27

Se chivará de nosotros… Lo sabes.

Lena rodó hasta quedar tendida de espaldas, mirando hacia arriba. Oscuridad. El pozo había descrito un giro mientras caía (recordaba haberse golpeado contra una de las curvas) y la había depositado allí.

Herrumbres… ¿Cómo era posible que tuviera la vista nublada si no podía ver nada? Tanteó su cinto y encontró un vial; consiguió ingerir el contenido, restableciendo así sus reservas de metal.

¿Vienes? Claro que no. Nunca te arriesgas a meterte en problemas.

No. Sí que podía ver algo. Una vela solitaria en un cuarto oscuro.

Parpadeó, pero ya se había esfumado. Una visión del pasado. Un recuerdo…

Una luz en una habitación a oscuras. Dejada allí para desviar la…

Eso era el estrado de arriba. Los brazaletes no habían estado allí nunca.

Los cristales rotos, el expositor vacío, la tarima y el pedestal… una estratagema, todo ello, orquestada por los diseñadores de ese lugar. Pero habían cometido un error.

La urna de vidrio que habían hecho añicos era demasiado grande para encajar en aquel pedestal.

«Una vela en un cuarto oscuro…», pensó Lena. Eso significaba que los brazaletes estaban en otra parte. Parpadeó de nuevo y le pareció distinguir algo de claridad, ahora que sus ojos empezaban a acostumbrarse a las sombras.

No se encontraba en ningún foso angosto. Aquel agujero la había depositado en otro lugar. Se retorció para incorporarse, consiguió ponerse de rodillas y se palpó el vientre. Encontró sangre. La herida era fea, la traspasaba de lado a lado, a juzgar por el reguero de humedad que notaba deslizándose por la parte de atrás de su muslo. También había recibido un disparo en la pierna, pero daba igual; se la había roto en la caída de todas formas. La herida de bala que había sufrido en el cuello era la más grave de todas. Lo sabía sin necesidad de tocar nada merced al modo en que estaba reaccionando su cuerpo, por cómo empezaban a entumecérsele las articulaciones y algunos músculos habían dejado de funcionar como deberían.

Esa luz… azulada. No se trataba de ninguna vela, sino de una de aquellas lámparas empotradas en las paredes del edificio. Se arrastró hacia ella remolcando su pierna maltrecha, arañándose contra las piedras, con el sudor cayéndole a chorros por las mejillas y mezclándose con la sangre que estaba derramando en el suelo.

—Armonía —musitó—. Armonía.

No obtuvo respuesta. ¿Ahora iba a ponerse a rezar? ¿Qué había pasado con su odio?

Aquella luz se convirtió en su única razón de ser. Podría haber pasado una hora arrastrándose, o quizás hubiera sido tan solo un minuto. Conforme avanzaba, distinguió centinelas en la oscuridad. Personas sentadas ante la luz que proyectaban largas sombras en las profundidades de la habitación. El techo era bajo, demasiado como para que uno se pusiera de pie. Por eso… por eso aquellas personas tenían que estar sentadas…

«¡Concéntrate!», se reconvino a sí misma, quemando metal. Los centinelas llevaban metal encima. Y… sí, otra de aquellas líneas tan finas, apuntando hacia una zona concreta en el suelo ante ella. Otra trampa.

El metal consumido pareció reportarle algo de claridad, ayudándole a repeler aquel molesto embotamiento. Había perdido mucha sangre. No tardaría en desmayarse. Sin embargo, ahora, un ápice más alerta que antes, vio a aquellos centinelas por lo que en realidad eran. Cadáveres. Sentados, de alguna manera, embozados en ropa de abrigo. Al reptar frente a ellos contempló sus rostros congelados, apergaminados por el paso del tiempo, pero asombrosamente bien conservados. Todos tenían una máscara en el regazo. Formaban cuatro anillos concéntricos, con la mirada fija en la luz que resplandecía más adelante. Esta era la tumba de los que habían construido aquel sitio. Entonces, ¿cómo…? ¿Cómo se había transmitido la combinación de la puerta hasta…?

