29
—Los seguidores de Lena tienen los brazaletes! —masculló Elegante con un hilo de voz mientras recorría el páramo, pedregoso y umbrío. Había comenzado a caer una nevada desapacible y cortante, lejos de los suaves copos que se dejaban ver ocasionalmente en la cuenca oriental—. Esto supone un problema. Vendrán a por nosotros. ¡Debemos adelantar el programa!
Pronunció cada palabra como si estuviera masticándolas, rumiándolas mientras se arrebujaba en su abrigo. Pese al artefacto calefactor, la ventisca resultaba irritante.
¿Se tragarían ese argumento? No, distaba de ser lo suficientemente acuciante.
—¡Lena y los suyos se han hecho con los brazaletes! —susurró para sí—. Esto sin duda les permitirá a los kandra descubrir la manera de crear mentes de metal que podrá usar cualquiera. Debemos adelantar el programa y apoderarnos de Elendel ya, si no queremos enfrentarnos a una desventaja tecnológica insuperable.
Sí. Sí, esa era la idea. Incluso al serí más cauto le preocuparía la posibilidad de verse tecnológicamente superado. Esto los convencería para concederle el margen de maniobra que necesitaba. Todo tenía su lado positivo. Había querido quedarse con los brazaletes, pero, en vez de eso, obtendría otra cosa. Elegante siempre se salía con la suya. Se cruzó con los soldados que deambulaban atropelladamente de un lado a otro, descargando sus armas sobre aquel pedregal congelado. Librar una batalla aquí era una contingencia que tenían prevista, pues a Edwina le preocupaba la posibilidad de toparse con más de aquellos salvajes enmascarados.
—¡Señora! —la llamó uno de los hombres—. ¿Órdenes?
Elegante indicó el cielo con un ademán.
—Si alguien más aparte de Secuencia se deja caer desde arriba o se aproxima a vuestra posición, disparad a matar. Y después seguid apretando el gatillo.
—¡Sí, señora! —Tras hacerles una seña a sus hombres, el soldado se volvió hacia un armero vacío y se detuvo de pronto, desconcertado—. ¿Y mi rifle? ¡Quién se ha llevado mi rifle!
Elegante prosiguió su camino, abandonó los falsos Brazales de Duelo en la nieve y dejó que las tropas se encargaran, con suerte, de frenar a los esbirros de Lena. Embarcó en la aeronave con ilusión renovada. Este aparato sí que constituía una ventaja. Los brazaletes podían servirle a un solo hombre, convertirlo en una divinidad, pero una flota de máquinas como esta sería capaz de desafiar a todo un ejército. El pasillo de madera del interior estaba equipado con lámparas de gas montadas en austeras carcasas metálicas. Toda la decoración, en conjunto, era notablemente más sencilla que la de la nave que se había estrellado en Dulsing; aquí la madera se mostraba carente de ornamentos, sin lustre. La otra embarcación parecía un refugio; esta, un almacén.
«Seguro que cuesta menos producirlas así», pensó, asintiendo con aprobación.
Sobre su cabeza resonó un estruendo de pasos a la carrera cuando los hombres irrumpieron en tromba por uno de los pasillos de la cubierta superior. Elegante se sacudió la nieve de los brazos mientras un técnico se acercaba apresuradamente, vestido con el uniforme rojo de la Guardia Oculta del Grupo.
—Mi señora —dijo el hombre, ofreciéndole un medallón—. Necesitará esto.
Elegante lo aceptó y se arremangó para ceñírselo al brazo.
—¿Está operativa esta nave?
Al hombre se le iluminó la mirada.
—¡Sí, señora! Los mecanismos funcionan, resguardados como estaban de las inclemencias del tiempo. Señora… es asombroso. Se puede sentir la energía que late por todo el metal. Tuvimos que desatascar las hélices… Un puñado de lanzamonedas arrimó el hombro… y ya giran con normalidad. Fed está abajo, utilizando su feruquimia para calibrar los sistemas encargados de regular las variaciones de peso a fin de aligerar la nave. ¡Ese debería ser el último paso!
