cerca de completar su objetivo.

Daniela en cambió se echó a reír, una risa silenciosa y divertida, estaba más que encantada por Isabela, no podía explicar cómo incluso en sus momentos de orgullo caía encantada ante ella; no pudo más que mirar con total adoración como Isabela levantaba la barbilla esperando su respuesta.

Mi papá me contó lo que sucedió –Su risa se detuvo, entendía bien por qué Isabela estaba ahí – Y creo que… te conozco, sabía que vendrías – Le había preguntado a su padre sobre donde tenían al hombre, sabiendo que Isabela tomaría su oportunidad; sabía de lo molesta que estaría, la conocía, por eso había decidido venir.

Isabela alejó la mirada sonrojada, no entendía cómo Dani lograba sonrojarla de esa forma y con tanta facilidad, saber que la conocía de tal manera la hizo sentir cálida y encantada de una forma que solo sentía con ella, pero luego sintió un poco de temor. Si Dani sabía por qué estaba ahí, entonces sabría lo que quería hacer; no quería que la viera mal, no, no quería que pensara que era una horrible persona por lo que estaba planeando hacer. Antes de que fuera devorada por un mar de emociones, levantó la mirada encontrándose con la pequeña sonrisa de su amiga, la miró con tanta ternura que sintió que se derretía por dentro.

No vine aquí a juzgarte, Isa – Estuvo por decirle que la entendía pero realmente no era así, su familia no era la que había sido amenazada, su hermana no era la que había salido herida.

Gracias, pero no me detendrás – Isabela se alejó continuando su camino, sabía que si seguía mirándola terminaría sonrojada y balbuceando.

Tampoco vine a detenerte – Le susurró tratando de alcanzarla – Bueno... más o menos.

Isabela se detuvo y se giró para mirarla interrogante, había ido para detenerla de hacer alguna tontería; si bien entendía su enojo, no quería que hiciera algo estúpido, Isabela era una chica increíblemente apasionada, una de las muchas cosas por las que la amaba como lo hacía, pero esa llama dentro de ella era tan grande que muchas veces tendía a salirse de control.

Sobre todo cuando de sus hermanas se trataba, esperaba que con ella ahí se contuviera un poco, además de que, estaba ahí para protegerla, no era idiota, sabía perfectamente que Isabela era más que capaz de protegerse a sí misma, tenía magia a fin de cuentas pero esos hombres ya habían demostrado ser un verdadero problema. No se arriesgaría a que algo malo le pasara a Isa, por más mínimo que fuera.

No quiero que te salgas de control – Su sonrisa burlona hizo ver a Isabela que no hablaba del todo en serio, giró los ojos con divertido fastidio, no lo diría, no le daría el gusto pero se sentía mejor al saber que Dani estaba con ella, estaba agradecida de lo bien que la conocía.

Sin decir nada más, ambas caminaron hacia la improvisada cárcel, lo que había sido alguna vez una bodega ahora les era de mucha ayuda; las cuatro paredes de fuerte cemento sin ventanas y la pesada puerta de hierro hacían imposible el escapar, cumplía perfectamente con su propósito. No necesitaron de alguna llave para entrar, la enorme puerta solo se podía abrir por fuera, tomaron la farola de la entrada y entraron encontrando al hombre sentado al pie de la pequeña cama que tenía el lugar.

El hombre apenas notó las visitas se puso de pie listo para atacar, pero en cuanto vio a Isabela su rostro se llenó de miedo, y no era para menos, le habían advertido de esos seres con magia, pero ser testigo de primera mano de lo que podían hacer era otro asunto. Él era un soldado y estaba preparado para muchas cosas, pero fue muy tonto al creer que podrían hacer algo contra esta gente con magia. Esa mujer los engañó con sus estúpidas promesas, necesitarían de su ejército para vencerles, eso estaba claro.

¿Qué hacen aquí? – Preguntó alejándose de ambas tanto como le fue posible – ¿Vienes a matarme? – Miró a Isabela temeroso, recordando la mirada llena de ira que le había dado hacía unas horas, estaba seguro de que lo mataría.

Isabela estuvo por responderle pero la risa de Daniela a su lado la detuvo, la chica se reía divertida mirando al hombre que la vio confundido.

¿De qué te ríes? – No era que le molestara, de hecho ella amaba ver reír a la otra chica pero justo ahora no entendía qué era tan gracioso.