Lena siguió arrastrándose entre los cadáveres arracimados, congelados pese a su cálido atuendo. Se los imaginó allí sentados, aguardando su final, a medida que disminuía el calor de sus mentes de metal. El frío se habría abatido sobre ellos igual que cae la noche al terminar el ocaso, trayendo consigo una oscuridad inapelable y definitiva. Y, frente a ella, otro pedestal. Más pequeño, labrado en una roca de color blanco. La modesta luz que relucía en lo alto le desveló un juego de brazaletes metálicos. Nada de efectos teatrales aquí, tan solo el silencio reverencial de los muertos. Oyó algo a su espalda, el roce de unas botas contra las losas del suelo; un torrente de claridad inundó la estancia a continuación, procedente de la misma dirección que el sonido.

—¿Lena? —la llamó la voz de Edwina.

Lena se agachó.

—Sé que estás aquí, hija. Menudo rastro de sangre has dejado. Esto ya se ha terminado, como comprenderás.

«Ahora es una alomante», pensó Lena, recordando lo que había hecho su tía con el arma de Alex. La mujer portaba una pistola de aluminio, la misma que había usado Lex.

Lex… ¿Cuánto tiempo llevaría colaborando con ellos? Odiaba haberlo adivinado, odiaba que su primera reacción instintiva (por acertada que fuese) hubiera sido apuntar con un arma a su único hermano. Ahora todo cobraba sentido. Había provocado que Sara tirase la mochila de una patada por la puerta de la aeronave. Había eliminado al bruto del almacén cuando este se disponía a hablar; posiblemente dirigiéndose a ella, desenmascarándola como miembro del Grupo.

Elegante no… no se habría reunido en el templo con ellos sin un as en la manga…

Necesitaba centrarse. Edwina se acercaba. Lena sintió la tentación de empujar una bala contra ella, pero se contuvo. Su tía levantó la linterna, iluminando el inmenso vacío mientras miraba lentamente a su alrededor. No parecía haberla divisado todavía y todos los cuerpos llevaban algo de metal encima, por lo que la vista de acero de Edwina no delataría a Lena. Pero sí el rastro de sangre, y pronto.

Aun así, Lena esperó. Se agachó, encogiéndose entre el montón de figuras, imitando sus poses encorvadas.

«Tengo que coger esos brazaletes…»

Aunque consiguiera cubrir la distancia que la separaba de ellos, recibiría un disparo antes de llegar hasta allí.

—He intentado protegerte —dijo Elegante.

—¿Qué le has hecho a mi hermano? —La voz de Lena despertó ecos en la oscuridad.

Elegante sonrió mientras seguía avanzando, escudriñando los cuerpos. Si pudiera hacer que se acercase un poco más…

—No le he hecho nada. Hija, fue él el que me reclutó a mí.

—Mentiras —siseó Lena.

—¡El viejo mundo agoniza, Lena! Te advertí que pronto nacería uno nuevo, un mundo en el que las personas como tú no tienen cabida.

—Sabría encontrar mi lugar en un mundo lleno de naves voladoras.

—No hablaba de eso —repuso Elegante—. Me refiero a los secretos, Lena. Un mundo donde los alguaciles solo existirán para hacer que la gente se sienta segura. Será un mundo repleto de sombras, de gobiernos ocultos. El cambio está operándose ya. Quienes ostentan el mando hoy en día no son los hombres que prodigan sonrisas ante la multitud y pronuncian discursos.

Edwina rodeó uno de los cadáveres y siguió el rastro de sangre de Lena con la mirada. Solo unos pocos pasos más.

—La época de los reyes se ha terminado —continuó Edwina—. La época en que se adoraba a los privilegiados ya es historia, al igual que el derecho de los alomantes a ostentar el poder. Sus dones dejarán de depender de los caprichos de la historia. Ahora, en vez de eso, el poder será para quienes se lo merezcan. Para quienes sean capaces de usarlo.

