Cerezos en flor.

Masato no pudo más con el susurro burlón de la primavera, con el tenue rosado que festivamente le anunciaba su final. Se arremangó la camisa y caminó con furia rumbo a la estantería de herramientas, tomó lo primero que encontró.

No tuvo piedad, como la vida no la había estado teniendo hacia con él. Con aquella hacha masacró cada rama de cada árbol de cerezo hasta que solo hubo un tronco triste y mutilado en su lugar. Gruñó cada vez que sus manos empuñaron el metal y arremetieron con coraje, con frustración. Lloró en silencio cada vez que un pedazo de madera se partía con sus ataques.

Así se estaba sintiendo él durante todos estos meses, frágil y quebradizo, a merced del universo que jugaba con su alma a la piñata. ¿Por qué ahora? ¿Por qué no simplemente acabarlo de una vez en lugar de hacerlo escupir sangre? ¿Por qué ella y no él?

Perdió el control de sí mismo y no le bastó solamente con destrozar los cerezos, también redujo a nada un naranjo y un roble, una barandilla de madera y casi acaba con una mesa, si no fuera por Juno que lo llamó justo en ese momento.

-¡Papi!

Masato soltó el hacha casi de inmediato, la misma hizo un ruido fuerte y sordo al darse contra una roca cercana. Él estaba cansado, su pecho subía y bajaba con un ritmo acelerado mientras el sudor escurría por todo su cuerpo y se mezclaba con el llanto que había dejado escapar.

Se dejó caer de rodillas, sin tener el valor de enfrentarse a su hija cara a cara. ¿Qué iba a ser de ellos dos? ¿Cómo podría cuidar a una niña tan pequeña si él mismo no tenía el control sobre nada? Era evidente que la ira ganaría la batalla cuando Makoto se fuera, no se sentía capaz.

-Papi.

La pequeña mano de Juno se posó sobre su mejilla, luego sobre la otra con mucha más suavidad, como si creyera que la cicatriz aún le dolía. Como aquella vez en el ático, comenzó a limpiar su rostro y a secarse las manos en su propio vestido, sacando una sonrisa dulce de su padre.

-Hace frío-balbuceó entre suspiros-. Deberías estar adentro.

-¿Mami?

-Ella duerme todavía-respondió lánguidamente mientras se secaba el resto del llanto con la sucia camisa y se ponía de pie-. Mami está muy cansada, ¿Lo sabes? Ella dormirá mucho a partir de ahora.

-Tengo miedo.

Y ahí estaban las dos palabras con las que Masato no podía lidiar. Sabía que la niña estaría temerosa, pero escucharlo de su dulce voz era realmente atronador y desgarrante-. Lo sé, también tengo miedo-respondió, y no supo cómo había agarrado el valor para decir aquello.

-Ellas dicen que mamá se irá, que no tenga miedo, pero no puedo.

-Ellas no siempre están en lo correcto cariño. Sí, mamá deberá irse, su cuerpo está cansado y enfermo, necesita descansar. Pero puedes tener miedo, eso es algo normal, los dos tenemos miedo y ella también lo tiene, lo importante es que, a pesar de nuestro temor, no nos rindamos. Siempre estaré contigo, no voy a dejarte.

-¿Me quedaré?

-¡Claro! Y siento mucho haber siquiera pensado en que no fuera así. ¡Jamás podría abandonarte! Eres mi hija, mi pequeña estrellita y te amo, ¿Lo entiendes? -Juno asintió con la cabeza y sonrió tímidamente. Masato la alzó en brazos y comenzó a caminar de vuelta a la casa con ella-. ¿Sabes una cosa? Creo que harías muy feliz a tu mamá si pudiera escucharte nuevamente.

Aquellos ojos verdes áureos se abrieron a tope. Masato esperaba aquella reacción, pero el tiempo apremiaba y no podía permitir que su amada muriera sin escuchar una vez más la voz de su pequeña. Quizá era la costumbre o una petición de las estrellas, él no había querido presionarla para no retroceder en su avance, pero eran días los que quedaban, tenía que hacer algo.

