Espero que le den la oportunidad a esta historia que estará llena de mucha aventura y mucha familia Madrigal.

Mas notas en el siguiente capitulo.

Como todos los días en los últimos meses, Mirabel se levantó temprano, lista para empezar con su rutina, una de la que no se quejaba en lo absoluto.

Se vistió sin prisa y salió de su nueva habitación, por que sí, por supuesto que ahora tenia su propia habitación, el dia que terminaron de construir a casita y trajo el milagro de vuelta, a nadie le sorprendió la nueva puerta brillante entre todas las demás, excepto a ella.

Claro, le habían construido su propia habitación pero nunca espero que brillara de esa forma; todos estaban felices por ella, animándola a que la abriera.

Ella no sabía qué hacer, estaba emocionada pero al mismo tiempo aterrada de que como hacía años, desapareciera apenas tocara el cerrojo; no fue hasta que sus emocionadas hermanas le dieron un ligero empujón y una sonrisa, para que tomara valor.

"no hay por qué tener miedo, lo que sea que pasara estaría bien" se dijo; se acercó para tomar el pomo y cuando lo hizo, la puerta brilló como nunca habían visto brillar alguna otra.

Pero contrario a lo que todos esperaban, no cambió para dejar ver alguna imagen de ella, solo se quedó brillando. La miraron curiosos, esperando a ver si Mirabel habia obtenido algún don, pero nada en ella se sentía diferente; y aunque era raro, a nadie pareció molestarle y con la misma emoción entraron junto a ella para mirar su nueva habitación.

Era enorme, sin duda estaba hecha para ella.

Sonrió recordando aquel día, había sido uno de los mejores de su vida, celebrando felíz con su familia y sintiendo que todo estaría bien por fin.

No le habia molestado la falta de un regalo para ella, pero mentiría si dijera que no encontraba curioso todo el asunto, el no haber recibido un don a pesar de tener una puerta manteniendo el brillo pero sin ninguna imagen; quién sabe, tal vez algún día obtendría la respuesta, por ahora no se preocuparía más por ello.

Con una sonrisa se dirigió a la habitación de su hermana mayor, Isabela.

Las cosas con sus hermanas habían mejorado, más que eso; después de un año habían reparado cualquier brecha que por años las estuvo separado.

Tanto Luisa como Isabela se habian disculpado con ella en más de una ocasión, arrrepentidas de todo el daño que le habían ocasionado, disculpándose por no haber sido buenas hermanas.

Mirabel, por supuesto, las perdonó de inmediato, era consciente que sus hermanas también sufrieron mucho durante esos años y que como ella, la habían pasado mal haciendo lo que creían era lo mejor para la familia.

Así que dejó de lado el pasado y se ocupó de buscar acercarse a ellas, volver a ser tan unidas como una vez lo fueron; antes de que todo el peso de ser un Madrigal les cayera encima.

Sus hermanas se habían esforzado muchísimo en demostrarle cuanto la amaban, dejando atrás sus errores, haciendo su prioridad el tiempo entre ellas, pasando el rato compartiendo todo tipo de experiencias.

Pijamadas, picnics y cualquier cosa que pudieran hacer juntas, se confiaron sus secretos, se acercaron de una forma en que se sentían hermanas y mejores amigas, se habían hecho inseparables.

Mirabel había sido tan feliz durante cada día del último año; todo cambió para bien desde que trajo el milagro de vuelta y no podría estar mas orgullosa.

Isa, ¿estás despierta?

Entró a la habitación de su hermana encontrándola aun durmiendo, no era raro; después de dejar de lado la responsabilidad de tener que ser perfecta, había comenzado a ser ella misma, "la verdadera Isabela" como su familia la llamaba, una Isabela aguerrida, rebelde y protectora.

Levántate Isa, ya es hora del desayuno – y muy relajada también, dormir hasta tarde se volvió una costumbre, llegando a despertar casi tan tarde como su tío Bruno.

Sí, sí, ya me levanté – Mirabel suspiró divertida al ver a su hermana que no estaba ni cerca de estar despierta, levantándose a tropezones para vestirse.

Así era todos los días, miró a su alrededor, sonrió con cariño al ver la cambiada habitación, ahora sin rastros de rosas color rosa; estaba rodeada de todo tipo de plantas e incluso árboles, era tan hermoso que se había convertido en uno de sus lugares favoritos.