—En tal caso, despeguemos. —Edwina encaminó sus pasos hacia donde suponía que debía de encontrarse el puente de mando.
—¿Mi señora? —la llamó el hombre a su espalda—. ¿No vamos a esperar a Secuencia?
Elegante titubeó por unos instantes. ¿Dónde se habría metido ese hombre?
«¿Otra ventaja?», pensó. No le importaría convertirse en la nueva Secuencia.
—Se reunirá con nosotros cuando estemos en el aire —dijo—, si puede. En estos momentos nuestra prioridad consiste en llevar esta nave, junto con todos los secretos que contiene, a un lugar seguro.
Mientras el técnico se despedía con un saludo marcial y se apresuraba a cumplir sus órdenes, Elegante llenó el medallón y se tornó más ligero. Qué fácil era, en comparación con lo que le había costado conseguir aquellas púas. En retrospectiva, se sintió tentada de calificar sus experimentos con la hemalurgia de callejón sin salida; una pérdida de tiempo. La nave experimentó una sacudida cuando los ventiladores se pusieron en marcha; hacían mucho más ruido de lo que esperaba. Aún no había llegado al puente cuando el aparato entero se estremeció, y oyó el crujido del hielo por encima del clamor de las aspas. Al asomarse a una de las portillas, vio que comenzaban a alejarse del suelo.
«Funciona.» En su mente se agolpó de repente un tropel de posibles implicaciones. Viaje. Comercio. Guerra. Se podrían poblar nuevas regiones. Harían falta nuevos tipos de edificios y dársenas.
Y todo iba a pasar por sus manos.
Reprimió una sonrisa (lo mejor sería reservar las celebraciones para cuando estuviera a salvo), pero no pudo evitar que la embargara una sensación embriagadora. El Grupo había trazado planes que aún tardarían un siglo o más en dar sus frutos, siguiendo sus indicaciones para poner en marcha estrategias meticulosamente orquestadas. Se enorgullecía de ello, pero, la verdad, preferiría ostentar el poder ahora que todavía estaba con vida.
Y gracias a esto lo conseguiría.
Acurrucada en la tienda, Jordis veía morir a su tripulación. Se había hecho de rogar, esta muerte. Como el último rescoldo de una fogata que, chisporroteante, se resistiera a apagarse. Durante la angustiosa marcha a través de la lluvia muerta, su gente había aguantado con las diminutas dosis de calor de una mente de metal. Lo justo para mantenerse apenas con vida, como plantas que se pasaran la mayor parte del día encerradas en un cobertizo sin luz. Pero ahora, en este lugar, la ubicuidad del frío resultaba excesiva; los rigores de la marcha, devastadores. Se arrastró entre los miembros de su tripulación susurrándoles palabras de ánimo, a pesar de que ella misma había perdido ya la sensibilidad en los dedos. La mayoría de los hombres y mujeres de la nave ni siquiera podían asentir con la cabeza. Unos pocos habían empezado incluso a quitarse la ropa, quejándose del calor sofocante que los asfixiaba. La fiebre había hundido sus garras en ellos. No les quedaba mucho. Los demonios sin máscara parecían saberlo, pues solo habían apostado un guardia ante la puerta de la tienda. Su gente podría haberse escabullido por la parte de atrás, quizá, pero ¿para qué?
¿Para sucumbir azotados por el viento en vez de allí dentro?
«¿Cómo lo resisten los que van sin máscara?», se preguntó. Tenían que ser auténticos diablos, nacidos de la mismísima escarcha, para ser capaces de soportar aquel frío.
Jordis se arrodilló junto a Petrine, jefa de ingenieros y la más veterana de su tripulación. ¿Cómo habría conseguido sobrevivir tanto tiempo esa mujer? No era una enclenque, ni mucho menos, pero superaba ya las seis décadas. Petrine levantó la mano y se agarró al brazo de Jordis; esta, pese a la máscara que velaba sus ojos rodeados de arrugas, no necesitaba ningún gesto ni expresión para conocer cuáles eran sus emociones.
