28
Lena se quedó inmóvil.
Sara dejó caer su mano inerte, sin fuerza. Lo único que quería era quedarse allí sentada, junto a ella. Con la mirada perdida en el vacío, como aquellos tipos ordenados en hileras que lo rodeaban; los que no habían quedado aplastados. Quedarse allí y dejar que la envolviera la nada. En toda su vida, tan solo una persona había creído en ella. Solo una persona la había perdonado y le había dado ánimos. Por lo que a Sara respectaba, el resto de toda esta cochina especie que era la humanidad podía arder hasta quedar reducida a cenizas. Los odiaba a todos. Pero… ¿qué diría Lena?
«Qué cabrona —pensó Sara mientras se secaba los ojos—. Me ha abandonado.» También odió a Lena en ese momento. Sin embargo, la amaba más que la odiaba. Sara se incorporó con un gruñido, tambaleándose. Estaba desarmada; se le habían caído los bastones de duelo allí arriba.
Contempló fijamente el cadáver de Lena, se arrodilló y le tanteó la pierna. Tiró con fuerza al notar algo con los dedos. La escopeta. Comenzaron a temblarle las manos de inmediato.
—Quietas —siseó—. Ya hemos pasado por eso.
Amartilló la escopeta y se dispuso a buscar la manera de salir del sepulcro.
«El templo entero es una artimaña —pensó Alex, tiritando de frío—. Así que, ¿dónde están los brazaletes de verdad?»
El lugar se había construido para el lord Legislador, que supuestamente iba a volver para recuperar su arma. ¿Dónde la habrían dejado?
«Él sabría reconocerla —se dijo la muchacha—. Es obra suya. Creemos que tiene forma de brazaletes, pero no tiene por qué ser así. Podría tratarse de cualquier cosa.»
Sería una decisión inteligente a la hora de fabricar un arma. Estas mentes de metal… Uno tenía que saber qué hacían para que funcionaran. Podías protegerte, de modo que solo alguien que supiera lo que estaba buscando podría emplear tu arma. Y, en tal caso, las personas que habían erigido el templo podrían haber dejado el arma donde el lord Legislador la viese cuando regresara, mientras que cualquier otro pasaría por delante de ella sin sospechar nada, internándose cada vez más en el templo para enfrentarse a todas aquellas trampas, fosos y señuelos diseñados con el fin de acabar con los intrusos o convencerlos de que habían saqueado el lugar con éxito.
¿Dónde esconderías tú el arma? En la puerta, bajo la marca del propio Soberano, en su misma mano. Alex se giró, desesperada, buscando la exagerada punta de lanza.
Yacía justo a su lado, donde el guardia la había dejado caer. Lena había dicho que era de aluminio porque no podía percibirla, pero no se había fijado con detenimiento. De lo contrario habría visto que estaba compuesta de distintos metales entretejidos, ondulantes, como los pliegues forjados en la hoja de una espada. No podía empujar contra ella, pero no porque fuese de aluminio. Sino porque era una mente de metal, cargada con más poder del que nadie hubiera sido testigo jamás.
Envolvía a Lena una neblina difusa. La caverna, las rocas, el suelo mismo… todo era bruma. Pero podía ponerse de pie encima de ella, de alguna manera. Armonía surgió de las tinieblas fluctuantes para situarse a su lado. Comenzaron a caminar la una junto a la otra, paseando con toda la naturalidad del mundo. El aspecto de Diosa era tal y como Lena siempre se lo había imaginado. Alta, serena, entrelazadas las manos ante Ella. Su rostro era un óvalo estilizado, plácido y de facciones humanas, aunque dejaba a Su paso un rastro de atemporalidad. Lena podía verla, ondeando a Su espalda. Vientos y tempestades, nubes y lluvia, desiertos y bosques por igual, todo ello encontraba su reflejo de alguna manera en la estela de esta criatura. Su manto estaba estampado con las uves de Terris, donde cada una de las letras simbolizaba, no un color, sino toda una era. Símbolos de una cronología estratificada, como el perfil de una antigua roca desenterrada.
—Dicen —musitó Lena— que nos visitas a todos cuando nuestra hora ha llegado.
