Decisiones.

Él pudo ver claramente cuando la pequeña niña de ojos verdes y destellos dorados, lo miraba fijamente. Era un gesto acusador, de reproche, de decepción absoluta.

Juno caía al abismo, a un enorme hoyo negro que la devoraba mientras más se alejaba. ¿Cómo había podido dejarla ir? ¿Qué clase de escoria era él? ¿Por qué no dejaba de equivocarse?

Quiso mirar sus manos con impotencia, pero solo las encontró manchadas de sangre, un plasma que quemaba la piel, que amenazaba con destruirle hasta los huesos.

Dolor, solo dolor. Su hija perdiéndose en la inmensidad, la sangre de su esposa manchando sus manos.

-¡No! - aulló.

Y se despertó abruptamente en una habitación de hospital sumergida en la oscuridad. Masato estaba recostado nuevamente en el sillón de espera, con las piernas sobre la pieza de enfrente y en su pecho su hija, profundamente dormida.

Todo había sido un sueño, una horrible pesadilla.

Miró de reojo a la cama y Makoto estaba ahí, conectada a una decena de aparatos que no dejaban de sonar y parpadear, sin la más mínima esperanza que se levantara como la última vez y lo acompañara a mirar las estrellas. Una sensación de ahogo apareció en su pecho. El cansancio le ganó la batalla una vez más.

Confió. Fue lo más aterrador que tuvo que hacer en la vida, pero lo hizo. Cuando Naru saltó con Juno y Paris del puente supo que debía irse; esperar a saber el resultado era perder el tiempo ganado con su enorme sacrificio.

Apareció en la sala de urgencias del hospital como un hombre enloquecido. De inmediato tomaron a Makoto y la ingresaron mientras él gritaba como un poseso que debían salvarla, que ella era su vida entera y que no podía morir todavía.

Se quebró. Masato Sanjoy estaba completamente roto de cuerpo y alma, pulverizado su corazón. Estando desquiciado en la sala de espera no podía dejar de pensar en su mujer casi muerta y en su hija de la cual desconocía su estado. ¿Y si había muerto? ¿Si nadie había podido salvarrlos? ¿Qué había pasado con Paris? ¿Cómo iba a decirle a Kurt y a Minako lo que sucedió? ¿Cómo volver a ver a todos de nuevo a la cara después de esto?

Si Juno estaba muerta, mejor valía que Makoto también muriera, así él podría seguirlas a aquel lugar donde nadie los separaría jamás... Aunque no. Donde quiera que ellas fueran él no entraría nunca, había pecado demasiado en todas sus vidas.

A los pocos minutos apareció Mamoru acompañado de Amy y James, lo que solo hizo que su histeria se incrementara. Ellos no daban buenas noticias, ellos eran mensajeros del desastre.

James y Mamoru se acercaron sigilosos mientras él, por naturaleza, los alejó. Amy pidió a los guardias de la entrada que no intervinieran para evitar más accidentes, la gente a su alrededor estaba asustada en verdad. Luego solo vio como sus dos compañeros lo sujetaban con fuerza, él peleó, gruñó y trató de liberarse, hasta que una punzada en su cuello y que apenas sintió, le provocó un ligero ardor, luego una sensación de calma y al final, solo pudo ver el rostro sereno de James mientras caía hacía él y perdía el conocimiento.

Estaba cansado de luchar, ojalá lo mataran mientras dormía.

Pero no fue así, despertó varias horas después en el consultorio de Mamoru, recostado sobre la cama de observación.

Le dolía la cabeza nuevamente, le dolía todo el cuerpo. Trató de sentarse y falló proverbialmente el primer y segundo intento. Para el tercero Ziran se acercó y lo ayudó, solo así pudo apreciar que además de él, James, Kurt y Mamoru estaban en la habitación. Los cuatro parecían muy compungidos, Masato se estremeció.

No hubo palabras por un buen tiempo, solo silencio y miradas perdidas en puntos tan diversos como ellos mismos.

-Nadie ha muerto todavía—dijo al fin Mamoru. Una frase tan reconfortante como alarmante-. Pero no sé cuánto tiempo seguirá siendo así.

-¿Juno?

Kurt se acercó a él y le ofreció un poco de agua, luego posó su mano firme sobre su hombro, como lo haría un líder ante un soldado abatido por la tragedia.

