La Nueva Emperatriz

Epílogo

—Y continuaron unidos hasta que su cabello se volvió blanco como el alabastro y su mente senil. Porque lo que ardía en sus corazones iba más allá de la vida misma.

Sakura cerró su libro habiendo terminado una nueva historia añadida a su colección, cuando se percató de que Shaoran seguía observándola fijamente con la cabeza recostada en su regazo, en vez de yacer profundamente dormido como ya era una costumbre en aquellas escasas ocasiones en las que podían permitirse esos ratos de tranquilidad.

El otoño había llegado con pasmosa rapidez, y allí, bajo las hojas doradas de los árboles cuya sombra se había convertido en su refugio personal cada tarde antes del ocaso, y dónde siempre esperaba a su esposo cuando terminaba su extenuante rutina diaria como emperador, Sakura no pudo evitar sonreírle mientras él acariciaba su rostro, delineando con sus dedos aquellas mejillas ligeramente más redondeadas que el día de su boda hacía cinco meses ya.

—¿Qué pasa, Shaoran? ¿Tanto te gustó la lectura de hoy?

—No la lectura, sino la lectora. Adoro como brillan tus ojos cuando lees. Me hacen pensar… en cómo brillan cuando estamos a solas en nuestros aposentos.

Las mejillas de Sakura se colorearon de manera efusiva mientras lo veía incorporarse para quedar sentado a su lado, y cerrando los ojos mientras él abordaba sus labios con ternura, sintió todo su cuerpo cosquillear ante su devoto contacto.

Dulces, suaves y extrañamente sedientos. Así eran los besos que él le dispensaba. Sintió como sus manos viajaban a través de sus hombros, luego sus brazos, y cuando quisieron viajar más allá, se apartó de él mientras bajaba la mirada.

Ya habían pasado dos semanas desde la última vez que compartieron el lecho como marido y mujer, y si bien su esposo no la presionaba al respecto, pues entendía que con lo tarde que usualmente llegaba de sus reuniones con el consejo y otras obligaciones, era inevitable encontrarla dormida, ya a Sakura le resultaba obvio que a esas alturas el cuerpo de su esposo precisaba de su cercanía.

Ella también lo necesitaba, ella también anhelaba sus atenciones, pero había una razón de peso por la que solía inventar excusas para que él no intentara acercársele de esa manera, la misma que explicaba porque su sueño era más profundo e inevitable cada vez.

—A mí también me agrada… pasar tiempo de calidad juntos. Pero recuerda que debemos viajar a Nihon esta noche. Si nos retrasamos, no llegaremos a tiempo al barco.

—Bien, supongo que no tengo otra opción. Tomoyo está más gruñona que de costumbre, así que seguro se enoja conmigo si no llegamos a tiempo.

Shaoran se puso de pie y la ayudó a hacer lo mismo mientras suspiraba con cierta desilusión, y si bien le resultó gracioso verlo tan decepcionado por algo como eso, su estado de nerviosismo era tan agudo que no fue capaz de reírse de la situación.

Temía que su renuencia a intimar con él le hiciera pensar que ya no lo deseaba, o lo llevara a tener sospechas sobre lo que realmente pasaba con su cuerpo; pero estaba segura de que ver su vientre ligeramente abultado y el evidente cambio en el tamaño de sus pechos, pondría en evidencia lo que había intentado ocultarle junto a sus náuseas matutinas y sus antojos cada vez más absurdos y frecuentes.

Sabía que era insensato de su parte tratar de ocultar algo que la naturaleza se encargaría de hacer evidente más pronto de lo que ella deseaba pensar, pero es que Shaoran se veía tan feliz últimamente… que temía que su inesperada noticia acabara con su tranquilidad.

Se detuvieron en un rincón del jardín, muy cerca de la gran biblioteca, y entonces se dio cuenta de que Shaoran se había quedado observando fijamente la torre que había vuelto a estar deshabitada.

Había pasado un año ya desde que ella llegó a ese lugar para ser evaluada como posible emperatriz, pero ni aún entonces sintió tanta angustia como mientras lo veía mirar en esa dirección con aquella expresión tan apesadumbrada en el rostro.