Juno se removió para bajarse de los brazos, él se lo concedió. La puso en el suelo y luego bajó una rodilla para llegar a su altura y mirarla con toda la ternura de la que era capaz-. No tienes que hacerlo si no quieres, solo piénsalo.

Un segundo después Juno corrió rumbo a la casa en soledad. La señora Fudoka estaba ahí esperándola mientras él se quedaba detrás y observaba la escena. "Al menos lo intenté" se dijo a sí mismo mientras suspiraba profundamente.

Miró un instante atrás para ver la destrucción que había dejado su exabrupto. ¿Cómo pedirle a su hija que hablara si él mismo no controlaba sus emociones? Era una suerte que Makoto ya no tuviera energías para salir al jardín, al menos no vería aquel desastre.

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Una semana después las cosas habían empeorado considerablemente. La senshi de la naturaleza no era capaz de ponerse en pie sin ayuda, estaba tan agotada que apenas estaba despierta un par de horas al día, siempre en su alcoba, añorante de ver el mundo a su alrededor.

-Aún hace mucho frío, si te saco te enfermarás. -Ella sonrió débilmente mientras volvía a cerrar los ojos sin decir ni una palabra. Masato se levantó y se sentó en la cama, con sus manos ocultando su rostro-. Otra cosa que no soy capaz de hacer por ti.

Los días habían sido tan rápidos como pesados, la angustia presionaba su pecho de una forma que apenas le daba oportunidad de respirar. Llegó a preguntarse si él no moriría primero de tristeza, o después, porque nunca en su vida, ni cuando creyó que ella lo había abandonado para siempre, había sentido tal pesar sobre su alma.

Ya no había poder humano ni universal que lo despegara de su lado, la alimentaba, la aseaba y le velaba el sueño como un perro guardián. Juno pasaba ahí sus tardes, pero apenas ella se dormía la niña se iba a otra habitación. Era mejor así, pensaba Masato, no quería que los últimos recuerdos de su madre fueran tan tristes.

El shitennou sintió tibieza a sus espaldas, de alguna manera Makoto había logrado sentarse y ahora estaba abrazado a él, con el rostro recargado en él y sus brazos rodeando su torso.

-Gracias. -susurró suavemente, él se irguió un poco ante su voz-. Te amo tanto.

Makoto metió sus dedos entre aquella maraña de rizadas cortinas marrones, Masato cerró los ojos y se dejó llevar por las caricias que no solo le arreglaban el cabello sino el corazón. Vendería su alma al mismo demonio por que la dejara a su lado, pero podía sentir también su cansancio y su desgaste, sería inhumano pedirle que resistiera o que siguiera luchando, necesitaba un descanso y él comenzaba a aceptarlo como algo irremediable.

Se giró lentamente hasta que pudo tenerla en sus brazos, la imponente castaña de ojos verdes y cuerpo vigoroso había desaparecido, en su lugar tenía a una chica menuda, de mejillas prominentes y ojos igual de espectaculares, pero enmarcados por unos círculos opacos que no lograban mermar la belleza de su rostro.

-Juno me habló-dijo sonriente y casi en un susurro-. Viene cada tarde y me dice que me ama, que jamás... me olvidará- Masato besó su frente y la apretó un poco más fuerte, ya no quería llorar-. Lo sabías, ¿Cierto?

-Sí.

-¿Cómo te llama?

-Papi.

Una lágrima se derramó de aquellos ojos cansados y tristes, él la sintió cuando cayó en la piel de su pecho.

-Me alegra.

Hubo un largo silencio después de eso. Makoto cerró lentamente sus ojos y su respiración se pausó con ella. No estaba dormida, pero lo estaría pronto.

-¿Es el día?

-Parece.

-¿Hay algo que pueda hacer por ti? -preguntó. Su voz ahogada por el dolor.

-Quiero ir al jardín.

-No puedo llevarte, es muy frío no seas terca. -gruñó dulcemente. Ella sonrió-. Bien, veré que puedo hacer.

