26

—¿Por qué estáis mirándome todos? —preguntó Sara.

—Es una reacción lógica —dijo Alex. Apuntaba a Edwina con una pistola, al igual que MeLaan.

Lena empezó a deambular por la habitación, absorto en sus cavilaciones.

«Parece la sala de un trono», pensó distraídamente. Cuando los demás comenzaron a seguirla, levantó la mano para detenerlos.

—Quedaos en esta franja central si os acercáis al estrado —les ordenó, sin mirar—. Hay una trampa con foso a cada lado, y ese cuadrado ligeramente hundido de ahí dejaría caer una hoja afilada del techo.

—¿Cómo se ha dado cuenta? —preguntó Kara aferrada a su libreta, en la que no dejaba de elaborar una lista tras otra.

—Lena posee una afinidad natural para las cosas que matan —dijo Sara—. Seguís mirándome. Herrumbres, ¿creéis que me colé aquí sin que nadie se diera cuenta para llevarme ese chisme?

—No —reconoció Alex—. Pero alguien habrá tenido que ser. ¿El kandra ReLuur?

—No. —Lena se agachó para examinar el manto de trozos de vidrio que cubría los escalones que conducían al pedestal—. Esto lleva así mucho tiempo, a juzgar por el polvo.

Era imposible que el kandra hubiera cruzado aquel pasadizo exterior. Quedaban demasiadas trampas, y todas las que habían saltado tenían algún cadáver en las proximidades. Lo más probable era que el kandra hubiese hecho sus dibujos antes de volver a casa, en un ejercicio de sensatez, para reunir a más de los suyos y organizar una expedición en condiciones. Los kandra eran inmortales; no tendría ninguna prisa por acceder a este sitio. Había dedicado años a planearlo todo, estudiando el templo y desentrañando sus secretos. Entonces, ¿quién?

Lex pasó junto a ella, camino del estrado. Los cristales crujieron bajo sus pies. Al observarlo de reojo, Lena la descubrió contemplando fijamente el pedestal vacío.

—¿Cómo? —murmuró, consternada.

MeLaan sacudió la cabeza.

—¿Qué habrías hecho tú si te hubieras llevado el tesoro en secreto? ¿Dejar este sitio abierto de par en par para que todo el mundo se enterara, o armar las trampas de nuevo antes de salir a hurtadillas?

«No», pensó Lena. ¿Rearmar las trampas? Poco probable. Miró de soslayo a su tía, que estaba de pie con la pipa en la mano, observando el estrado sin molestarse en disimular la rabia que lo poseía. Eso la sorprendió.

¿O estaría fingiendo? ¿Se habría llevado ya los brazaletes y esto no sería más que una farsa diseñada para desconcertarla? Lena limpió el polvo de una esquirla de cristal, la soltó y seleccionó un trozo más grande. El resto de una de las esquinas. Tras inspeccionarlo con atención, cogió otro pedazo y lo puso a su lado.

—Qué decepción —dijo Edwina. Parecía genuinamente contrariada.

«No ha sido ella», pensó Lena mientras estiraba uno de los faldones de su gabán de bruma y lo usaba para calcular la longitud de la esquirla. «No, esto se remonta a mucho antes.»

Se incorporó. Las conversaciones que la rodeaban se convirtieron en un zumbido lejano mientras contemplaba el supuesto lugar de descanso de los Brazales de Duelo. Un pequeño pedestal recubierto de terciopelo, congelado en el tiempo.

—Supongo que se acabó —dijo Edwina—. Ha llegado el momento de poner punto final a esto.

Lena se giró en redondo y desenfundó la pistola. No apuntó a Elegante, sino a su hermano. Lex, con la mano oculta en un bolsillo, le sostuvo la mirada con firmeza. Muy despacio, extrajo el arma que ocultaba en su ropa. ¿De dónde la había sacado? Ella no detectaba nada… Aluminio.

—Lex —dijo Lena con voz ronca.

Edwina jamás podría haber llegado hasta allí sin un topo. Él era el candidato más plausible. Pero, herrumbres…

—Lo siento, Lena.

—No lo hagas. —Lena titubeó. Demasiado tarde. Lex levantó la pistola.

Apretaron el gatillo a la vez. La bala de Lena se alejó de él describiendo una curva, empujada por la alomancia. En cambio la de Lex, hecha de aluminio, le acertó justo debajo del cuello. Alex reaccionó sin pararse a pensar. Con el rifle ya preparado, disparó contra Elegante. No entendía qué estaba ocurriendo, pero eliminándola no empeorarían las cosas. También su proyectil se desvió, lamentablemente, errando el blanco antes de que el arma escapara de sus manos volando. Elegante sonrió con irritante despreocupación. Lena trastabilló de espaldas en lo alto del podio. La bala la había alcanzado en la clavícula. Intentó recuperar el equilibrio, pero Lex le pegó un segundo tiro, esta vez en el abdomen. Lena se desplomó, rodó escalones abajo hasta aterrizar al pie del estrado y se quedó tendida, gimiendo.