Le encantaba ver la sonrisa de Isa cada que agregaba alguna planta nueva, ella misma le pidió que le ayudara decorando su nueva habitación con plantas y flores. Su hermana feliz y emocionada le había ayudado decorando con las flores mas hermosas, Mirabel había llorado conmovida sintiendo en ese detalle todo el amor de su hermana mayor.

Vamos, Mira, tengo hambre –Isabela la sacó del recuerdo tomándola de la mano y saliendo al comedor, desde donde ya se escuchaba el bullicio de la mañana.

El hambre es lo único que parece sacarte del coma en el que entras cuando duermes – Una risita burlona salió de ella, era cierto, Isabela había comenzado a dejarse disfrutar de la comida sin temor a ser juzgada por comer de mas o comer algo que no fuera digno de ella, la señorita perfecta.

Ja, ja – Rio sarcástica mirando a su hermana con fingida molestia – El desayuno es el momento más importante del día.

Ni por todo el sueño del mundo se saltaría su desayuno

Dormiste bien? – Sonrió al ver el asentimiento de su hermana.

Era una costumbre desde hacía un año, en su esfuerzo por hacer ver a su hermana menor lo mucho que la quería y cuánto se preocupaba por ella; comenzó a preguntarle cómo estaba, cómo había dormido, cómo se sentía.

Una pequeña acción que parecía no ser mucho pero para Mirabel significaba todo, era algo a lo que se había acostumbrado y no quería que se detuviera.

Ambas llegaron al comedor donde ya estaban todos con el característico bullicio de la mañana.

Camilo tratando de robar comida de su tía Julieta. Dolores sentada en la mesa junto a un emocionado Antonio platicando sobre sus animales. Una animada tía Pepa platicando con el siempre sonriente tío Félix. Luisa se encontraba de pie junto al tío Bruno platicando con una pequeña sonrisa. Agustín ayudaba a su esposa a servir el desayuno mientras la abuela sentada a la mesa miraba a toda la familia con una pequeña sonrisa.

¡Buenos días! – Mirabel entró saludando con una sonrisa. Una vez todos estuvieron sentados, la familia Madrigal comenzó con su desayuno, como siempre, entre pláticas y risas.

Bien familia, disfruten su día y no olviden que los amo mucho – La abuela les sonrió con cariño levantándose una vez terminaron de comer.

Desde el primer día que casita cayó, la abuela Alma se esforzó por cambiar; había dejado de lado su forma de ver las cosas, comenzó disculpándose con todos y cada uno de los miembros de la familia, sabía que sus errores los lastimaron y estaba más que dispuesta a corregirlo.

Se disculpó con Luisa e Isabela por poner cargas sobre ellas que nunca debió poner, por herirlas sin darse cuenta de lo que causaba, como el casi compromiso de Isabela con alguien a quien no quería; todo por estar cegada por el miedo a perder el milagro y con ello a que su familia estuviera en riesgo.

Durante una semana no se separó de Bruno, tomando cada minuto de sus días para pasar tiempo con él, recuperar todo el tiempo que había perdido; y cada que tenía alguna oportunidad se acercaba a Mirabel para abrazarla y llenarla de palabras amorosas.

También se disculpó con sus hijas. Pepa, quién había vivido forzada a contralar sus sentimientos, sus emociones usadas para conveniencia de otra gente; y Julieta, quien fue llevada al punto de pasar la mayor parte de su tiempo encerrada en la cocina con la presión de curar hasta la herida más tonta de todos en el pueblo.

Se disculpó y aceptó la culpa de todo; Mirabel había tenido razón, el milagro agonizaba por su culpa y había sido muy ciega para verlo. Estaba agradecida de la nueva oportunidad que tenía y desde el primer momento demostró que quería reparar el daño y cambiar todo lo que estaba mal.

Unos días después de que casita fuera reconstruida y de que la magia volviera a la familia, la abuela reunió a todos para informarles de los grandes cambios que vendrían para los Madrigal.

Se la pasó hablando con Bruno y había entendido por fin lo que tenía que hacer; comenzó por disculparse nuevamente, por haberles hecho sentir que solo le importaba sus dones. "No más de eso" dijo.

