Miénteme, pero quédate conmigo.

-¡Desaparece, maldita bastarda!

-¡Nooo!

Naru arrojó a Juno a la orilla del puente justo en el momento en que Makoto se lanzó sobre ella para evitarlo, pero no fue lo suficientemente rápido. La niña resbaló por la orilla y solo gracias a la intervención de Paris fue que no cayó al vacío. Makoto sintió que el corazón se le detenía cuando vio a su única hija caer por el puente.

Ese pequeño instante de debilidad fue muy bien aprovechado por Naru, que consiente de las heridas de la senshi y de su mala salud, arremetió con todo lo que tenía para acabar con ella. De igual forma no fue fácil, pero si la senshi hubiera estado en buena condición, aquello hubiera sido impensable.

Makoto alcanzó a ver al pequeño hijo de Minako aferrar con fuerza la mano de Juno; una escena aterradora que solo la hizo alterar más. Estaba demasiado débil, sus piernas no le respondían y sin considerar que la visión doble no la dejaba concentrarse. Los niños caerían en cualquier momento, aunque pudieran sobrevivir al golpe, no lo harían al tráfico vehicular.

Naru jaló de su cabello y la derribó de nuevo, era pequeña pero contundente, sus golpes estaban cargados de ira, de ansiedad y de venganza contenida por tantos años. Makoto en toda su altura no era capaz de detenerla, el aire le faltaba y el corazón amenazaba con salir por su garganta con su próximo latido. Iba a morir y los niños también morirían si alguien no venía a auxiliarlos.

-¡Suéltala!

El grito fue poderoso, aturdidor. Una onda expansiva movió cualquier objeto en el suelo en dirección contrario, incluyendo a Paris que se tambaleó, Juno resbaló un poco más de su agarre.

Naru giró para buscar el origen de aquella voz. En su mundo maravilloso, el amor de su vida había venido por ella, así que sonrió en cuanto lo vio-. ¡Viniste! ¡Al fin viniste! ¡Mira lo que tengo! ¡Al fin la he atrapado, no volverá a hacernos daño!

La pelirroja sacó el arma que llevaba guardada a sus espaldas, apuntó el cañón directo a Makoto mientras comenzaba a reír a carcajadas. Masato permaneció en su sitio, con la mirada más aterradora que había proferido nunca. Naru entendió de inmediato que algo iba mal con él, retrocedió un poco arrastrando a la mujer ensangrentada.

-¡Suéltala y aléjate de ella!

-¡Pero mi amor! ¿Cómo puedes decirme eso? ¡Al fin voy a deshacerme de ella! Nadie más volverá a hacerte daño.

-¡Estás loca! ¿Dónde están los niños? ¿Qué hiciste con mi hija?

-¿Dirás nuestra hija! -aseguró en su demencia-. ¡Ella está aquí! En mi barriga, la siento patear, ¿Quieres sentirla? ¿Quieres tocar a la pequeña Ayumi?

Era visible en los ojos perdidos y la sonrisa torcida que la dulce Naru, la pequeña chica enamorada a la que había malamente usado, había dejado de existir. Masato se lamentó por haber sido tan vil con ella, por arrastrarla en su camino hacia el infierno, pero eso no le daba derecho de jugar así con la vida de gente inocente.

-Baja el arma Naru, bájala y deja ir a Mako. Te llevaré a casa.

-¿A casa? ¿Iremos a nuestra casa? -preguntó alegremente, casi con el tono de una niña inocente-. ¿Solos tú y yo?

-No Naru, no. No hay un "tú y yo", nunca lo hubo. Te llevaré a tu casa, te darás un baño y esto quedará en el pasado.

-¡No! ¡No! ¡No! ¿Por qué dices esas cosas tan crueles? -exclamó ahora con una nueva voz, el timbre de una persona perturbada-. ¡Yo lo amo señor Sanjoy! ¡Estoy enamorada de usted! ¡No dejaré que nadie le haga daño, así se me vaya mi vida en ello! -gritó con vehemencia.