Todo lo ocurrido en los últimos meses había hecho de Shaoran un hombre mucho más desconfiado, uno que revisaba todo dos veces, que procuraba en lo posible no relegar nada a los demás.

La seguridad en palacio también rayaba en lo exagerado, y aún así, aún cuando dormían, Shaoran solía despertarse a menudo para asegurarse de que no hubiera ningún intruso merodeando los alrededores.

Al verlo así, tan angustiado, tan inseguro, sus palabras se volvían viento, y el valor que había reunido para contárselo solo se esfumaba. Porque aunque para la mayoría de los monarcas tener descendencia poco después de casarse era considerado una bendición de los dioses, sabía que la idea de tener un heredero en aquellas circunstancias en serio le angustiaría.

—He pensado… —comenzó Shaoran ajeno a las meditaciones de su esposa, provocando el sobresalto de esta, que se permitió relajarse al notar que seguía mirando en dirección al edificio, en vez de el vestido varias tallas más grande que ese día llevaba puesto—, que es un desperdicio tener tan inmensa edificación vacía, perfectamente habitable, mientras miles de niños pasan hambre y necesidad viviendo en condiciones infrahumanas. Lo he pensado mucho últimamente, y no lo sé… me gustaría…

—Brindarles un lugar en el que puedan ser cuidados, amados y protegidos es una decisión muy atinada, su majestad. Los niños son el futuro de nuestra nación; si ignoramos sus necesidades ahora, sin duda nos pesará después.

Shaoran sonrió al escucharla decir justo aquello que él estaba pensando, y ella le respondió con el mismo gesto aliviado.

Sí, tal y cómo había percibido en otras conversaciones que habían mantenido antes, su esposo estaba cambiando. Poco a poco, los recuerdos de ese día ya no le atormentaban más.

Por eso quería que su hijo le ayudara a mantenerlo oculto solo un poco más. Darle tiempo a Shaoran para que aceptara el hecho de que pronto se convertirían en padres.

Sintió como él la cargaba entre sus brazos inesperadamente provocando su sobresalto, y si bien quiso preguntarle porque hacía aquello, enmudeció al percatarse de que en esos momentos sus ojos la examinaban con sumo cuidado y atención.

—Tal y como pensaba, pesas un poco más que antes. Sin mencionar que no recuerdo que tuvieras esas en primer lugar. —Sakura cubrió sus pechos mientras se sonrojaba ante su escrutinio, y él sonrió de lado mientras acercaba peligrosamente sus labios a los de ella—. Puedes decirme lo que pasa, o me temo que usaré mis propios métodos para descubrirlo. Llegaremos muy tarde a Nihon si no me lo dices… tengo mucha curiosidad por saber si son de verdad.

—Es que… Yo solo… —A pesar del esfuerzo de Sakura por responder al intento de su esposo por relajar la situación, terminó escondiendo la cabeza en su pecho, sin saber cómo explicarle porque le había estado ocultando algo tan importante si habían prometido no tener más secretos.

Los labios de él abordaron los suyos mientras sus esmeraldas se llenaban de lágrimas cuando elevó la cabeza para intentar explicárselo una vez más, y ambos permanecieron en silencio por varios instantes, sin decir ni hacer nada más que compartir uno que otro beso fugaz.

Shaoran la colocó de nuevo en el suelo para recuperar la movilidad de sus brazos, y poder limpiar los rastros salados de sus mejillas mientras la miraba con una mezcla de fascinación y pesar, y abrazándola a su pecho sintiendo que estaban demasiado lejos ahora, intentó ser muy cuidadoso para no ir a lastimarla ni a ella ni al bebé.

Había pasado demasiado tiempo sumido en sus propios pensamientos negativos, en sus propios miedos e inseguridades. Por eso algo que debía hacerla feliz la angustiaba de esa manera. Por eso, en vez de apoyarse en su hombro para que disipara sus dudas, intentaba sostener a toda costa su felicidad aunque eso le estuviera haciendo daño a ella misma.

—Sakura, sé que hasta ahora he sido pusilánime y voluble, pero prometo volverme fuerte por el bien de ustedes dos. Déjame compartir también tu alegría y tu temor. Déjame ser yo el que intente protegerte a partir de ahora.