A partir de ese día, cada uno sería libre de hacer lo que quisiera con su vida y su regalo, les daría la libertad de elegir si querían seguir ayudando a la comunidad del Encanto, sin exigencias ni cargas. Entendió que solo hacía mal a la gente al dejarles ser tan dependientes de los dones de su familia, era un mal para todos y no podían seguir ese camino.

Si querían continuar, sería solo donde y cuando de verdad se requiriera. Por supuesto, todos eligieron el seguir ayudando a su comunidad.

Cada uno de ellos amaba a su gente y no les abandonarían; harían lo que estuviera en sus manos por ayudarles, pero agradecían tener la libertad de elegir.

Luisa por fin podría tomarse sus merecidos descansos, además de no tener que lidiar con tareas tan absurdas como los burros y/o el puente.

Pepa se permitiría expresar sus emociones sin que fueran usados para controlar el clima, ya no tendría que vivir sintiendose según a beneficio de otros.

Camilo y Dolores vivirían como quisieran, como fuese que les hiciera feliz; Bruno podría hacer lo quisiese, continuar con su vida fuera de las paredes de la forma en que él deseaba, sin miedo a que le juzgaran.

Isabela dejaría la enorme carga que había llevado por más de la mitad de su vida de tener que ser perfecta, sería y haría lo que ella quisiese sin preocuparse más por lo que su abuela dijera.

Por supuesto, no a todos les agradaron los cambios. Una minoría en el pueblo se indignó, pues ahora no contarían con los regalos de los Madrigal a su gusto; pero todo quedó en nada más que pequeñas quejas.

La abuela Alma no permitió que nadie le reclamara a ningún miembro de su familia; ellos ya hacían mucho por el pueblo, no dejaría que les exigieran más. El pueblo tendría que aprender a vivir sin la ayuda constante de su familia les agradara la idea o no.

De esa forma, las cosas habían cambiado para los Madrigal desde hace un año. El pueblo aprendió a vivir sin su ayuda constante, haciéndose autosuficiente.

De esa forma, con todos trabajando por sí mismos y la ayuda de los Madrigal, el Encanto vivió en armonía y solo se podía ver un futuro aun mejor.

Las veremos más tarde para ir al bosque – Camilo se despidió de sus primas mientras caminaba junto a Antonio hacia el pueblo.

Dolores hizo lo mismo con una sonrisa caminando junto a Mariano, su ahora novio, en dirección a donde solo ellos sabian.

Por la tarde todos los niños tendrían un picnic en el bosque como ya era costumbre para ellos, les encantaba pasar tiempo juntos y tomaban cada oportunidad que tuvieran para hacerlo; como ese día que Camilo y Antonio tenían solo un par de encargos en el pueblo y Dolores solo ayudaría a la mamá de Mariano con un pequeño favor.

Cuídense, nos vemos – Mirabel se despidió de sus primos para luego caminar junto a sus hermanas hacia la parte trasera de casita, donde Isabela tenía su enorme huerto.

Lo había empezado hacía un año después de quedarse sin su don, amaba las plantas y no renunciaría a ellas solo por no tener magia.

Empezó con algunos cactus y una que otra herbácea, y habían crecido de maravilla gracias al cuidado de Isabela y de la ayuda de sus hermanas.

Pasaban gran rato de sus días libres en el huerto; acostadas bajo un enorme árbol de mango, en el caso de Luisa; o tejiendo y cociendo sentada en el pasto, en el caso de Mirabel; mientras Isabela se encargaba de cuidar del huerto que ahora era una maravilla.

Cuando recuperó su don, estaba maravillada por todo lo que era capaz de hacer, por lo que se propuso a cultivar frutas y verduras; aunque usó magia para varios de los árboles frutales, podía decir que la mayoría del huerto era por su cuidado y el de sus hermanas.

Estaba orgullosa por eso.

Una vez Isabela terminó el trabajo del día, las 3 hermanas se recostaron a la sombra de uno de los enormes árboles en un cómodo silencio mirando el cielo, disfrutando de su compañía.

Se sentían tan felices y en paz con solo estar en presencia de sus hermanas, se habían vuelto tan cercanas que parecía que fue así siempre; nunca se sintieron tan completas en su vida.