—¿Atacamos? —preguntó Petrine.
—¿Con qué objetivo?
—Podríamos dejar que nos matasen sus armas en vez del frío.
Sabias palabras. Quizá…
Sonó un golpazo en el exterior. Jordis consiguió incorporarse, sorprendentemente, aunque casi todos los demás se quedaron acurrucados en el sitio, inmóviles. La puerta de la tienda se abrió de golpe, revelando a un hombre que lucía una máscara familiar, aunque rota. Imposible. ¿Estaría afectándole la fiebre también a ella?
El hombre se levantó la máscara para desvelar su rostro, juvenil y barbudo.
—Me disculpo por presentarme así, de improviso —dijo Allik—, pero traigo obsequios, como es tradicional cuando se visita una casa extraña sin haber avisado antes, ¿sí?
Extendió una mano enguantada, en la que sujetaba los cordeles de un puñado de medallones. La mirada de Jordis saltó de ellos a las facciones del joven Allik. Ni siquiera le importó que se hubiera tomado la libertad de quitarse la máscara. Se acercó a él, tambaleante e incrédula, y cogió uno. Una calidez prodigiosa se extendió por todo su ser, como si albergara un amanecer en su seno. Exhaló un suspiro de alivio mientras sus pensamientos empezaban a desembotarse. Era él, sin duda.
—¿Cómo? —susurró.
—He entablado amistad con un pequeño grupo de demonios —proclamó Allik mientras apuntaba a su espalda con un ademán.
Una hembra sin máscara entró a trompicones en la tienda, ataviada con uno de los largos vestidos que eran tradicionales allí y cargada con una brazada de rifles. Tras farfullar algo en su idioma, soltó las armas en el suelo de la tienda y dio unas palmadas para sacudirse las manos.
—Creo que quiere que empecemos a disparar contra los otros —explicó Allik mientras Jordis se apresuraba a recoger los demás medallones y comenzaba a distribuirlos entre los miembros de su tripulación más afectados—. Por lo que a mí respecta, estaría encantado.
Petrine se encargó de seguir con el reparto mientras Jordis cogía uno de los rifles. Aunque el calor era maravilloso, seguía sintiéndose débil; temía descalzarse para ver si se le habían gangrenado los dedos de los pies.
—No sé si podré ser de mucha ayuda en una pelea.
—Mejor eso que no luchar en absoluto, ¿sí, capitana?
—Eso es cierto. —Jordis se tocó el hombro derecho con la mano izquierda antes de bajarla a su muñeca, en señal de respeto—. Lo has hecho bien. Me siento tentada de perdonarte por tus deplorables dotes como bailarín. —Se volvió hacia Petrine—. Que todos empuñen un arma. Vamos a matar a tantos demonios como nos sea posible.
Lena salió del templo como una exhalación, envuelta en un estallido de poder y alomancia. Sobrevoló el edificio describiendo una espiral mientras los cascotes lanzados al aire por su explosiva salida surcaban el aire a su alrededor, trazando estelas de bruma. A sus pies, una tormenta de disparos se adueñó de la hasta entonces silenciosa ladera, aunque no iban dirigidos contra ella. Una aeronave recorría pesadamente el cielo sobre su cabeza; los ventiladores montados en sus pontones emitían un chirrido portentoso. La imagen era espectacular, aunque saltaba a la vista que el aparato distaba de ser un dechado de agilidad. Se movía con la gravidez propia del vehículo grande y pesado que era, pese a la ligereza que le conferían los medallones. Se sintió tentada de aplastar la nave. Empujar contra los remaches para arrancarlos de cuajo, descuartizar el aparato entero en un arrebato de destrucción y dejar que Elegante y el traidor de su hermano se estamparan contra el suelo helado. Estuvo a punto de hacerlo, pero… Herrumbres. Todavía era un agente de la ley. Preferiría morir antes de traicionar sus principios.
