31

—¡Lena, tienes que ver esto!

Lena inclinó la cabeza hacia atrás, adormilada. Estos catres no eran especialmente cómodos, pero al menos la aeronave volaba de forma apacible y constante. Resultaba agradable, puesto que viajando a bordo del deslizador siempre se había sentido como si el menor golpe de viento pudiera arrojarlos en picado contra la falda de una montaña. Sara colgaba con medio cuerpo por fuera de la ventana del cuarto.

—¿Esa ventana se abre? —preguntó Lena, sorprendida.

—Todas las ventanas se abren —dijo Sara—, si una empuja lo suficiente. Mira, tienes que verlo.

Con un suspiro, Lena se incorporó y sacó la cabeza por la ventana, junto a Sara. A sus pies, Elendel se desplegaba como un inmenso mar de luces.

—Como ríos de fuego —murmuró Sara—. Mira las pautas que sigue. Las zonas ricas están más iluminadas, todas las carreteras están alineadas… Qué preciosidad.

Lena respondió con un gruñido.

—¿Eso es todo lo que vas a decir, compañera?

—Sara, veo esto prácticamente todas las noches.

—Vaya, pues… me parece injusto. Deberías sentirte culpable.

—¿Por ser una lanzamonedas?

—Por hacer trampas en la vida, Lena.

—¿Y si me sintiera agradecida por ello?

—Supongo que habrá que conformarse.

Lena se sentó en el catre, se puso las botas y empezó a anudar los cordones. Le dolía todo, como si le hubieran pegado una paliza hasta dejarla inconsciente. Desearía poder echar la culpa al ajetreo de los últimos días, pero había tenido en sus manos los Brazales de Duelo y estos se habían encargado de regenerar su organismo. Lo que significaba que esas molestias venían del simple hecho de haberse pasado unas pocas horas durmiendo en esa cama. Herrumbres. Sí que estaba haciéndose vieja. Reflexionando al respecto, sin embargo, descubrió que su mortalidad ya no le asustaba tanto como en el pasado.

—Deberíamos subir al puente —sugirió mientras se incorporaba. Había pasado un día entero desde que salieron de las montañas. Ante su insistencia, se habían detenido en una ciudad para enviar un telegrama de aviso, y después habían esperado a la noche siguiente para realizar el resto del trayecto volando. No tenía la menor intención de llevar un gigantesco buque de guerra volador a los alrededores de Elendel sin prevenir antes a las autoridades, al menos.

Jordis se había mostrado cooperativa, tras recibir la promesa de que, en pago por sus servicios, recibiría suministros suficientes para el viaje de retorno a sus tierras. Sabía que a Alex le preocupaba la capitana, pero Lena había mirado a la mujer a los ojos detrás de la máscara. Era una guerrera, una asesina, por mucho que insistiera en que su aeronave era un simple vehículo comercial. La mujer lo sabía. Lena había ostentado el poder de los brazaletes. Podría haber barrido a los malwish y robado su nave sin pestañear. En vez de eso, había aceptado la solución intermedia de Kara. Bravuconadas al margen, Jordis sabía que, con ese acuerdo, había obtenido más de lo que razonablemente cabría esperar. Sara se reunió con ella fuera del camarote; se hicieron a un lado para

que pasara un grupo de tripulantes cansados. No podía verles la cara, pero sí leer un mundo de emociones en sus hombros encorvados y sus voces apagadas.

—Los han destrozado —murmuró Sara, mirando hacia atrás por encima del hombro mientras los malwish se alejaban—. Lo que le ha pasado a esta gente no es justo, Lena.

—¿Cuándo es justa la vida?

—Lo ha sido conmigo —repuso la muchacha—. Más que justa, sospecho. Teniendo en cuenta lo que en realidad me merezco.

—¿Quieres hablar de eso?

—¿De qué?

—Disparaste un arma, Sara.