Entonces, Isa... ¿Qué te dijo la abuela? – Mirabel se giro para mirar a su hermana, al igual que Luisa que la miro esperando su respuesta.

Pues...solo me regañó un poco, me dijo que ella se ocuparía de Juan y sus tontos amigos – Isabela se encogió de hombros con una sonrisa despreocupada.

Se sintió aliviada pues su abuela no la había regañado más allá de una pequeña reprimenda, aunque tampoco le hubiese importado un regaño peor, no estaba ni un poquito arrepentida de sus acciones.

¿Cómo podría arrepentirse por defender a su hermana?

Y es que el día anterior Mirabel y Antonio habían ido al pueblo por algunos encargos, nada fuera de lo común. Mirabel aun sin un don era muy requerida por la gente del Encanto, todos sabían de los muchos talentos y conocimientos que tenía, así que no era extraño que muchos le pidieran ayuda en alguna que otra cosa.

Pero como siempre, se le fue el tiempo y cuando se dio cuenta, era ya casi la hora de cenar; no le gustaba llegar tarde a la cena y mucho menos preocupar a su familia, por lo que en su prisa por llegar no se dio cuenta de que los seguían, al menos no hasta que fue tarde.

Miren a quién tenemos aquí – No tuvo que girar para saber quién era, esa voz la reconocería donde fuese.

Juan, el tipo que desde que era pequeña siempre buscaba una forma para intimidarla; siempre haciéndola sentir mal por ser la Madrigal sin don.

Él y sus dos tontos amigos se habían burlado muchísimas veces de ella, hiriéndola no solo física, si no también emocionalmente.

La estúpida Madrigal sin un don –Juan la tomó del brazo para detenerla, sonriéndole de forma burlona.

Mirabel, lejos de asustarse, se liberó de un jalón sin siquiera dedicarle una mirada, y siguió caminando junto a un asustado Antonio; eso no hizo más que molestar al chico que furioso fue trás ella.

¡Mirabel! – Gritó su primo al ver cómo era jalada del brazo hasta casi hacerla caer; pero ni eso la hizo acobardarse, se plantó frente a Juan mirándole desafiante.

No me molestes, Juan – Mirabel trató de zafarse del fuerte agarre del chico, que junto a sus dos amigos se echó a reír.

¿Qué harás? ¿Llorar? – Se burló mientras sus dos amigos la sostuvieron de los brazos.

Su risa se cortó cuando notó que Mirabel no se inmutó; no le tenía miedo y parecía importarle poco lo que le dijera.

¡No me mires con esa cara! – Furioso le golpeó la mejilla, no le gustaba que su víctima favorita no le tuviera miedo.

Poco le importaba si todo el pueblo veía a Mirabel como una heroína, para él era nada más que su víctima.

Te voy a enseñar… – Levantó su mano con toda intención de volver a golpearla, pero antes de poder hacerlo una enredadera lo envolvió casi por completo.

Un escalofrío le recorrió la espalda cuando al levantar la mirada se encontró con una furiosa Isabela.

Isabela no se detuvo a pensar en alguna posible consecuencia, con nada más que su hermanita siendo lastimada en su cabeza, ella vio rojo; de un soberbio puñetazo mandó a Juan al suelo.

Ni el sonido de su nariz rompiéndose y el grito del chico la sacaron de su furia, se giró para mirar a los otros dos que sujetaban a Mirabel y no tuvo que decir nada, pues su furiosa expresión lo decía todo; además claro, de las varias enredaderas llenas de enormes espinas que los rodearon.

Temblando como los cobardes que eran, la soltaron; corriendo hacia su amigo en el piso, ayudándolo a levantarse con urgencia de huir.

Pero por supuesto, Isa no iba a dejarlos ir así como así; con incluso más furia, si era posible, movió sus manos y sus enredaderas se envolvieron en los 3 chicos levantándolos de cabeza, sin pensar en nada más que en castigarles por lastimar a su hermana.

No dudó en hacer que sus enredaderas se movieran hacia los cuellos de los 3 chicos para apretarles sin detenerse a escuchar sus pequeñas suplicas.

¡Isa! – Mirabel corrió hasta su hermana, tomándola de la mano para intentar detenerla.