O morir «otra vez», mejor dicho.
Se dejó caer y aprovechó las trazas de metal de las piedras del templo como ancla para surcar el páramo volando a ras del suelo. Unos cuantos soldados dispararon contra ella, pero sin demasiado interés; la mayoría de ellos estaban enfrascados en un tiroteo con un grupo de enmascarados que se habían atrincherado tras una cornisa rocosa.
«Kara, Allik —pensó Lena, identificándolos—. Bien.»
Aterrizó entre los soldados y los derribó de un empujón. Agarró una pistola de aluminio de uno de sus armeros, la cargó e hizo una seña a los enmascarados antes de elevarse por el aire en persecución de la nave. Era fuerte. Increíblemente fuerte. Los brazaletes, aferrados aún en su mano izquierda, de alguna manera le conferían no solo alomancia, sino alomancia antigua. La energía de quienes habían vivido hacía mucho, en tiempos del lord Legislador. Quizás incluso antes. ¿Era posible tal cosa?
«¿Qué habéis creado? —se preguntó—. ¿Y hasta cuándo resistirá?»
Sus reservas disminuían. No solo los metales de su interior, sino las reservas almacenadas dentro de los brazaletes. Reservas que cambiaban su nivel de Investidura. Debería haberse dosificado, lo sabía (debería haberlos reservado para estudiarlos o para usarlos en caso de que surgiese alguna emergencia futura), pero, herrumbres, era embriagador. Dio alcance a la nave con facilidad pese a no disponer de nada más que unos cuantos casquillos desperdigados por el suelo, a sus pies, contra los que empujar para impulsarse. Se posó en el morro del aparato con una pirueta y, de un puñetazo, rompió una de las ventanas que daban al puente de mando. Los cortes que se hizo se volvieron a cerrar de inmediato. Elegante estaba sentada a solas en el interior. No había ni rastro de pilotos, técnicos o sirvientes. Únicamente una amplia cubierta semiovalada, sin alfombrar siquiera, y Elegante en su silla. Lena entró y levantó la pistola de aluminio. Sus botas repicaron con fuerza sobre la madera. Echó un vistazo rápido a su alrededor. «Hay alguien en el pasillo —pensó—. Y un trozo de metal en la boca de Elegante.» El viejo truco de la moneda escondida, una estratagema para camuflar pequeñas fuentes de metal frente al escrutinio de otro alomante. Todo lo que estuviese dentro del cuerpo era sumamente difícil de detectar. A menos que ese otro alomante ostentara los poderes mismos de la creación, claro.
—Y así —murmuró Elegante mientras encendía su pipa—, nuestra confrontación toca de una dichosa vez a su fin.
—No eres rival para mí, tía —replicó Lena, llameante de poder—. Podría aniquilarte de mil maneras distintas.
—No me cabe la menor duda al respecto. —Elegante agitó la cerilla en el aire para apagarla y le pegó una calada a la pipa. Intentando ocultar la moneda. Hablar con la pipa entre los dientes le proporcionaba una excusa para sonar un poco raro—. Yo, en cambio, solo puedo destruirte de una.
Lena levantó la pistola. Elegante la miró directamente, con una sonrisa.
—¿Sabes por qué he conseguido derrotarte siempre, sobrina?
—No me has derrotado nunca —replicó Lena—. Siempre te has negado a luchar. Son dos cosas totalmente distintas.
—Pero es que, a veces, la única forma de ganar pasa por negarse a luchar.
Lena avanzó, atento a cualquier posible trampa. Pensaba y se movía más deprisa que nunca. Las líneas azules que se extendían desde ella formaban una red reluciente, buscando fuentes de metal más pequeñas y lejanas de lo que podría haber detectado en circunstancias normales. Esta red parpadeaba en ocasiones, permitiéndole ver por un momento el resplandor que anidaba dentro de todas las personas y objetos. Se sentía capaz de influir en ese brillo también.