Edwina era una alomante.

Lex pertenecía al Grupo.

Alex volvió a reaccionar antes de darse cuenta de lo que estaba haciendo. Sara se abalanzó sobre Elegante, pero esta encajó sin inmutarse el impacto de uno de los bastones de duelo y utilizó el suyo, revestido de metal, para empujarlo contra la muchacha. Sara voló por los aires en dirección a ella mientras sus bastones repicaban en el suelo. Aterrizó con un gruñido. Alex intentó sorprender a

Elegante de un salto. Quizá si la encerraba con ella en una burbuja de velocidad, Sara podría…

Sus reservas de metal se habían agotado. Sara se tambaleaba tras ella, aparentemente igual de desconcertada. Lex había lanzado un objeto entre ambas. Un pequeño cubo metálico. Otra granada alomántica. También él era un alomante. Le arrojó una bolsa a su tía. Monedas. Sara se recuperó de su sorpresa y volvió a abalanzarse sobre Edwina, pero esta empujó contra un puñado de monedas. Horrorizada, Alex vio que la muchacha se encogía en el aire con una maldición, acribillada en pleno vuelo. Hasta sus oídos llegó un grito distante. Estaba conmocionada… No. No podía permitirse el lujo de dejarse atenazar por la impresión. Embistió contra Elegante como un ariete, pero la mujer la apartó de un empujón, sin esfuerzo. Se agarró a su camisa mientras caía, pero no tardaron en resbalársele los dedos y se golpeó la cabeza contra las losas del suelo. Pese a haberse quedado aturdida, vio que Lena lograba reincorporarse con dificultad. Se tambaleó, ensangrentada, mientras Lex abría fuego de nuevo. Lena se lanzó a la carga, pero no en dirección a la puerta ni contra Elegante, sino hacia uno de los laterales de la habitación, lejos de todo. Lo único que había allí era una esquina, iba a quedarse acorralada ella sola…

El suelo se abrió a los pies de Lena, arrojándola a un foso. Sara se puso en pie con esfuerzo.

—¡Que no se levante! —exclamó Elegante mientras le arrojaba otro puñado de monedas.

Lex disparó contra Sara desde lo alto del estrado. Su puntería dejaba mucho que desear, pero entre Edwina y él consiguieron acertar varias veces. Aquello no amilanó a Sara, con sus facultades potenciadas por la mente de metal dorada. Le dedicó un gesto grosero y atravesó la puerta corriendo, recuperándose de las heridas casi a medida que las recibía. Elegante gruñó cuando el arma de Lex emitió un chasquido, indicando que se había quedado sin munición. Alex intentó agarrarla por las piernas, con la esperanza de derribarla, pero la mujer le propinó una patada en el pecho. La muchacha resopló, sin aliento, y Elegante apoyó un pie en su garganta.

—¡Sara! ¡Vuelve aquí si no quieres que mate a los otros!

No obtuvo respuesta. Sara, al parecer, había aprovechado la oportunidad para escapar por el pasadizo. Bien. No estaba abandonándolas; tan solo había comprendido que todos tendrían más posibilidades si no la capturaban también a ella.

—¡Hablo en serio! —volvió a gritar Elegante—. ¡La mataré!

—¿Te crees que le importa? —preguntó Lex.

—La verdad, con ese nunca se sabe. —Tras esperar unos instantes por si Sara se entregaba, suspiró y levantó el pie del cuello de Alex.

Aturdida, con la respiración aún entrecortada, la muchacha hizo balance de la situación. MeLaan estaba retorciéndose en el suelo. ¿Eso cuándo había ocurrido? Allik y Kara lo observaban todo con los ojos fuera de sus órbitas, paralizados. Había sido visto y no visto. Hacía tan solo unos años, Alex habría reaccionado igual que esos dos, sintiéndose desorientada y confusa. No dejaba de ser impresionante, en cierto modo, que hubiera hecho gala de semejante rapidez de reflejos. Aunque siguiera sin haber estado a la altura de las circunstancias.

Edwina recogió su rifle y la apuntó con él.

—Para allá —dijo, moviendo el arma para indicarle a Alex que se arrastrara junto a Kara y Allik a fin de poder controlarlos mejor a todos. La muchacha contempló la posibilidad de hacer algo, lo que fuera, pero ¿qué?

Sus reservas de metal se habían agotado, y su mente todavía no había terminado de asimilar la gravedad de lo que acababa de suceder. Lena debía de estar desangrándose en el fondo de aquel pozo. Sara había conseguido escapar, pero no tenía más bendaleo. MeLaan había caído. Tendría que apañárselas ella sola.