No era que no quisiera que esos tipos tuvieran su merecido, pero no quería que su hermana se manchara las manos.

No valen la pena –Por suerte eso pareció sacar a su hermana de su furia asesina.

Desde hacía un año su hermana se había vuelto demasiado protectora con ella; era lindo ver como siempre la protegía incluso de cosas tan tontas y a ella le hacía inmensamente feliz pero no quería que se metiera en problemas, mas aún por gente que claramente no lo valía.

Suspiró aliviada de ver que su hermana mayor se giraba para mirarla sin rastro de enojo, Isa asintió algo contrariada pero liberó a los 3 chicos que cayeron al suelo adoloridos.

Tienen suerte de que mi hermana sea buena persona – Isabela se acercó a ellos tanto como le fue posible No vuelvan a acercarse a Mirabel…

Si la mirada en su rostro no les dejó claro la muy evidente amenaza, sus siguientes palabras sí que lo hicieron.

O nada evitará que mis enredaderas los desaparezcan – Movió su mano y sus enredaderas avanzaron hacia ellos. Aterrados, se levantaron y huyeron con gritos despavoridos.

Mirabel suspiró aliviada, se acercó a su hermana abrazándola y sonriéndole agradecida; le gustaba mucho sentirse así de querida y protegida por su hermana, sabía que era una forma de demostrar lo mucho que la quería.

Porque así era Isabela, una feroz protectora de lo que más amaba; se sentía muy afortunada de tener a su hermana mayor, Isabela estuvo a punto de preguntarle si se encontraba bien, pero un tremendo grito les hizo brincar del susto.

¡Isabela Madrigal! – La abuela Alma que había visto todo, caminó bastante molesta hacia ella, con Luisa, Dolores y Pepa preocupadas – ¡¿Qué se supone qué estás haciendo?!

Isabela suspiró sabiendo lo que vendría, pero si era completamente honesta no le importaba, había defendido a su hermanita y lo haría de nuevo sin importar las consecuencias. No iba a dejar que nadie la lastimara de ninguna forma; ya suficiente había sufrido en el pasado, su hermana pequeña no volvería a sufrir, se lo había jurado a sí misma.

Abuela… – Mirabel quiso calmarle para explicar pero Isa la detuvo decidiendo que hablaría con su abuela y le explicaría todo, pero no ahí.

Volvamos a casita, abuela, podremos hablar ahí – Quería llevar a su hermanita a la seguridad de casita.

Esperaba calmar el temor que la había invadido cuando Mirabel no llegaba y le había pedido a Dolores que escuchara para saber si estaba bien; su prima ni siquiera pudo terminar de contarle lo que estaba escuchando porque ella ya había salido corriendo para buscar a su hermana.

Su alivio de haberla encontrado duró poco pues fue reemplazado por una increible furia al ver a esos cobardes intimidando y golpeando a su hermanita. En ese momento poco le importaron las consecuencias y no fue hasta que Mirabel la detuvo de castigar a los abusadores que sintió que algo dentro de ella se calmaba.

No podían importarle menos lo demás, su hermana estaba a salvo y era todo lo que le importaba.

La abuela asintió de acuerdo, se giró para emprender el camino de regreso no sin antes mirarles con clara preocupación; Luisa se acercó a ellas asegurándose de que estuvieran bien.

Mirabel tenía su mejilla hinchada e Isabela se había hecho sangrar los nudillos, pero no era nada que la comida de su mamá no pudiera sanar; la tía Pepa cargó con Antonio mientras junto a Dolores les preguntaban si se encontraban bien.

Una vez llegaron a casita, Mirabel miró preocupada como su hermana entraba a la habitación de la abuela esperando que no la regañara. Quería evitar que Isabela tuviera problemas, pero Luisa y sus padres la llevaron a la cocina para que pudiera comer una arepa hecha por su madre.

Isabela le explicó todo desde el principio a su abuela, haciendo que su enojo regresara; sin poder evitarlo, le dijo a Alma que no se arrepentía de lo que había hecho y que de volver a suceder, ni siquiera se contendría.

No era la primera vez que Isabela se metía en una pelea para defender a su hermana y Alma estaba segura de que tampoco sería la última.

