Y vivieron felices...
Fue una inyección de vida, una chispa prestada con fecha de caducidad.
Makoto despertó después de haber sido declarada muerta y lo primero que hizo fue devolverle la sonrisa al amor de su vida. El resto de la misma fue una película de amor.
Debió permanecer quince días más en el hospital hasta ser considerada fuera de peligro. Por más que Mamoru insistió en que se quedara más tiempo, también comprendió cuando ella le dijo que justamente tiempo era lo único que no podía perder. Fue dada de alta un maravilloso día, el otoño hacía su entrada a través del hermoso color cobrizo en las hojas de los árboles, en el reflejo del sol sobre las azoteas cercanas y en la fresca brisa que movía las ramas a su propio ritmo.
Masato estaba ahí, listo para llevarla a casa. La subió en la silla de ruedas y en un acto que para Makoto fue toda una sorpresa, se encaminó al área de enfermeras y les agradeció personalmente todo el trabajo realizado durante su larga permanencia. Sonrió con complicidad cuando algunas de ellas se ruborizaron, pero es que no podía culparlas, ella en su lugar hubiera hecho lo mismo.
-Debería irme a despedir de los médicos, ¿No crees?
-Si por médicos cuentas a Mamoru, Assanuma y Amy. No es necesario, los veremos más adelante.
-Eres injusto, ¿Por qué tú si puedes coquetear con las enfermeras? -retó risueña mientras pasaban por las últimas habitaciones antes de llegar al elevador.
-Puedes coquetear con Amy en cualquier momento.
-¡Pues tal vez lo haga! -exclamó sonriente. Ambos rieron un poco ante el comentario.
Estaban por llegar al final del pasillo cuando una puerta se abrió, precisamente Amy salía de la habitación.
-¡Oh, mira! Es tu oportunidad.
-Mako, Masato, ¿Se van ya? ¡Me da gusto por ustedes! -dijo con sinceridad, aunque había algo de nerviosismo en su voz. Masato pudo ver por la rendija que había en la puerta, quién estaba al otro lado en la habitación.
-¿Cómo sigue Naru? -preguntó Makoto, externando una duda que ambos tenían pero que Masato no se atrevió a formular.
-Saldrá en un par de días-respondió apresurada y nerviosa-. Pero no hay de que preocuparse, no podrá volver a caminar y pues... tampoco existe probabilidad que vuelva a hablar, sufrió mucho daño tras el accidente. Yo creo que... mmh...
-Es una lástima-susurró Makoto, dejando a ambos sorprendidos. Ella no era una persona realmente compasiva cuando de enemigos se trataba, pero sus últimos años habían hecho un cambio en su forma de ver la vida-. ¿Puedo verla?
-Está sedada, no creo que note que estás aquí.
-Es mejor, ¿No? ¿Puedo? ¿Quieres venir conmigo? -preguntó a su esposo mientras se giraba a verlo. Él solo asintió tímidamente con la cabeza.
-De acuerdo.
Fueron alrededor de dos minutos en silencio casi absoluto, solo el monitoreo de los aparatos rompía con el momento solemne y un tanto tenso. Masato tragó saliva al ver en lo que Naru se había convertido, una persona que ya no era funcional, que no solo debía luchar con una mente que se negaba a obedecerla, sino con un cuerpo muerto por dentro.
-Te perdono-sentenció la castaña con decisión, mientras estiraba su mano para tocar suavemente los dedos de Naru. La chica en la cama los encogió un poco pero no lo suficiente-. Te perdono todo aquello que hiciste y de lo que tuviste pleno control. Aunque no puedo perdonar que te hayas arrojado al vacío con mi hija en brazos, o que hayas herido a mi marido. No te mereces esto, te merecías que te ayudaran y que se hiciera todo lo posible por que no te hicieras daño a ti ni a los demás, pero supongo que ambas fuimos descuidadas en ello.
-Mako...
-Déjame terminar. -reprendió celosamente-. También me disculpo por no tomarme el tiempo de analizar tu situación antes que fuera tarde, por no haber tenido el valor de ponerte un alto cuando te lo ganaste y por permitirte hacer tanto daño cuando debí defenderme a mí y a los míos. Pero solo eso, no puedo disculparme por nada más. Él es el amor de todas mis vidas, el padre de mi hija y mi alma destinada. Pasaría encima de quien fuera necesario para tenerlo, lo hice antes, lo haré nuevamente.
Masato estaba asombrado de la firmeza con la que su mujer hablaba. Era evidente que estaba cerrando esa terrible etapa de su vida y que, así Naru no la escuchara, aquello era más bien por su propia tranquilidad que por arreglar algo irreparable. Fue así que tuvo el valor de hacer lo mismo, rodeó la silla de ruedas y llegó hasta la cabecera de la cama, donde se inclinó suavemente hasta besar la frente de la inconsciente mujer.