-Los chicos están bien, algunos golpes y heridas leves. La peor parte se la llevó Paris, le dieron un par de puntos en la frente, al parecer se golpeó en el choque mientras cubrió a Juno y a Afrodita. -aquello sonaba terrible, pero se pudo sentir un cierto toque de orgullo en la voz del platinado-. También se cortó los dedos en el puente, pero estará bien.

-¿Ares?

-Ese pequeño diablillo está mejor que nunca. Quizá sufra más daño cuando volvamos a casa y Rei lo abrace hasta asfixiarlo. No te preocupes por él, es fuerte.

Una sonrisa de lado tiró de los labios del castaño. Le daba gusto escuchar que los chicos estuvieran bien, aunque preguntar solo era una estrategia para agarrar valor y así llegar a lo que en realidad lo carcomía.

-Minako y la bebé también están bien, al igual que tu chofer. Ambos con golpes menores gracias a que venían del otro lado del vehículo. Y Juno, como te dije, solo tiene algunos rasguños y, para sorpresa nuestra, está aturdiendo a todos gritando por ustedes.

-¿Dónde está? Debo verla.

-Está con Usagi, sabes que tiene ese poder de calmarnos a todos. Déjala ahí, hay otros asuntos que debes ver antes. Mako...

El corazón se le aceleró, su miedo más profundo emergía como un monstruo. No quería escuchar, pero ya no podía actuar como un niño asustado, un chico mimado.

-¿Cómo está?

-Estable, pero delicada—intervino Mamoru. Su voz suave como el terciopelo-. Necesitó de mucha sangre; Haruka, Michiru y Setsuna contribuyeron. Por el momento su pronóstico es reservado, está en terapia intensiva en este momento. No te mentiré, no sabemos si lo logre y Hotaru... bueno, ella no ha aparecido, no hemos podido preguntarle.

Llenó sus pulmones con todo el aire que pudo y luego lo soltó, lo repitió varias veces hasta que ya no fue necesario contener el llanto. Estaba en su punto más bajo, culpándose por cada acontecimiento y cada herida. No podía apartar de su mente el hecho de que pudo evitarlo si hubiera actuado a tiempo, si hubiera sido menos permisivo y más estricto con Naru.

-Naru... -no salió sonido de su garganta, solo sus labios pronunciaron ese nombre, pero todos lograron entenderlo. Su mirada cayó más bajo en el suelo, ¿Por qué seguía preocupándose por ella?

-Kurt la salvó-respondió Mamoru a una pregunta no hecha-. Pero ella corrió para huir y un vehículo la atropelló. Seré directo, es probable que no vuelva a caminar nunca.

Le dolió, pero luchó por no demostrarlo. El sentimiento de culpabilidad se reforzó aún más, pero no podía expresarlo sobre todo porque aquellos hombres sufrieron parte de las consecuencias de sus actos. No le extrañaría que decidieran expulsarlo de su grupo después de lo sucedido, pero tampoco podían obligarlo a ser indiferente.

-Dilo. -pidió James con suavidad-. Puedes decirnos lo que estás sintiendo. Nadie está aquí para juzgarte, pudo pasarnos a cualquiera de nosotros y te aseguro que estaríamos tan perdidos como tú.

La arruga entre sus cejas mostraba descontento, pero no era más que una defensa que se derrumbaba con aquellas palabras. No les enseñaron a mostrarse débiles, había muchas cosas que todos esos hombres debían aprender y que, al parecer, las mujeres que amaban y sus hijos les estaban enseñando.

Masato supo entonces que efectivamente no estaba solo, también comprendió que la vergüenza que sentía no tenía razón de ser. Ninguno de ellos estaba molesto con él, aunque tenían razones para estarlo. Eso le dio un poco de paz, le quitó el peso de encima y el velo de los ojos que le permitió por primera vez en varias vidas, mostrarse temeroso ante sus amigos.

Después de todo, lo peor estaba apenas por llegar.

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Habían pasado diez días desde entonces. Juno pasaba la tarde en el hospital haciéndole compañía, él se había rehusado a moverse de aquella habitación más que para lo necesario. Makoto apenas estaba despierta unos cuantos minutos al día, abría los ojos, parpadeaba un par de veces y balbuceaba un poco antes de volver a dormir.

