Disclaimer: Los personajes no son míos, son de Naoko Takeushi y yo solo los uso para desahogar los traumas de mi infancia.

La historia si es mía.

El precio de nuestros errores.

Prólogo.

"Algunos se equivocan por temor a equivocarse" - Gotthold Ephraim Lessing.

Un día, Makoto Kino, simplemente se esfumó.

Nadie podría decir qué día exactamente sucedió, porque la chica se había alejado de a poco de su círculo social más cercano. Tanto que cuando sus mejores amigas fueron a buscarla a su trabajo y a la escuela donde estudiaba la carrera de gastronomía, se dieron cuenta que tenía más de tres meses sin trabajar y que se había dado de baja el semestre anterior.

Su casa estaba rentada a un par de estudiantes, los que depositaban el dinero en una cuenta que no fue tocada en años.

No contestó el teléfono, ni mensajes, ni correos.

Solo así, la tierra se la tragó.

"No puedes encontrar a quien no quiere ser localizado" respondía Setsuna cada vez que alguien le suplicaba por ayuda. Ni Luna o Artemis habían podido dar con ella, pero estaban seguros que se encontraba con vida, su cristal había sido dejado en el templo Hikawa con una nota que decía, "perdónenme por favor", y aunque habían pasado más de cinco años, seguía brillando con la misma intensidad de siempre.

Así que un día, la vida siguió su curso y dejaron de buscarla, mas no de extrañarla, incluyéndolo a él.

Masato Sanjoy.

Aquel serio y enigmático hombre estaba sentado en una de las bancas del parque central, muy cercano a los juegos infantiles. Su larga y ondulada melena estaba recogida en una coleta baja, que brotaba ligeramente sobre el cuello de su gabardina. Era otoño, y aunque no hacía mucho frío, la edad y la vida lo habían helado un poco.

Tenía una pierna cruzada sobre la otra, un brazo que sostenía un cigarro a medio morir, descansaba sobre el respaldo de la banca y en el otro, apretaba con un poco más de la fuerza necesaria, un vaso desechable de café.

Si no hubiera estado acompañado de aquellos sujetos que traían a sus hijos, alguien podría reportarlo sin dudar a la policía.

Pero ninguno de sus vicios lo ayudaban a entrar en calor, y la ligera brisa que movía las cobrizas hojas de los árboles ya regadas por el suelo, solo lo empeoraba. Además, lo torturaba, porque ese color otoñal bailando frente a sus ojos, le recordaba también a la chica que se fue sin decir adiós.

Masato nunca fue un hombre de risa fácil, pero la depresión era una sorpresiva visita que amenazaba con no abandonarlo. Aunque él tenía muchos asuntos que resolver y no podía quedarse simplemente tirado, así que dio un sorbo a su café, tratando de despejar sus tristes pensamientos.

Lo mejor que pudo hacer fue fijar su atención en el grupo de niños jugando cerca, entre ellos un chico rubio de ojos amatista y uno de cabello platinado y largo que le llegaba por debajo de los hombros. Eran en definitiva los más escándalosos, muy por encima del grupo de niñas que venían con ellos y que parecían tener su propio juego de princesas en uno de los castillos de madera que estaba más adelante.

En particular los miraba a ellos porque le resultaba gracioso ver a sus respectivos padres tratar de alcanzarlos, y no es que no pudieran, pero ellos estaban tan llenos de vida que al menos les dificultaban la proeza. Aun así, le resultaba más atrayente unirse a ellos en su extraña persecución, que beber té imaginario en pequeñas tazas rosas de plástico con flores, que con suerte no tenían nada adentro, y con mala suerte tendrían arena.

Por su mente cruzó la fugaz idea de que hubiese deseado tener un hijo, pero como un acto reflejo, sacudió la cabeza y giró su vista hacia las niñas en los columpios. Pensar en ello dolía, le quemaba por dentro.

Porque no concebía ser padre de una criatura que no fuera la mitad de ella.