-También lo siento, lamento no haber hecho nada para ayudarte cuando podía. Y te perdono por todo el daño que hiciste, pero esto es un adiós, de ahora en adelante no existo más para ti ni tu para mí.
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La adaptación a la nueva rutina fue complicada. Masato dejó de asistir a la oficina y trabajó el resto del año desde casa, aunque de vez en cuando salía a tomar aire por su cuenta, a beber una copa con alguno o con todos los chicos o al tejado, a mirar las estrellas.
Cada noche que pasaba y cada día que transcurría era un día menos al lado de su mujer. Había mandado a quitar todos los calendarios de la casa y rara vez hacía referencia al día de la semana, aunque siendo un hombre inteligente siempre estaba consiente de la fecha.
Septiembre fue un suspiro de altibajos, algunas visitas al hospital para un chequeo de una emergencia que no resultaba ser tanto y otros, donde Makoto tenía la fuerza para jugar al balón con Juno y los niños. La pequeña se había vuelto a recluir en el silencio apenas vio a su madre, nadie se atrevió a decirle que había dicho algunas palabras durante su convalecencia.
Masato quería acercarse a ella, pero no sabía cómo, todavía le remordía la conciencia el no haberla elegido para salvarla, por más que le dijeron que había tomado la decisión correcta. ¿Podían sus amigos entender el miedo que tenía de quedarse solo con ella? ¿De que algún día tomara el valor y le reclamara esa decisión? Sí, quizás sí, pero ese miedo aumentaba diez veces cuando aquello no solo era una posibilidad sino el futuro por venir. Difícilmente podrían sentirse igual y no deseaba que lo hicieran.
Cuando octubre llegó Minako organizó una reunión en su casa por su cumpleaños, todos asistieron con la mejor actitud posible, aunque ver llegar a Makoto del brazo de Masato y caminando por su propio pie, fue lo mejor de la noche. Minako estaba a punto de dar a luz, pero no quería pasar su último cumpleaños alejada de su amiga, no después de tantos años en que tuvo que hacerlo.
Aunque fue algo pequeño y muy privado en el departamento de los Hayashi, no repararon en gastos, tanto así que en la terraza pusieron una pista de baile. Kurt tuvo que concederle una pieza a la rubia cumpleañera a pesar que ella apenas podía moverse un poco para entonces, pero no había forma de decirle que no. James no podía dejar de dar vueltas con una apenada Rei que tenía de bailarina lo que tenía de paciencia.
-¡Caeremos por el alfeizar como sigas así! -reclamó la morena, el rubio soltó una fuerte risotada que la apenó todavía más.
-Eso es porque te aferras a guiarme cuando apenas puedes mantener el equilibrio, mi amor. Mira, esto debe ser así- James giró a Rei hasta que sus ojos se encontraron con el par de altos castaños que danzaban lentamente al otro lado de la pista. Apenas se movían pero sus pasos eran coordinados, como si hubiesen hecho eso toda la vida.
Makoto estaba recargada en el pecho de su esposo, mientras él la rodeaba por la cintura con ambas manos, su mentón sobre su cabeza, los ojos de ambos cerrados. Rei tuvo que endurecerse para no llorar, era algo que todos debieron hacer un par de veces en su presencia. Estaban a menos de medio año para la primavera, una cuenta regresiva que no abandonaba sus cabezas.
Para noviembre la pequeña Asahí llegó al mundo. Una niña rubia como el sol y con los ojos azules más claros y enormes que hubiesen visto nunca. Minako había ofrecido cambiarle el nombre y llamarla Makoto, pero la castaña se rehusó categóricamente al grado de amenazarla con no hablarle nunca si lo hacía. No quería que su amiga tuviera un recordatorio viviente de su ausencia que debiera ver todos los días.
Cuando fueron a conocerla algo hermoso pasó. Kurt la sostenía en brazos cuando una llamada a su móvil le hizo girar a Masato y entregársela, sin pensarlo si quiera. El gruñón castaño solo había cargado a Ares a esa escasa edad, pero el niño había decidido orinarle encima cuando eso sucedió, así que desde entonces no lo había hecho de nuevo con nadie más. Pero en ese momento el trauma del anterior recuerdo se borró de su mente y sostuvo a la pequeña hija del amor como quien carga el tesoro más valioso. Makoto no pudo dejar pasar ese acontecimiento, la imagen era una oda a la ternura, algo digno de fotografía.
Makoto se acercó a él, aprovechando un momento de soledad-. Te ves lindo, ¿No te gustaría tener otro hijo?
-¿Es una propuesta indecorosa? ¿O quieres que me robe a esta pequeña?
La mujer se rio, Masato parecía estar de muy buen humor-. ¿Sabes? Hay algo que quiero pedirte.
-Claro, lo que desees-respondió sin verla mientras mecía a Asahí armoniosamente.