Sakura llevó sus ojos hacía él, y se dio cuenta de que lo que había en sus ámbar no era ni alegría ni miedo, sino una amalgama de ambas cosas. Justo eso que ella sentía en esos momentos. Justo eso que sintió cuando el médico imperial le dijo a qué se debían los cambios en su cuerpo.

El temor era parte de la vida de las personas, era lo que evitaba que nos aventuráramos atropelladamente a un destino incierto. El miedo hacía que nos volviéramos más concienzudos, más conscientes de nuestras decisiones y pasos andados. El miedo era natural… pero siempre era menos aterrador el camino cuando sabías que la persona a tu lado iba a acompañarte a cada paso que dieras. Qué no recorrías el sendero solo.

Se apoyó de su hombro una vez comenzaron a andar de nuevo, y al sentirlo besar su frente mientras acariciaba su aún pequeño vientre, provocando que la vida en su interior se agitara, se dio cuenta de que no necesitaba más respuestas de su parte.

Aceptarían aquella bendición y lucharían por ella, justo cómo habían hecho con todo lo demás, porque de eso se trataba la vida misma. La vida que ambos habían elegido. La vida que vivirían juntos.


—¿Qué te pasa, Ruby? ¿Estás nerviosa? —preguntó Yue mientras tocaba la espalda de su esposa, quien tardó un poco en reaccionar al escucharlo llamarla de esa manera.

Aún no se acostumbraba al hecho de que no solo fuera una persona totalmente distinta a la que había sido por los últimos cinco años, sino que tuviera un esposo y una vida lejos de Liones.

Descender del barco que los había llevado a Nihon con lo mareada que se encontraba era de por sí abrumador, pues si bien según Yue solía vivir en uno de esos colosales monstruos marinos de madera, su cuerpo parecía no recordar que alguna vez hubiera cruzado el mar abierto en uno.

Aunque eso no era lo que hacía que vacilara a cada paso que daba.

—¿Tú no estarías nervioso en mi lugar? Mi hijo no me ha visto en cinco años. Tal vez ni siquiera me recuerda.

—Lo hace. Y estará muy feliz de verte, así que no te preocupes.

Yue la estrechó entre sus brazos para que se permitiera calmarse, y ella se apartó al escucharlo reprimir un quejido ante su contacto.

Había salido muy mal herido después de enfrentarse a esos zorros carmesíes prácticamente sólo. Si no fuera porque ya había avisado de su ubicación a Touya, y este había enviado hombres a auxiliarlo por si Yukito los encontraba, seguro estaría muerto a esas alturas.

Tomó la mano de él para que siguieran avanzando al paso que se lo permitían sus heridas, y halló en ello una calidez tan familiar que la hizo relajarse.

A pesar de todo el tiempo separados y sus recuerdos aún difusos, su cuerpo reconocía la cercanía de Yue, su olor, hasta el timbre de su voz…

Se preguntaba si lo mismo pasaría con su hijo, si una parte de ella lo reconocería en cuanto lo viera.

—¿Mamá? ¡Mamá! —Aquella voz infantil la sacó de sus pensamientos, y al ver aquellos ojos azules y ese pelo azabache tan rebelde como el de ella misma, sus ojos se llenaron de lágrimas al instante.

—Spy —susurró al tiempo que su mente recordaba aquel mote que usaba para referirse a su pequeño, y poniéndose de rodillas en el suelo para colocarse a su altura, lo recibió entre sus brazos, presa de una emoción que no podía explicar.

—Te extrañé mucho, mamá. No te imaginas lo mucho que te extrañé.

—Yo también, pequeño. Yo también te extrañé muchísimo —sollozó Ruby en su cuello con tanta o más melancolía que lo hacía el normalmente silencioso niño, y Yue ignoró el dolor que castigaba su cuerpo y se colocó de cuclillas junto a ellos, envolviéndolos a ambos en el más dulce y esperado abrazo familiar, mientras todos en el puerto hablaban de cómo el capitán y el niño que jamás habían visto sonreír, lo hacían desde el día en que apareció aquella misteriosa mujer de ojos cafés.