Y Masato supo que ese sería el futuro por venir. Si Makoto lograba abandonar el hospital, era probable que no volviera a levantarse de la cama, o que se cansara casi de inmediato. El tiempo que le quedara en esta tierra no podría aprovecharse al máximo como él había planeado, ir a América no sería posible, días muy tristes se acercaban.

-Masato, amigo.

El castaño abrió pesadamente los ojos, solo para toparse con la mirada azul y cristalina de Mamoru.

-¿Qué pasó? ¿Mako?

-Tranquilo, ella está bien. Haruka y las demás están aquí, vienen por Juno.

Masato bajó la cabeza para ver a su hija dormir sobre él. Su primer instinto fue aferrarse más a ella, no soltarla, pero tenía que hacerlo, ella no podía pasar la noche ahí, necesitaba descansar para volver al colegio.

Mamoru tomó a Juno como siempre hacía mientras él se sentaba, todos los huesos le crujieron apenas se acomodó. Masato sentía que todos los años se le habían venido encima, estaba mental y físicamente agotado, pero eso no sería suficiente para hacerlo claudicar en su vigilia.

-Tú también deberías ir a casa a descansar. Te prometo llamarte cuando ella despierte, no es bueno para ti estar aquí siempre.

-No quiero ir a una casa sola, no mientras puedo evitarlo.

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Cuando Makoto abrió los ojos la luz la cegó momentáneamente, tuvo que parpadear un par de veces antes de poder enfocar el lugar casi en su totalidad, un inmenso jardín lleno de flores hasta donde su vista alcanzaba, un cielo azul, despejado y hermoso sobre su cabeza, una fresca brisa acariciando su piel.

Llevaba un impecable vestido blanco con un lazo verde al pecho, su melena normalmente controlada flotaba libre al compás de la falda suelta que se empeñaba en pegarse a sus piernas desnudas y descalzas. Nunca había estado en ese lugar antes, pero se sentía muy familiar y reconfortante.

Cortó una flor de un rosa intenso, no sin antes pedir permiso a la madre naturaleza, luego se la colocó en la oreja, uno de sus mechones cayó por su rostro y le hizo cosquillas en la nariz. Makoto rio, su risa retumbó con la gracia de una fina nota musical.

-Es un lugar bello el tuyo—dijo una voz a sus espaldas, ella no se molestó en voltear, en su lugar tomó otra flor y comenzó a girarla con dos dedos.

-Es hermoso, podría quedarme aquí para siempre.

-¿Eso es lo que quieres?

Sí quería, una inmensa sensación de dicha en su pecho le decía que ese era su lugar. Pero, aunque todo el lugar era perfecto, el aroma era dulce y el clima magnífico, algo seguía faltando para que ella se sintiera completamente feliz.

Makoto giró entonces para encontrarse con Hotaru, la hermosa diosa de la destrucción. Ya no era una niña, era toda una mujer de fina figura y largos cabellos de ébano que también se movían con el viento. Pero su mirada seguía siendo la misma, la mezcla perfecta entre el misticismo y la dulzura.

La castaña negó con la cabeza-. ¿Estoy muerta?

-No. Pero casi. En un minuto más sufrirás una bradicardia. Los doctores vendrán a auxiliarte, es tu decisión si quieres quedarte o volver. Aunque debo advertirte que si decides regresar, la fecha límite sigue siendo la misma y además, el proceso será bastante más tedioso y cansado para ti. Esa mujer realmente te hizo daño.

-¿Cómo está ella? -preguntó con preocupación. No estaba consciente del resultado final de aquel día, solo sabía que Juno debía estar bien, había percibido su presencia en el hospital.

-Todos están a salvo, no te preocupes por ellos. Incluso el señor Sanjoy está bien, los shitennou al fin lograron acercarse, al igual que el futuro rey.

-Me alegra por él.

-Lo sé-respondió sonriente-. No se ha apartado de tu lado en todos estos días y eso que han hecho de todo para que vaya a descansar.

-Es un hombre terco-justificó, aunque la sonrisa en su rostro tenía ciertos toques de orgullo. A ella le gustaba que él fuera así, cambiar cualquier cosa de él rompería su esencia-. ¿Qué... qué será de él? -preguntó, el miedo desdibujó su alegría.