—Bah, solo era una escopeta. Eso no cuenta.

Lena apoyó una mano en el brazo de su amiga. Sara se encogió de hombros.

—Supongo que mi cuerpo debió de pensar: «¿Qué narices?»

—Creía que podría significar que te habías perdonado a ti misma.

—Nah —dijo Sara—. Estaba muy cabreada con tu hermano, eso es todo.

—Lo sabías, ¿verdad? —preguntó Lena, frunciendo el ceño—. Que se sanaría.

—Bueno, no quería matar a nadie a sangre fría…

—Eso está bien, supongo.

—… pero no había ninguna antorcha a mano para prenderle fuego y calentársela antes.

—Sara…

La muchacha suspiró.

—Vi las mentes de metal asomando bajo sus mangas. Me dije, si te vas a conceder alguno de los poderes de un feruquimista, seguro que es el de curarse. No quería matar a tu hermano, socia. Pero no me importó darle un buen susto, y necesitaba las púas de MeLaan.

La expresión de Sara se volvió ausente.

—Debería haberme quedado allí, supongo. Para evitar que escapara, ya sabes. Pero no estaba pensando con claridad, por así decirlo. Creía que estabas muerta. De verdad. Y no paraba de decirme, ¿lo mataría realmente Lena? ¿O le daría otra oportunidad, como hizo conmigo? Así que le perdoné la vida. Me contuve, porque era lo último que podía hacer por ti. ¿Te parece que eso tiene sentido?

Lena le dio un apretón en el hombro.

—Gracias. Celebro que estés aprendiendo.

Se le antojaba hipócrita decir algo así cuando, en su fuero interno, lo cierto era que desearía que Sara lo hubiera despojado de las mentes de metal y hubiese dejado que su cadáver se congelara a la intemperie. Los labios de Sara dibujaron una sonrisa radiante. Lena inclinó la cabeza en la dirección que habían seguido los tripulantes.

—Nos vemos arriba.

—¿Vas a buscar a tu mujer? —preguntó Sara—. Lo pasará mal reajustándose a la vida aquí, en la ciudad, lejos de su hábitat natural en las montañas, inhóspitas y glaciales…

—Sara —la interrumpió Lena, sin brusquedad pero con firmeza.

—¿Hmm?

—Ya está bien.

—Pero si solo es…

—Basta.

Sara se quedó callada con la boca abierta, se humedeció los labios con la lengua y asintió con la cabeza.

—Bueno, vale. Pues ahí arriba nos vemos.

—Tardaremos solo un momento.

Sara se alejó en dirección al puente de mando. Lena siguió recorriendo el pasillo, dejando atrás varias puertas antes de llegar a la de la habitación que compartían Alex y Kara. Levantó la mano para llamar con los nudillos, pero, al ver que estaba entreabierta, se asomó. Kara estaba tendida en un catre, arropada con una manta, durmiendo plácidamente. No había ni rastro de Alex; había mencionado que quería estar en el puente cuando se acercasen a la ciudad. Se quedó en el umbral, vacilante, viendo cómo dormía. Estuvo tentada de irse; había vivido muchas emociones en los últimos días. Debía de estar agotada. Cuando llegaran a Elendel, aún tendrían que desembarcar a los prisioneros y llevar los suministros a bordo; podrían pasar horas antes de que la nave tuviera que partir de nuevo. Podía descansar un poco más, ¿no?

La puerta crujió al apoyarse en ella, y Kara se despertó de golpe, sobresaltada. Su mirada la encontró de inmediato. Sonrió, tranquilizándose, y se acurrucó contra las almohadas. Llevaba puesto un vestido de viaje bajo la manta. Lena entró en el camarote y se sentó en el catre que había enfrente de Kara; el espacio era tan reducido que sus rodillas tocaban la cama de ella. Y estas eran las habitaciones más grandes, según la tripulación. Se inclinó hacia delante y tomó la mano de Kara entre las suyas. Ella le dio un suave apretón, cerró los ojos de nuevo, y se quedaron allí sentadas. En silencio. Los demás podían esperar unos minutos.