Isabela, no puedes ir por ahí agrediendo a la gente del Encanto con tu don, eso no está bien – Su abuela suspiró acercándose a ella para poner una mano sobre su hombro, mirándola con severidad pero sin rastro de enojo Entiendo que estés furiosa, yo lo estoy también, pero no puedes usar tu don para atacar a otros.

Isa frunció el ceño, ella amaba al pueblo de Encanto, los consideraba su gente y haría lo que estuviera en sus manos para ayudarles pero su familia era primero, y no dejaría que nadie les pusiera un dedo encima, fuese quien fuese.

Te doy mi palabra que no volverá a suceder, yo misma me encargaré de que estos chicos tengan su merecido – Aun si no lo demostraba, Alma estaba muy molesta.

Si había algo en lo que su nieta mayor y ella se parecían, era en lo protectoras que podían llegar a ser y su familia era lo principal para ellas. Por supuesto que se encargaría de que esos chicos cobardes recibieran su debido castigo, sabía bien que solo así su nieta dejaría el tema por la paz, al menos por ahora.

Aun se sorprendía de lo aguerrida que se habia vuelto Isabela, en el último año sus nietos habían "cambiado" o más bien, habían empezado a ser ellos mismos, y el cambio más grande vino de Isabela, quien dejando de lado la máscara de señorita perfecta, había dejado salir su verdadero yo; una chica aguerrida y protectora de su familia. Tanto de ella había salido a la luz que no podía dejar de ver a su nieta como la chica perfecta que sabía que era, para ella era perfecta.

Isabela no estaba del todo convencida, aun quería lanzar a esos chicos a sus cactus pero sabía que era mejor que su abuela lo resolviera.

Asintió confiando en que su abuela se encargara y la abrazó para darle las buenas noches; Alma la abrazó, no quería que notara lo orgullosa que estaba de ella pues al fin y al cabo no aprobaba la violencia pero no pudo evitar besar su frente y mirarla con ese orgullo que cada día crecía más.

Cuando salió de la habitación, notó por la obscuridad que todos ya se habían ido a dormir por lo que se dirigió a su habitación no queriendo molestar a sus hermanas. Ya por la mañana podrían hablar con calma pero como debió haber intuido, Mirabel la estaba esperando en su habitación.

¿Qué haces aquí? Deberías estar durmiendo – La reprendió sin hacerlo realmente.

Algo en ella se sintió mejor al verla con una sonrisa en su rostro, ya sin signo de hinchazón en su mejilla. Para ella, Mirabel era un milagro, era el milagro de los Madrigal y no quería nada más que proteger la sonrisa de su hermanita.

Ya sé cómo eres, así que te traje esto – Mirabel le extendió una arepa mirando su mano.

Sabía que su hermana era incluso mas descuidada que Luisa cuando se trataba de su salud, así que ahí estaba ella, la menor de las 3 asegurándose de que no se excedieran o se lastimaran, no le molestaba ni un poco en realidad, ella cuidaría de sus hermanas siempre.

Pfff no tenías que quedarte despierta tonta, podría comerla mañana – Tomó la arepa y la comió sin decir más, no podía hacer nada de todas formas, así era Mirabel, siempre preocupada por el bienestar de su familia – Gracias, Mira, ve a dormir, hablaremos en la mañana – Le sonrió con agradecimiento y le dio las buenas noches riendo un poco por el puchero de su hermana, pues se tendría que quedar con las ganas de saber que le había dicho su abuela.

Gracias por salvarme hoy, Isa – Mirabel le agradeció con una tierna sonrisa y sin dejar que su hermana respondiera con el típico: "soy tu hermana mayor, debo protegerte", se fue a su habitación para dormir.

¿Qué creen que hará la abuela con esos chicos? – Preguntó Luisa a sus hermanas, las 3 bastante cómodas recostadas sobre la hierba.

Si era honesta, estaba sorprendida de que su abuela no regañara a su hermana, aun si había dejado atrás a la abuela estricta para ser mas amable y comprensiva con ellos; todavía se tomaba muy en serio el cuidado de la gente del Encanto, así como ellos claro, y al no ser la primer pelea en la que se metía Isabela, estaba segura de que vendría un gran regaño.

Espero que los lancé por las montañas – Isabela se encogió de hombros con desinterés.