Masato se estremeció, aquellas palabras las había escuchado antes en ella, cuando apenas era una adolescente y se había interpuesto entre las malignas y él para defenderlo. Era difícil que su corazón no se estrujara con la culpa y el remordimiento

-Lo único que quiero es que bajes esa arma, que retrocedas. ¡Mako necesita un médico! Va a morir si no la sueltas.

-¡Mako necesita un médico! ¡Mako está desaparecida! ¡Mako está enferma! ¡Mako, Mako, siempre Mako! ¿Qué hay de Naru? ¿Alguien alguna vez ha pensado en mí? -chilló, su último reclamo en un tono lastimero, casi realista-. ¡Me cansé de ayudarte para que veas lo buena que soy! Se te olvidó muy pronto que fui yo quien te salvó, que fui yo quien te esperó todo este tiempo. Desde que la viste no has dejado de hablar de ella, ¡pero soy yo quien te ama! Ella se fue, no lo dudó cuando le ofrecí que se fuera del país con mi dinero. ¡Es una interesada! ¡Una maldita huérfana trepadora! ¡Por eso es a mí a quien debes amar!

-¡Hemos hablado de esto antes Naru! Lo siento, ¿Sí? Lo lamento tanto, no pude amarte, lo intenté y no lo logré, lamento haberte usado cuando era aquel general corrupto, lo siento en serio. ¡Pero es que no voy a mentirte! Ella es mi mujer, es a ella a quien amo.

-¡Miénteme! ¡No me importa que me mientas siempre, pero quédate a mi lado!

Ahí estaba de nuevo, la joven y asustada Naru pidiéndole que se quedara con ella. Las mismas frases que había usado mientras él moría en sus brazos bastantes años atrás. Pero él ya no era ese general maldito y ella ya no era esa niña inocente. Nunca jamás Nephrite imaginó que jugar con el amor de una adolescente lo llevaría a perder a su familia.

Makoto apenas se movía, parecía querer balbucear algo con sus pálidos labios. Su rostro tenía sangre un tanto seca, solo entonces Masato lo notó, un nuevo golpe frío lo recorrió de pies a cabeza.

Algo tiró de la tela de su pantalón. Cuando bajó ligeramente la vista fue que se percató que Ares estaba a su lado, aferrándose a él completamente asustado-. ¡Paris! -susurró el pequeño, solo así fue que el shitennou notó como una sola mano se aferraba del barandal, a escasos pasos de las dos mujeres. Ese debía ser el pequeño, agarrándose a la vida.

-¿Puedes llegar? -preguntó en voz muy baja, Naru no lo notó, seguía gritando injurias hacia su persona.

-No sé, sí. Creo que sí.

-Ten cuidado.

El pequeño rubio caminó hacia atrás de su tío, usándolo para esconderse y poder teletransportarse sin ser percibido. Estaba muy cansado por el esfuerzo, le costó bastante trabajo juntar la energía necesaria. ¡Si tan solo Kurt o alguno de los demás estuviera aquí!

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Kurt apareció cerca del alboroto inicial. De inmediato buscó desesperadamente a Minako, por fortuna la ambulancia seguía ahí, así que no tardó en dar con ella. Se abrió paso en medio de los curiosos, la mayoría padres de familia que él conocía. No podía entender porque pretendían detenerlo, ¡Era su mujer la que estaba herida! ¿Por qué no se hacen a un lado?

-¡Déjenme pasar, soy su esposo! -exigió con esa voz atronadora, no es que no deseara enviar a todos los obstáculos lejos, pero debía mantener la calma. James suspiró aliviado cuando lo escuchó-. ¿Cómo está?

-Ella parece que está bien, se golpeó en la cabeza y tiene algunos rasguños-dijo el rubio mientras observaba a los paramédicos que seguían acomodando a Mina para subirla a la ambulancia. Al lado había otra donde estaban subiendo al chofer de la familia Sanjoy. James se aseguró que nadie los escuchara mientras volvía a hablar casi en un susurro-. Pude ver al bebé, está bien, no te preocupes-aseguró. Kurt también respiró tranquilo, confiaba del todo en los poderes de James.

