30

Alex aceptó la cantimplora que le ofrecía Allik. Pese al vapor que escapaba de ella, solo estaba tibia al tacto. La muchacha se había sentado en los escalones del templo, envuelta en cuarenta mantas, por lo menos. Le había prestado su medallón a uno de los malwish, hasta que pudiera sacar más de la nave. Y su recuperación había sido un espectáculo digno de verse, por decir algo. En la franja rocosa que se extendía ante la planicie, Lena estaba usando las dos manos para tirar de algo invisible. Más adelante, la aeronave fugitiva descendía lentamente del firmamento cuajado de nieve, atraída hacia Lena por una cuerda incorpórea.

—¿Se romperá? —preguntó Allik.

Alex lo miró, sorprendida, antes de fijarse en el medallón lingüístico que llevaba puesto.

—Por ahora podré conformarme con un choc caliente y algo de abrigo —dijo el hombre mientras se sentaba y se arrebujaba en su manta—. Otros lo necesitan más que yo, ¿sí? La nave. ¿Se romperá?

Alex elevó la mirada hacia ella. Podía imaginarse a la gente de Elegante a bordo del aparato, esforzándose desesperadamente por imprimir más potencia a los motores para que las aspas girasen más rápido. Continuaba hundiéndose en el aire de todas maneras. Lena Ladrian, armada con los Brazales de Duelo y extraordinariamente enojada, era una fuerza de la naturaleza. La muchacha sonrió y probó su bebida.

—¡Herrumbres! —exclamó, contemplando fijamente la cantimplora—. ¿Qué es esto? —El líquido era dulce, espeso, cálido, chocolateado y delicioso.

—Choc. A veces es el único consuelo que le queda a uno en este mundo solitario y helado, ¿sí?

—¿Os bebéis el chocolate?

—Claro. ¿Vosotros no?

Ella nunca lo había probado. Además, este chocolate estaba más dulce que el que ella conocía. No sabía nada amargo. Probó otro sorbo, largo y placentero.

—Allik, esta es la cosa más maravillosa que haya experimentado en mi vida. Y eso que acabo de poseer los mismísimos poderes de la creación.

El hombre respondió con una sonrisa.

—No creo que vuestra nave corra peligro —dijo Alex—. Está tirando de ella de forma continuada y pausada. Es cuidadosa, Lena.

—¿Cuidadosa? A mí me da la impresión de que es una experta en destrozarlo todo. Eso no me parece particularmente cuidadosa, ¿sí?

—Bueno. —Alex le pegó otro trago a la cantimplora—. Si le da por romper algo, siempre lo hace con una precisión asombrosa.

No hubo de transcurrir mucho más tiempo antes de que la aeronave se posara en las rocas, aún de una pieza. Lena la asentó en su sitio y levantó los Brazales de Duelo con una mano, envuelta en un remolino de viento, nieve e incluso jirones de bruma. Los ventiladores se apagaron. Poco después, los soldados salieron con las manos en alto. Sara y MeLaan acudieron corriendo a su encuentro y empezaron a requisarles las armas mientras la gente de Allik subía para asegurar el aparato y registrarlo en busca de cualquier rezagado que pudiera ocultarse dentro. Alex se quedó esperando, observándolo todo mientras bebía aquel chocolate fundido, absorta en sus cavilaciones. Llevaba la púa de ReLuur guardada en un bolsillo, envuelta en un pañuelo y a salvo. En su mente volvió a ver a Sara otra vez, atravesando penosamente la nieve con la escopeta apoyada en el hombro y la piel veteada de sangre congelada. Acompañaba a esta imagen el júbilo con el que Lena se había impulsado por el aire para dar caza a su tía. Anidaba en el interior de estas mujeres una oscuridad que no habían sabido reflejar las historias. Alex se alegraba de que así fuera, aunque ella misma, tras asomarse al borde de ese precipicio, hubiera terminado volviéndole la espalda. Por muy orgullosa que se sintiera de haber completado la misión de los kandra, había decidido que, de ahora en adelante, las cosas habrían de cambiar para ella. No era una elección que le pesara. La había tomado por voluntad propia.

—Qué frío —musitó Allik, al cabo—. Será mejor que nos pongamos en movimiento, ¿sí?