—Lo considero el más sagrado de mis deberes —repuso Armonía—. Aun cuando me acucien otros menesteres, siempre encuentro el tiempo necesario para dar este paseo. —Su voz, apacible, sonaba familiar en los oídos de Lena. Como la de una amiga olvidada.
—Así que estoy muerta.
—Sí. Tu cuerpo, tu mente y tu alma se han separado. Uno regresará pronto a la tierra, otra al cosmere, y la tercera… Ni siquiera yo puedo saberlo.
Siguieron caminando. La caverna umbría se desvaneció, y sobrevino a Lena una súbita sensación de borrosidad. Las nieblas devinieron en oscuridad, y todo cuanto podía ver ahora era una claridad distante, como la del sol oculto tras el horizonte.
—Si tienes tiempo para andar con nosotros —refunfuñó Lena, desabrida—, ¿por qué no apareces un poco antes? ¿Por qué no evitar el paseo antes de que se convierta en algo inaplazable?
—¿Debería libraros de todas las penurias, Lena?
—Ya sé por dónde van los tiros. Sé lo que vas a decir. Que valoras el libre albedrío. Todo el mundo teoriza al respecto. Pero Tú puedes intervenir. Lo has hecho antes, llevándome adonde se me necesitaba. Actúas… pero ¿por qué no lo haces más? Impide que mueran los niños. Asegúrate de que los alguaciles lleguen a tiempo para evitar los asesinatos. No es preciso que elimines nuestra capacidad de elección, pero podrías hacer algo más. Lo sé.
«Podrías haberla salvado. O informarme al menos de lo que iba a ocurrir.»
Esa última parte se la guardó para sus adentros.
Armonía asintió con la cabeza. Era extraño venirle con exigencias a Diosa, pero… herrumbres. Ya que este era el final de su trayecto, al menos Lena esperaba obtener alguna respuesta.
—¿Qué significa ser Diosa, Lena?
—No creo que pueda contestar a eso.
—Tampoco Yo esperaba tener que responder a esa pregunta —dijo Armonía—. Pero es evidente que no me queda elección. Te gustaría que interviniera y evitase la muerte de los inocentes. Podría hacerlo. Me lo he planteado. Pero ¿y después, qué? ¿Evito también las mutilaciones?
—Por supuesto.
—¿Y dónde trazo la línea, Lena? ¿Me dedico a evitar todas las heridas o solo aquellas infligidas por gente malvada? ¿Evito que un hombre se quede dormido para que no derribe sin querer la vela que habrá de reducir su casa a cenizas? ¿Impido todos los males que podrían acaecerle a una persona?
—Quizá.
—Y cuando ya nadie vuelva a sufrir ningún daño —continuó Armonía—, ¿os conformaréis con eso? ¿O seguiréis elevándome vuestras plegarías, pidiéndome más? ¿Habrá quienes todavía maldigan y escupan al oír mi nombre porque ellos son pobres y a otros les sobra el dinero? ¿Debería mitigar también eso, Lena? ¿Volveros a todos iguales?
—No pienso caer en esa trampa —replicó Lena—. Tú eres la deidad, no yo. Tú sabrás trazar la línea para evitar el peor de los casos, una línea razonable que nos permita seguir adelante con nuestras vidas.
La luz que despuntaba ante ellas se desplazó a un lado, de súbito, y Lena descubrió que habían rodeado un planeta. Se encontraban encima de él, a gran altura, y habían salido de la oscuridad al resplandor del sol. Lena podía ver ahora el orbe que flotaba a sus pies, bañado por una claridad fría y serena. Tras ella acechaba una neblina escarlata, envolvente, presionando contra el planeta. Podía sentir cómo la estrangulaba, un miasma de terror y devastación.
—A lo mejor —dijo en voz baja Armonía— ya he hecho exactamente lo que sugieres. Solo que tú no te das cuenta porque el peor de los casos no te ha afectado nunca.
—¿Qué es eso? —preguntó Lena, intentando abarcar con la mirada aquella nebulosa rojiza, palpitante e inmensa. Se dio cuenta de que había algo que la retenía, una fina franja de luz, como una burbuja que envolviera el mundo, ejerciendo de barrera.
—Una representación —respondió Armonía—. Un poco burda, quizá. —Miró a Lena y esbozó una sonrisa, como un progenitor ante su retoño asombrado.
—Nuestra conversación no había acabado. La dejaste morir. ¡Me dejaste matarla!