«Todos son la misma cosa —murmuró en el fondo de su mente una voz asombrada—. Metales, mentes, personas… todo es la misma substancia.»
—¿Qué has hecho, tía? —preguntó Lena con cautela.
—Veo que seré yo misma la que tenga que responder a mi propia pregunta. —Edwina sacudió la cabeza mientras se ponía de pie—. Te derroto siempre, Lena, no gracias a mis esmerados preparativos, ni a mi intelecto superior, ni a que mi brazo sea más fuerte que el tuyo, sino porque poseo algo de lo que tú careces: creatividad.
—¿Vas a abrirme la cabeza lanzándome un cuadro?
—¡Siempre con un comentario ingenioso en la punta de la lengua! —dijo Elegante—. Bravo.
—¿Qué has hecho? —repitió Lena.
—He programado una bomba. La explosión se producirá dentro de meros instantes. A menos que yo la detenga.
—Que estalle —dijo Lena, levantando el triángulo de metal entretejido de estratos metálicos que simbolizaba los brazales—. Estoy segura de que sobreviviré.
—¿Y los de abajo? —preguntó Elegante—. ¿Tus amigos? ¿Mis cautivos? A juzgar por el escándalo, yo diría que están luchando por su libertad con uñas y dientes. ¿No sería una lástima que acabasen vaporizados por una explosión que, por lo que tengo entendido, podría arrasar una ciudad entera con todos sus…?
Lena sondeó el cinc e incrementó la velocidad de sus pensamientos. Contempló una decena de posibilidades distintas. ¿Buscar los explosivos y sacarlos de la nave con un empujón? ¿Hasta dónde conseguiría alejarlos? ¿Detonaría Elegante la bomba antes de que le diera tiempo a encontrarlos?
Su velocidad física ya casi se había agotado (Alex debía de haberla empleado para llegar hasta ella), de modo que sí, Elegante podría adelantársele, pero ¿lo haría? ¿Realmente estaba dispuesta a saltar por los aires, junto con su nave, con tal de alzarse con la victoria?
Si se tratase de una delincuente normal, la respuesta de Lena habría sido un «no» rotundo. Por desgracia, Elegante en particular y el Grupo en general habían demostrado ya poseer un nivel de fanatismo exagerado. Solo había que recordar el modo en que se había comportado Jimmy en el momento de su ejecución. Estas personas no eran un simple hatajo de matones y carteristas, sino reformadores políticos, esclavos de sus ideales.
¿Qué más? ¿Qué otras opciones tenía? Descartó un curso de acción tras otro. Poner a salvo a Alex y a los otros: demasiado lento. Disparar ahora a Elegante: podría sanarse y, de todas formas, quizás a Lena siguiese sin darle tiempo a encontrar la bomba y desactivarla antes de que estallara. ¿Impulsar la nave hacia arriba? No lograría hacerlo lo bastante aprisa; si no empujaba con cuidado, el aparato se rompería en mil pedazos.
—… habitantes —terminó Elegante su frase.
—¿Qué quieres? —preguntó Lena—. No pienso dejarte escapar.
—No hace falta. Estoy segura de que me perseguirías hasta el fin del mundo, Lena. Quizá yo sea más creativa, pero tú… tu tenacidad no tiene rival.
—Entonces, ¿qué?
—Tira los brazales por la ventana —dijo Elegante— y ordenaré que desactiven la bomba. Así podremos enfrentarnos cara a cara, como mujeres de verdad, sin ventajas antinaturales.
—¿Crees que voy a fiarme de ti?
—Tampoco hace falta. Me conformaré con que me des tu palabra.
—Hecho.
—¡Desactivad el artefacto! —gritó Elegante en dirección a la puerta. Se acercó al tubo que había instalado en la proa de la nave y añadió—: Desactivadlo y quedaos a la espera.