Y de nuevo volvía al momento exacto en que entendió que no volvería a ver a la chica de ojos verdes que robó su corazón.

Masato siempre supo que Makoto escapó a causa de él, y de los errores que juntos cometieron. Y aunque había dedicado su vida a reparar todo el daño que hizo, o al menos a intentarlo, no había logrado sentir que era suficiente su esfuerzo. Tenía que encontrarla, saberla viva y a salvo.

La buscó, movió cielo, mar y tierra con tal de encontrarla. Pero las estrellas no le dieron razón, y eso lo carcomía por dentro. Ellas no le hablaban de Makoto, era un pacto establecido desde épocas milenarias, un defecto en su "don" que nunca le había causado tantos problemas como entonces.

Siempre se culpó, y no importaba cuanto insistieran los demás en que él no podía haber imaginado lo que pasaría. Lo cierto era que sí, podía imaginar que le rompería el corazón porque justo él sintió el suyo estallar en mil pedazos. Ella era más sensible, no la fría roca en la que había logrado convertirse él, y que empeoraba con los añoS.

Aunque debía cambiar eso pronto, quisiera o no.

Por las noches lo atormentaba el recuerdo de sus errores, el miedo a equivocarse que lo llevó a fallar estrepitosamente. Y es que cuando tuvo esa segunda oportunidad, cuando volvió a la vida con el resto de los shitennou, en su mente solo existía el fresco recuerdo de esa pequeña pelirroja a la que le debía una malteada de chocolate. Él estaba muy agradecido con ella por darle ese rayo de luz a su alma, que terminó por redimirlo en los últimos instantes de su vida. Por ver algo bueno en él, algo por lo que valía la pena intentar ser un mejor hombre.

Todo sonaba de maravilla y lo estaba haciendo bien, ¡La vida era perfecta y tranquila! … Hasta que la tormenta llegó, y arrasó sus barreras de una forma que un batido de chocolate jamás conseguiría.

Esa mujer de largas piernas y ojos verdes como las más bellas esmeraldas, sonrisa fácil, labios besables y aroma a rosas, fue su total perdición. En cuanto la vio tuvo que contener el impulso de hincarse a sus pies y pedirle perdón, aunque no supiera del todo porqué. Únicamente no lo hizo porque no estaba solo en ese momento. Pero desde entonces su vida fue un espiral en descenso a la locura, donde ella aparecía en sus sueños y en sus pesadillas, en las noches más frías, pero también en las más calurosas.

La necesitaba, cada poro de su piel expedía deseo por esa mujer.

Y se hubiera hecho ver por un psicólogo ante su abrupto ataque de pasión, si no hubiera visto a cada uno de sus hermanos caer en la misma medida ante su alma gemela, perdidos también de amor.

Pero él había hecho un tácito compromiso con una buena chica, algo que no podía botar solo porque sí, aunque eso lo desgarrara desde dentro. No era propio de un hombre que buscaba la redención.

Masato logró contenerse por mucho tiempo, un esfuerzo que le costó demasiadas duchas frías y largas sesiones de extenuante entrenamiento. Su mente no dejaba de pensar, su corazón de latir al ritmo de su voz y su cuerpo, de reaccionar por sí mismo con solo olerla.

Pero él era un hombre débil, aunque no lo pareciera. Y de vez en cuando un completo cretino y una vergüenza para él mismo también.

Y como muestra de ello, cuando el destino le puso una prueba en apariencia fácil, donde debía demostrar su autocontrol, la falló proverbialmente.

Un día Makoto cayó enferma, asunto importante que le imposibilitó acudir a las reuniones por un buen tiempo. Las chicas, preocupadas por ella, organizaron una ronda de visitas que permitía que siempre estuviera alguien atendiéndola, ya que con dificultad podía salir de la cama y ni hablar de ocuparse de sí misma, como estaba acostumbrada.