-¡Papi! -gritó Afrodita, llamando la atención de ambos. Una mujer paramédico la traía en los brazos. En su frente había una bandita y su hermoso vestido amarillo tenía salpicaduras de sangre, aunque era evidente que no eran de ella, Kurt volvió a sentir la ira inundándolo por completo, ¿Qué había provocado aquel terrible accidente? -Paris me salvó!

¡Paris!

-¿Dónde está tu hermano? ¿Sabes qué pasó?

-Aquella camioneta impactó contra esta señor-respondió un policía que acordonaba la zona-. El guiador del otro vehículo dice que una mujer lo obligó a estrellarse a propósito. Afortunadamente la señora, la niña y el chofer están bien, estamos peinando la zona para encontrar a la sospechosa.

Kurt y James pensaron lo mismo, esa mujer no podía ser otra que Naru y seguramente donde ella estuviera estaba Makoto. No quisieron involucrar a la policía ni a más gente, por eso no dijeron nada, pero el comandante había tomado una decisión.

-¡Kurt! ¡Kurt! -exclamó Mina mientras era levantada en la camilla para ser llevada al hospital. El hombre se acercó en el acto y se agachó junto a ella-. Esa mujer, Mako fue tras ella. Ve por ella, tiene a Paris y a Juno.

Sus temores se confirmaron en aquellas cortas frases, no había ni un rastro de duda en el corazón del shitennou con respecto a lo que debía hacer a continuación.

-Por favor James, ve con ella. Tengo un asunto que atender.

-Por supuesto.

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-¿Por qué no te dejas de tonterías? ¡Mírala! Es casi un cadáver. En unos meses ya no estará en este mundo, pero yo sí. Aquí estaré para siempre a tu lado, contigo, con nuestros hijos y después nuestros nietos. ¡Está zorra se habrá ido! Puedes conseguirte a otra... una más joven, más sana... ¡La que sea menos a ella! Te dejaré, ¡Podrás tener una amante si eso quieres! Siempre que vuelvas cada noche a casa.

Masato guardó silencio, realmente ya no la estaba escuchando. Su atención estaba tras de Naru, en cada movimiento que Ares hacía tan sigiloso como podía. Juno no estaba a la vista, solo podía confiar en que hubiera huido de la escena, pero podría asegurar que no, que su hija era tan valiente como para quedarse así no pudiera hacer nada al respecto.

Su temor más grande es que estuviera bajo el puente, pero entonces el ruido de los automovilistas tras el accidente lo delatarían, así que lo único que le quedaba de opción, es que colgara junto con Paris. No conocía al pequeño platinado como conocía al rubio de ojos amatista, pero confiaba ciegamente en él y en Kurt, si su antiguo comandante le había dicho que su hijo era muy tenaz, mucho más que él, Juno seguramente estaría agarrada de él con todas sus fuerzas.

-De acuerdo Naru, tú ganas. Tienes razón, no sé... no sé en que he estado pensando-exclamó, con la voz derrotada y temblorosa.

-¿Qué? ¿De verdad?

-Tienes razón en serio. Me he sentido tan confundido, como si no fuera yo.

Naru sonrió, aunque todavía sentía desconfianza. Masato bajó los brazos y se arrodilló en el pavimento, en una magistral muestra de actuación. No llevaba la nefrita con él, no podía hacer más que teletransportarse, así que decidió darle por su lado a la alocada mujer.

La pelirroja vio aquello como una clara señal de rendición y estaba tan feliz. Toda su atención iba al hombre frente a ella, su desquiciada alegría le impedía ver al pequeño que se movía a sus espaldas y que tiraba con las pocas fuerzas que le quedaban de su compañero de travesuras. El peso de Juno y Paris era demasiado para él.

-¡Masato, me haces tan feliz! Al fin podremos ser una familia unida.

-Lo sé pequeña, pero ¿Por qué no la sueltas? Puedes dejarla ahí y venir a mis brazos, ¡Estoy tan ansioso de abrazarte y besarte!

-¿De... de verdad?