La mirada de Alex se apartó de la cantimplora de chocolate, ya vacía, para seguir el gesto de Allik. La tripulación de la aeronave había regresado de su inspección y los malwish se habían llevado a los soldados enemigos, Alex supuso que para encerrarlos en la bodega del aparato. Elegante estaba donde Lena la había dejado: atada en lo alto de la lanza del lord Legislador, con los pies colgando. Tras amordazarla y despojarla de sus mentes de metal, Lena había empleado la alomancia para drenar sus metales. Y todas estas precauciones seguían sin parecer suficientes. Aún poseía sus púas, puesto que no estaban seguros de que cómo arrebatárselas sin matarla. No debería ser capaz de hacer nada sin sus metales, pero Alex no conseguía evitar preocuparse. Kara se había reunido con Lena en la planicie, y ella le había rodeado los hombros con un brazo. Alex sonrió. Esa sí que era una imagen que nunca se habría imaginado que podría parecerle reconfortante.

Pero hacían buena pareja.

Por desgracia, un nuevo problema se abatió sobre Lena y Kara en forma de la capitana de Allik y algunos de sus tripulantes. Los dos grupos se quedaron frente a frente, observándose, con MeLaan y Sara situándose junto a Lena. La muchacha empuñaba relajadamente su escopeta, mientras que el kandra, al menos cinco centímetros más alto que cualquiera, se cruzó de brazos y adoptó una postura inamovible.

En fin.

—Vamos —le dijo Alex a Allik.

La capitana Jordis, que llevaba puesto un medallón de traducción, no se inmutó ante la ráfaga de viento que acompañó la llegada de Alex.

—Os agradecemos vuestra ayuda —estaba diciendo Jordis, cuya voz exhibía el mismo acento que la de Allik—, pero nuestra gratitud no se extiende hasta el punto de permitirnos pasar por alto que nos robéis. Esperamos que nuestras pertenencias nos sean devueltas.

—Yo no veo ninguna propiedad vuestra por aquí —replicó fríamente Lena—. Tan solo un artefacto que hemos recuperado nosotros. Bueno, eso y mi aeronave.

—Tu… —farfulló Jordis, dando un paso al frente—. Desde que nos estrelláramos en vuestro territorio, mi tripulación ha sido encarcelada, torturada y asesinada. Pareces ansiosa por iniciar una guerra, alomante.

Porras. Alex esperaba que la capitana compartiera la veneración por Lena de Allik. Lo cierto era que la mayor parte de la tripulación se mostraba nerviosa en su presencia, pero Jordis, evidentemente, no pensaba dar su brazo a torcer.

—Si vamos a entrar en guerra —dijo Lena—, daros un arma tan poderosa no me parece el método más indicado para proteger a mi pueblo. Lamento lo que os hicieron Elegante y los suyos. Son unos proscritos y su conducta fue deplorable. Me encargaré de llevarlos ante la justicia.

—Y de robarnos, a pesar de todo.

—¿Niegas —preguntó Lena— que este templo estuviera vacío cuando llegué? ¿Niegas que esta aeronave pertenezca a una nación distinta de la tuya? No puedo robar lo que no es propiedad de nadie, capitana. Por el derecho de rescate, reclamo esta reliquia y ese aparato. Podéis…

Alex se disponía a intervenir cuando, sorprendentemente, Kara abrió la boca para interrumpir a Lena.

—Lady Lena —dijo—. Considero que lo más prudente sería dejar que se llevasen la nave.

—¿Qué? Y un cuerno voy a…

—Lena —insistió con delicadeza Kara—. Están cansados, apesadumbrados y muy lejos de casa. ¿Cómo sugieres, si no, que regresen junto a sus seres queridos? ¿Es así la justicia?

Lena apretó los labios.

—El Grupo va a estudiar una de esas naves, Kara.

—En tal caso —sugirió esta, volviéndose hacia Jordis—, les rogaremos… a cambio de la generosidad de este regalo… que el pueblo malwish establezca relaciones comerciales con nosotros. Sospecho que acabaremos antes comprándoles naves a ellos que el Grupo construyendo las suyas.

Alex asintió con la cabeza. «No está mal, Kara.»

—Si acceden a vendérnoslas —dijo Lena.

—Creo que lo harán —dijo Kara, mirando aún a Jordis—. Porque su noble capitana los convencerá de que vale la pena renunciar a su monopolio tecnológico con tal de tener acceso a nuestros alomantes.

—Eso es cierto —dijo Alex, acercándose al resto en compañía de Allik—. No hay muchos como nosotros entre los vuestros, ¿verdad?

—¿«Nosotros»? —preguntó Allik mientras la capitana se giraba hacia ella.