Levantó el pie para dar otro paso, pero titubeó, mirando hacia abajo. Su sonrisa se ensanchó mientras llevaba el pie hacia atrás, provocando que a Lena le diera un vuelco el corazón en el pecho.

—¿Intentas distraerme para que pise una trampa? Qué plan más osado, Lena. —Edwina miró de reojo hacia arriba—. Sospecho que se desplomaría toda esta sección del techo. A ti también te atraparía el alud.

Se giró y miró directamente al lugar en que Lena estaba sentada, intentando mimetizarse con los cadáveres.

Lena levantó la cabeza.

—Habría merecido la pena. —Aún tenía la escopeta, pero dudaba que le quedasen fuerzas para utilizarla. En vez de eso, de rodillas, extendió una mano ensangrentada en la que aferraba una bala—. ¿Quieres que comprobemos lo bueno que eres, tía?

Un desafío. Quizá pudiera derrotarla si libraban un duelo. Edwina la observó durante unos instantes y sacudió la cabeza.

—Mejor no.

Apoyó el pie con fuerza en la placa del suelo, accionando la trampa.

Lex hizo desfilar fuera del templo a Alex y el resto. Una vez fuera, le arrancó el medallón del brazo a la muchacha. Alex jadeó, aferrando su bolso con fuerza cuando el frío se abatió sobre ella como un enjambre de insectos, ensañándose hasta con el último ápice de su piel descubierta. De súbito su vestido se convirtió en algo insignificante, inservible. Le habría dado lo mismo encontrarse desnuda. Lex repitió la operación con Kara y extendió la mano en dirección al brazo de Allik.

—Por favor —dijo Alex—. Se…

Lex agarró el medallón. Allik intentó zafarse, pero uno de los guardias le propinó un golpe en el rostro, agrietando su máscara y derribándolo en el suelo nevado. El mismo agresor se agachó para arrancarle el medallón. Con un aullido estentóreo, Allik se ovilló sobre las piedras heladas. Ante ellos, el páramo era un hervidero de actividad. Las tiendas de campaña ondeaban al viento mientras los hombres se afanaban en torno a la aeronave siniestrada de los Cazadores. Un grupo de personas enmascaradas desfilaban en dirección a una tienda que destacaba por sus grandes dimensiones; los compañeros de tripulación de Allik todavía estaban con vida, por tanto. Remontó los escalones un hombre uniformado de rojo bajo el recio abrigo que lo cubría.

—Lord Secuencia —se dirigió a Lex cuando hubo llegado a lo alto de la escalinata—. Hemos localizado lo que creemos que debe de ser el arma.

—¿Los brazaletes? —preguntó Alex.

Lex le lanzó una mirada sardónica.

—Los brazaletes eran una posibilidad. Tentadora, eso sí, y no voy a negar mi desilusión. Irich se sentirá particularmente contrariado. Pero no hemos venido por ellos.

«La nave —comprendió Alex, observándola—. Cargada con una bomba diseñada para destruir el templo.»

Una bomba que no se había usado nunca. Varias personas deambulaban alrededor del enorme vehículo, inspeccionándolo. Esto era lo que buscaban Elegante y los suyos. Alex dio un paso al frente, pero uno de los guardias la agarró mientras otro registraba su bolso en busca de cualquier posible amenaza. Otro le arrebató la libreta de las manos a Kara antes de cachearla, sin miramientos.

—La nave se encuentra en buen estado a pesar de los elementos, Secuencia —informó a Lex el soldado ante la impotente mirada de Alex—. No se estrelló como la otra.

—Excelente. Veamos si queda algo de metal propulsor a bordo de ese armatoste. —Lex empezó a bajar por los escalones, ajena al frío paralizante merced al efecto de su medallón calefactor. Parecía un espíritu con su vestido, tan elegante y vaporoso, junto a aquellos hombres cubiertos con ropa de invierno de la cabeza a los pies.