—¿Y hasta cuándo —preguntó con delicadeza Armonía— deberás odiarte por eso?
Lena apretó las mandíbulas, incapaz de detener los temblores que se habían apoderado de ella. Volvió a revivirlo todo: sostenerla en sus brazos mientras agonizaba. Saber que la había asesinado. El odio hervía en su seno. Un odio dirigido contra Armonía. Contra el mundo entero. Y también… sí. Contra sí misma.
—¿Por qué? —preguntó Lena.
—Porque tú me lo pediste.
—¡Yo jamás hice algo así!
—Sí. Una parte de ti sí lo hizo. Puedo ver esta eventualidad, una de las muchas Lenas posibles, todas ellas tú… pero separadas. Conócete a ti misma, Lena. ¿Habrías preferido que la matase otra? ¿Una desconocida?
—No —susurró Lena.
—¿Habrías preferido que continuase viviendo como una esclava de su propia mente? ¿Corrompida por aquella púa maldita que, incluso reemplazada, la habría dejado marcada para siempre?
—No. —Lena había empezado a llorar.
—¿Y si hubieras sabido —continuó Armonía, sosteniéndole la mirada— que jamás habrías sido capaz de apretar el gatillo sin esa venda sobre tus ojos? Consciente de lo que habría supuesto conocer la verdad, que habría detenido tu mano y la habría dejado atrapada en una prisión de locura por toda la eternidad, ¿qué me habrías pedido?
—No me lo digas —murmuró Lena, cerrando los ojos con fuerza.
El silencio pareció prolongarse hasta el infinito.
—Lo siento —dijo Armonía con delicadeza—, lamento el dolor que te he causado, lo que hiciste… lo que tuvimos que hacer. Pero no lamento haberte empujado a hacer lo correcto.
Lena abrió los ojos.
—Cuando me contengo, cuando detengo mi mano para no proteger a los seres de ahí abajo —concluyó Armonía—, lo hago confiando en lo que sois capaces de hacer por vuestros propios medios. —Observó de reojo la neblina rojiza—. Y porque me ocupan otros problemas.
—No me has contado de qué se trata —dijo Lena.
—Porque no lo sé.
—Eso… me asusta.
Armonía lo miró.
—Debería.
A sus pies, sobre una de las masas de tierra, titiló una chispa diminuta. Lena parpadeó. La había visto, pese a la inimaginable distancia.
—¿Qué ha sido eso? —preguntó.
Diosa sonrió.
—Confianza.
Alex aferró la punta de lanza con las dos manos.
Y lo sondeó todo.
La tromba de poder que la inundó de repente la iluminó como una conflagración. La nieve se quedó flotando en suspensión en el aire, inmóvil. La muchacha se incorporó, tanteó el cinturón de uno de sus captores y le quitó un frasquito de metal. Los cogió todos, un puñado de cada uno de los guardias, y se los bebió. La mente de metal que estaba sondeando le permitía moverse tan deprisa que, cuando levantaba una mano, podía atisbar fugazmente la bolsa de vacío que dejaba a su paso. Sonrió.
A continuación, quemó los metales. Todos.
En aquel momento transcendental se sintió cambiar, expandirse. Dejó que el poder del lord Legislador almacenado en los Brazales de Duelo, la punta de lanza que sujetaban con firmeza sus dedos, se propagara por todo su ser, sintiéndose como si estuviera a punto de reventar. Era como si acabasen de inyectarle un océano de luz hasta en la última de las venas y arterias que componían su cuerpo. Ante sus ojos se produjo una explosión de líneas azules que, tras apuntar a los distintos metales de los alrededores, se multiplicaron, cambiando y transformándose. A través de ellas, Alex lo veía todo de color azul. Ya no había personas ni objetos, tan solo energía condensada. Los metales emitían un resplandor cegador, como portales que dieran a otro lugar. Esencia concentrada, allanando el camino que conducía al poder. Estaba utilizando sus reservas a una velocidad asombrosa. Aminoró y, por alguna razón, quienes la rodeaban dieron un respingo, tapándose los oídos. Ladeó la cabeza y… EMPUJÓ.