—Y así fue como me reencontré con mi amado Spy. ¿Ya vieron lo apuesto que es mi pequeño? Es obvio que sacó lo mejor de su madre —alardeó Ruby mientras conversaba con la curiosa mujer de cabello dorado que escuchaba encantada su relato.

Freya y Kurogane habían viajado a Liones expresamente para aquella celebración, por lo que les resultaba agradable ver caras conocidas en medio de toda aquella multitud que los recibió frente al palacio de Nihon.

Yue por su parte, el nuevo consejero imperial de Nihon, solo suspiraba mientras veía como Ruby frotaba sus mejillas contra las de su hijo para fastidio de este, quien aún no se acostumbraba a tener de vuelta toda su efusividad.

No importaba que no hubiera recuperado del todo sus recuerdos, esa mujer jamás cambiaría esa personalidad tan intensa suya.

—Ya tengo diez años, mamá. No soy ningún pequeño. Además… ¡sabes que detesto que me llames así!

—Pues a mi si me alegra saber que ya te relajaste, Spinel —comentó Touya mientras se acercaba al grupo, con Tomoyo tomada de su brazo—. Un niño tan insípido y sin expresión alguna como su padre jamás atraerá a ninguna mujer.

—Solo tengo diez años, señor Touya. Soy muy pequeño para que me interesen las mujeres. Además, es de mala educación intervenir en conversaciones ajenas.

—¿Qué dijiste, mocoso? ¿Acaso olvidaste que soy tu emperador y por tanto hago lo que yo quiera?

Touya y Spinel comenzaron a discutir como si se trataran de un par de niños de la misma edad, mientras Ruby, Freya y Tomoyo reían ante la escena, y Kurogane y Yue masajeaban el puente de su nariz sin entender cuándo ese sujeto se amoldaría a su nueva posición.

Spinel no era el único que había cambiado en los últimos meses, Touya también se veía más relajado, mucho más feliz.

Asumir el trono y enfrentarse a las dificultades que eso implicada ya no le causaba escozor, ahora tenía de la mano a su regia consorte para apoyarlo, y su compañía, esa que hacía que valiera la pena cada día que pasó lejos de su verdadero hogar, lo hacía sentir que sin importar los desafíos que afrontara, nada sería imposible si la recompensa era regresar cada noche junto a ella y a la criatura que crecía en su interior.

—¿Cuánto falta para que des a luz, Tomoyo? Ya ni siquiera ese holgado vestido consigue ocultar tu estado.

—El señor Fujitaka dice que daré a luz el próximo mes. Aunque a juzgar por cómo patea este niño… creo que quiere salir un poco antes.

—¿Solo un mes? Pero ustedes no tienen ni seis meses que se casaron. Es más, hace ocho meses se suponía que Touya estaba muerto. No me digas que ustedes…

Los esposos se miraron de manera cómplice ante la pregunta de Kurogane, mientras recordaban aquel día en el bosque en el que se reencontraron después de toda aquella calamidad, y la mezcla de emoción, incredulidad y alivio los llevó a ignorar el frío clima que provocaba la nieve que caía sobre ellos, y brindarse una bienvenida con todas las de la ley.

—Mi esposo podría darles los detalles al respecto, esos descarados lo hicieron delante de él.

—¡No fue delante de él! —gritaron ambos al unísono como defensa ante el comentario de Nakuru, mientras Yue solo suspiraba con resignación.

Era cierto que se había alejado lo suficiente para darles privacidad, pero la acústica del bosque no lo ayudaba a no imaginarse lo que esos dos habían estado haciendo entre los árboles.

—¿No se ven felices? Casi parece que todo lo que pasó ese día es mentira —comentó Freya en medio de un suspiro, llamando la atención de su esposo quien parecía aún no haber asimilado que esos dos fueran a ser padres.

Kurogane llevó los ojos hacia ella, y sintió su pecho cosquillear ante la emoción que le provocaba verla ataviada con aquel vestido ultramar, y ese ligero maquillaje que acentuaba sus grandes ojos azules, sin ya tener que ocultarse tras la identidad de su hermano fallecido.