Lo siento, me pareció gracioso – Daniela se encogió de hombros como si no fuera gran cosa, el hombre era un cobarde y su cara de miedo le pareció bastante cómica, Isabela giró los ojos con diversión, a veces podía ser tan idiota.

No estoy aquí para matarte – Comenzó Isabela acercándose a él – Solo quiero que respondas algunas preguntas – Ella estaba segura que no le había dicho todo, y si algo aprendió los últimos días era que debía hacerle caso a sus instintos.

¿Y que obtengo yo si te ayudo? – El hombre se sorprendió pero luego pareció pensarlo, si esa chica lo había buscado seguro le necesitaba, sintiendo su confianza volver sonrió con burla dando un par de pasos, pero antes de poder llegar a ella una afilada espada sobre su cuello le detuvo.

Si das un paso más, te corto la cabeza – Ya fuera por la espada en su garganta o la voz severa de Daniela, un escalofrió le recorrió la espalda, no estaba dispuesto a tentar su suerte.

Esa espada me parece familiar – El desconocido la reconoció, él tenía una igual al ser las espadas que les daban por ser parte de su ejército, Daniela la había conservado esperando que le fuera útil.

Solo responde a lo que te pregunto – Le ordenó bajando la espada, Isabela miró el intercambio en silencio, nuevamente agradecía la compañía de Daniela, el hombre se sentó en la cama a su lado con un suspiro derrotado.

¿Cómo entraron al Encanto? – Tenía muchas preguntas pero lo que más le preocupaba era eso, si lograron ingresar aun después de cerrar la entrada entonces no estaban seguros.

Entramos antes de que tú y la otra chica usaran su loca magia para cerrar el acceso – Isabela se lamentó, habían estado tan preocupados por cerrar el paso que nunca se percataron de los intrusos – Nadie nos notó, los que quedan deben estar escondidos.

¡¿Quieres decir que aún hay más?! – Eso por supuesto la alarmó, que tontos habían sido al no pensar en esa posibilidad, por supuesto que habrían más, eran todo un ejército.

¿Cuantos más son? – Daniela se acercó al hombre haciendo amague de levantar la espada, todos en el Encanto estaban en peligro.

Éramos 7 – "Aún hay 4" se dijo Isabela mentalmente, tenía que volver a casita e informar a su familia, tenían que encontrarlos lo antes posible.

¿Cómo supieron del Encanto y de nosotros? – Aun si sabía que tenía que avisar a su familia, tenía también que saber cómo les encontraron, cómo se enteraron en el exterior de ellos; porque aun si alguien de afuera hubiera podido entrar en el último año, era imposible que no le notaran, casi todos se conocían y con el don de Dolores lo habrían sabido, era justo eso lo que más mala espina le daba.

El hombre les miró con seriedad, nuevamente pareció no querer responder, levantó su mano para hacer crecer una enredadera, no quería usar su don para hacerle hablar pero la seguridad de su familia y el Encanto estaban en riesgo.

Por nada en el mundo dejaría que algo les pasara, estaba dispuesta a hacer lo que sea; afortunadamente no tuvo que hacerlo, antes de cualquier cosa, Daniela se le adelantó, levantando la afilada espada apuntó al desconocido, mirándole con clara advertencia.

Fue alguien de aquí, de su mismo pueblo – Sin otra opción no le quedó más que responder, esperaba al menos poder escapar antes de que esa horrible mujer lo encontrara.

¿Qué? – Isabela estaba segura de que ese hombre les estaba mintiendo.

Eso es imposible, todos en el Encanto aman a los Madrigal, nunca harían nada para dañarlos, o al mismo Encanto – Para la gente, los Madrigal eran sagrados, eran sus protectores, Daniela sabía que nadie era capaz de intentar lastimar a la familia que por tantos años les había ayudado.

¿Quién...? – Isabela se movió para acercarse al hombre pero antes de siquiera poder terminar la pregunta una explosión les hizo volar por los aires.

No supo cuánto tiempo pasó desde que su cuerpo golpeó el suelo, creyó que no fueran más que unos segundos pero no estaba segura. Con mucha dificultad logró abrir los ojos y de inmediato un horrible mareó la hizo querer vomitar; todo su cuerpo dolía y le era difícil respirar con normalidad, no supo si era por todo el humo y escombros a su alrededor o por si una o todas sus costillas estaban rotas.