—Gracias —dijo Lena en voz baja.

—¿Por qué?

—Por acompañarme.

—No he hecho gran cosa.

—Me fuiste de inestimable ayuda en la fiesta. Y tus negociaciones con los malwish… Kara, eso fue increíble.

—Quizá. Aunque sigo pensando que, durante la mayor parte del viaje, solo he sido como otra maleta más.

Lena se encogió de hombros.

—Kara, creo que todos somos un poco así. Llevados de un lado a otro por el deber, o la sociedad, o la misma Diosa… Somos meros pasajeros, incluso en el viaje de nuestras vidas. Pero, de vez en cuando, nos enfrentamos a una elección. Una decisión importante. Quizá no seamos capaces de escoger lo que nos pase, ni dónde vamos a detenernos, pero nos está dado apuntarnos a nosotros mismos en una dirección en particular. —Le apretó la mano—. Tú has elegido apuntarte en la mía.

—Bueno —dijo ella con una sonrisa—, ya sabes que el lugar más seguro del mundo suele ser a tu lado…

Lena le acarició el rostro con la mano, áspera y encallecida. «Otra aventura.»

Uno de los tripulantes vino a buscarlas, al cabo. Lena se puso de pie, a regañadientes, y ayudó a Kara a incorporarse a su vez. Juntas, cogidas del brazo, recorrieron los pasillos de la nave y subieron al puente, donde las estaban esperando los otros. Una vez allí, Lena pudo apreciar lo que Sara había visto. Con la panorámica que se disfrutaba desde el puente de mando, la ciudad se mostraba realmente impresionante en la noche. «¿Se convertirá alguna vez esta vista en algo habitual?», pensó mientras Kara le apretaba el brazo, sonriendo de oreja a oreja ante aquel espectáculo. La tecnología de esa aeronave era nueva, pero no hacía tantos años desde que Lena viera su primer motocarro circulando por las carreteras.

Alex estaba dándole instrucciones a Jordis para guiarla por la ciudad. Lena era incapaz de interpretar el lenguaje corporal de la capitana y su tripulación. ¿Se sentirían impresionados por el tamaño de Elendel y la altura de sus rascacielos? ¿O serían estas cosas algo normal en el sur?

Se acercaban a la Torre Ahlstrom, y Lena se imaginó las historias que poblarían los pasquines a la mañana siguiente. Bien. Detestaba los subterfugios; que los habitantes de Elendel supieran, hasta el último de ellos, que el mundo acababa de convertirse en un lugar mucho más grande. El tejado de la Torre Ahlstrom, de la que Lena era copropietaria, era una terraza plana. Jordis le había asegurado que podía posar su nave «en la cabeza de un clavo, siempre y cuando sea lo suficientemente lisa». Fiel a su palabra, aterrizaron sin incidencias.

—¿Seguro que no te quieres quedar? —le preguntó Alex a la capitana—. ¿Visitar la ciudad, descubrir cómo somos en realidad?

—No. Gracias. —Las palabras sonaron forzadas a oídos de Lena, pero ¿qué sabría ella, con aquel acento que tanto dificultaba las cosas?—. Aceptaremos vuestra oferta de reabastecernos y partiremos esta misma noche.

Había llegado el momento de desembarcar. Juntas, con los demás desfilando tras ellas, Lena y Kara volvieron a recorrer los pasillos.

—Me siento casi —musitó Kara— como si esta experiencia hubiera sido un sueño. Necesito ponerlo todo por escrito, lo antes posible, no sea que se desvanezca.