Naru no pudo evitar ruborizarse. Jamás en la vida él le había dicho algo tan lindo. Sí, antes había llegado a la intimidad con él, pero incluso entonces ella supo que él lo hacía por lástima, por darle un gusto que no compartía. Sus besos nunca supieron sinceros, aunque ella prefería cerrar los ojos y soñar, viajar a un mundo donde Masato Sanjoy la amaba tanto o más de lo que ella a él.

Su rostro volvió al gesto infantil e inocente, incluso fue tan descuidada que aflojó el agarre sobre Makoto, permitiendo que resbalara un poco más. La ojiverde no tenía energías para hablar, mucho menos para intentar escapar. Todo a su alrededor eran sombras difusas, voces con eco y frío, mucho frío que anunciaba un inminente final.

Siempre supo que moriría, jamás imaginó que en un lugar como ese y bajo esas circunstancias.

Ares al fin pudo tirar de Paris con la fuerza necesaria, pero eso ocasionó un fuerte ruido, sobre todo cuando la barandilla se desprendió debido a la fricción de ambos cuerpos contra ella. Paris aulló un poco de dolor, Juno movió el pie y terminó de tirar el oxidado metal hacia abajo del puente, atrayendo la atención de todos en el área.

-¡¿Qué?! ¿Qué hacen ustedes?

-¡Naru! -gritó Masato aterrado, tratando de atraer su atención de nuevo.

-¡Trataste de engañarme!

Naru arrojó a Makoto rumbo al pavimento y luego giró en dirección de los niños. Los tres estaban exhaustos e indefensos, todavía tirados en el suelo.

Sin dudar cogió a Juno del brazo y la levantó, era la más pequeña y más fácil de manipular. Luego tomó a Paris por la cintura, aunque era el mayor, era delgado y podía manejarlo bien. Ares se quedó tirado en el suelo, realmente agotado y asustado. Junto a él quedó el arma que ella ya no pudo sostener.

En su desequilibrio se acercó a la orilla, a donde debía estar la endeble protección que acababa de caer. Naru se paró peligrosamente al borde, con toda la intención de arrojarse si alguien se acercaba a ella.

-¡No volverás a engañarme! Es momento que decidas Masato, ya estuvo bien de tus juegos- gruñó-. ¡Esa maldita zorra o nosotros, tu familia! ¡Escoge!

Makoto estaba desvanecida, sin la fuerza suficiente para moverse ni un poco. Masato sabía que cada segundo perdido la llevaba más a la muerte, necesitaba con urgencia atención médica o no pasaría una hora más con vida. Pero Naru estaba enloquecida, era capaz de saltar al vacío con los dos pequeños. Masato podría fácilmente recuperarlos antes de caer si se teletransportaba, pero si ella brincaba, si se arrojaba contra el pavimento y él tuviera que bajar para atraparlos, aquello sería un caos y alguien indudablemente saldría perjudicado. ¿Qué iba a hacer? No podía salvarlos a todos.

¡Fue un pésimo momento para no llevar su gema con él!

-Ma... Masato... -murmuró la malherida senshi. No tuvo fuerza ni para moverse al hablar-. Juno, escógela a ella, por favor.

Él sabía que eso era lo mejor. Él estaba tan aterrado que eso fuera lo mejor. Una vez más tenía que escoger entre dos mujeres, su hija o su esposa. ¿Realmente la vida lo había llevado hasta ahí? ¿Qué maldito Karma estaba pagando que no había tenido suficiente?

Una vez se le pidió escoger y él no la eligió a ella de inmediato, ese fue el error que lo había llevado hasta ahí, aunque no el primero.

Miró los ojos de Juno, cansados y tristes. Su tierno rostro marcado por los rasguños, su ropa arañada y ensangrentada. Luego observó a Paris y la frustración que lo invadía, él había dado todo para salvarse a él y a la niña y aun así seguía en poder de aquella despiadada mujer. Al final miró a Ares todavía tirado en el suelo, toda su energía desgastada en favor de sus primos, un chico valiente y atrevido. ¡Como le hubiera gustado ser como él!

"Confía"

-¿Qué? -preguntó Masato, ¿De verdad las estrellas le habían pedido confiar en un momento como este?