Hotaru vestía muy similar a Makoto, pero el lazo de su vestido era de color púrpura intenso, sin embargo, llevaba la oz en la mano, misma que balanceó unos instantes después de recapacitar en la respuesta a esa pregunta.

-Para nadie será fácil en un principio, no lo sería para ti si estuvieras en nuestro lugar-respondió. La oz comenzó a emitir un destello de luz cálida que formó una superficie similar a un espejo-. Pero puedo decirte que el destino ha hablado y al final, como es la naturaleza de la vida, Masato y Juno volverán a ser felices.

Makoto guardó silencio mientras imágenes difusas y fugaces aparecían en el espejo. Pudo ver a Juno ya más grande jugando con la nieve, escenas de ella en el colegio e incluso, jugando con algunos niños. Luego observó a Masato con una sonrisa tranquila y un tanto tímida, su rostro parecía el de ahora, aun con la cicatriz que el corte del bisturí le había dejado. Sus ojos eran la única señal de envejecimiento, su mirada con tintes aún más maduros que los que ya llevaba encima eran el único recuento de los años pasando por él.

La imagen estaba a punto de desvanecerse cuando una mano femenina se posó en la mejilla del castaño y le acarició el rostro, ensanchando su sonrisa. Luego pudo verlo alejarse mientras bailaba con esa mujer de cabellos casi rojizos.

-Supongo que hay cosas que son inevitables-agregó con ciertos celos, luego fue ella quien sonrió, después de todo que Masato encontrara a alguien le quitaba un enorme peso de encima.

-El ciclo de la vida debe continuar, al menos sabemos que tiene un "tipo de mujer" -sonrió-, además, Juno necesitará una figura materna. No tengo nada en contra de él, pero necesita ayuda.

-También lo sé.

Las dos mujeres compartieron un momento relajado, sus risas volvieron a inundar el aire como una melodía. El espejo se desvaneció y la oz con él. Makoto dejó de girar la flor que llevaba en la mano y al final se la ofreció a Hotaru, colocándola ella misma entre su cabello.

-Si te quedas aquí, podrías hablarles en sueños. Ellos te verían cuando cierren los ojos y quizá, si las estrellas lo permiten, podrían hablar por ti en algún momento especial.

-¿Por qué me dices esto?

-Debes saber tus opciones. Tomar una mejor decisión.

-Eso debí haberlo hecho hace unos seis años-contestó con sarcasmo. Hotaru sonrió-. ¿Y si me voy? ¿Si quiero llegar hasta el final? ¿Volveré aquí?

-No. Esta es una oportunidad única en la vida.

-¿Y que vendrá entonces?

-¿Realmente no lo recuerdas?

Makoto sintió una fuerte opresión en el pecho. Un pitido constante y en asenso comenzó a escucharse como música de fondo. El tiempo estaba encima, las voces que escuchaba débilmente eran desconocidas, no así el aroma a maderas que inundaba su alma y que la hacia sentir triste y desdichada.

-¿Qué sucede? -preguntó alarmada, aunque sabía la respuesta.

-Es el momento. Debes decidir.

En la habitación del hospital, un grupo de doctores atendían el código rojo con toda la premura posible. Masato estaba parado al fondo de la habitación, con los ojos cristalizados de las lágrimas contenidas. Estaba listo para el final, era consiente que los recientes acontecimientos pudieron cambiar el curso de la historia, a eso atribuía que Hotaru no apareciera, para evitarles la pena de hablar sobre algo que nadie quería escuchar.

Observó a los médicos en la maniobra de resucitación, estaban trabajando arduamente, por eso pudo notar cuando comenzaron a rendirse, cuando el ritmo de sus movimientos descendieron al punto de que el silencio cubrió de nuevo la habitación.

El constante pitido se redujo a uno solo, largo y delirante.

-Hora de la muerte-sentenció uno de los médicos, Masato se llevó una mano al pecho, a la altura del corazón.

-Cinco y veintitrés...

-Espere doctor... ¿Qué es eso?

Una señal apareció en el monitor, el pulso volvía al cuerpo de la joven mujer postrada en la cama.

Makoto tuvo un espasmo que asustó a su audiencia. Masato dio tres pasos hasta llegar a donde ellos la miraban casi pasmados. Apenas lo hizo a tiempo para ver como abría los ojos.

Él le sonrió.

CONTINUARÁ...