Titubeó y volvió la mirada atrás, hacia Alex y los otros.

—Registradlos a conciencia —ordenó a los soldados—. Percibí un tenue rastro de metal en la mayor de las mujeres, pero ya se ha esfumado.

Su libreta debe de tener encuadernaciones metálicas. Creo que no llevan encima ninguna pistola de aluminio, aparte de la que tenía Lena. En cualquier caso, no los perdáis de vista. Nos servirán de seguro contra la bajita, que todavía anda suelta por ahí fuera, en alguna parte.

El techo se derrumbó sobre sus cabezas.

Con un grito, Lena se abalanzó sobre el pedestal y los dos sencillos brazales. Elegante optó por una estrategia distinta; empujó contra los brazaletes para impulsarse de un salto hacia atrás, lejos del alud. Las piedras cayeron sobre Lena como un mazazo, aplastándola contra el suelo. Oyó cómo crujían los huesos dentro de ella. Al boquear, sin aliento, se le llenó la boca de polvo. Reconoció la gravedad de los daños que había sufrido en cuanto hubo pasado el dolor. Al asentarse la polvareda, se descubrió incapaz de mover ni una sola parte de su cuerpo. Un peso le oprimía la espalda, paralizándola con la cabeza ladeada. Una de sus manos yacía inerte en su campo visual, con los dedos deformados. No podía sentirlos. Nada. Tan solo su rostro. Lo justo para notar las lágrimas de dolor y fracaso que se deslizaban por sus mejillas.

«Acero.» Intentó quemarlo.

Percibía unos jirones de metal en su interior, una calidez que se transformó en lo único que podía sentir. Los escombros se agitaron cerca de ella, repicando al chocar entre sí los cascotes. Instantes después apareció Elegante, con un corte en el brazo que ya había empezado a cerrarse. Se sacudió el polvo y miró a Lena de soslayo.

—Lo malo de la hemalurgia son sus limitaciones —dijo—. Si matas a alguien y le robas sus habilidades metálicas, el don resultante que obtienes es débil. ¿Lo sabías? Además, si te clavas demasiadas púas, te vuelves susceptible de padecer la… interferencia de Armonía. Más aún, según las historias, podrías abrirte a la intervención de cualquier aplacador o encendedor sin dos dedos de frente pero con suficiente talento. —Edwina sacudió la cabeza—. Me veo, por tanto, limitada a tres dones, aunque hayamos descubierto la manera de imponer esa debilidad a un tercero mientras nosotros nos quedamos con las ventajas.

Lanzó una mirada de reojo a los brazaletes.

—En cambio, si existiese una forma de obtener más poderes sin ser vulnerable a Armonía… eso sí que sería digno de verse. Entiendo el entusiasmo de Lex.

Se alejó de Lena pasando frente a los cadáveres congelados de los enmascarados, cuyos restos sobresalían entre las rocas. Aplastados. Algunos incluso parecían haberse roto en pedazos.

Elegante llegó al pedestal.

—Sé testigo, Lena. Hoy voy a convertirme en una diosa.

Lena intentó gritar algo, pero sus pulmones fueron incapaces de reunir el aire necesario. Quiso incorporarse, liberarse, pero su cuerpo no la obedecía. Estaba agonizando. Pese al acero que ardía tímidamente en su seno, se iba a morir.

No. Ya estaba muerta. Su cuerpo, sencillamente, aún no se había percatado de ello.

Elegante cogió los brazaletes. Lena ladeó la cabeza como pudo, inmovilizada como se encontraba, para verla. La cara de la mujer enmarcaba una amplia sonrisa, expectante.

No pasó nada.

Las facciones de Elegante se ensombrecieron. Giró los brazaletes de un lado a otro, estudiándolos. Se los puso.

Nada.