Sonaron pasos que se alejaban de la puerta. Lena los vio alejarse: no por sus metales, sino por la firma de sus almas. El pasillo y los alrededores del puente se quedaron vacíos en cuestión de momentos.
—Hecho, mi señora —replicó una voz a través del tubo. El estaño que había quemado Lena le permitía escucharla—. Gracias a Trell. —Quienquiera que estuviese hablando, parecía aliviado.
Elegante se volvió hacia Lena.
—Tienen una tradición en los Áridos, ¿me equivoco? Dos personas, un camino polvoriento, pistolas en las caderas… Mujer contra mujer. Una vive, la otra muere. Disputa zanjada. —Le dio unas palmaditas al arma que colgaba de su cinturón—. No te puedo ofrecer ningún camino polvoriento, pero podríamos entornar los párpados y fingir que la escarcha representa ese papel.
Los labios de Lena formaron una línea apretada. Edwina parecía ir totalmente en serio.
—No me obligues a hacer esto, tía.
—¿Por qué no? ¡Sé que anhelabas esta oportunidad! Veo que tu arma es de aluminio. La mía también. Así no habrá empujones de acero que interfieran. Tan solo dos mujeres y sus pistolas.
—Tía…
—Soñabas con esto, hija. La oportunidad de dispararme, sin preguntas, sin cometer ninguna ilegalidad. ¡Además, para la justicia ya he muerto! Podrás dormir con la conciencia tranquila. No pienso echarme atrás y estoy armada. La única forma de detenerme pasa por pegarme un tiro. Prepárate.
Lena acarició los Brazales de Duelo y sintió que una sonrisa afloraba a sus labios.
—No entiendes nada, ¿verdad?
—Oh, al contrario. ¡Lo he visto en tus ojos! El apetito oculto de un agente de la ley que desea librarse de sus ataduras para matar. Es lo que os define a ti y a los tuyos.
—No. —Lena se desabrochó la funda de la pierna, la que utilizaba para guardar la escopeta, e introdujo los brazales en la bolsa de cuero. A continuación hizo lo mismo con las balas y los viales que le quedaban, dejándose sin metales, salvo por el arma de aluminio—. Quizás haya sentido ese «apetito oculto» del que me hablas, pero no es eso lo que me define.
—Vaya. ¿De qué se trata, entonces?
Lena lanzó por la ventana rota la funda que contenía los brazales y guardó la pistola en la cartuchera del cinto.
—Te lo enseñaré.
Lex gateaba por la nieve, abriéndose paso a través de ella, desesperado. Elegante era una necia. Siempre lo había pensado, pero lo de hoy confirmaba sus sospechas. ¿Huir a bordo de la aeronave? Era el primer sitio donde la buscarían. Podía darse por muerta.
La jornada había sido un desastre. Un desastre sin precedentes.
Lena conocía su secreto. El Grupo había quedado expuesto. Sus planes se desmoronaban.
Tenía que haber algo que se pudiera salvar. Tambaleándose, llegó hasta un pequeño claro en la nieve, junto a la entrada del templo, donde su gente había depositado el deslizador en el que Lena y él habían llegado hasta allí. Esperaba que aún funcionase. Sabía cómo funcionaba, se había fijado con atención durante el trayecto. Lo único que necesitaba era…
Sonó un estruendo a su espalda.
Parpadeó ante la repentina nube roja de salpicaduras que cayó a su alrededor en la nieve. Gotas.
Su sangre.
—Hoy has matado a una de mis amigas —dijo tras ella una voz entrecortada—. No permitiré que hagas lo mismo con otra.
Lex cayó de rodillas ante el aparato y giró la cabeza. Con el rostro demacrado, erguido en la nieve, Sara empuñaba una escopeta.
—Tú… —murmuró Lex—. Pero si no puedes… las armas de fuego…
—Ya, bueno. —La muchacha amartilló la escopeta—. Siempre se puede hacer un esfuerzo.