Casi de inmediato, Masato dejó claro que él no tendría problema en pagar un cuidado profesional que pudiera vigilarla todo el tiempo necesario. Pero la testaruda senshi del trueno no lo tomaría de buena manera, menos porque parecía tener su propia lucha interna por alejarse de un hombre que ya tenía un compromiso. Él no lo sabía de cierto, pero se lo habían hecho ver en algunas ocasiones.

Así que el shitennou del conocimiento y el consuelo, ignoró lo primero y se agarró a lo segundo, apuntándose para procurarla y hacerle compañía, con el temor de estar a solas con su mayor tentación, pero también, ilusionado de tenerla cerca.

Que la terquedad de Minako por ver feliz a su amiga con el hombre que amaba, ayudara a programar las visitas a escondidas de casi todo el resto del grupo, era una bendición y una maldición al mismo tiempo. Pero tardó demasiado en comprenderlo.

Una parte de él pensaba que quizás si hablaban con aquella calma que no existía cuando se encontraban entre los demás, pudiera encontrar una razón para no amarla. O una para atreverse a más.

Primero fue una visita corta, seguida de una más larga y luego una tras otra. Al final, en contra de todo pronóstico y como si la vida no fuera ya complicada para ambos, amaneció en su cama un par de ocasiones, desnudo entre sus sábanas.

Y aunque cada vez que pudo tenerla solo para él, se sintió completo y extasiado, algo dentro de ambos no se sentía bien.

La traición no era parte de su forma de ser. De ninguno de ellos.

El primer beso había sido dulce y calmo. Y también fue su sentencia de muerte. A partir de ahí la cercanía dolía y la ausencia mataba. Fue tan intenso para uno como para el otro.

Aquello continuó un mes más, incluso después de que la oji verde se hubiese recuperado casi por completo. Al menos eso lo hacía sentirse menos culpable y aprovechado, que cuando la visitaba en su convalecencia.

Sentirse con más energía fue lo que llevó a Makoto a leerle las reglas del juego. Ella no estaba dispuesta a seguir siendo "la otra" aunque la relación con Naru no fuera por completo seria y formal. Merecía más y él estaba de acuerdo con ello. Por eso no se vio sorprendido, aunque si algo preocupado, cuando ella lo citó para hablar muy seriamente sobre su futuro juntos una tarde de domingo.

No quiso arriesgarse, normalmente era un hombre cauto cuando las hormonas no lo gobernaban. Así que, tomando cartas en el asunto, y previniendo cualquier intento de la senshi de la naturaleza por escapar de él, se armó de valor y le confesó a Naru que lo suyo no podía ser, que una fuerza superior, un amor que lo invadía de pies a cabeza le pedía a gritos que buscara su camino en otro lado.

No quería lastimarla, pero él sentía morirse por dentro sin Makoto a su lado. Y la pequeña pelirroja tampoco se merecía vivir en una mentira.

Naturalmente Naru no lo tomó muy bien, y lo que empezó como una plática tranquila en un café, con la mayor madurez de la que pudo echar mano, terminó en una escena dramática que él no pudo manejar muy bien.

Fue realmente una pesadilla, una que pudo haber evitado un tiempo atrás pero no lo hizo. Uno de los grandes errores que lo tenían sentado en esa banca del parque en una tarde de otoño que nada más le rasgaba el alma y se la hacía tiras que el viento amenazaba con llevarse junto a la hojarasca, con un vaso de café frío y un cigarro nadando en él.

Y es que tardó mucho en comprender porque Makoto no llegó a la cita. Masato siempre creyó que si hubiese llegado, quizá las cosas serían diferentes. No, quizás no, seguramente lo serían.

Ciertamente nunca lo sabría, ella desapareció presuntamente al día siguiente.

-¡Tío Masato, la pelota por favor! -gritó el pequeño rubio, una bola de color rojo estaba frente a él, a un paso de distancia. El hombre se agachó y tomó el balón, lo devolvió de inmediato con la mejor sonrisa que pudo formar en su rostro.

-¡Gracias! -exclamó Paris, el platinado niño de siete años.

Masato sonrió, una mueca más de tristeza que de alegría.