Mirabel le dio un codazo regañándola con la mirada, pero ella solo giró los ojos con una sonrisa burlona. Lo que fuera a hacer su abuela, estaba segura que sería poco para lo que se merecían esos idiotas.

Hablemos de esto en el camino, ya es casi hora de encontrarnos con Camilo y Dolores – Les dijo Mirabel poniéndose de pie.

No quería llegar tarde, le encantaban los picnis que tenían todos una vez a la semana en el bosque.

Así las 3 se dirigieron al bosque entre pláticas y risas; la gente las miraba con una sonrisa cariñosa, era como si volvieran a ser unas niñas, disfrutando del día, corriendo y riendo de felicidad, pasando su tiempo juntas.

Cuando llegaron, sus primos ya estaban ahí, hacía unos meses habían construido una pequeña choza con el poder de Isabela, no era algo que nadie además de ellos supiera, amaban el lugar que poco a poco se convirtió en su lugar favorito, pues era donde escapaban cada que necesitaban pensar o solo para estar un rato a solas.

Una vez estuvo todo puesto y servido para comer, se sentaron y como de costumbre la comida estuvo llena de risas y bromas, platicando animadamente, compartiendo historias y hasta secretos a veces. Camilo les preguntó sobre lo acontecido la noche anterior, estaba furioso pues no era la primera vez que molestaban a su prima y siempre se quedaba con las ganas de darles su merecido.

Dolores les contó que había escuchado que Juan era huérfano y no tenía a nadie que se hiciera cargo de él; algo que por supuesto, Isabela y Camilo sabían pero poco les importaba, no era excusa para lastimar a Mirabel que no era más que un sol. Luego de terminar la comida, Camilo, Antonio y Mirabel corrieron para meterse al río que se encontraba a unos metros de su pequeña choza, mientras Isabela y Dolores platicaban y Luisa se aseguraba de que su hermana y primos no se lastimaran al corretearse por todo el lugar.

Un par de horas de juegos después, levantaron todo y se dirigieron a casita, siempre regresaban cuando el sol se ocultaba, sus padres se aseguraban de que regresaran sin heridas y luego de preguntarles si la habían pasado bien, se iban a dormir bastante cansados de su largo y divertido día.

Era la rutina de esos días y a todos les encantaba, Mirabel y Luisa se fueron a dormir a la habitación de Isabela, ya fuese para seguir platicando o solo dormir, era una costumbre más que adoptaron y que no querían que cambiara.

Más tarde esa noche, Bruno se retorcía en su cama. Una pesadilla al parecer, no, era algo más, una visión, y por el miedo y dolor en su rostro no era buena.

Frente a él aparecio su familia, por un segundo no los reconoció, se veían cansados pero sobre todo tristes pues lloraban desgarradoramente; luego cambió, apareciendo Isabela, Camilo y Mirabel gritándole a alguien frente a ellos pero no pudo ver qué o quién era, pues desapareció demasiado rápido.

Esta vez Mirabel apareció sosteniendo la vela, una vela algo diferente a la que estaba acostumbrado a ver pero lo que más le sorprendió fue su sobrina, se miraba algo mayor, quizá por su cabello un poco más largo, pero sobre todo se miraba destrozada, tan triste y desesperada; apenas tuvo tiempo de procesarlo cuando nuevamente todo desapareció, esta vez para mostrarle algo que le detuvo el corazón.

Era su hogar, todo el Encanto destruido, incluida su casita, todo a su alrededor era pura destrucción.

Despertó de un salto, su cuerpo temblaba y su respiración estaba acelerada. Se miró las manos tratando de calmarse, sabía bien que lo que había visto era su futuro, el futuro de su familia, no sabía qué pensar, su mente daba vueltas sin ser capaz de preocesar todo lo que había visto.

Su familia y todo el Encanto estaban en riesgo, todo sería destruido, su futuro era horrible, no, "no tiene porque ser así" se dijo, él lo sabía ahora, lo vio y buscaría la forma de cambiarlo.

Su familia era fuerte, más fuerte de lo que alguna vez fue, podrían cambiarlo, respiró profundamente calmando su respiración, su miedo no disminuyó pero una mirada decidida apareció en su rostro.

Su familia estaría bien, salvarían el Encanto.