—Yo también soy alomante —le explicó la muchacha, risueña—. ¿No me viste cargar el cubo en aquel almacén?

—Estaba un poco… distraído… —replicó él. Parecía mareado—. Ay, cielos. Hmm… oh, Grande.

Alex exhaló un suspiro mientras se volvía hacia Jordis.

—No puedo prometer nada —se dirigió a Kara la capitana, remisa—. Los malwish solo son uno de muchos. Otra de nuestras naciones podría consideraros débiles y decidir atacaros.

—En ese caso —dijo Kara—, quizá quieras informarles de que los Brazales de Duelo están aquí, listos para castigar a cualquier agresor.

Jordis siseó. Alex no podía ver sus rasgos detrás de la máscara, pero el barrido con la mano que hizo no parecía un gesto de alegría.

—Imposible. Queréis darme un premio de compensación para que me olvide del trofeo más importante, ¿sí? No vamos a dejar el arma del Soberano en vuestro poder.

—No nos lo estaríais dando a nosotros. —Kara miró a MeLaan, que seguía observándolo todo cruzada de brazos—. Allik. Tu pueblo tiene historias de criaturas como ella, ¿no es cierto?

—Cuéntaselo a los demás —lo apremió Alex—. Por favor.

Allik se quitó el medallón y se enfrascó en una apasionada disertación en su idioma, agitando las manos y señalando a MeLaan. El kandra enarcó una ceja y dejó que su piel se volviera translúcida, exhibiendo un esqueleto tan agrietado y retorcido que Alex tardó un momento en recuperarse de la impresión. ¿Cómo se las apañaba para mantenerse en pie?

La capitana escuchó toda la información.

—Nosotros —dijo Kara— dejaríamos los brazales al cuidado de los kandra inmortales. Son sabios e imparciales, y tienen el deber de servir a todos los pueblos por igual. Prometerán impedirnos usar los Brazales de Duelo a menos que nos ataquéis.

Con su expresión oculta tras la máscara, resultaba imposible saber qué pasaba por la cabeza de la capitana Jordis. Cuando habló de nuevo, ensayó una serie de gestos secos; Alex pensó que esos eran más fáciles de fingir que las expresiones faciales. ¿Cómo sería vivir en una sociedad en la que todo el mundo disimulaba sus verdaderos sentimientos detrás de una máscara, dejando traslucir únicamente sus reacciones calculadas?

—Como solución intermedia —dijo Jordis, al cabo—, me parece algo incómoda. Esto significa que regresaré junto a los míos lamiéndome las heridas, con la mitad de mi tripulación muerta y mi nave intercambiada por otra con décadas de antigüedad.

—Cierto. —Kara aún no se había movido del lado de Lena, que asistía a la conversación con los brazos cruzados y cara de pocos amigos. Su especialidad—. Pero, capitana, regresarás con algo más valioso que una vieja reliquia o incluso vuestra nave siniestrada, pues habrás conseguido nuevos socios comerciales en una tierra rebosante de nacidos del metal. ¿Había mencionado ya que lady Lena ocupa un puesto importante en nuestro gobierno? ¿Y que posee una influencia tremenda sobre las tarifas mercantiles, aranceles e impuestos? Aquellos de entre los vuestros que se aseguren un acuerdo favorable podrían ganar muchísimo dinero.

Jordis las observó a ambas, cruzó los brazos sobre el pecho y miró directamente a Lena.

—Sigue pareciéndome una solución incómoda. —Aunque Jordis era mucho más baja, conseguía imprimirle una actitud igual de beligerante a su pose. A Alex le dio la impresión de que la mujer ardía en deseos de desgañitarse con ellos, dejarse llevar por la rabia y atacar, vengarse por lo que habían sufrido ella y los suyos. Cualquier cosa menos conformarse con cerrar un simple acuerdo comercial. Había emociones tan fuertes que ninguna máscara conseguiría ocultarlas.

Transcurridos unos instantes, Jordis asintió con la cabeza.

—De acuerdo. Así se hará. Pero no pienso irme sin el borrador de ese acuerdo. Una promesa de intenciones, al menos.

Alex exhaló un suspiro de alivio y le lanzó a Kara una mirada de gratitud. A pesar de todo, no se le escapó la rigidez del porte de Jordis cuando esta y Lena se estrecharon la mano. Hoy la cuenca no había ganado una amiga. Solo el azar había querido que, en el último momento, no se hubieran forjado una nueva adversaria.

—Tengo una petición más —dijo Lena.