Aún recordaba todo lo que experimentó cuando tuvieron su propia ceremonia de bodas frente al palacio de Celes, hacía solo dos meses, y es que si bien ella se veía radiante mientras recibía la investidura como nueva reina de Celes en sustitución de Ashura, quien le había adjudicado su cargo tan pronto ella comunicó sus intenciones de asumir su papel como heredera, ese día… no había nada que se comparara a su belleza de ese día.

Casarse con ella significó a la vez recibir el nombramiento como rey al ser el compañero de vida que ella había elegido, pero aún no podía evitar preguntarse si se merecía estar al lado de una mujer tan capaz y valiente como ella.

Tal vez no lo merecía, tal vez pasaría mucho tiempo hasta que pudiera ser un rey a la altura de su compañera, pero seguiría siendo ese guerrero incansable que peleaba a su lado, que estaba dispuesto a enfrentarse a lo que fuera con tal de ayudarla a brillar cuán radiante era.

—Así que al fin los recién casados se dignaron en llegar. Parece que te gustó mucho tu regalo de bodas, mocoso.

Todos llevaron la mirada en dirección a la inmensa puerta por la que efectivamente acababan de ingresar el par de castaños a toda velocidad, y Shaoran entornó los ojos ante el comentario de Touya mientras se unían al variopinto grupo.

—Tal vez hubiéramos llegado antes si alguien no hubiera ordenado cerrar la frontera para impedir que enviara de regreso a Sakura. Pero claro, como el poder se te ha subido a la cabeza…

—¿Celoso de que mi país sea más poderoso que el tuyo?

Café y ámbar se encontraron con la clara intención de recuperar el tiempo perdido e iniciar una de sus acostumbradas peleas, hasta que un ligero quejido de parte de Tomoyo cambió el rumbo de los pensamientos de Touya y de todos los presentes allí, quiénes eran conscientes de que la nívea podía entrar en labor de parto en cualquier momento.

—Solo se movió. Lo siento —dijo Tomoyo mientras sonreía para tranquilizarlos a todos, y Touya suspiró mientras masajeaba su frente pensando en que ese niño lo mataría del susto uno de esos días.

Se acercó a su esposa y la tomó de la mano, y una vez más le recordó que no había problema si deseaba ausentarse y volver a recostarse.

Ella negó con la cabeza mientras volvía a sonreír.

Estar embarazada era más extenuante de lo que imaginó que sería, pero eso no cambiaba su deseo de querer estar junto a Touya en ese y en todos los momentos importantes de su vida.

Shaoran llevó la mirada hacia su esposa al imaginar cómo se vería cuando su propio embarazo se hiciera tan evidente como el de su hermana, y sintió cómo la emoción nacía en su pecho hasta desbordarse por cada uno de sus poros.

Saber si tendría los ojos ámbar o verdes, si se parecería más a ella o a él. Verlo crecer hasta volverse como Spinel, y luego hacerse un adulto que tuviera su propia familia como había pasado con ellos…

De repente no entendía por qué había sentido miedo cuando notó el cambio en el cuerpo de su esposa la primera vez, si se trataba de una perspectiva tan maravillosa.

Escucharon el redoble de tambores que indicaba que ya era tiempo de que cada uno ocupara su lugar, y entonces, tomando la mano de sus respectivas compañeras, los tres monarcas y sus consortes caminaron hacia la entrada oeste del palacio Nihon, donde iniciaban las colosales escaleras bajo las cuales, todos los presentes hacían una respetuosa reverencia ante ellos.

Tomaron asiento en los seis tronos dispuestos para ellos allí, y solo entonces Shaoran recorrió con la mirada a cada uno de sus compañeros.

Tomoyo se hallaba al lado derecho de Touya con el atuendo de la realeza Nihona en color verde, y una hermosa corona con piedras de jade; y al izquierdo de él estaba Freya, con su diadema de zafiros y su atavío en azul muy similar al de su esposo; él y Sakura por su parte lucían ropajes en rojo, mientras su esposa, la hermosa mujer que tomaba su mano, llevaba un tocado de rubíes casi tan deslumbrantes como ella.

Kaito se puso de pie después de que ellos hubieron tomado asiento, y leyó en voz alta el rollo que llevaba en sus manos, mientras su esposa permanecía con el resto de representantes de los demás reinos.