Se quedó dormida en sus brazos unos minutos después, la recostó en la cama en cuanto se dio cuenta. No podía sacarla, no era seguro que fuera la fecha y no quería arriesgarse a que se enfermara más. Tampoco quería que viera el desastre que había hecho con los cerezos, eso la pondría triste y no podía soportarlo.

Estaba por salir de la habitación cuando vio una pequeña flor que Juno le había traído esa mañana. Una idea floreció en su corazón.

Masato Sanjoy trabajó con sus manos toda la noche. No pidió ayuda y nunca se quejó. Los empleados, que también estaban muy tristes por lo que estaba aconteciendo, solo pudieron acompañarlo en su desvelo, lo observaron en silencio mientras iba y venía dando vueltas como un loco, perdido en sus propios pensamientos.

Apenas notó cuando las tres mujeres que los atendían, el señor Fudoka y el chófer de la familia se unieron en su peregrinar. Las luces de la mansión brillaron toda la noche, pasos que iban y venían armonizaban la vigilia hasta que nuevamente el sol salió.

Aquella fue una mañana particularmente hermosa en Tokio, la naturaleza se abría paso ante el crudo invierno, con colores, sonidos y aromas que anunciaban la renovación, el final y el comienzo de dos etapas totalmente opuestas, pero que no podían ser la una sin la otra.

El sol que logró colarse entre las cortinas le dio de lleno en los ojos, estaba realmente exhausto después de todo el trabajo y dedicación que había puesto para cumplir el último sueño de su esposa. ¡Quería hacer más! Quería arrancarla de las manos de la muerte y esconderla para siempre junto a él y su hija. Pero siendo el hombre que era, el señor del conocimiento y el consuelo, sabía que aquello no era posible.

Un sollozo llamó su atención, de inmediato giró a ver a su mujer que estaba recostada en la cama mientras él había decidido pasar los pocos minutos de sueño en el diván del jardín que había metido a la habitación.

-Esto es por mucho lo más hermoso que había visto jamás. Le encantará. - Hotaru exclamó en voz bajita mientras avanzaba lentamente entre los cientos de masetas con flores que Masato había acarreado desde el invernadero hasta la habitación toda la noche. El lugar parecía una jungla, con flores que habían dado fruto durante la noche, ante la mirada pasmada de los empleados que le ayudaron a hacer aquello posible.

-No podía llevarla al jardín, hace frío.

-Bastante.

Hotaru no dio explicaciones, su presencia ahí era clara. Masato nunca se había sentido con ganas de correrla de su casa como hasta entonces, ella pudo notarlo, pero también lo comprendió. Este era el peor de sus trabajos, uno que jamás creyó que tendría que volver a hacer.

-Mako me enseñó a hornear galletas cuando tenía diez años. Se me quemaron—Masato sonrió, podía imaginar aquello-. También me cuidó cuando era más pequeña, jugó conmigo y me regaló mis primeras novelas de amor. Por eso sé que cuando vea esto estará encantada contigo.

-¿Despertará?

-Claro, no sería capaz de no darte un momento más con ella. Usagi me lo ha pedido y aunque no lo hubiera hecho, es lo menos que merecen.

-¿Hay alguna forma de que... ?

-No. Lo siento. Es el ciclo de la vida-respondió antes que él pudiera terminar la pregunta. Hotaru lo miró fijamente con esos ojos púrpura ahogados en compasión-. Pero...

-¿Pero?

-Lo verás pronto.

La puerta de la habitación se abrió abruptamente. Juno estaba de pie, pasmada con la imagen. El choque visual era complicado de explicar, un asombroso espectáculo, un hermoso jardín dentro de casa que, a final de cuentas, no era más que un pre campo santo para la mujer que ya dormía en medio de todo aquello.

-Esperaré afuera-resolvió Hotaru-. Los demás vendrán, les daré su espacio.

Apenas salió de la habitación Juno corrió a la cama y se deslizó hasta llegar a su madre, ella comenzó a abrir los ojos motivada por el movimiento. Fue evidente que no esperaba todo aquello, una enorme sonrisa se dibujó en su rostro cuando vio tantas flores a su alrededor, un jardín que había sido hecho solo para ella por el gran amor de su vida.