—¿De qué se trata? —preguntó Jordis, con suspicacia.

—No es nada terrible ni oneroso. Me gustaría pediros que nos dierais un paseo, eso es todo.

Los sureños accedieron, por suerte, aunque no les entusiasmase la idea de cargar con una bodega llena de soldados enemigos durante todo el trayecto. Lena tuvo que dejarles muy claro que no podrían quedarse con Elegante, a lo que la capitana no opuso demasiadas objeciones. Parecía comprender que, si quería que se hiciera justicia con todos los responsables del suplicio que había padecido su tripulación, lo mejor sería dejar que Lena los sometiera a sus exhaustivos interrogatorios. Lena, por su parte, se abstuvo de manifestar que Edwina y ella estaban emparentadas. Mientras la tripulación malwish preparaba la nave para el despegue, Lena se colocó frente a la estatua del lord Legislador, con aquella púa solitaria en el ojo. Había comprobado ya el cinturón, que era de aluminio. No había ningún tipo de carga. Si alguna vez habían existido dos brazaletes, debía asumir que los habían fundido en esta única punta de lanza.

Alex pasó por detrás de ella.

—Voy a echar un vistazo al deslizador, por si encuentro algún suministro que se nos pueda haber quedado atrás.

Lena asintió con la cabeza. «Poseo tu poder —pensó, dirigiéndose a la estatua—, aunque solo sea una pequeña fracción. Herrumbres… creo que lo entiendo.»

Le había dado los brazales a MeLaan, que los había hecho desaparecer en su carne. Se alegraba de saber que estaban inalcanzablemente lejos de sus manos. Demasiado poder.

Se despidió del lord Legislador llevándose un dedo a la sien y apretó el paso en pos de Alex.

—A J'oon y al Senado no les va a hacer ni pizca de gracia este acuerdo —dijo cuando la alcanzó—. Sobre todo la parte en la que nos separamos de los brazaletes.

—Lo sé.

—Mientras pueda decirle que no fue idea mía…

Alex la observó de soslayo.

—No pareces muy desolada por haber perdido los brazaletes.

—No lo estoy —admitió Lena—. Estaba más preocupada que otra cosa, la verdad. Los brazaletes están prácticamente agotados, pero supongo que podríamos recargarlos mediante un proceso de hibridación. El poder que ofrecen es…

—¿Sublime y devastador a la vez? ¿Peligroso por lo que podría hacer en las manos equivocadas, pero, de alguna manera, más peligroso todavía en las tuyas?

—Sí.

Compartieron algo en aquel momento, azotados por el fuerte viento. Algo que habían tocado, algo que (con suerte) no volvería a experimentar nadie más. Se giraron juntas sin mediar palabra, buscando el deslizador. Jordis querría cargarlo a bordo de la nave, pero antes había un cadáver que Lena necesitaba ver. No culpaba a Sara por lo que había sucedido con Lex. Cierto, llevarlo a Elendel para juzgarlo (e interrogarlo) habría sido lo mejor. Y sí, habría preferido ser ella quien apretase el gatillo. Armonía llevaba razón al respecto.

Pero, fuera como fuese, Lex ya había dejado de suponer un problema.

Lo que significaba…

Sangre en la nieve.

El deslizador no estaba en su sitio.

Y, lo más importante, el cadáver tampoco.

Alex se quedó petrificada en el sitio mientras se acercaban, pero Lena llegó hasta el parche de terreno desierto. Se había esfumado, una vez más. Descubrió que, más que sorprendida, se sentía impresionada. Había montado en el deslizador y lo había puesto en marcha durante la reyerta, aprovechando la confusión para huir.

«Sara debería haber sabido que podría ser capaz de sanarse a sí mismo», pensó Lena mientras apoyaba una rodilla en el suelo, junto al macabro rastro de gotas de sangre que parecían siluetear un cuerpo.

—Así que no se ha acabado —murmuró Alex.

Lena acarició las gotas de sangre, congeladas en el suelo. Se había pasado los últimos dieciocho meses intentando salvar a ese hombre. Y cuando por fin lo logró, él la había matado.

—No se ha acabado —convino—. Pero, en cierto modo, es mejor así.

—¿Porque tu hermano no ha muerto?

Lena se volvió hacia Alex. Pese a las largas horas que llevaban en aquel páramo inhóspito, era como si el frío acabase de hundir por primera vez sus garras en ella.

—No —dijo—. Porque así tengo a alguien que cazar.