—Por medio de la presente acta, declaramos el cese de las hostilidades entre Liones y Nihon, y a su vez, la colaboración y acuerdo de paz permanente entre los tres países que conforman desde hoy la unión delta. Y yo, Kaito Li, consejero imperial y primer príncipe de Liones, les presento, animándolos a mostrar respeto ante ellos, a sus nuevos líderes:El emperador y emperatriz de Nihon: Touya y Tomoyo Amamiya; el rey y reina de Celes: Kurogane y Freya Wong; el emperador y emperatriz de Liones: Xiao-Lang y Sakura Li. ¡Por una nueva era!

—¡Por una nueva era!

El auditorio prorrumpió en aplausos luego de soltar aquel grito unánime, mientras los seis se ponían de pie a la vez que se izaba la bandera que enarbolarían los tres países a partir de entonces, y que representaba que a pesar de sus diferencias culturales y de territorio, eran naciones hermanas ahora.

Y así, encendiendo cada pareja de monarcas una lámpara de papel que soltaron en el aire para honrar a los fallecidos en aquella batalla sin sentido, dieron por cerrado aquel sangriento capítulo de la historia de sus países, para dar inicio a uno nuevo, uno lleno de paz.


Se incorporó abruptamente mientras llevaba sus manos a su cuello, ante la sensación de perder el aliento que le había quedado del último segundo en el que estuvo consciente.

En ese momento, contrario a morir instantáneamente por el impacto contra el suelo, había terminado dentro de la gran fuente de la torre donde sus aguas, entonces teñidas de rojo debido a la sangre que brotaba de sus abundantes heridas, cubrían todo su cuerpo llenando sus pulmones de agua, mientras su incapacidad de mover sus extremidades debido a que el veneno que corría por su organismo, le impedía hacer algún esfuerzo por evitar ahogarse.

Miró a su alrededor con suspicacia, seguro de que el reino de los muertos no podía lucir como aquella choza desgastada que para su desgracia recordaba muy bien, encontrándose con el último rostro que hubiera deseado ver en aquellas circunstancias.

—Tranquilo. Ya estás a salvo, Yukito. Aunque realmente pensé que no despertarías. Eso de lanzarte de la torre fue muy exagerado.

La sonrisa de Seishiro le confirmó que ni aún buscando la muerte podía liberarse de él, y retirando la manta que lo cubría en esos instantes, intentó descender de la cama y largarse de allí, pero no pudo moverse de la cama.

No solo era que no pudiera descender de ella, sus piernas… sus piernas no le obedecían en lo absoluto.

—No creíste que no pasaría nada si te lanzabas desde esa altura, ¿verdad? Tienes suerte de haber sobrevivido siquiera.

—¿Te parece que esto es sobrevivir? ¡Soy un maldito inválido ahora! —Cerró su puño y golpeó sus piernas con todas sus fuerzas, pero ni siquiera era capaz de sentir dolor. No sentía nada. No podía valerse más por sí mismo—. Maldita sea. Maldita sea. Quiero que me asesines en este instante. Quiero que acabemos de una vez con esto.

—Espera, escucha lo que tengo que decirte y luego decide si quieres morir o no. Te aseguro que te sentirás muy contento.

—¡¿Te parece que algo puede hacerme feliz ahora?!

La ira de Yukito era cada vez mayor.

Jamás le pidió que lo salvara, ni mucho menos que lo llevara de vuelta a aquel lugar lleno de recuerdos amargos para él.

Cada pared, cada astilla, cada maldita mancha de sangre. No quería verlo… no quería ver nada que le recordara todo lo que vivió en ese lugar.

—¿Recuerdas nuestra estancia en Mongolia? Cuando fuimos con ese famoso médico que reprodujo la peste del oriente para nosotros. Esa que esparcimos en Liones —continuó Seishiro ignorando el estado de agitación del hombre de cabello gris que lo miraba como si quisiera romperle el cuello con sus propias manos.

—Ve al grano, Seishiro.