Sara bajó el cañón a la altura de su rostro y apretó el gatillo.
Alex había emprendido el ascenso de la escalera, antes oculta, que conducía a la cámara de los cristales rotos y el pedestal ornamentado. Ignoraba por qué se había abierto ese pasadizo secreto, pero se alegraba de ello. Siempre tan brusca, Lena se había limitado a practicar un boquete para salir de las catacumbas, atravesando directamente la roca (de resultas de lo cual se había desplomado la mitad de esa cámara), pero seguir su ruta habría supuesto practicar una ardua escalada. El poder se había agotado. Alex se lo había entregado a Lena, pero en vez de agotamiento lo que sentía era… paz. La embargaba la serenidad propia de quien se tiende en la hierba un día de verano perfecto para disfrutar de los últimos rayos del sol que comienza a ocultarse tras el horizonte. La luz se había apagado ya, sí, pero… ah, qué maravilloso había sido. Allí estaba todavía la pobre MeLaan, cuya forma había empezado a recomponer su esqueleto, reensamblando lentamente los huesos en una configuración extraña. Sin sus púas, se convertiría en un espectro de la bruma. Alex se arrodilló junto a ella, aunque no sabía muy bien qué consuelo podría ofrecerle. Por lo menos, el kandra parecía seguir aún con vida. Tras incorporarse, Alex cruzó corriendo el pasillo de las trampas hasta llegar a la antesala de los murales. En el exterior se estaba librando una guerra: el eco de cientos de disparos resonaba en la noche helada, cuajada de nieve. Se sorprendió al ver que la gente de las máscaras parecía estar ganando. Habían empujado a los soldados hasta la linde del pedregal, arrinconándolos contra una barrera de riscos y abismos. Ya no podían seguir replegándose, y muchos de ellos estaban muertos o heridos. Le pareció distinguir la mano de Lena en el modo en que yacían algunos de los cadáveres, como si los hubieran arrojado desde las alturas para aterrizar convertidos en un amasijo. Alex asintió con la cabeza, satisfecha. Que hiciera aquello para lo que había venido. Ella aún debía completar su misión. Salió del templo caminando a zancadas y, al bajar por los escalones, pasó frente a la estatua del lord Legislador, que, retirada ahora la punta de su lanza, daba la impresión de empuñar un simple cayado.
Veamos, ¿dónde podría encontrar…?
Sonó un fuerte estampido no muy lejos de ella. Miró a su alrededor, buscando el origen. Oyó una segunda detonación.
Sara emergió de la ventisca un momento después, con la cabeza agachada, ensombrecidas sus facciones. Llevaba una escopeta apoyada en el hombro. En la otra mano sostenía, no una, sino hasta tres pequeñas púas metálicas.
En el puente de mando de la nave, Lena aguardaba pacientemente a que su tía hiciera el primer movimiento. Esto no funcionaba como en las historias. Nadie podía desenfundar más deprisa que su rival; no era posible, no sin velocidad feruquímica. Si una esperaba a que la otra comenzara a moverse, sería demasiado tarde. Lo había probado con los pistoleros más rápidos que conocía, armados con munición de fogueo.
La primera en desenfundar disparaba primero. Así de sencillo.
Elegante desenfundó.
Lena empujó contra el marco de metal de la ventana que tenía a su espalda. Salvó la distancia que las separaba como una exhalación mientras Elegante apretaba el gatillo. A pesar del impacto de bala que recibió en el hombro, Lena logró colisionar con una sorprendida Elegante, derribándola sobre el suelo del puente. Elegante le agarró el brazo. Las reservas de metal de Lena se desvanecieron.
—¡Ajá! ¡Me he convertido en una sanguijuela! Puedo absorber los metales de todo el que me toque, Lena. Estás muerta. Sin brazales. Sin alomancia. Yo gano.
Lena gruñó, aferrándose con fuerza a Elegante mientras las dos rodaban por el suelo.