—Agotados —masculló con irritación—. Después de tantos esfuerzos, los encontramos vacíos de atributos. Qué desperdicio. —Encaminó sus pasos hacia Lena con un suspiro mientras sacaba el arma de aluminio de su bolsillo—. Seguro que los científicos de Irich sabrán desentrañar su composición. Llévate ese pensamiento a la eternidad, Lena. Y saluda de mi parte a Ojos de Hierro. Dile que no tengo la menor intención de reunirme con él.

Apoyó la pistola en la cabeza de Lena.

Y entonces algo se estrelló contra ella. Elegante profirió un alarido, seguido de un forcejeo en el que se disparó la pistola. Maldiciones. Pasos entre los cascotes. Un segundo después, Sara se materializó ante los ojos de Lena. Se arrodilló junto a ella mientras la observaba de arriba abajo, horrorizada.

—Sara —musitó débilmente Lena—. ¿Cómo…?

—Bah, no ha sido nada —dijo su compañera—. Me escaqueé y acabé cayéndome en otro pozo de esos. Aquel tenía el fondo cubierto de pinchos, por desgracia. Pero conseguí sanarme, escalé y, cuando los soldados hubieron pasado de largo, me colé en este sitio. Encontraste un agujero mucho mejor que el mío para caerte por él, eso seguro.

—Elegante…

—Ha huido. No le apetecía enfrentarse a mí cara a cara, ahora que ya estoy recuperada. Menudo cobarde está hecho… —Dejó la frase inacabada flotando en el aire mientras contemplaba el cuerpo de Lena, aplastada bajo el alud—. Me…

—Busca a Alex y Kara —murmuró Lena—. Ayúdalas a escapar.

—Lena —dijo la muchacha, sacudiendo la cabeza—. No. ¡No! No puedo hacer esto sin ti.

—Sí que puedes. Corre.

—No me refería a esa parte —replicó Sara—, sino a todo lo demás. A vivir. Tenemos… tenemos que sacarte de esta. —Se restregó los ojos con las palmas de las manos, mirando la piedra que había encima de Lena y el charco de sangre que tenía debajo.

Se echó hacia atrás a continuación, atusándose el pelo con los ojos abiertos de par en par, como si estuviera conmocionada. Lena intentó apremiarla, pero sus labios se negaban a obedecerle.

Las fuerzas la habían abandonado.

Acurrucada en el suelo helado junto a Kara y Allik, rodeada de hombres armados que estaban registrando sus pertenencias. Seguía siendo de noche, aunque no debía de faltar mucho para que amaneciera.

«Lena ya habría encontrado alguna manera de escapar de este atolladero.»

«Deja de compararte con ella —pensó—. No me extraña que no logres escapar de su sombra, cuando pareces empeñada en desconfiar de tus propias posibilidades.»

Necesitaba encontrar una solución. En su cabeza se agolpaban una decena de planes, todos ellos estúpidos. El guardia todavía tenía su bolso. La púa de ReLuur podría estar dentro. Investida hemalúrgicamente, podría haber pasado inadvertida a los ojos de cualquier alomante que hubiese buscado metales en ella. El guardia le dio la vuelta al bolso, derramando su contenido sobre las piedras heladas. Ninguna púa. En vez de eso, entre el revoltijo de cuadernos y pañuelos, salió rodando una cuña metálica del tamaño de la palma de su mano. ¿La punta de aluminio de la lanza de la estatua?

«Sara, te voy a…» Rechinó los dientes. ¿Cuándo se la habría cambiado por la púa? ¡Menudo granuja!

—Ese bolso ya lo había registrado yo antes —dijo otro de los guardias—. No hay armas.

—Bueno, entonces, ¿qué es esto? —replicó el primero, recogiendo el trozo de aluminio en forma de cuña.

Su compañero respondió con un resoplido.

—Intenta matar a alguien con eso. No tiene punta.