—De acuerdo. Te has vuelto más impaciente que antes. —Yukito lo siguió con la mirada mientras este examinaba el lugar que desafortunadamente lo había visto crecer, tomando un viejo muñeco abandonado y con manchas de sangre de uno de los rincones—. Esa vez estabas muy estresado. La idea de matar a tantas personas inocentes te producía cierto… conflicto moral, así que te convencí de que te relajaras un poco, que disfrutaras de la vida. Dormiste con una hermosa muchacha ese día. ¿Cómo se llamaba? No le pregunté el nombre cuando la secuestré para ti.

—¿A dónde quieres llegar?

El hombre de ojos negros sonrió de una manera tan críptica que a Yukito le provocó un escalofrío, mientras un par de hombres entraban a la casa con un pequeño niño que no debía tener más de tres años.

Sus ojos se posaron en los de él, con la misma aleación de colores que la suya, y aquella expresión aterrada que él solía poner cada que los visitaba Fei-Wang, y entonces lo comprendió.

No podía ser cierto. Eso jamás…

—Te presento a tu hijo, Yukito. La persona que llevará a cabo nuestra venganza —declaró triunfante Seishiro mientras el pequeño miraba a todos lados como si buscara a su mamá, y entonces comprendió que ese hombre no se detendría hasta lograr sus objetivos, hasta hacer de Nihon, Celes y Liones naciones bajo su completo control.


Terminamos, y no puedo despedirme sin antes darles las gracias por haberme acompañado en este viaje, que si bien fue largo, (muy largo, créanme), resultó muy placentero y emocionante.

¿Aún tienen preguntas? ¿Quieren saber cuánto tiempo seguirá la paz que nuestras tres parejas de monarcas proclamaron? ¿El hijo de Yukito cumplirá el deseo de Seishiro de hacerse con las tres naciones? ¿Cuáles son mis planes a partir de ahora?

Primeramente, y aquí va el anuncio: me alegra informarles que tengo el borrador inicial de ocho de los capítulos de la secuela (o más bien recuela) de esta historia, que si todo sale bien, quiero que vea la luz lo más pronto posible, aunque mi inspiración es tan autónoma que si mi musa quiere, podría tener la historia lista en tres meses, o tal vez en tres años XD.

De cualquier modo, los planes están y las ganas de escribirla también, y les adelanto que ocurre casi veinte años después, y se centra en la princesa de un reino distinto a los de esta historia, quien sufrirá los estragos del resurgir de los zorros carmesíes, y se verá envuelta en los nuevos planes de Seishiro. ¿Cómo? No les puedo decir porque arruino la sorpresa XD.

Por ahora solo es una idea bullendo en mi mente, hay muchos detalles que pulir y muchas cosas que planear, pero estoy ansiosa porque conozcan y amen esta historia también.

Mientras tanto, hasta que ponga todo en orden en mi mente, lo que sí es seguro y con lo que voy a continuar, es con una pequeña colección de seis capítulos cortos que cuentan la historia de ocho personajes cuyas relaciones se entrelazan entre sí, narrados a su vez por seis de esos personajes, quienes revelan detalles de su propia historia y de uno o más de los otros involucrados.

Es algo muy ligero, cuyos capítulos apenas tienen de 900 a 2000 palabras, pero espero que igualmente lo disfruten y me acompañen en este mini proyecto.

En fin, seguiré por aquí con la versión original de esta historia y el proyecto que acabo de mencionarles, cuyo título es "Todos somos el secreto de alguien".

Los invito a acompañarme en esta y las demás historias que irán saliendo a la luz esporádicamente, y que si bien se desarrollarán en ámbitos diferentes a esta, seguro también se ganarán un rinconcito de su corazón.

La Nueva Emperatriz se despide, esperando haber llenado sus expectativas, o al menos haberles conquistado en alguna escena o momento en especial.

Yo por mi parte me divertí muchísimo confundiéndolos (cosa que fue imposible con algunos) y viéndolos odiar y amar a cada uno de los personajes, de los que sabrán más en la próxima historia cuando salga a la luz al fin.

Mil gracias por tanto cariño, por sacar un pedacito de su tiempo para compartirlo conmigo.

Esto no es un adiós, sino un hasta luego.

Mil gracias por acompañarme hasta el día de hoy. Nos leemos en otra historia.