Lena asintió con la cabeza, rememorando su encuentro con Armonía. El corredor los condujo a una bifurcación en la que se había abierto una de las paredes; una larga pasarela descendía hasta la azotea. Abajo, Lena distinguió varias figuras que observaban la nave con el cuello estirado. El gobernador J'oon había acudido en persona. Allik estaba en la puerta, y se levantó la máscara cuando llegó Lena. Ni reverencias ni inclinaciones de cabeza, tan solo ese gesto. Entre los suyos, quizá simbolizara lo mismo; tras él, los demás tripulantes lo imitaron.

—Oh, Poderosa. Espero que tu próximo fuego te sea conocido.

—Lo mismo digo, Allik.

—Ah, ya lo es —repuso este con una sonrisa—. Pues mi próximo fuego es mi hogar, ¿sí?

Miró a Alex, levantó los brazos y se quitó la máscara; la rota, que él mismo había reparado con adhesivo. Sosteniéndola con ambas manos, se la ofreció, lo que suscitó varios jadeos de sorpresa a su espalda.

—Por favor —dijo Allik. Sus palabras denotaban un acento más fuerte que antes.

La capitana, que no se había descubierto el rostro ante Lena, se envaró al ver su gesto. Alex titubeó, pero aceptó la máscara.

—Gracias.

—Gracias a ti, señorita Alex —respondió Allik—. De por vida. —Cogió la sencilla máscara sin adornos que colgaba de su cintura y se la puso, sujetándola con una modesta correa de cuero. No era nada más que un trozo de madera curvada con dos agujeros para los ojos—. Tengo muchas ganas de volver a casa, pero, después de eso, mi próximo fuego podría estar aquí otra vez. Pienso tomarte la palabra y aceptar tu ofrecimiento de enseñarme esta ciudad.

—Mientras traigas un poco de choc —dijo Alex—, puedes venir siempre que quieras.

Lena sonrió. A continuación, los cinco le dieron a la capitana sus mentes de metal en forma de medallones de gravidez, una formalidad que, según les habían explicado, era algo tradicional. Jordis también había obsequiado a Lena con uno de cada, lingüístico y calefactor respectivamente, para que se los quedara. Seguro que Sara había escamoteado ya otro juego, aunque Lena no pensaba interrogarla al respecto para salir de dudas hasta que todos hubieran bajado por fin de la nave. Lena fue la primera en bajar por la pasarela, con Kara del brazo.

—En serio, Lena —dijo Alex, poniéndose a su altura—. Tenéis que importar ese chocolate suyo. No sé qué le echan, pero está buenísimo. ¿Crees que las aeronaves van a ser de las grandes? Espera a probar esa maravilla.

—Oye. —Sara se situó al otro lado de Lena, con el cuello girado para mirar a las personas que se habían quedado en el aparato, a su espalda—. Alex, me parece que al piloto ese le haces tilín.

—Gracias por compartir con nosotros tus fabulosas dotes de observación, Sara.

—Eso podría sernos muy útil —apuntó Kara—, desde un punto de vista político.

—Por favor —dijo Alex—. Pero si es prácticamente un crío comparado conmigo. Y tú, no te rías.

—Jamás osaría hacer algo así —replicó Lena, con la vista al frente. No se le pasó por alto el cuidado reverencial con el que Alex sujetaba la máscara, sin embargo.

Frente a ellas, varios auxiliares y guardias del gobernador se arracimaban formando una burbuja protectora, como si intentasen repeler la escena tan extraña que se representaba ante sus ojos (y lo que representaba) mediante el calor corporal combinado de sus organismos. J'oon, por su parte, aguardaba a cierta distancia, como si lo hubieran expulsado del grupo. Lena encaminó sus pasos hacia él, con Kara todavía a su lado, y se quedó a la espera.

—Maldición —masculló por fin J'oon, transcurridos unos instantes.

—Se lo advertí —dijo Lena.

J'oon sacudió la cabeza, maravillado, con los ojos abiertos de par en par.

—Bueno, a lo mejor esto consigue desviar la atención del desastre que habéis desencadenado en Nueva Seran.