Los guardias salieron despedidos a más de quince metros de distancia de ella, dejándola frente a Lex y Elegante, que la observaban horrorizados. Los reconoció incluso a pesar del fulgor que emitían. Tenían púas en su interior. Muy práctico. Aquellas púas eran resistentes a los empujones, pero no tanto como para suponer un obstáculo ahora. Alex levantó una mano y los envió volando lejos de sí, utilizando los mismos metales con los que ellos se habían perforado. A su alrededor, los guardias empuñaron las armas y se volvieron hacia ella. Los repelió de espaldas con un barrido y se impulsó por los aires, empujando contra los minerales que componían el suelo de piedra. Se quedó en suspensión, sorprendida al ver algo que se arremolinaba en torno a ella. ¿Niebla? ¿De dónde salía?
«De mí», comprendió.
Remontó el vuelo, rebosante de poder. En aquellos momentos era la Guerrero de la Ascensión. Poseía la máxima dimensión de aquello que Lena apenas si había llegado a saborear en toda su vida. Podría convertirse en ella, eclipsarla. Podría llevar la justicia a naciones enteras. Con toda aquella energía en su seno, tras sopesarla y analizarla, por fin hubo de reconocer la verdad para sus adentros.
«Esto no es lo que quiero.»
No iba a permitir que los sueños de su niñez continuaran dictando sus actos. Se impulsó por el aire con un empujón, sonriendo, y se internó como una exhalación en el templo.
Kara vio cómo su hermana se alejaba volando.
—Esto sí que no me lo esperaba —murmuró. Y ella que creía estar preparada para cualquier contingencia…
Alex comenzó a resplandecer, apartando con su alomancia a todo el que se interponía en su camino como si fueran peleles antes de ganar velocidad y alejarse dejando una estela de brumas. En fin, aquello sí que no estaba en ninguna de sus listas. Ni siquiera en los apéndices. Miró al pobre Allik, tan aterido de frío que ya incluso había dejado de tiritar.
—¿Crees que debería ensanchar mis horizontes sobre lo que es plausible durante actividades como esta?
Allik murmuró algo en su idioma.
—¡Foralate a los hombres! —Hizo un gesto con la mano—. Forsalvin!
—¿Quieres que escape sin ti? —Kara recogió su cuaderno—. Sí, huir aprovechando la confusión sería lo más sensato, pero no tengo la menor intención de irme todavía. —Abrió la libreta, la cual había vaciado con el cuchillo de Lena en la parte posterior del deslizador mientras Alex hablaba con Allik en la proa y los demás dormían—. ¿Sabías que, cuando evalué la utilidad de todos los integrantes de nuestra expedición, me di un siete de cien? No es mucho, lo sé, pero tampoco podía ponerme la nota más baja de todas. A veces sirvo para algo.
Le dio la vuelta al cuaderno, revelando uno de los medallones extras de las reservas de emergencia del deslizador, oculto en la cavidad que había practicado con el cuchillo. Sonrió a Allik, sacó el medallón y se lo puso en la mano. El hombre exhaló un hondo suspiro de alivio mientras los copos de nieve que tenía adheridos al rostro se derretían. Los soldados comenzaban a ponerse de pie a su alrededor, vociferantes.
—Y ahora —dijo Kara—, creo que tu sugerencia inicial no iba desencaminada.
—¿Y ahora qué? —le preguntó Lena a Armonía—. ¿Me desvanezco en la nada?
—Yo no lo llamaría «nada». Hay algo al otro lado. Aunque quizá sea mi deseo de que así sea lo único que sustenta esa creencia.
—No estás dándome ningún ánimo. ¿Tú no eras omnipotente?
—Qué va —replicó Diosa con una sonrisa—. Aunque sospecho que alguna parte de mí podría serlo.
—Eso no tiene sentido.
—Ni lo tendrá a menos que yo se lo dé. —Armonía extendió las manos a los costados—. En respuesta a tu pregunta, sin embargo, te diré que todavía no vas a desvanecerte. Pronto, eso sí. Pero ahora mismo sigues teniendo elección.
La mirada de Lena saltó de una mano de la deidad a la otra.
—¿Recibe todo el mundo esta oportunidad?
—No hay dos elecciones iguales. —Armonía extendió las manos hacia Lena, como si la estuviera invitando a tomarlas entre las suyas.
—No entiendo en qué consiste la mía.