James, que en otra vida llevara el nombre de Jedite, se acercó a él, algunas gotas de sudor corrían por su rostro, después de todo jugar al balón con los chicos no era cualquier cosa. Masato siempre había envidiado su felicidad y esa sonrisa sincera que no era más que el reflejo de una buena vida. Cuando llegó a él, tomó el periódico que estaba sobre la banca y se sentó a su lado.

Se abanicó un poco para calmar el sudor, aunque eso solo le provocó más frío al siniestro castaño.

-Crecen tan rápido. -dijo seriamente, pero Masato giró a verlo con un poco de incredulidad.

-Si saca la estatura de Rei, no lo creo.

-¡idiota! -gruñó juguetón, aunque sí que le preocupaba un poco aquello.

-No molestes al enano-respondió Kunzite, que ahora llevaba el nombre de Kurt Takahashi y era un prominente abogado.

-Minako tampoco está muy lejos de ser considerado un minion-defendió James, con los brazos cruzados al pecho como si hubiese ganado la batalla.

-¿Minion? -preguntó Masato, un gesto confundido en el rostro.

-Son unos pequeños monos amarillos, muy graciosos, con planes perversos tan buenos como los nuestros—dijo con sarcasmo-, salen en una película que … ¡Bah! Tienes que verlos, te mandaré el nombre por mensaje para que la busques, no lo comprenderías... -sentenció con voz de hierro, como si el asunto fuera realmente importante.

El castaño sonrió. Había mucho del mundo de los niños que no entendía del todo. Era algo que, aunque había visto a sus amigos asimilar con aparente naturalidad, él no sabía si podría manejarlo bien algún día.

Sintió su móvil vibrar en el bolsillo de su pantalón, seguramente con el mensaje prometido por el rubio a su lado. Metió su mano para sacarlo, listo a fingir interés en un dibujo animado, pero antes de poder desbloquear la pantalla, el balón rojo llegó rodando a sus pies otra vez. Los otros dos hombres a sus costados giraron a ver a quien venía a recogerlo.

Era el grupo de niñas que al parecer habían abandonado su juego de té y ahora corrían también tras el balón. Entre las pequeñas princesas, Masato podía contar a Afrodita, la otra hija de Minako, y Alelí, la pequeña niña de Amy y Zoicite que estaban cuidando esa tarde por ellos. También venía otra dulce niña de sonrisa tímida y ojos de un extraño color áureo verdoso, quien lo miraba fijamente. Primero a él, luego al balón.

-¿Quieres esto pequeña? -le dijo mientras sostenía la esfera frente a sus ojos, ella asintió con la cabeza.

Y él se la dio, porque no había manera de negarle nada a una criatura como esa.

La niña tomó el balón con ambas manos, Masato estaba por decir algo más cuando Kurt llamó su atención diciendo su nombre, momento que las pequeñas aprovecharon para volver a su juego.

Los ojos marrones se abrieron alertas cuando vio al líder shitennou tratando de disimular una sonrisa.

-Mamoru ha escrito—dijo seriamente-. La encontraron.

Y Masato enmudeció.

CONTINUARÁ...

Lo sé, lo sé... ¿Qué haces subiendo una historia nueva si tienes mil abiertas? Bueno... no lo sé, jugando al masoquista quizá. El detalle es que se me metió la idea en la cabeza y no pude evitarlo, es como cuando usted, querido lector dice... un capítulo más y ya me acuesto a dormir y no lo cumple... bueno así mismo estoy yo. Me digo, bueno... acaba esta historia y esta y luego empiezas la nueva, pero la idea esta ahí, tirando de mis dedos y mi mente y mi corazón quiere compartirla con ustedes casi que de inmediato... no me pude contener. Lo siento, pero no tanto... porque disfruto mucho haciendo esto.

Ahora, ya que leíste todo mi descarada disculpa te diré, gracias por leer y si comentas muchas muchas gracias más, los mensajes son una excelente motivación para mí.

PD. Saca los pañuelos, esta historia está pensada para intentar hacerte llorar.

Saludos.