—Por favor —dijo Allik, agarrándola desesperadamente del brazo cuando hubo llegado hasta ellos—. Por favor.

Estaba aterrado, pero Alex no podía culparlo. Había visto caer a Lena, la mujer a la que adoraba, y volvía a verse en poder de Elegante.

Kara observaba a Lex con los ojos entrecerrados.

Lena había descubierto la verdad, aunque demasiado tarde. No había cacheado a su hermano y había titubeado en vez de disparar. A pesar de lo astuta que era, por lo que a Elegante y Lex respectaba, la sensatez de Lena hacía aguas por todas partes. Siempre había sido así.

«Como si tú te hubieras lucido», pensó con amargura Alex.

Lex bajó tranquilamente por los escalones, empuñando la pistola ante él.

—Menuda pifia.

—¿Pifia? —replicó Edwina—. Yo diría que no nos ha salido tan mal.

—Dejé que Lena se me escapara.

—Le disparaste tres veces. Puede darse por muerta.

—¿Te atreverías a poner la mano en el fuego por eso?

Edwina exhaló un suspiro.

—No.

Lex asintió con la cabeza. Sin que su expresión se alterara, sacó un cuchillo del bolsillo, se arrodilló y apuñaló a MeLaan. Kara lanzó un grito mientras daba un paso en su dirección.

—¿Qué le habéis hecho? —preguntó Alex.

Aunque no obtuvo respuesta, sospechaba ya lo que podía haber ocurrido. Había líquidos que, al inyectarse en los kandra, los inmovilizaban y provocaban que empezasen a perder su forma. Era algo temporal, pero Alex dedujo que, mientras ella estaba distraída con Elegante, Lex habría aprovechado para utilizar alguna de esas substancias contra MeLaan. Con los brazos retorcidos, partidas las piernas, el esqueleto del kandra no estaba en condiciones de ofrecer resistencia. Tras hurgar durante unos macabros instantes, Lex extrajo una púa. Se la guardó en el bolsillo y siguió excavando en el cuerpo del kandra. Elegante, mientras tanto, se acercó a Alex; a través de los desgarrones de su camisa, esta atisbó un destello metálico entre dos de sus costillas. No se trataba de un punzón de gran tamaño, como el de Ojos de Hierro, sino de algo más sutil. No se habían limitado a experimentar con la hemalurgia: habían empleado púas para concederse poderes a sí mismos. Lex extrajo por fin la segunda púa de la desventurada MeLaan y se la guardó. El kandra estaba derritiéndose, reducido a una masa informe de piel parduzca y músculos sin nada a lo que aferrarse que se derramaba fuera de sus ropas, desprendiéndose de los huesos. El cráneo de cristal verde se quedó contemplando el techo sin verlo, con la mirada perdida.

Lex señaló el foso que se había tragado a Lena.

—Ve a buscarla.

—¿Yo? —dijo Elegante—. Deberíamos esperar a…

—No hay tiempo. Tú la conoces mejor que nadie. Persíguela. Sé que todavía está viva. He conocido piedras menos resistentes que mi hermana.

Elegante suspiró de nuevo, pero esta vez asintió con la cabeza mientras intercambiaba sus armas con Lex a fin de quedarse con la pistola de aluminio, que recargó. Se acercó al borde del pozo. Alex miró de soslayo a Lex, que vigilaba los restos de MeLaan con el rifle preparado.

¿Debería abalanzarse sobre él? Elegante acataba sus órdenes. No era un simple miembro del Grupo; superaba en rango a la tía de Lena. Y era un alomante, sin duda; el modo en que había utilizado la granada alomántica lo atestiguaba.

Elegante descendió empleando una cuerda. Instantes después, Alex oyó pasos procedentes del pasadizo, y pronto irrumpió en la habitación un despliegue de soldados uniformados como los que custodiaban aquel almacén.

—La retaca —los interpeló con apremio Lex—. Sara. ¿Os habéis cruzado con ella?

—¿Señor? —replicó uno de los soldados—. No, no lo hemos visto.

—Maldición. ¿Dónde se habrá metido esa rata? Necesito que todos los hombres de los que podamos prescindir peinen ese pasillo y los alrededores, hasta la llanura en el exterior. Es extremadamente peligrosa, sobre todo si le queda alguna redoma de bendaleo.

Alex se volvió hacia Kara, que seguía aturdida y con los ojos abiertos de par en par, contemplando sin parpadear el agujero por el que había desaparecido Lena. Los ojos de Allik, agarrado al brazo de Alex, resultaban visibles detrás de la máscara.

—Nos sacaré de esta —les susurró la muchacha a sus compañeros.

Aunque no sabía cómo.