Epílogo
A Alex le resultaba inspirador trabajar a la luz de las velas. Quizá se debiera al riesgo primigenio que conllevaba. Las luces eléctricas le infundían una sensación de seguridad; estaban contenidas, domesticadas. Pero una llama al descubierto… en fin, eso era algo puro. Vivo. Una pequeña chispa de furia que, si se desbocara, podría destruirla a ella y todo cuanto la rodeaba. De un tiempo a esta parte se relacionaba con muchas chispas por el estilo. Cubría su mesa en la comisaría del octante un manto de apuntes, archivos y entrevistas, en la mayoría de las cuales había estado presente en el transcurso de las dos últimas semanas, aconsejando al comisario Reddi. La relación profesional entre ambos se había vuelto tan estrecha estos días que a veces a Alex le costaba recordar hasta qué punto le había hecho la vida imposible aquel hombre en los inicios de su andadura profesional. Aunque Elegante seguía sin dejarse doblegar, muchos de sus hombres habían hablado. La información que poseían era suficiente para sacar a cualquiera de sus casillas. Los habían reclutado entre los jóvenes disidentes de las ciudades del margen, llenándoles la cabeza con historias sobre la Superviviente y su lucha contra la autoridad imperialista. Habían recibido su adiestramiento en ciudades como Rashekin y Bilming, lejos del gobierno central, en complejos cerrados que estaban mucho mejor equipados de lo que nadie se imaginaba. J'oon y los demás se habían concentrado en estos detalles. Tropas, horarios, tecnología… como el artefacto para comunicarse a distancia que Lena había robado de la mansión de lady Kelesina. Mientras hablaban de paz, estaban preparándose para la guerra. Estaban asustados, y con motivo. Ese embrollo era fruto de décadas de negligencia, no siempre bienintencionada. Con suerte, aún se podría desenredar la madeja de forma pacífica. Eso Alex se lo dejaba a los políticos. Haciendo oídos sordos a la retórica patriotera, había volcado su atención en otro lugar: en los rumores que circulaban entre aquellos hombres acerca de algo muy poco usual, más allá de las anécdotas sobre aeronaves y nuevos metales alománticos. Cogió una hoja cubierta de notas. Menciones veladas, confesiones pronunciadas entre miradas furtivas, siempre en susurros. Historias de seres con los ojos rojos que los visitaban de noche. Añadió estos testimonios a los archivos que contenían su investigación sobre Trell, la antigua deidad que, de alguna manera, la gente estaba empezando a adorar otra vez. Una deidad que había forjado púas para corromper al kandra Paalm, y cuyo nombre estaba en boca de muchos de los prisioneros. Había dedicado meses a documentarse, y hasta la fecha se sentía como si todavía no hubiese averiguado nada. Pero, de un modo u otro, no pensaba descansar hasta haber encontrado las respuestas que buscaba.
Los captores de Elegante intentaban impresionarla con la austeridad de su confinamiento, encerrándola en una celda corriente ubicada en las entrañas de la prisión, sin nada más que un cubo para asearse y una manta en la cama. Qué estrategia tan manida y pueril. Como si solo hubiera conocido pétalos de rosa y almohadones de pluma en su vida; como si nunca hubiera tenido que dormir sobre la roca desnuda. En fin, allá ellos. Todo tenía sus ventajas. En este caso, la situación le brindaba la oportunidad de demostrar su entereza. Resistiría y les daría su merecido. No le sorprendió, por tanto, que tras dos semanas de cautiverio, la puerta del pasillo que comunicaba con su celda se abriera una noche con un suave chasquido y apareciera un desconocido, furtivo. Varón en esta ocasión, con la barba rala y el cabello alborotado. Un pordiosero cualquiera recién salido de las calles, dedujo Elegante. Los delataba el modo en que caminaban. Nunca con languidez, ni arrastrando los pies. Su paso era siempre veloz, resuelto. Decidido. El fulgor rojo de su mirada, por supuesto, era otro indicio. Que Elegante hubiera podido colegir hasta la fecha, ni Lena ni los memos de sus asociados albergaban la menor sospecha sobre la existencia de estas criaturas. Ellos no lo entendían; no podían entenderlo.
El Grupo contaba con sus propios Inmortales Sin Rostro.
Se levantó, se bajó las mangas de su uniforme de presidiario y se alisó las arrugas de los hombros.