—¿Es grave? —preguntó Kara.

J'oon respondió con un gruñido.

—El Senado lleva dos días seguidos amenazando con asarme las pelotas a fuego lento, pidiendo mi pellejo a gritos por haber provocado una guerra y acusándome de irresponsabilidad diplomática. Como si alguna vez hubiera tenido la menor influencia sobre… —Se interrumpió de repente, apartando por fin la mirada de la aeronave, y carraspeó, como si acabara de darse cuenta de lo que había dicho y en presencia de quién lo había hecho.

Lena sonrió. J'oon nunca había tenido pelos en la lengua, pero solía hacer gala de más tacto que en esta ocasión. Nadie llegaba muy lejos como alguacil sin saber apaciguar, siquiera en parte, los egos ajenos.

—Le pido disculpas, lady Harms. Ladrian, necesito escuchar qué ha ocurrido en Nueva Seran. La verdad, sin paliativos y según tus propias palabras.

—Prometido —dijo Lena—. Mañana.

—Pero…

—Gobernador, comprendo su postura, pero no se imagina por lo que hemos pasado en los últimos días. Mi gente necesita descansar. Mañana. Por favor.

J'oon respondió con un gruñido.

—De acuerdo.

—¿Ha preparado lo que le pedí?

—Está abajo. —J'oon se volvió hacia la aeronave—. En el ático. —El gobernador respiró hondo mientras contemplaba de nuevo el gigantesco aparato, donde el comisario Reddi estaba dirigiendo al grupo de alguaciles encargado de aceptar el intercambio de prisioneros.

Lena vio ahora que solo la mitad de la nave se había posado en el edificio. Uno de los ventiladores giraba lánguidamente, manteniendo el vehículo en equilibrio. «Lo habrán hecho de forma intencionada —se dijo, pensando en el aterrizaje—, a modo de mensaje. La tripulación quiere recordarnos que, aunque en breve vayamos a poseer esta tecnología, seguirán sacándonos muchos años de ventaja sobre su uso.»

—Creo que saldremos de esta —le dijo Lena a J'oon—. Si las ciudades exteriores quisieran atacarnos, sospecho que esto hará que se lo piensen dos veces. Difunda la noticia de que una embarcación voladora se ha posado en el centro de Elendel y me ha dejado bajar antes de proseguir su camino pacíficamente.

—Hemos sentado las bases de unos tratados, señoría —añadió Kara—. Favorables para nosotros, comercialmente hablando. Eso debería frenar a los halcones y concedernos algo de margen para suavizar las cosas.

—Sí, es posible —suspiró J'oon—. Aunque al Senado le costará digerir este metal, Ladrian. No me refiero a la existencia de esta aeronave en sí misma, sino al hecho de que, aparentemente, haya permitido que se marche de rositas. —Titubeó—. Aún no le he contado a nadie lo que me dijiste acerca del otro artefacto.

—¿Los Brazales de Duelo?

J'oon asintió con la cabeza, demasiado diplomático como para expresar de viva voz lo que Lena sabía que estaba pensando. «¿En qué atolladero me vas a meter esta vez, Ladrian?»

—¿MeLaan? —preguntó Lena—. ¿Te importaría tomar el relevo?

—Cómo no —replicó el kandra, acercándose a ellos caminando a zancadas. Llevaba puesto el atuendo que le habían prestado los sureños, pantalones de hombre y botas altas que le llegaban hasta la mitad de la pantorrilla. Apoyó un brazo en el hombro del gobernador.

—Sagrado —dijo J'oon, con voz tensa pero reverente. Miró a Lena de soslayo—. ¿Te das cuenta de lo injusto que es intentar regañarte cuando puedes recurrir a mensajeros celestiales para que te saquen las castañas del fuego?

—Eso no es nada —replicó Lena mientras guiaba a Kara hacia los escalones que conducían abajo—. Pregúnteme alguna vez por la conversación que mantuve con Diosa la última vez que morí.