Masato respiró profundo antes de unirse a ellas en la cama.

-Es hermoso-susurró débilmente-. Encontraste la manera.

-No hay nada que no haría por ti.

-Incluso bailar.

-Bailaré todo lo que quieras, solo con ustedes dos.

Él y Juno se abrazaron a ella, Makoto solo pudo acariciarles el cabello con la ternura de siempre, movimientos lentos y suaves que apenas se sintieron. Estaba tan orgullosa de ambos, tan triste de dejarlos.

-Los amo tanto, pórtense bien, cuídense el uno al otro.

-¡Mami! -gimió la niña mientras se aferraba con más fuerza.

-Ten paciencia con papá, es nuevo en esto. Obedécelo y ayúdale, ¿De acuerdo?

-Sí.

-Sé muy feliz cariño, algún día volveremos a estar juntas.

Juno no pudo más y comenzó a llorar, sus manos no daban abasto para secar sus lágrimas. Así que no fue sorpresa cuando se alzó de su lugar y besó a su madre en la frente y en la mejilla. Estaba un tanto fría, un preludio del final.

-Te amo mamá.

-Y yo a ti, mi pequeña florecita—Makoto regresó el beso como sus fuerzas le permitieron hacerlo. Removió de nuevo aquella cabecita como solía hacer antes y le acarició el rostro una vez más-. ¿Podrías dejarme un momento a solas con papá?

Juno asintió con la cabeza y se despidió con un nuevo beso, se bajó de la cama y se encaminó a la salida. Antes de abandonar la habitación miró atrás, convencida que sería la última vez que viera a su madre con vida.

Masato atrapó su mano y comenzó a besarla con frenesí. No estaba listo, no importa cuánto se hubiera hecho a la idea, él no era tan fuerte como parecía.

-Gracias por estos últimos meses.

-¡No digas tonterías! Fui un cretino, todo un patán contigo. Si tan solo lo hubiera sabido.

-Si lo hubieras sabido, habrías sufrido un año entero. ¿No crees?

Ella tenía razón, no pudo negarlo.

-Quiero que Juno tenga mis aretes, son un regalo de mis padres. Si puedes, conserva el departamento, que tenga un lugar propio cuando sea mayor.

-Paris ya está ahorrando para comprarle una casa.

-¿Cómo dices? -preguntó sorprendida. Los dos sonrieron con complicidad-. Bueno, entonces sé paciente con ella, es una buena niña, inteligente y muy dulce, como tú. No será fácil, pero has hecho cosas más difíciles.

-¿Como esto?

-Sí, como esto.

Masato se acomodó un poco más y cambió de posición para acurrucarla en sus brazos. Se hubiera fundido con ella si pudiera, pero se conformaría con abrazarla una última vez, por todas aquellas veces en que se quedó con las ganas.

La besó en la frente y luego en los labios, un beso suave e inocente pero cargado de todo aquel amor que las palabras no pueden expresar, un silencioso "adiós" de los que se quedan clavados en el corazón.

-Sé feliz, tarde o temprano esto será un triste recuerdo.

-No quiero a nadie más, solo a ti.

-Yo tampoco quiero a nadie más, ni en esta ni en ninguna de mis vidas. Siempre serás mi único gran amor.

Pasó una mano por su rostro y la despejó de sus cabellos castaños que tanto amaba. Ella sonrió por última vez mientras cerraba los ojos, atraída por un descanso que necesitaba con urgencia. Dos corazones que latían a ritmos tan diferentes, uno que cada vez iba más lento y otro que amenazaba con colapsar por el esfuerzo.

Makoto le devolvió el gesto y levantó su mano para secar las lágrimas que comenzaban a opacar sus ojos chocolate, los que tantas veces brillaron solo para ella.

Masato alcanzó a detener su mano antes que cayera pesadamente sobre ella. Makoto Kino, de apenas veintiséis años, esposa y madre, senshi de la protección y ninfa de la naturaleza, había dejado este plano existencial justo igual que la primera vez, en los brazos del gran amor de su vida.

CONTINUARÁ..