"Confía"

Respiró profundo e hizo lo que se le pidió, como cada vez, con el corazón latiéndole en la garganta. Se abalanzó sobre Makoto y la tomó en sus brazos tan pronto como pudo. Respiraba débilmente, estaba casi al borde de la hipotermia.

-¿Por qué? -preguntó ya sin fuerzas. Él la atrajo más a su cuerpo, tratando de darle calor.

-En primera, porque debí escogerte a ti desde un principio, sin dudar. Y en segunda, por qué confío en ellos, no estamos solos en esto.

-¿No?

-No.

Naru no pudo tolerar aquella imagen. Su amado había escogido a la otra mujer, de nuevo había preferido a alguien más sobre su amor. ¿Qué sentido tenía seguir viviendo?

-¡No van a ser felices! ¡Nunca van a ser felices! ¡Si yo no lo soy, no lo será nadie!

Fue una fracción de segundo, un paso hacia atrás que pareció estar en cámara lenta y, sin embargo, fue tan rápido que Masato no pudo hacer nada más que observar. Naru saltó y se llevó a los niños con ella, solo pudo quedarse ahí escuchando su desquiciada risa mientras el grito ahogado de ambos niños fue arrastrado por el viento. ¿Qué había hecho? ¡Juno! ¡Paris! ¿Cómo podrían sobrevivir a esto?

Naru cayó, su risa macabra se escuchó alejarse conforme llegaba al suelo. Toda su vida pasó frente a ella y en ningun momento sintió un gramo de pesar, remordimiento, miedo. Ya no era ella, ya no había cordura en su persona. Naru Osaka, la dulce chica de la secundaria Juuban había muerto mentalmente hacía muchos años y ahora lo haría físicamente acompañada de dos criaturas inocentes.

De pronto fue que lo sintió, el contundente golpe que anunciaba el final. Cerró los ojos y esperó a despertar en aquel lugar que se había merecido con sus acciones. ¿Cielo?¿Infierno? Probablemente infierno.

Pero eso no sucedió. Cuando abrió los ojos estaba cobijada en los brazos de un caballero. Un cuerpo excelso, fuerte, protector. Su mirada fue atraída por los ojos normalmente acerados de Kurt Hayashi, abogado, padre de familia y comandante del shitennou del futuro rey. Un hombre que conocía de justicia y todo lo que esto conllevaba.

Dejó a los tres en el suelo y de inmediato recuperó a los niños poniéndolos a resguardo. Ziran apareció de pronto a sus espaldas, con esos ojos verdes salpicados en rencor.

-¡Me salvaste! -exclamó, tratando de causar un poco de empatía.

-No era mi intención, pero tampoco iba a permitir que lastimaras más a mi familia-contestó frío.

-¡Déjame ir! ¡Te prometo que no volverás a verme!

-No me importan tus promesas, ¡Yo no perdono a quien se mete con mi familia!

Su voz fue atronadora, hizo a Naru aterrarse y luchar por zafarse de su poderoso agarre. Se removió con fuerzas, Kurt la tenía de la muñeca y estaba por dislocarse si él no la soltaba.

-No ensucies tus manos amigo, no repitas la misma historia.

Ziran tenía razón, la voz de la cautela. Kurt rechinó los dientes, realmente pretendía deshacerse de ese estorbo de una buena vez. Pero ensuciarse las manos con ella había llevado a Masato al borde, ese era un error que no podía repetir.

Entonces la soltó. Naru aprovechó el momento y corrió para salvarse. Era tal su desesperación que se arrojó contra los autos, buscando una salida.

Un auto venía a toda velocidad en ese momento, intentó frenar pero no lo consiguió, ella tampoco pudo moverse, se quedó petrificada del susto.

Ziran soltó a los niños para ir en su ayuda, Kurt lo detuvo en seco con una mano.

-Kurt...

-No te manches las manos.

El auto patinó y el alcance fue inminente. Un golpe, un grito y de nuevo la confusión. Los niños se abrazaron al rubio caramelo para no ver la escena.

Todo había terminado, ¿Pero a que costo?

CONTINUARÁ...