Aun así no pudo quedarse ahí, apenas recordó que Daniela había estado con ella se levantó apurada por encontrarla y saber si estaba bien, supo entonces que fue una mala idea, sintió un horrible dolor en su hombro izquierdo, estaba segura de que cayó sobre él y ahora estaba roto.

¡Isa! – La angustiada voz de Dani llegó a ella mientras la cazadora se acercaba para ayudarla a sentarse – ¿Estás bien? – Isabela suspiró aliviada de verla, sangraba bastante de la cabeza pero al menos estaba bien, asintió tratando de ponerse en pie pero el dolor en su hombro se lo impidió.

Estaba segura que de no ser por la terrible situación se habría sonrojado como nunca cuando Daniela pasó su brazo por sus caderas para ayudarla a levantarse. Apenas se puso en pie, la vista del destruido almacén la recibió, un ligero temblor le recorrió la espalda; habían tenido suerte de salir con vida, la explosión no fue tan grande por lo que el resto del pueblo estaba a salvo, además de que estaba segura de que su familia no habría sido capaz de escuchar desde casita.

¡¿Están bien?! –Escucharon a sus espaldas a los pocos habitantes del pueblo que salieron asustados, pero en cuanto pudieron ver a ambas chicas corrieron para ayudarles.

Estamos bi… – Un fuerte estallido la interrumpió, una de las personas que se acercaban para ayudarles cayó al suelo inmóvil; nadie tuvo tiempo para reaccionar pues un nuevo estallido se escuchó seguido de más y más mientras varios de los habitantes caían al suelo gritando del dolor – ¡Aléjense de aquí! – Les gritó Isabela a quienes aún quedaban en pie, no tenía idea de qué era lo que estaba sucediendo, pero sabía que tenía que alejar a todas esas personas o saldrían heridas.

La mayoría corrió a esconderse, algunos intentaron ayudar a ambas chicas pero se arrepintieron apenas vieron que llegar a ellas sería imposible. Daniela miró a su alrededor buscando a sus atacantes pero le fue imposible encontrarlos, sabía que estaban en grandes problemas, Isabela estaba herida y ella no podía usar su arco con Isabela a cuestas.

Con algo de esperanza buscó a su alrededor y pudo encontrar su espada a solo unos metros, justo a los pies del desconocido prisionero, el hombre sangraba de ambas piernas mientras gritaba del dolor y trataba de ponerse en pie sin conseguirlo.

¡Ayúdenme! – Les gritó apenas las vio, Daniela ni siquiera lo consideró, su única prioridad era mantener a salvo a Isabela.

Apretó el agarre en su cadera acercándose tan rápido como fue posible pero un nuevo estallido se escuchó haciéndolas caer al suelo. Algo les pasó a milímetros de sus cabezas a una espantosa velocidad. Otro estallido se escuchó e Isabela supo que tenían que cubrirse antes de ser alcanzadas por lo que sea que fuera eso.

Sin perder un solo segundo y aun con toda la dificultad de solo poder usar un brazo, hizo crecer varias enredaderas para protegerlas. Podían escuchar los impactos desde dentro del caparazón que creó con sus enredaderas, podían sentir los impactos y dudaban de cuanto resistiría su refugio.

Sin entender bien qué sucedía afuera, pudieron al menos suspirar de alivio cuando los estallidos se detuvieron, se miraron tratando de asegurarse de que la otra estuviera bien pero antes de que cualquiera de ellas pudiera hablar escucharon pasos y voces acercándose, siendo tan cuidadosa como pudo, Isabela hizo una pequeña abertura entre sus enredaderas lo suficientemente grande para que pudieran ver lo que sucedía afuera.

Cuatro hombres se acercaron al desconocido que era su prisionero; no podía escuchar nada de lo que hablaban pero sí que fue capaz de ver el miedo en el rostro del hombre, seguido de su grito de dolor, uno de los desconocidos le había clavado una espada en el estómago matándolo en el acto.

Alejaron la mirada sorprendidas, no queriendo ver la horrible escena, no era difícil adivinar que esos eran los 4 invasores que quedaban, se suponía que eran sus compañeros y lo habían asesinado sin dudar. Cuando volvieron a mirar, pudieron ver a los invasores acercándose a su refugio con espadas en mano y una sonrisa burlona en su rostro.