—Dos semanas es más de lo que esperaba.
—Nuestro calendario y el tuyo no son iguales.
—No estaba quejándome. Me limitaba a constatar un hecho. Estoy más que dispuesta a esperar cuanto dicten los designios de Trell.
—¿Seguro? —preguntó el inmortal—. Teníamos entendido que abogabas por acelerar el proceso.
—Solo quería manifestar mi punto de vista —dijo Elegante—, en aras de fomentar un debate lo más productivo posible.
La criatura la observó entre los barrotes.
—No te has derrumbado ni has desvelado ningún secreto.
—No.
—Nos sentimos impresionados.
—Gracias.
Todo tenía sus ventajas. Incluso dos semanas en prisión podían servir para demostrar que una estaba en lo cierto.
—El programa se adelantará —dijo el inmortal—, como solicitabas.
—¡Excelente!
La criatura metió la mano en uno de sus bolsillos y sacó un objeto que parecía un paquete rodeado de cables. Uno de los primeros intentos de Irich por crear un artefacto explosivo a partir del metal que propulsaba las aeronaves. Había resultado ser muy poco eficaz, apenas más volátil que la dinamita, cuando lo que buscaban era algo capaz de arrasar ciudades enteras.
—¿Qué es eso? —preguntó Elegante, nerviosa.
—Nuestro programa acelerado no contempla la necesidad de que el Grupo conserve toda su jerarquía.
—¡Pero si somos imprescindibles! Os hacemos falta para dirigir, para conducir a la sociedad a…
—Ya no. Los últimos avances hacen que esta civilización se haya vuelto demasiado peligrosa. Permitiendo el desarrollo de los acontecimientos nos arriesgamos a que se produzcan descubrimientos que escapen a nuestro control, por lo que hemos decidido eliminar por completo la vida de esta esfera. Gracias por tus servicios; han sido aceptables. Se te permitirá continuar trabajando para nosotros en otro Reino.
—Pero…
La criatura activó el artefacto explosivo, enviándose a sí misma (y a Elegante) al olvido.
Lena se despertó de golpe, sobresaltada. ¿Eso había sido una explosión? Paseó la mirada por el apacible dormitorio del ático de la torre. Kara dormía acurrucada junto a ella en la cama, perfectamente inmóvil, aunque agarrada con delicadeza a su brazo. Lo hacía a menudo, como si temiera soltarse y arriesgarse a que todo eso se terminara. Al verla allí tendida, a la luz de las estrellas, le sorprendió el hondo afecto que sentía por ella. No fue una sorpresa desagradable. Recordaba haberse despertado más de una mañana al lado de Sam, sintiéndose igual de maravillada. Asombrada por la suerte que tenía, por la magnitud de aquella emoción que anidaba en su pecho. Le apartó la mano con suavidad y la arropó con la sábana antes de levantarse de la cama y, desnuda de cintura para arriba, cruzar el cuarto hasta llegar al balcón. Habían optado por pasar su luna de miel aquí, en el ático, en vez de volver a la mansión. Les había parecido una buena forma de celebrar un nuevo comienzo, y Lena empezaba a pensar que quizá no fuese mala idea mudarse allí con carácter permanente. Era una mujer nueva, por enésima vez en su vida, y soplaban vientos de cambio. Esta no era ya una época de mansiones solemnes y tertulias en salones de fumadores, sino de rascacielos insolentes y atrevidas políticas puestas en práctica a pie de calle. Las brumas fluctuaban y se arremolinaban en el exterior, aunque el edificio era tan alto que le pareció ver las estrellas y la Grieta Roja entre los jirones de niebla. Se dispuso a abrir las puertas para salir al balcón, pero se detuvo, fijándose en la mesa del tocador, sobre la que Drewton había desplegado una auténtica batería de enseres. El ayuda de cámara había sacado todos sus efectos personales, tanto el contenido de sus bolsillos como sus pertenencias recuperadas del hotel de Nueva Seran. Seguramente querría saber cuáles tenía que conservar y de cuáles debería desembarazarse. Lena sonrió mientras acariciaba con los dedos el arrugado pañuelo para el cuello que se había puesto para asistir a aquella fiesta con Kara. Recordaba haberlo tirado al suelo mientras se ponía los pantalones y el gabán de bruma en la habitación, antes de su apresurada huida de la ciudad. Drewton lo había dejado extendido junto con una de las servilletas de la fiesta, con sus iniciales bordadas, e incluso el tapón de una botella que había afanado por si acaso necesitaba algo contra lo que empujar. Reposaba encima de su propio mantelito para ella sola, como si fuese la cosa más importante del mundo. Sacudió la cabeza mientras apoyaba una mano en la puerta, dispuesta a salir al balcón. Pero, de repente, se quedó petrificada y volvió a fijarse en la mesa. Allí estaba. La moneda que le había dado aquel pordiosero, rutilante a la tenue luz de las estrellas. Drewton debía de haberla encontrado en algún bolsillo. Lena extendió la mano, titubeante, y la recogió del tocador antes de salir a las brumas.