—En mi mano derecha —dijo Armonía— está la libertad. Intuyo que puedes sentirla.
Y así era, en efecto. Majestuosa, libre de toda atadura, volando en alas de un resplandor azul. La aventura de adentrarse en lo desconocido, sin más afán que el satisfacer la propia curiosidad. Era glorioso. Era lo que siempre había anhelado, y todo su ser se estremeció ante la tentación que constituía.
«Libertad.»
Lena jadeó, sin aliento.
—¿Qué… qué hay en la otra?
Armonía levantó la mano izquierda, y Lena oyó algo. ¿Una voz?
—¿Lena? —decía.
Sí, una voz preocupada. Femenina.
—Lena, tienes que saber lo que hace. Te curará, Lena. ¡Lena! Por favor…
—Esa mano —musitó Lena, contemplándola—. Esa mano es el deber, ¿verdad?
—No, Lena —dijo con delicadeza Armonía—. Aunque así es como tú lo has visto siempre. Libertad o deber. Responsabilidad o aventura. Siempre has sido tú la que debía tomar la decisión correcta mientras los demás se dedicaban a jugar. Y siempre te has sentido resentida por ello.
—Eso no es cierto.
Armonía sonrió. La comprensión que denotaban Sus facciones era exasperante.
—Esta mano —continuó Dios— no simboliza el deber, sino otro tipo de aventura.
—Lena… —dijo la voz a sus pies, estrangulada por la emoción. Pertenecía a Alex—. Tienes que sondear la mente de metal.
Lena intentó tocar la mano izquierda de Armonía, pero esta, sorprendentemente, la retiró de golpe.
—¿Estás segura?
—Tengo que hacerlo.
—¿Seguro?
—Tengo que hacerlo. Es lo que soy.
—En tal caso —dijo Armonía—, creo que ya va siendo hora de que dejes de odiarte por ello. —Volvió a extender la mano.
Lena vaciló.
—Dime algo antes.
—Si me está permitido.
—¿Vino aquí ella? ¿Al morir?
Armonía sonrió de nuevo.
—Me pidió que velara por ti.
Lena tomó la mano izquierda de Diosa en la suya. De inmediato se sintió atraída hacia algo, como el aire que escapa por un agujero. La bañó una calidez, primero, que no tardó en convertirse en una llamarada. Se llenó los pulmones de aire y gritó, empujando hasta sacudirse la roca de encima. Cayó junto a ella con estruendo, y volvió a encontrarse en la cámara que había debajo del templo.
¡Esa fuerza! No había empleado los músculos para apartar la roca, sino el acero. Su cuerpo empezó a regenerarse mientras se incorporaba de un salto, empujando contra las diminutas trazas de metal que había en el suelo, a sus pies. Al aterrizar, bajó la mirada a su mano izquierda. La que había colgado inerte, destrozada, frente a sus ojos justo antes de morir. Aferraba en ella una punta de lanza de enormes dimensiones, forjada con dieciséis metales distintos entrelazados. Su mirada saltó de ella a Alex, que la observaba con los ojos empañados de lágrimas y una sonrisa radiante.
—Lo has encontrado —murmuró Lena.
La muchacha asintió con vehemencia.
—Solo tuve que recurrir a mis anticuadas dotes detectivescas.
—Me has salvado la vida.
Herrumbre y Ruina… este poder. Se sentía capaz de arrasar ciudades enteras, o de construirlas de la nada.
—Elegante y tu hermana están fuera —dijo Alex—. He dejado a los demás allí. No… en fin, no pensaba con claridad. O quizá sea que pensaba demasiado. Toma. —Le entregó un vial de metales.
Lena lo aceptó y levantó los Brazales.
—Podrías haberte encargado tú sola.
—No. Te equivocas.
—Pero…
—No —repitió Alex—. Sencillamente… no está en mi naturaleza. —Se encogió de hombros—. ¿Te parece que tiene sentido?
—Sorprendentemente, sí. —Lena flexionó la mano alrededor de los Brazales.
—Ve —la apremió Alex—. Haz lo que mejor se te da, Lena Ladrian.
—¿Y eso qué es? ¿Destrozarlo todo?
—Destrozarlo todo. —La muchacha hizo una pausa—. Pero con estilo.
Con una sonrisa de oreja a oreja, Lena apuró la redoma de un solo trago.