¡Salgan de ahí! – Cantó uno riendo, ambas se miraron, entendiéndose sin palabras, sabían lo que tenían que hacer. Daniela alcanzó su arco e Isabela se preparó para luchar, detendrían ahí a los intrusos.

El hombre levantó su espada hacía el montón de enredaderas pero antes de poder tocarlas se movieron abriendo paso a ambas chicas. Daniela disparó una flecha directo a la mano del hombre haciéndole soltar la espada mientras Isabela movió las enredaderas hasta los 3 restantes golpeándolos y tirándolos al suelo. El primer hombre se recuperó de inmediato golpeando a Daniela en la cabeza y haciéndola caer al suelo.

¡Dani! – Isabela gritó preocupada al ver a Daniela caer al suelo. Quiso correr hacia ella al notar que su cabeza sangraba aún más y no podía ponerse en pie pero los 4 hombres aprovecharon su distracción para atacarla.

Uno de ellos la golpeó en el estómago mientras otro la sostuvo por los brazos sacándole un grito de dolor al lastimar su hombro que ahora estaba segura se había roto, Isabela gruñó molesta, quería asegurarse de que Dani estuviera bien pero estos tipos no se lo permitieron.

Furiosa pateó a uno de ellos en la entrepierna sacándole un grito de dolor, los dos hombres que la sostenían la lanzaron al suelo mirándole igual de furiosos, uno de ellos le apuntó con algo que no reconoció, Isabela lo miró detalladamente, no se parecía a nada que hubiera visto antes pero estaba segura que era eso con lo que habían atacado anteriormente, en pocas palabras, no era nada bueno.

Tu magia no te salvará de esto – Rio el hombre, listo para soltar el gatillo del arma pero sin llegar a hacerlo pues antes de eso una flecha se clavó en su pecho.

Daniela le había disparado desde el suelo matándolo al instante, el resto de los invasores se movieron para alcanzarla pero las enredaderas de Isabela se levantaron para impedírselos. Aun con el brazo roto fue capaz de crear una enorme planta carnívora que se lanzó hacia ellos asustándolos y haciéndoles huir sin mirar atrás.

Isabela se vio tentada a salir tras ellos, no podía dejar que anduvieran libres por el Encanto, por lo que vio eran capaces de lo peor, tenía que detenerles, pero no pudo hacerlo, no solo el estar herida se lo impidió sino y sobre todo, su necesidad de saber si Daniela estaba bien. Como pudo se puso de pie y con dificultad caminó hasta la cazadora.

¿Dani, estás bien? – Su preocupación subió a los cielos al ver que tenía los ojos cerrados y no parecía moverse.

Súper mareada, pero si – Le respondió en un susurro, el dolor en su cabeza la estaba matando, podía sentir que en cualquier momento caería inconsciente pero no le importó, su necesidad de saber si Isabela estaba a salvo le hizo obligarse a abrir los ojos.

Isabela en cambio estaba lejos de estar tranquila, notó que la cabeza de la chica sangraba mucho, aunado al mareo y la mirada lejana sabía que no era nada bueno, asustada, levantó la mirada rogando porque aun hubiera alguien por ahí.

¡Necesito ayuda! – Gritó tratando de no caer en la desesperación, un sentimiento de deja vu la invadió de repente, hacía unas horas había estado en una situación similar, por suerte esta vez la ayuda no tardó en llegar pues algunas de las personas del pueblo no se habían alejado y pronto llegaron para ayudar – Por favor, ve a casita por mi familia – Le pidió con urgencia a un chico que salió corriendo apurado.

Los invasores asesinaron a varias personas e hirieron a otros cuantos, pronto toda la gente comenzó a acercarse para ayudarles mientras esperaban a que la familia Madrigal llegara. Isabela se sentó al lado de Daniela, no quería separarse de ella; con su brazo sano tomó su mano, tranquilizándose un poco al sentir su calor, hizo lo que pudo para contener las lágrimas, miró a Dani que le devolvía la mirada igual de aliviada, eso parecía calmarlas, la cercanía y el saber que estaban vivas, para ambas eso era lo que importaba.

Gracias por salvarme – Le agradeció Isabela con una sonrisa llena de ternura, no era la primera vez que lo hacía, lo había hecho ya varias veces en el pasado y siempre que era así, en todo lo que podía pensar era en lo protegida que Daniela la hacía sentir.