«¿Sería posible?», se preguntó, sosteniendo en alto la moneda. Dos metales distintos, uno de ellos plateado. ¿Podría tratarse de nicrosil? El otro era cobre. Un metal feruquímico. Aunque el dibujo impreso en la cara no fuese idéntico y la moneda en sí fuera más pequeña, no parecía tan diferente de aquellos medallones sureños.
Nada más formarse esa idea en su mente, en cuanto supo de qué podría ser capaz ese objeto, la mente de metal empezó a funcionar y Lena descubrió toda una reserva en su seno. Una reserva que podía sondear.
Contuvo la respiración, asombrads.
Las llamaban mentes de cobre, un tipo de depósito feruquímico muy especial que servía para almacenar recuerdos.
La sondeó.
De inmediato, Lena se encontró en otro lugar. Un yermo desolado, sin nadie en los alrededores y tan solo el viento por toda compañía. La perspectiva era difícil de experimentar, puesto que únicamente la mitad de la vista del observador era normal. La otra mitad estaba repleta de líneas azules. Era la vista de una mujer con una púa clavada en el ojo.
La figura estaba cruzando aquel páramo, dejando atrás cultivos desatendidos cuyos brotes secos cascabeleaban al son de la brisa. Frente a él se extendía una ciudad… o sus restos. Oyó el crujido de sus propias botas sobre las rocas polvorientas, el aullido del viento, y la sobrevino un escalofrío. Continuó adentrándose en la ciudad, cruzándose con cimientos expuestos por llamas antiguas, apagadas hacía ya tiempo. De alguna manera, supo que los habitantes de ese lugar (al igual que los de otras poblaciones por las que había pasado) habían demolido sus propias paredes para convertirlas en leña, desesperados por sobrevivir. Las calles estaban sembradas de cadáveres desnudos. También sus ropas se habían utilizado como combustible tras perecer congelados ante lo que la mayoría de la gente consideraría unas temperaturas moderadamente bajas. Frente a ella se alzaba ahora una morada de piedra, semejante a un búnker. La construcción, estrecha y alargada, le recordaba algo… no algo que conociera Lena, sino el hombre en cuya mente se había almacenado esta experiencia. Aquel recuerdo lejano aleteó en su consciencia y, en un abrir y cerrar de ojos, se desvaneció.
El viajero prosiguió su camino y llegó a la entrada, abierta de par en par.
Habían quemado la puerta.
Dentro había una nutrida congregación de personas arracimadas para compartir el calor de sus cuerpos, inútilmente envueltas en mantas. No ardía ya ningún fuego.
Habían quemado incluso sus máscaras.
El viajero anduvo entre ellos, despertando no pocos recelos, aunque casi todos se limitaban a observarlo con expresión ausente. Aguardando la muerte. Encontró a los líderes cerca del centro, los de mayor edad, cubiertos sus rostros apergaminados por trozos de tela, lo único que les quedaba. Una anciana elevó la mirada hacia él y se quitó la máscara. La vio con normalidad en un mundo, y perfilada de azul en el otro. El viajero extendió una mano para apoyarla en el hombro de la mujer, se arrodilló y murmuró una sola palabra.
Lena salió de aquel recuerdo de golpe, sobresaltada, soltó la moneda y dio un paso atrás.
La moneda golpeó el suelo del balcón con un tintineo y rodó hasta detenerse a sus pies.
El brazo… Aquel brazo. Surcado por un entramado de cicatrices superpuestas, una capa encima de otra, como si fueran el fruto de una tormenta de arañazos que llevasen toda la eternidad asaltando su piel. El eco de aquella palabra solitaria que había brotado de sus labios resonaba aún en la mente de Lena.
«Sobrevivid.»