—Se te olvida una cosa. No me sorprende. Es algo que siempre has odiado, tía: soy terrisana.
Incrementó varias veces su peso.
Sondeó todo cuanto le quedaba en el brazalete, cientos de horas invertidas en ser más ligero de lo que debería. Lo extrajo todo de golpe en un arrebato de desesperación. La aeronave se escoró violentamente… y el suelo se hizo pedazos. Lena se agarró a Elegante mientras caían, sujetándola con firmeza, pese a tener una mano debilitada a causa del disparo. Atravesaron dos niveles del aparato (el cuerpo de Elegante, que estaba sondeando poder curativo, absorbió la mayor parte del daño) antes de romper el fondo, magulladas, ensangrentadas y laceradas por la madera astillada.
—¡Necia! —exclamó Elegante, horrorizada—. Eres una…
Lena hizo que ambas giraran en el aire, apuntando a su tía hacia abajo mientras se precipitaban al vacío. El aire cargado de copos de nieve, como estelas borrosas, formaba un viento rugiente a su alrededor.
Elegante profirió un alarido.
Y empujó.
Soltó la moneda que tenía en la boca y usó su alomancia para impulsarla hacia abajo, en línea recta. Al golpear el suelo, que acudía veloz a su encuentro, las frenó en seco con un estremecimiento. Lena redujo su peso lo suficiente como para que el empujón de Elegante pudiera salvarles la vida. Se hundieron en la nieve, a cierta distancia de la planicie del templo. Lena fue la primera en recuperarse. Tambaleante, se incorporó y tiró de Elegante con una mano para levantarla a su vez. Estaban las dos solas, en medio de una vasta llanura nevada. Elegante la observó, aturdida por la caída y el impacto.
—Lo que define a un agente de la ley, tía, es muy simple —masculló Lena, sintiendo la sangre de una decena de cortes distintos que se escurría por sus facciones. Agarró a Elegante por la pechera y la atrajo hacia ella—. Somos los que estamos dispuestos a parar una bala con nuestro cuerpo para evitar que alguien más resulte herido.
Dicho lo cual, le pegó un golpe seco en la cara y la dejó caer en la nieve, inconsciente.
MeLaan se ahogaba en un mar de terror. Un terror insidioso, agazapado en las profundidades de su propia mente. Una parte de su ser sabía que eso no estaba bien: ese dejarse gobernar por el instinto, esa cobarde conjura de sus impulsos.
Pero no podía oponer resistencia. Comida. Necesitaba alimento.
No. Antes, un sitio en el que ocultarse. De aquel estruendo ensordecedor. Esconderse, encontrar un refugio. Siguió forjando un cuerpo que le permitiera moverse. Escapar.
Qué frío… No entendía el frío. Era algo que no debería existir. Y no notaba tierra en la boca, solo roca. Había piedras por todas partes.
Piedras congeladas.
Sintió deseos de gritar. Le faltaba algo. No era solo el sustento, ni un lugar donde cobijarse, sino… algo. Algo iba espantosa, espantosa, espantosamente mal.
La golpeó un objeto. Estaba frío, pero no era una roca. Tampoco era comida. Se envolvió a su alrededor e intentó escupirlo, pero entonces sucedió algo. Algo maravilloso. Engulló el segundo en cuanto cayó sobre ella y comenzó a ondular, desesperada. Lo recuperó todo. Sus recuerdos. Sus conocimientos. Su racionalidad.
Su ser.
Se regodeó en aquella sensación, exultante, haciendo caso omiso de las pequeñas lagunas que agujereaban su memoria. Recordaba la mayor parte del viaje que la había llevado hasta allí, pero había ocurrido algo en la habitación de los brazaletes… No, los brazaletes no estaban allí, y…
Recompuso sus ojos, primero, sabiendo lo que iba a ver cuando los abriera. Había percibido ya su rastro en el aire, y conocía su olor.
—Bienvenida —dijo Sara, sonriendo de oreja a oreja—. Me parece que hemos ganado.