—Te ensañas con él —murmuró Kara mientras descendían por la escalera.

—Bobadas —dijo Lena—. Ahora es un político. Necesita practicar para que sus interlocutores no lo pillen con el pie cambiado. Le vendrá bien a la hora de afrontar los debates y cosas de esas.

Kara la observó de reojo.

—Prometo enmendarme —le aseguró Lena mientras le abría la puerta.

Alex se dispuso a reunirse con ellas, pero Sara la cogió por el brazo y sacudió la cabeza.

—¿Seguro? —preguntó Kara desde el hueco de la escalera—. ¿Significa eso que ya no vas a volver a quejarte cuando tengamos que asistir a alguna fiesta?

—Pues claro que pienso quejarme —respondió Lena mientras la seguía, dejando atrás a los otros—. Es uno de los rasgos que define mi personalidad. Pero me esforzaré por refunfuñar exclusivamente delante de ti y de Sara.

—Y yo —dijo Kara— prometo mostrarme debidamente asombrada ante tus hazañas cada vez que salves el mundo. —Sonrió—. Y llevar siempre encima unos cuantos viales de metal, por si acaso. ¿Adónde vamos, por cierto?

Lena sonrió a su vez mientras la conducía a la planta alta del rascacielos, un elegante ático que se encontraba vacío en esos momentos, después de que sus ocupantes eligieran Elandel para pasar un prolongado período de vacaciones. En el pasillo exterior del apartamento propiamente dicho había una silla, y en ella, un hombre de aspecto cansado. Llevaba puesto el hábito propio de los sacerdotes supervivencialistas, con el gabán de bruma oficial (poco más que un chal, en realidad) echado por encima de una túnica con bordados en las mangas que simbolizaban cicatrices. Kara miró a Lena, intrigada.

—Me preguntaba si accederías a convertirte en mi esposa.

—Ya habíamos acordado que…

—Sí, pero la última vez que te lo pregunté esperaba formalizar un contrato —dijo Lena—. Era la representante de una casa, solicitándole a una mujer los medios necesarios para forjar una unión. En fin, esa petición aún sigue en pie, y te lo agradezco. Pero me gustaría preguntártelo de nuevo. Es importante para mí.

»¿Accederías a convertirte en mi esposa? Quiero casarme contigo. Ahora mismo, ante la Superviviente y este sacerdote. No porque haya unas palabras sobre un papel que me obliguen a hacerlo, sino porque así lo deseo. —La tomó de la mano y añadió, con delicadeza—: Estoy dolorosamente cansada de sentirme sola, Kara. Ha llegado el momento de reconocerlo. Y tú… en fin, tú eres increíble. De verdad.

Kara empezó a sorber por la nariz. Liberó la mano y la usó para enjugarse los ojos.

—¿Esas lágrimas… son buenas o malas? —preguntó Lena. Tantos años relacionándose con mujeres y, en ocasiones, seguía sin entender la diferencia.

—Bueno, es que… esto no estaba en ninguna de mis listas, ¿sabes?

—Ah. —Lena sintió que el corazón le daba un vuelco en el pecho.

—Pero —continuó Kara—, no recuerdo cuándo fue la última vez que se me pasó por alto prever una contingencia, tan solo para descubrir que podía tratarse de algo tan maravilloso. —Asintió con la cabeza, con la nariz goteante y enrojecida—. Porque esto lo es. Gracias, lady Lena. —Hizo una pausa—. ¡Pero esta noche! ¿Tan pronto? ¿No se merecen los demás asistir a una boda?

—Ya lo hicieron —repuso Lena—. No es culpa nuestra que la ceremonia terminase antes de tiempo. Entonces… ¿qué te parece? Quiero decir, si estás cansada del viaje, no dejes que te presione. Es solo que me…

Kara la besó por toda respuesta.