-Quiero que me prometas que, si algún día conoces a una buena mujer que te haga feliz, te darás la oportunidad.
Aquellas palabras llamaron por completo la atención del hombre, una punzada atravesó su corazón. ¿Cómo podía pedirle eso? ¿Realmente creía que él sería capaz de amar a alguien más?
-No me pidas eso, no podría.
-No digo que salgas corriendo y busques a una mujer. Digo que cuando tu corazón se sienta listo y si la oportunidad se te presenta con alguien bueno que te quiera, que te cuide y que quiera a nuestra hija, no pienses en mí, sino en ti y en que mereces ser feliz.
Masato sonrió y asintió levemente con la cabeza. Rei le había advertido que seguramente le pediría aquello alguna vez, también le había dicho que lo más apropiado sería darle por su lado y no iniciar una pelea, después de todo el tiempo era cada vez menos, no había espacio para una discusión sin sentido y si eso la ayudaba a estar más tranquila, ¿Por qué no?
Diciembre fue un mes particularmente difícil. El frío comenzaba a hacer estragos en su salud y, por si fuera poco, las fiestas estaban a la orden del día.
Makoto celebró su cumpleaños en privado, con un día completo en casa acompañada de su esposo y su hija, un desayuno sorpresa que eran panqueques en forma de flor y un susurro muy leve en el oído que decía "te amo". Se emocionó al borde de las lágrimas, ese fue el mejor regalo de todos los que hubiese recibido alguna vez en su vida.
Por la tarde cenó en compañía de ellos al pie de la chimenea. Había dejado muy en claro que no deseaba regalos, en su lugar quería un día feliz, sin ninguna cara larga o triste que hiciera alusión a la fecha tan importante y su verdadero significado. En su mayoría lo consiguió, pero por la noche, mientras hacía el amor con su esposo, pudo sentir algunas lágrimas que caían su rostro y se mezclaban a las de ella.
Eran besos salados, los primeros que parecían decir "adiós".
La navidad no fue muy diferente, Juno recibió unos cuantos presentes y Masato un único regalo, un hermoso cuadro familiar pintado al óleo por Michiru y dedicado a ambos en una emotiva carta que debió leer a solas para asimilar. En la nota la mujer del mar le explicaba que Makoto le había pedido aquello durante el cumpleaños de la niña, unos meses atrás, la imagen en la que se basó fue una de las tantas fotografías que se tomaron ese día, los tres sonreían con una chispa especial, algo digno de plasmar como su arte.
No hubo mayor alegría que ver los fuegos artificiales en familia durante el fin de año, un espectáculo contemplado en silencio y hecho para reflexionar. Quedaban menos de tres meses para la fecha pactada y cada día parecía escurrirse entre los dedos como el agua. Masato oraba en secreto, imploraba por un milagro.
A principios de año el cumpleaños del hombre de la casa llegó. Un exagerado desayuno que casi lo hace desmayar, sin hablar de las muestras de cariño de su esposa y su hija que no dejaban de arrojársele encima para agarrarlo a besos, abrazarlo y peinar sus cabellos con sus dedos. Las dos se escondían por los rincones de la casa y esperaban el momento más insospechado para atacarlo. Él, que había estado algo confundido al principio, terminó entrando al juego y trataba de atraparlas cada vez que podía, pero eran dos contra uno y Masato Sanjoy se estaba volviendo viejo. ¿Cómo podría con tanto?
Aunque recuperó su vitalidad por la noche, a solas con su amada, entre las sábanas y a media luz.
Y aquello hubiera sido una historia perfecta de una vida idílica, de una familia que se había ganado a pulso su "y vivieron felices para siempre" pero no fue así. Había una sentencia sobre ellos, un destino al que no habían podido escapar por más que buscaron la manera.
Después de todo no hay día que no llegue y plazo que no se cumpla.
Eso lo supo Masato cuando abrió los ojos aquella mañana de marzo. Acostada a su lado estaba su mujer, abrazado a él como si la vida se le fuese en ello. Se veía algo pálida y respiraba con dificultad, había notado un decaimiento en las últimas semanas.
Se deslizó de la cama y se puso su bata sin abrochar, corrió las cortinas para ver el clima afuera. El sol salía por las montañas que todavía tenían algo de nieve en ellas. Parecía un día templado pero no lo era, el frío estaba ahí, esperando a que abriera las puertas.
Salió al balcón llamado por el peor de sus temores. Desde esa altura pudo ver el fondo del jardín a un costado del invernadero, una familia completa de cerezos que parecían burlarse de él a la distancia. ¿Qué había en ellos? ¿Acaso era un tallo reverdeciendo? ¡No! ¡Claro que no! Una maldita planta no vendría por ella, ¡Esto no podía estar sucediendo!
CONTINUARÁ...