Alex se encogió, sintiéndose estúpida. Aunque tuviera la púa, ¿qué haría? No sería capaz de reducir a tantos guardias armados.

¿Qué podía hacer?

Alguien cayó del cielo y aterrizó en el suelo con un golpe seco no muy lejos de ella. Alex se animó de repente, pensando que sería Lena. Se trataba de Elegante, sin embargo, desgarradas y sucias de polvo sus ropas, empuñando una pistola. Los guardias la saludaron poniéndose firmes y, en el proceso, el que sostenía su bolso lo dejó caer junto con la cuña metálica. Uno de sus frasquitos de maquillaje, de cristal, se alejó rodando. El pobre Allik estaba acurrucado junto a Kara. Había dejado de tiritar y su piel estaba volviéndose azul. Kara lo miró a los ojos con expresión resignada. Elegante pasó frente a ella andando a zancadas. Resultaba mucho más amenazadora surcando los aires por medio de sus habilidades alománticas que antes, embozada en ropas de abrigo en la escalinata del templo.

—¿Mi hermana está muerta? —preguntó Lex, dando la espalda al grupo de ingenieros con los que había estado conversando cerca de allí.

—Sí —dijo Elegante—. Aunque tuve que enfrentarme a la retaca.

—¿La has eliminado?

—La he dejado ocupada. ¿No quieres ver qué he encontrado? —Elegante levantó algo que resplandecía bajo las potentes luces montadas por la expedición. Dos brazaletes plateados, ambos tan largos como su antebrazo—. Había una cámara secreta ahí abajo, Secuencia. Y no te vas a creer la sorpresa que se ocultaba en su interior.

Lex se abrió paso a empujones entre los científicos y ascendió a la altura de Elegante. Cogió los brazaletes, asombrada.

—No funcionan —dijo Elegante.

—¿A qué te refieres?

—Se han quedado sin atributos, creo. Sus reservas se han agotado.

—Pero también confieren la alomancia. —Lex se los puso y le hizo una seña a uno de los guardias, que le lanzó un vial de metales. Se lo bebió de un solo trago, con avidez.

—¿Y bien? —preguntó Elegante.

—Nada.

«Un señuelo», pensó Alex. Igual que la vitrina y el pedestal vacío…

Sí, también eso lo había sido. Ahora entendía por qué Lena había tomado aquellas medidas.

Lena. Era imposible que…

No. ¿Qué podía hacer ella? Luchar, no. Pero sí pensar. Esos brazaletes eran un cebo. Una segunda capa de falsedad para confundir a los intrusos. Así que, ¿dónde estaban los auténticos?

Velas en una habitación a oscuras.

«Son otra añagaza —pensó Lena, con la cabeza embotada—. Esos brazaletes eran demasiado perfectos, como en las historias. Los dejaron ahí para engatusarnos.»

Como los símbolos del antiguo adversario de Lena, pintados en la puerta de aquella mansión. Una distracción. Un mero entretenimiento.

«Este lugar fue diseñado para el lord Legislador —se dijo—. Esas trampas… esas trampas son absurdas. ¿Y si cayera él en una? Todo esto tiene que ser un señuelo.»

Entonces, ¿qué? ¿Habría otro templo ahí fuera, en alguna parte? ¿Los habrían escondido en una cueva, quizá?

Ya apenas si podía ver nada. Sara le sostenía la mano con las mejillas surcadas de lágrimas. Todo empezaba a desvanecerse. El frío… cerniéndose sobre ella… como un manto de tinieblas…

«No —pensó Lena—. No está en otra parte. Él debería ser capaz de encontrarlo. De reconocerlo…»

Estaba…

¡Estaba aquí!

Lena jadeó con los ojos abiertos de par en par, sin aliento, e intentó vocalizar las palabras que pugnaban por brotar de sus labios. Los nudillos de Sara palidecieron cuando le apretó la mano.

Pero ella ya no sentía nada.

La oscuridad se abatió por fin sobre Lena, y murió.