Tú me salvaste también – Ni siquiera el dolor y el mareo evitó que le regalara su siempre encantadora sonrisa, su propia sonrisa se hizo más grande, vaya que la habían pasado mal pero justo ahora todo eso se quedó fuera de su bella burbuja.

¡Isabela! – El grito de Luisa las asustó sacándolas de su pequeño momento.

Al fin su familia había llegado, al menos algunos, su hermana acompañada de su papá y Dolores corrieron directo a ellas, apurado Agustín bajó la cesta que cargaba entregándole un pan a su hija mayor, sin pensarlo hizo comer a Daniela primero y luego, cuando estuvo segura de que había sanado comió ella, de inmediato el dolor desapareció y pudo mover su brazo con normalidad, suspiró aliviada de ver a Daniela sentarse a su lado ya sin rastros de heridas.

En cuanto estuvo segura de que estaba bien, Luisa levantó a su hermana envolviéndola en un fuerte abrazo, aliviada de que estuviera sana y salva de lo que fuera que hubiera pasado; pronto Dolores y Agustín se unieron al abrazo igual de aliviados. Alma, quien había estado hablando con algunas personas y asegurándose de que todos los heridos fueran atendidos, se acercó a su nieta abrazándola igual de aliviada de que estuviera bien, eso claro no evitó la mirada severa que le dio, definitivamente estaba en problemas.

Habían muerto 5 personas sin mencionar a los varios heridos, como siempre gracias a la comida de Julieta se evitó que hubiera más muertos; Alma ordenó que se llevaran los cuerpos de los dos desconocidos. Una vez todo estuvo hecho, acompañados de Daniela y el recién llegado Sebastián, se dirigieron a casita.

¿Qué fue lo que sucedió Isabela? ¿Qué hacías en ese lugar? – Preguntó Alma apenas entraron, estaba muy molesta, no entendía cómo pudo haber hecho algo así de peligroso e irresponsable.

Isabela suspiró resignada, había esperado que no la descubrieran pero estaba lista para los problemas que tendría, miró a su familia, a los pocos que estaban despiertos, ahora reunidos en la cocina acompañados de Daniela y Sebastián. Todos esperaban explicaciones, no solo de sus acciones claro, nuevamente habían sido atacados y gente había muerto. Contuvo un gruñido molesto, nada de eso tendría que haber pasado, sentía que podía haber hecho algo para evitarlo.

Tenía que averiguar más abuela – Le respondió con calma, esperaba que al menos entendieran que no había querido causar problemas, que todo lo que quería era estar lista para proteger a su familia.

Isabela, no tenías que... – Comenzó Julieta, sabía que su hija mayor era quien más responsable se sentía de proteger a la familia.

Ese hombre atacó a mi familia, tenía que entender por qué – Sintió su enojo aumentar, le molestaba que no entendieran, le molestaba tanto que no fueran capaces de entender que solo quería protegerlos.

¡Lo que hiciste fue muy peligroso! – Alma no tuvo la intención de gritar, pero su frustración pudo más, Isabela tendía a ser muy irracional cuando de protegerlos se trataba, llegando al punto de hacer cosas así de peligrosas.

¿Averiguaste algo? – Preguntó Dolores antes de que Isabela respondiera igual de molesta. Sabía que la discusión no llevaría a ningún lado y no era el momento, tenían cosas más importantes de qué hablar.

Lo confirmó cuando vio el rostro lleno de gravedad de Isabela, su estómago se revolvió, no era nada bueno.

Y aquí la disculpa por la tardanza, honestamente no tengo mucha excusa, como dije al principio me es muy difícil concentrarme y bueno, esta vez lo fue mucho mas.
Además de que termino The Owl House y bueno, tuve que llenar el vacío que me dejo con fanfics, tuve un bloqueo de lector y no se desbloqueo hasta que me encontré con un fic Sashanne, que por cierto es una obra de arte, así que entre todo eso se me paso el tiempo y cuando me di cuenta ya era mas de un mes, me disculpo.

Hablando ahora de la historia, no soy experta pero por lo poco que se, que es casi nada, las armas cortas están incluidas aquí, como notaron los Madrigal no saben de ellas y bueno, será algo importante en la historia.

Les aseguro que el próximo capitulo no tardara tanto, espero..
Gracias por esperar y espero disfruten el capítulo. Pórtense bien o el bloqueo de lector les va a caer encima.